Salomón y los premios Goya

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Fue la noche de los monstruos. Nueve monstruos, que debieron ser diez si la Academia, injusta y salomónica, no hubiera otorgado a Tarde de ira el Goya a la mejor película, en vez de a Un monstruo viene a verme, historia apabullante y conmovedora. La diferencia entre una y otra cinta es que la segunda puede exhibirse en cualquier cine del mundo, mientras la primera no entra ni en el circuito de las salas marginales. El monstruo de Jota Bayona, responsable de esa maravilla, es un monstruo bueno: el de la humanidad que debe encontrar su razón entre la aceptación de la verdad y el amor sin límites. Es un monstruo terrible pero íntegro.

La gala fue más solvente de lo esperado. Sobria en su desarrollo, previsible en su ausencia de glamur y lastrada por la crisis de un sector que sobrevive merced al presupuesto público, pero que, sin contradicción, vive confiado en el heroísmo de su gente. El cine español pasa hambre y tiene miedo, quizás por eso no hubo rebelión contra Rajoy, el triste que nunca va al cine. El sábado vimos cómo los Goya nos han traicionado, como el desertor de la clásica película.

Dani Rovira lo hizo mejor que otras veces, quizás porque el guion le proporcionó mayor libertad y menos chistes malos. Lo ridículo es que la presidenta del tinglado, nacida británica, hablase peor castellano que Toshack. Lo más brillante de la noche nos lo regaló Ana Belén, que supo contar cómo se convierte a una niña humilde en estrella. Su vestido era horrible, con un rosetón pavoroso sobre el pecho; pero su dulzura inundó la pantalla. Y fue estupendo que el getxotarra Fernando Velázquez obtuviera una estatuilla por la música genial -interpretada por la Orquesta Sinfónica de Euskadi y el Orfeón Donostiarra- de la peli triunfadora.

Se esperaba el reproche del cine español a Donald Trump. Hubo silencio y cobardía. Dentro de veinte días, en el acontecimiento de los Oscar, al cine americano, en nombre de la compasión y el escarmiento de la historia, le corresponde clamar contra la amenaza de una época, esta sí, monstruosa.

 

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La cumbre de Edurne

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EL FOCO

2 febrero 2017

  A veces, la coincidencia tiene algún significado. Mucha gente le da importancia a algunas coincidencias que ocurren para atribuirles un valor mágico. Yo también creo en esa magia de las coincidencias, no me importa reconocerlo. Y hablando de casualidades, vamos a tratar hoy sobre lo manifestado por dos mujeres, que, coincidentemente, se han referido a su maternidad, al valor y significado de la maternidad en sus vidas. Me refiero a nuestra alpinista Edurne Pasaban, primera mujer que en el mundo ha alcanzado la cumbre de catorce ochomiles, y que acaba de anunciar que va a lograr ahora su cumbre mayor, la número quince: la de ser madre. Y me refiero también a la periodista Samanta Villar, quien ha publicado un libro en el que dice, entre otras cosas, que “tener hijos te hace perder calidad de vida”. La coincidencia es que estas dos mujeres, Edurne y Samanta, han conocido la maternidad a edades algo avanzadas: Edurne va a ser madre a los 43 años, y Samanta lo fue a los 41. Dos historias distintas unidas por la maternidad y separadas por la importancia de la maternidad.

Edurne Pasaban es una mujer admirable. Con no poco esfuerzo, más allá de lo imaginable, decidió ser importante en un mundo exclusivo de hombres: el alpinismo. Decidió que su vida estaba en lo más alto y que para llegar arriba tendría que luchar contra algo más que la altura de los picos más altos del mundo. Edurne es una heroína. Es el ejemplo de lo que el deporte, uno de los más exigentes del mundo, implica, como motor de lucha, como imitación de que nada es imposible y que los sueños son alcanzables si se tiene fe en ello y se mantiene el esfuerzo día a día. La montaña tiene ese sentido.

Edurne ha llegado a la cumbre. Y es ejemplo para muchas mujeres, de forma que lo que podría ser inalcanzable, todas las metas de las mujeres, es posible. Y siendo una referente para todas las mujeres del mundo, siendo importante en la medida de su lucha y sus resultados, tiene ahora un enorme valor que, en una edad algo tardía, haya decidido ser madre. Edurne espera a su hijo para finales de abril. A los 43 años. Se trata de un hecho relevante. Viene a proyectar dos valores. Primero, que la profesión más exigente no tiene por qué impedir a una mujer alcanzar la maternidad si ese es su deseo. Que todo es posible, si se quiere de verdad. Y segundo, que los años no son un impedimento absoluto para ser madre.

