Diario de cuarentena. Día 23. Brainstorming a distancia

No lo entiendo. Ahora, de repente, muchos han descubierto el teletrabajo, que no es trabajar en la tele, sino hacerlo sin necesidad de estar en una oficina, trabajar allí donde te encuentras, en casa, en el parque, en el avión, en una cafetería. Los que hemos sido freelance durante años, independientes vocacionales o a la fuerza, empleados de todos y de nadie, como las putas (FreeLancer se llamaban a los soldados de fortuna, lanceros a sueldo, mercenarios), la situación actual no nos pilla de nuevas. Llevábamos años teletrabajando.

Eso que hoy empleados públicos y privados hacen en casa forzados por la pandemia, ¿no lo podían hacer antes igual? Pues claro que sí; pero hay una doble resistencia. Por un lado, la empresa se empeña en el control clásico, el presencial o visual. No se fía de su gente y los quiere allí, de cuerpo presente. Y por otro, el trabajador quiere la seguridad o el arrope de su espacio de trabajo. No se fía de sí mismo. Tiene miedo a la soledad o a los objetivos señalados. No han sido entrenados en ello.

¡Cuánto ahorro de tiempo, de transporte, de oficinas, de energía y recursos se ahorrarían si las tareas se hicieran en casa! Nuestras empresas e instituciones generan derroches inmensos. Y ahora, a la fuerza ahorcan, se han caído del caballo. 

Hay trabajos intelectuales o de servicios que se pueden hacer sin necesidad de acudir a la oficina, acaso solo para reportar. Ni siquiera para reunirse con el equipo o los clientes, porque la tecnología permite esa capacidad de conversaciones múltiples y a distancia. En fin, que estamos en mantillas en este asunto.

Hay una peculiaridad en el sector de la publicidad, mi especialidad durante siglos, que eran las reuniones de brainstorming. También en la TV. Ya sabes, la tormenta de ideas. Es una reunión esencial en el trabajo creativo, una técnica que permite alcanzar niveles eficaces de ideas nuevas cuando los miembros del equipo se ponen a divagar, pensar, imaginar juntos lo más loco y atrevido que se les ocurra hasta llegar a soluciones válidas. Siempre fui un artista del brainstorming, porque fui un campeón de la provocación psicológica. Y sigo siéndolo, modestia aparte.

¿Es posible el brainstorming a distancia? Creo que sí, si además de conexión por Skype u otro medio hay conexión mental y la confianza y afán necesarios, de manera que la barrera de la ausencia física queda superada por el interés y la entrega de todos en la búsqueda de ideas válidas y compartidas. De hecho, mucha gente practica el brainstorming remoto. 

Es verdad, que la distancia es un inconveniente (“dicen que la distancia es el olvido”), pero poder reunirte con un grupo de colegas desde ciudades separadas por cientos o miles de kilómetros a mí, la verdad, me pone. Hay que contagiarse de la pasión de trabajar de lejos y ser, al tiempo, muy cercanos.

Diario de cuarentena. Día 22. Mantenga las distancias

Decir tonterías va a la par del coronavirus y el confinamiento «manu militari». Parece mentira que Fernando Simón, el portavoz ronco de esta crisis y coordinador de Centro de Alertas y Emergencias, dijo hace un par de días, cuando estaba contagiado, que “hay que aprender a relacionarnos a la japonesa”. 

Se supone que Simón nos sugería que, para evitar contagios, asumamos el proceder de los japoneses en sus vínculos sociales. Los nipones no sea dan la mano, ni se besa a las chicas en las mejillas al saludarlas, ni la gente acostumbra a tocarse. Inclinan la cabeza. Son unos sosos. Los vascos y los latinos nos tocamos, nos gusta tocarnos, y abrazarnos, y darnos besos por amistad o camaradería. Somos sociales de esa manera tan afectuosa. El japonés es frío y contenido emocionalmente. 

Entonces, ¿hacernos japoneses nos va a hacer mejores? En absoluto. Nos va a convertir en imbéciles y a alienarnos al pervertir nuestra forma de ser. Si hemos llegado hasta aquí, no veo que un virus nos vaya a detener.

Además, es falso que los japoneses evitan el contacto físico entre ellos. Si has estado en Tokio o en otras grandes ciudades japonesas, como Kioto, Osaka, Hiroshima o Yokohama, habrás podido comprobar que los nipones viven hacinados. ¿Has subido alguna vez al metro de Tokio y visto cómo van, igual que sardinas en lata a determinadas horas? Son famosos allí “los empujadores”, un oficio siniestro e inhumano, que consiste en empujar a la gente en los vagones para que quepan más y más. Se tratan como ratas. Es insano, indigno y brutal. ¡Y van con mascarillas, hay que joderse! Dejo aparte lo mal que lo pasan las chicas en esas aglomeraciones, en las que son manoseadas y aún violentadas. ¿Y qué decir de las hacinadas piscinas japonesas? ¿Este es el modelo alternativo al nuestro?

