Karmele y Txomin

Por culpa de una crítica radiofónica de alguien que seguramente no se la había leído, tuve durante un tiempo en la cabeza que la última novela de Kirmen Uribe era eso que los cantamañanas de la promoción de fajillas, contraportadas o solapas llaman thriller frenético. Tal y como contaba la trama el creativo autor de la reseña, parecía que se trataba de una de John Le Carré con protagonistas de nombre euskaldun. Llegó a insinuar no sé qué de una Mata Hari y un Smiley del Cantábrico, se lo juro.

El prejuicio inducido por esas consideraciones tan a la ligera hizo que descartara la lectura inmediata de “La hora de despertarnos juntos”. Es verdad que me gusta el género de espías, que me apasiona todo lo que tiene que ver con la peripecia de los vascos que perdieron la guerra de 1936, y por descontado, que hasta la fecha había disfrutado enormemente de cualquier texto que llevara la firma del ondarrutarra. Todo junto, sin embargo, se me antojaba sencillamente inconcebible.

Afortunadamente, apareció Xabier Lapitz para poner las cosas en su sitio. En estas mismas páginas tituló “Una novela, una historia, una verdad”. Con solo tres palabras, desbarataba la pseudocrítica y —también es cierto que las afinidades pesan— me empujaba a la librería.

Ahora que ya puedo hablar con conocimiento de causa después de haber disfrutado inmensamente de las casi 450 páginas del emocionante trabajo de Uribe, no encuentro mejor forma de resumir la obra que el encabezado de Xabier. Están ahí la novela, la historia y la verdad de Karmele y Txomin, y de tantas y tantas personas a las que no acabaremos de pagar su sacrificio.

Un comentario en «Karmele y Txomin»

  1. Hace tiempo me contaron ésta historia, creo que para reírse de mí y que será falsa. Pero es igual, es para poner un ejemplo.
    Bueno, hay un ayuntamiento ligado por una promesa a la Virgen de su pueblo. Tiene una capilla abierta que se ve desde la carretera. La promesa es que su corona tiene que ser visible de noche.
    Hace ya mucho tiempo que electrificaron la imagen y le añadieron hasta un temporizador. Pero las bombillas siguen sin durar para siempre. La cosa es que la persona que se encargaba de sustituirlas vio unas de oferta y no se lo pensó. Apagadas no tenían nada de particular.
    Encendidas, en cambio, sí: eran bombillas rojas. La conmoción fue considerable, sobre todo para los que no eran del pueblo y se habían acercado hasta allí.
    ¿Que a qué viene tan perez-revertiana historia? A que no puedo explicar de otra manera la sensación que me ha dejado la lectura de las opiniones de lectores no profesionales de «La hora de despertarnos juntos». No era lo que esperaban, decían así como sin atreverse a decir claramente que todo lo que no sea «El hijo de Caín» a ellos como que no. Que quieren relatos de la sociedad enferma que miraba para otro lado y primera fila en el auto de fe que necesitamos.

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