Sé que es fácil hablar de estas cosas sin ser mujer. Es muy sencillo hacerlo desde la perspectiva de hombre. Pero creo que es conveniente poner el foco sobre el caso de Edurne Pasaban y su próxima maternidad. Su decisión es valiosa para quienes afirman la imposibilidad de la maternidad frente a la carrera profesional, sobre todo cuando hablamos de los trabajos de mayor nivel. No discuto que muchas mujeres renuncien a ser madres. Es su libertad. Lo que digo es que Edurne se pone como ejemplo de lo posible.

Por otra parte, la maternidad de Edurne es también ejemplo de la lucha heroica de no pocas mujeres que, por diferentes circunstancias, se dejan la vida por ser madres. Mujeres que buscan soluciones por ser madres en centros de reproducción o a través de diferentes técnicas. O incluso por el procedimiento de vientres de alquiler. O la adopción, que es un sistema lento y caro. Muchas mujeres que no pueden quieren ser madres: es el otro lado de la maternidad que se rechaza como libre opción. Ambas alternativas merecen todo el respeto, porque es fruto de la libertad personal, sagrada libertad. Edurne Pasaban quiere ser madre, y piensa que a los 43 años le ha llegado el momento y que se puede conseguir. Ella mismo ha señalado que en abril, con la llegada de su hijo, será su cumbre número quince. A mí, la noticia me ha emocionado por lo que decía, por el ejemplo de una luchadora y su deseo de completar su vida siendo madre.

Y en estas estábamos cuando, coincidentemente, escuchamos a una gran periodista de televisión, Samanta Villar, decir, en el contexto de un libro que acaba de publicar, y que cuenta la experiencia de su maternidad expuesta en un programa de televisión, que “tener hijos te hace perder calidad de vida”. Es una afirmación discutible, que habría que situar, en primer lugar, dentro de la promoción de su libro. Un poco de escandalera no viene mal al marketing editorial. Muchas madres podrían decir lo mismo: que ser madres les ha restado oportunidades en su vida, lo cual no implica que se arrepientan necesariamente de haber tenido hijos. Una madre nunca diría eso; pero podría pensar que ser madres es también la renuncia a mucho. Nada puede ser igual o mejor que ser madre; pero exige su sacrificio: el embarazo, la crianza, la educación, las renuncias a veces en soledad. Muchas cosas.

Aun así, lo dicho por Samanta Villar tiene su peligro en cuanto que puede condicionar la libre decisión de muchas mujeres. Puede sonar a un mensaje así: “Eh, chicas, la maternidad es una opción ruinosa”. No creo que esa sea su intención, pero podría generar muchas dudas. Samanta fue madre a los 41 años y su embarazo y parto fue expuesto, con enorme valentía, en una serie de programas de TV. Fue una gran cosa. Y creo que aquella historia de maternidad no se casa con lo escrito en el libro. 

Edurne y Samanta exponen dos perspectivas de ser mujer, madres y profesionales con trabajos exigentes. Las dos son válidas, porque son reales, auténticas. Me quedo con la heroica Edurne. Su cumbre número quince será la mejor de su vida. Ninguna otra le reportará más satisfacción y felicidad. Zorionak, Edurne!

 ¡Hasta el próximo jueves!

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Bárbaro Borbón

 

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La monarquía española se siente a salvo. Si los chanchullos de Juan Carlos I con los que ha amasado una fortuna, los delitos fiscales de su hija Cristina, los negocios sucios de su yerno Urdangarin, el hecho de que la corona devenga de Franco y la insultante dolce vita de la familia real a costa de los ciudadanos no la han tumbado, difícilmente la va a derribar Bárbara Rey, una vedette de tres al cuarto y su aventura carnal de hace veinte años. La habilidad de los perros guardianes de la Zarzuela ha consistido en telebasurizar el asunto, dejando que fuera pasto de Sálvame, Ana Rosa y programas por el estilo, porque nada en ellos es creíble. Así que el emérito se estará riendo a gusto viendo cómo su calaverada y el fraude del chantaje pagado por el CNI con fondos reservados quedará en nada en dos semanas y limpio su expediente con las babas del plantel dedicado al despelleje público.