Siendo esto así, ¿de qué cojones habla Simón de “relacionarnos como japoneses”? Aquí no vivimos hacinados. Ellos viven en minúsculos apartamentos, constreñidos por falta de espacio, encapsulados. Y carecen de intimidad. 

Aquí nos gusta mantener las distancias, pese a lo mucho que nos tocamos. Lo malo de mantener las distancias es su versión clasista. Te decían hace años: “mantén las distancias”, para que no saltases la barrera que te separaba de los superiores, de los jefes, de la clase alta. Y lo ponían en práctica construyendo edificios con entrada y escaleras “de servicio”, más sencillas que las de los señores. Muchas casas del centro de Bilbao y Getxo conservan aún estos accesos para el servicio doméstico. ¡Habría que volarlas! Y declararlas aberrantes. 

No hay que hacerse japoneses para combatir la pandemia. Hay que ser decentes y mantener la cultura del intenso contacto personal. Espero que de esta crisis no salgamos todos idiotas, contagiados por complejos de inferioridad.

Diario de cuarentena. Día 21. Lavarse las manos

Esta mañana, en una de mis escapadas de este malvado encierro, me ha enternecido ser testigo de una escena que podría ser de Romeo y Julieta en tiempos del coronavirus. Una chica con su perro, parada en la plaza de Las Arenas-Getxo y con la mirada alzada hacia una casa, le ha dicho por teléfono a quien probablemente era su novio: “Asómate a la ventana, quiero verte”. ¡Qué sencilla belleza de un corazón limpio! Menos mal que ningún esbirro del confinamiento la ha visto y sancionado. Están al acecho. 

Como contrapunto de esta maravilla están los agobiantes mensajes que los poderes públicos, y que los tontos repiten, de “quédate en casa” y “lávate las manos”. Valía que nos lo dijeran de niños nuestras madres; pero que ahora nos lo exijan a los adultos, al modo de mantra de tiranía bananera, equivale a eso, a tratarnos como a niños. ¿Acaso antes de esta pesadilla éramos unos guarros y no nos limpiábamos las manos y el culo? ¿Por qué no se callan? Hagan el favor de respetarnos, tengan piedad.

¿Lavarse las manos? Ay, ese es un símbolo significativo que perdura en nuestra cultura poscristiana. ¿Lo recuerdas? Viene del relato bíblico de la pasión, cuando el gobernador romano de Judea, Poncio Pilato, no queriendo participar en el asesinato de Cristo que el pueblo, manipulado por los sumos sacerdotes, le pedía a gritos (“¡crucifícalo!”) se lavó las manos en signo de indiferencia y entregando, impotente, la vida del profeta a los judíos.

¿Y cuánta gente, en estos días de sufrimiento, se lava las manos ante la crisis de la pandemia? Ahora que empieza esta Semana Santa tan rara, sin procesiones, capirotes ni borriquitos (¡gracias a Dios!), miro a mi alrededor y veo quiénes se están lavando las manos ante una tragedia sanitaria, económica y social.

Veo que la Unión Europea se lava las manos, comandada por Holanda, Alemania y los países nórdicos. Pandilla de miserables. ¿Para qué se hizo la Unión sino para caminar juntos y resistir ante un problema que rebasa la capacidad de cada estado? Si van a volver a dar la espalda a las necesidades de Italia, del Estado español, de Portugal y otros pueblos requeridos de la solidaridad continental, entonces mejor volvemos cada uno a nuestra suerte. Ay, Europa, Europa, te deshaces. 

Veo también a la clase política, todo ella, y a las instituciones que no han manifestado aún su disposición a compartir el sacrificio privándose durante el tiempo necesario de algunas de sus prebendas. Hagan el gesto de rebajarse sus sueldos y pongan su esfuerzo al servicio de la gente. Ustedes primero, den ejemplo.

¡Que nadie se lave las manos!, es lo que grito en este sábado de luna luminosa.  Seamos limpios, sí; pero antes que nada de corazón.

Diario de cuarentena. Día 20. Confinamiento surrealista

Se han cumplido 20 días de este encierro surrealista. Un hombre puede ser sancionado por viajar en el coche con su pareja, pero al llegar a casa dormirá con ella en la misma cama y le hará el amor con dulzura. Uno podría estar absolutamente solo en un parque de noche y ser amonestado por ello. Pero el aislamiento no remedia ningún virus. Tampoco lo cura el miedo por decreto. ¿Es esto un cruel experimento sociológico o quizás un ensayo de nueva dictadura que convierte cada hogar en una cárcel? Se burlan de nosotros.

Si se cumple la amenaza del Gobierno de prolongar el confinamiento hasta el 26 de abril, este diario superará las cuarenta páginas, un cuaderno que nació para no descender a la locura de la soledad. Los que han diseñado este esperpento quieren saber cuánto es capaz de resistir el ser humano en la isla de su casa. Y cómo se las apaña cada uno. ¿Es este el 1984 que imaginó George Orwell? 

