
Esencial es la palabra dominante en esta crisis pandémica. Pero no se habla de lo permanente o invariable del ser, la esencia. No estamos para filosofar. Primero vivir. Han tomado la palabra esencial en su acepción de imprescindible o necesario. ¡Ay Dios! ¿Y qué es lo esencial, lo que no puede parar? Cualquier respuesta es arbitraria.
Esenciales, para mí, en cuanto a actividades económicas sería toda la cadena industrial. Y toda la cadena alimentaria. Y toda la cadena de transportes. Y, por supuesto, toda la cadena sanitaria y de cuidados a las personas.
Prescindibles y no necesarias, sería aquello de lo que se puede renunciar durante un tiempo y cuya reanudación no sea irreversible. No se puede cerrar una acería. Ni una planta química. Ni una cinta de reciclaje. Ni la producción que enlaza sectores. Se puede parar una discoteca o la tienda de caramelos; pero eso ya estaba parado. ¿Qué pretende detener ahora el presidente Sánchez? ¿Quiere darle al botón de stop y que después la maquinaria no funcione? ¿Qué cree que es una planta de fabricación, una barraca de feria?
Hay cosas absurdas en esta historia. Esta mañana he ido, como cada día, a por la prensa y el pan. Y con el pan he comprado unos croissants, para acompañar el café y las noticias, un ritual. ¿El pan y los croissants son esenciales?, me preguntaba. Pues no, no lo son. Podría vivir son ellos, peor, pero sobreviviría.
Cuando estos días voy al súper, puedo comprar perfumes y latas de caviar. Y champán. Y licor de limoncello, que me encanta. ¿Son esenciales? Claro que no. ¿Y ahora quiere Sánchez parar Euskadi, que es una gran fábrica de casi todo y dejar que viva el limoncello? Los croissants que sigan, pero la industria de la automoción que se detenga. No es coherente.
¿Van a ir Belén Esteban, el loco Matamoros y María Patiño, cada cual con su veneno, a trabajar mañana a Telecinco? Allí estarán. Por lo visto son esenciales. Y sin embargo, cerrarán Euskadi. No puede ser.
Si esta decisión desesperada de parar -¡menos lo esencial!- todo el país no se aplica con flexibilidad e inteligencia podría dar lugar a situaciones de rebelión. El Gobierno Vasco, por su autoridad, podría permitir la actividad del sector industrial y auxiliar. Y entonces, ¿va a enviar Sánchez o Marlaska a la Guardia Civil a cerrar esas fábricas? ¿A tiros? Es kafkiano esto.
Parar el contagio del virus no puede ser matar de pobreza a todo un país. Destruir la epidemia así, a lo bestia, es como matar moscas a cañonazos. Escuchen a empresarios y trabajadores. Y decidan con criterio de presente y de futuro. No vamos a suicidarnos.