El evento de Deluxe del viernes en Telecinco era el deseado por los estrategas del Estado. Estaban todos y todas del oficio de la murmuración, hasta Paloma Zorrilla, recuperada para la ocasión. La navarra no se cortó al decir que lo normal es que un señor le ponga un piso a su amante, dando cobertura así a la hipocresía del macho hispano, que el domingo acude devoto a misa y el lunes le pone una escondida vela a su putilla. Frivolizar un escándalo político es la mejor forma de desactivarlo. Además, contado así, por víboras y a berridos, homologa la monarquía española a las europeas, entre las que abundan las secretas coyundas y los cuernos, si bien los pitones de aquí al lado son más cutres.

Una vez telebasurizado el caso, ¿qué cadena solvente se atreverá a informar sobre esta malversación? ¿Qué partido tendrá agallas, sin morirse de vergüenza, de llevarlo al parlamento? A Bárbara Rey le ha ido bien con su apellido y a Juan Carlos le ha venido bárbaro su impune privilegio. También el cariño a Corina nos ha salido caro. Con una sociedad que acepta que la envilezcan, los borbones, con el auxilio de la teledesperdicio, continuarán haciendo lo que les sale de la bragueta.

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¡Todos a la oposición!


EL FOCO

26 enero 2017

 

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¿Qué queda de aquel ideal profesional de querer ser funcionario, con trabajo fijo para toda la vida, sueldo arreglado y un horario de trabajo muy ventajoso? Hubo un tiempo en que nuestros jóvenes y los no tan jóvenes soñaban con colocarse en la administración y despreocuparse de los despidos, los ERES y los efectos de las crisis. En mi opinión, todavía hay mucho de este deseo en nuestra sociedad, pero menos que lo que hubo en años anteriores, seguramente porque la administración, por los efectos de la crisis de 2008, no convoca desde entonces convocatorias de empleo, oposiciones para entendernos.

Nuestro mercado de trabajo tienes tres rasgos que lo identifican: Uno, hay un enorme paro juvenil, con la consiguiente huida de nuestros chicos y chicas al extranjero, con toda la tragedia familiar y de desarraigo y derroche de inversión en educación que implican para nuestro país; dos, hay miles de personas mayores de 45 años que nunca volverán a trabajar, lo que es dramático y habla del horror de los cambios tecnológicos y económicos y hasta qué punto se alcanzan cotas de inhumanidad; y tres, nuestra administración pública va a sufrir un proceso masivo de jubilaciones. Según declaró el consejero de Gobernanza Pública del Gobierno Vasco, Josu Erkoreka, el 68% de la plantilla de la administración general de Euskadi se jubilará de aquí al 2030. Es un dato que impresiona.

Quiere esto decir que casi el 70% de la plantilla de funcionarios vascos adscritos al Gobierno Vasco tiene hoy más de 51 años. Y me pregunto, ¿cómo es que hemos llegado a esta situación y no se ha previsto unas sustituciones progresivas, mientras teníamos a miles de jóvenes mano sobre mano y 140.000 personas en paro? El asunto se puede valorar desde muchas perspectivas técnicas, en las que no voy a entrar. Lo que sí cabe criticar como un hecho inaceptable es el abuso de la estrategia de interinidad, que se refiere a las personas que trabajan en la administración con carácter provisional y que no tienen consolidado su puesto de trabajo al no haberse convocado oposiciones. Hay miles de trabajadores/as así.

Con este horizonte, hay que declarar Euskadi en situación de oposición. ¡Todos a la oposición! No a la oposición al Lehendakari Urkullu, que gobierna con cierta tranquilidad y cuasi mayoría, sino a la oposición para ser funcionario. Quiere decir esto que durante estos años mucha gente se los pasará estudiando, aprendiéndose gruesos y pesados temarios de exámenes, se matriculará en academias especializadas en la preparación de futuros funcionarios. Euskadi va a vivir una década en estado de examen, bajo la angustia de esas masivas oposiciones, que retratan las imágenes de cientos y cientos de personas examinándose en los pabellones del BEC.

Volvemos, pues, al sueño vasco de querer resolver nuestra vida profesional, y por tanto vital, llegando a convertirse en funcionario. Se calculan en 30.000 los puestos a cubrir durante esta próxima década, lo que determina un modo de vida, una sociología muy marcada y una realidad humana de efectos muy poderosos. ¿Quién quiere ser funcionario? Pues miles de jóvenes y no tan jóvenes.

