¿Qué hay que celebrar?

Milagros de este procés aficionado a la ruleta rusa y a darle todo el rato tres cuartos al pregonero: de un minuto para otro pasas de corrupto indecente, recortador de derechos y cáncer para la causa a puñetero amo de la barraca. Y todo, por haber dado un paso al lado, estomagante eufemismo que en realidad quiere decir hacer exactamente lo que ni 48 horas antes habías asegurado que jamás harías. Hasta la incoherencia es digna de vítores, manda narices. Pero así parece que se está escribiendo lo que estaba destinado a ser una obra cumbre del género épico y cada día se parece más a un sketch involuntario de Faemino y Cansado.

Me dirán, remitiéndose a los hechos recientes, que a pesar de todo, la nave va. Ha sobrevivido a la enésima extremaunción, y vuelve a provocar cagüentales incendiarios y amenazas con el apocalipsis en la bandería unionista. Bien quisiera compartir el entusiasmo, pero si les soy franco, lo único que tengo para celebrar es que estoy viviendo el episodio como espectador a más de 600 kilómetros. Aquella envidia inicial se tornó en una suerte de escepticismo que al trote de los meses y de los incumplimientos de la cacareada hoja de ruta ha dejado lugar a la decepción.

Cierto, qué poco fuste, qué pobre ardor soberanista el mío, pero argumento en mi defensa que, por muy cedida que tenga la glotis, hay ruedas de molino que no me pasan. Que una cosa es hacerse media docena de trampichuelas al solitario, y otra, aceptar sin asomo de sonrojo que Artur Mas salga proclamando que el apaño con la CUP ha sido la corrección de lo que habían dispuesto las urnas. Joder con el derecho a decidir.

El destape… otra vez

¡Anda! Pues igual va a ser verdad lo de la segunda (o nueva, según gustos terminológicos) transición. Como ocurrió en aquella, triunfa el destape. En su versión más cutre y caspurienta, además, la que lleva de serie un mar de babas de salidillos vergonzantes. Sí, y la que resulta impepinablemente eficaz, como demuestran los aumentos consecutivos de audiencia televisiva de las campanadas presentadas por ese trozo de carne apellidado Pedroche.

Lo que nos vamos a descongojar cuando la sujeta, que presume de actuar en uso de su libertad individual y sin que nadie se lo mande —faltaría más—, venga a convencernos de que ella es más que un cuerpo bonito. Un argumento tan original como su propio atuendo de las nocheviejas de autos. Ocurre que otra vez nos falla la memoria histórica, en este caso, la de baja intensidad. Esas transparencias con brillantitos estratégicamente situados son las mismas con las que pregonaban su mercancía hace casi cuarenta años María José Cantudo, Victoria Vera, Bárbara Rey o, entre otras, Ágata Lys, que por cierto, estudió Filosofía y Letras en Valladolid.

No, miren, ya me conocen. Yo no voy a salir con el heteropatriarcado, el imperativo del empoderamiento o demás quincallería verbal retroprogre. Tampoco, como hacen desde enfrente los ensotanados que se ponen verracos por lo bajini, con la milonga de la sociedad enferma y la pérdida de valores. Por descontado, no me haré el escandalizado, porque no veo materia. Me limito a constatar unos hechos que se repiten en bucle cansinamente y a anotar al margen una frase que oigo mucho: en España se vota como se ve la televisión.