Si me están viendo los guardianes a través de las pantallas, verán que me escapo todo lo que puedo y que no me doblegarán en mi encierro, no conseguirán que aplauda su dictadura. Tengo aliados. Estos últimos días tengo a Elvira Lindo de compañera. Su libro A corazón abierto me ha sumergido en la crudeza de la historia de sus padres y su vínculo crítico e intenso con ellos. Y lo cuenta todo con una gran soltura, no se corta un pelo. De paso es la narración de una época española, de la miseria a los colegios de monjas, la militancia y los novios, de la posguerra a los sesenta y después al fin del franquismo y el fraude de la transición. No ha escrito una novela al uso, es una confesión osada de lo vivido, con amargura y respeto. A ver quién se atreve a hacer lo mismo con los fantasmas de su familia. Yo no lo haría ni para desquitarme ni para perdonar.

Los que me espían habrán visto que me he pasado a la vieja música, como un viaje sin tentativa de nostalgia. ¿Hay una música para el confinamiento? No lo sé, no creo en la música como consuelo. El caso es que escucho estos días a Peter, Paul and Mary, trío folk de canciones ingenuas y armonías simples, de los 60, que aquí conocimos una década después. Me da sosiego escucharles de nuevo. Lo mismo que a Kenny Rogers, muerto hace unos días; y al profundo Leonard Cohen, y a Coldplay, cuyo Amazing day resuena como himno de libertad.

No, no me doblará el alma esta prisión impuesta e inútil, este ensayo de locos. Si el aburrimiento es lo que pretenden, se equivocan con los espíritus libres. Ya lo intentan forzando a la gente a consumir cinco horas de televisión cada día con lo que intentan distraer y finalmente mostrar a los culpables y los héroes de esta primavera del siglo XXI, cuando se reinventó la tiranía.

Diario de cuarentena. Día 19. Visionarios y profetas

Si ya es difícil soportar el goteo de los datos de víctimas de la pandemia, que hoy son ya más de 10.000 en España (400 en Euskadi) más complicado es aguantar los vaticinios de esa variada fauna de supuestos expertos, economistas, científicos, sociólogos y opinadores sin graduación que nos anticipan lo que va a ocurrir, generalmente catastrófico. Al escucharles, me pregunto. ¿Y esta gente de dónde extraen sus conclusiones?  ¿Tienen bola de cristal, echan las cartas del Tarot, son iluminados, visionarios que reciben la sapiencia del espíritu santo o de Santa Catalina de Siena, o de quién? 

Partimos de un hecho incuestionable: no se pueden sacar conclusiones ni hacer adivinanzas a partir de modelos que nada tienen que ver con esta crisis, única en la historia. No es una crisis financiera. A lo mejor, las comparaciones tendrían que hacerse con sucesos de la Edad Media, posteriores a las épocas de la peste que diezmaba Europa. Y de aquellos tiempos oscuros, poco o nada sabemos que sea cierto. Qué se yo.

Veo a dos clases de profetas. Los adivinadores del pasado y los miopes del futuro. Los primeros, los que vaticinan el pasado son quienes nos cuentan, ¡ahora!, lo que tendríamos que haber hecho, los que venden las previsiones del pasado. Que si el confinamiento tendría que haberse empezado antes, que si no deberían haberse autorizado manifestaciones feministas el 8-M, pero callan acerca de los partidos de fútbol celebrados en estadios abarrotados ese mismo día. En fin. Como los economistas, que te explican prolijamente lo que ya ha ocurrido. Otros se refieren a Nostradamus y Bill Gates como anticipadores del desastre. ¿Y Gila no? 

Y luego están los Aramis Fuster y los Rappel. Me encantan. Hace unos años, las televisiones convocaban en Nochevieja a estos adivinos para que realizasen sus predicciones para el siguiente año. Y mirando su bola de cristal y sus cartas auguraban mil sucesos. Y ahí se quedaban. Nadie comprobaba un año después si aquellos timadores habían acertado. Por supuesto, no habían dado una, los muy pícaros.

Leo pronósticos sobre el futuro inmediato y pienso lo mismo que cuando veía a la loca Fuster y al grácil Rappel. Uno augura que el PIB español caerá un 10% y que la riqueza será en 2022 como la del 2019. Y se quedan tan panchos. Es como si yo dijera que el Tomelloso ganará la Liga de fútbol. Otro visionario con gafas dice que el paro llegará a cotas históricas, otro que la ONU se hará cargo del gobierno del mundo y uno más vaticina el fin del capitalismo. La quiniela de los profetas, ¿quién da más? Que alguien les ponga bozal.

La verdad ha muerto por el coronavirus y no está en el recuento de las víctimas.