Específicamente, Euskadi va a necesitar nueva savia en la educación. No en vano, Magisterio es una de las carreras de mayor matriculación, lo que no ocurría hace veinte años atrás. Necesitaremos también miles de médicos y profesionales de enfermería para el sistema público de Osakidetza, lo que implica que ya no se volverán a producir los éxodos masivos de licenciados en medicina y enfermería que se iban a Inglaterra, Francia y otros países europeos. Necesitaremos también cientos y cientos de nuevos efectivos para la Ertzaintza, cuya plantilla actual está muy envejecida. Y necesitaremos informáticos, abogados, jueces y personal administrativo preparado para una atención directa al ciudadano. Así que es el momento de ir preparándose quienes ahora tengan la edad para ese horizonte o incluso para quienes ahora estén en la Universidad o el cole.

En mi opinión, paralelamente a este proceso gigantesco de sustitución de nuestros actuales funcionarios/as mayores de 50 años, deberíamos hacer un esfuerzo en un doble sentido. Por un lado, proyectar sobre la sociedad vasca una renovada imagen del funcionario/a. Por favor, el trabajador público, de alto, medio o bajo escalafón, no es un vago redomado, si alguien que se escaquea todo lo que pueda, que tiene privilegios que no tienen los demás trabajadores, que vive divinamente en su trabajo. Esto no es así. El funcionario/a trabajo mucho y no siempre tiene posibilidades de escalar en su proyección profesional, no está suficientemente reconocido. Y por otro lado, es necesario otro cambio respecto de los funcionarios/as. Y es que, tan importante como sus conocimientos y estudios, es necesario que se le forme para una atención de calidad a la ciudadanía. Necesitamos un cuerpo de funcionarios humanistas y entregados al mejor servicio público. Gente que tenga un criterio de atención cercana, cordial y eficaz.

Y en esta revolución estamos en Euskadi cuando esta misma semana el Gobierno Vasco ha lanzado la convocatoria de siete bolsas de trabajo. El plazo termina el próximo 3 de febrero. Y ya son miles las candidaturas presentadas, más de 100.000 personas apuntadas. En estas bolsas de trabajo se piden licenciados en derecho, arquitectura, medicina, ingenieros, psicólogos y otros titulados universitarios, así como también candidatos para la plantilla administrativa, con titulación en bachillerato y formación profesional. Así que en los próximos meses veremos a miles de personas viviendo en ascuas en pos de ese puesto de trabajo que mejore sus expectativas de vida.

Ser funcionario/a no es más que querer trabajar directamente para los demás. A mí me parece un noble proyecto. De paso que rejuvenecemos nuestra administración, dotémosla de herramientas de trato cercano, cordial y de calidad hacia la ciudadanía. Es parte de esta revolución que se vivirá en Euskadi en una década.

 ¡Hasta el próximo jueves!

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Risto fuma Chester

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Mientras que el amor sigue palpitando en el cine, la literatura y la música con mayor o menor intensidad, en la tele es un tema más de entretenimiento. Se ha puesto de moda, al igual que no hace mucho les dio a todos los canales por los programas de gastronomía, que después fueron decayendo y de los que algún vestigio queda. Ahora es el amor en su versión vulgar y exhibicionista lo que mola. Triunfan First dates, en Cuatro, con su espectáculo de citas, y también el degradante Mujeres y hombres y viceversa, en Telecinco, barrizal en el que chapotea nuestra Emma García, y, sin embargo, erigida madrina de la nueva temporada de sidrerías del Goierri. Fracasaron El amor está en el aire, en Antena 3, y 60 minutos a solas, una de las peores ocurrencias de la televisión pública vasca. En primavera reaparecerán Adán y Eva y otros espacios explícitos, y quizás Vasile emprenda por fin el gran empacho de All you need is love, actualización de Lo que necesitas es amor.

La moda cursi ha alcanzado de lleno a Risto Mejide, que ha pasado de vivir airado a estar enamorado, una locura más, con el resultado de Chester in love, emitido los domingos por la noche en Cuatro, algo así como la conversión del sofá inglés en sofá cama. ¿Es posible soportar largas entrevistas a personajes diversos, desde políticos a cantantes y actores porno, con el único argumento del amor? No lo creo, porque empalagará por exceso de merengue. Millón y medio de espectadores en la primera entrega no está mal, Risto, pero no te fíes, ni aun cuando estés pensando en sentar a tu joven novia en el diván como regalo. No lo hagas, por tu propia honra. El amor no es menú del día, es banquete extraordinario y exclusivo de paladares cultivados. No lo estropees hurgando en historias de amor, inmortales y conclusas, que no pueden narrarse sin lágrimas o exagerando.

El siglo XXI es el de las emociones, quizás el de un nuevo romanticismo. Espero que la tele no lo ponga difícil sometiendo el amor a concurso. Porque es el amor y no el dolor lo que nos hace vulnerables.

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