La política y el espectáculo

Me gusta la esgrima dialéctica en la política. En mi anterior vida como domador sabatino de leones parlamentarios, disfrutaba una enormidad cuando José Antonio Pastor y Joseba Egibar se iban al centro de la arena y se cruzaban unas guantadas verbales bajo cuya contundencia no era difícil apreciar que allá en el fondo había una buena dosis de respeto mutuo. Aunque eran aún más broncos y hasta no faltos de algún que otro golpe bajo, los combates hercianos entre los fajadores Leopoldo Barreda y Pepe Rubalkaba -¡cómo se enardecía la audiencia!- también se atenían a la misma coreografía. La prueba es que cuando sonaba el gong, uno y otro recomponían el gesto y se iban juntos a tomar un café para sorpresa de más de un parroquiano del bar donde lo hacían. Una có no quita la ó, cantaba Sabina.

Habrá quien piense que lo que describo es la demostración palmaria de la gran farsa que es la política. Menudo descubrimiento. No es casualidad que las personas a las que elegimos -en listas cerradas, por cierto- reciban el nombre de representantes. Qué otra cosa van a hacer, entonces, sino representar el papel que les ha tocado en el guiñol de la cosa pública. Para hacerlo con convicción y trabajarse la reelección es imprescindible que tengan un cierto domino de las artes escénicas. Como esos que dicen que sólo ponen la tele para ver los documentales de la 2, podemos ir de puristas y exquisitos, pero a la hora de la verdad nos va el espectáculo. Sí, también en la política.

Basagoiti, fuera de concurso

Ya, pero, ¿qué pasa con las ideas? Que no cunda el pánico. No tienen por qué perderse por el camino. Grado de cinismo arriba, grado de cinismo abajo, los buenos actores y las buenas actrices de la farándula parlamentaria, si de verdad lo son, construyen con ideas más o menos genuinas sus dos de pecho. Los cuatro nombres que citaba al inicio de la columna son -pueden discrepar, por supuesto- buenos ejemplos de ello.

El problema llega cuando se traspasan las tan mentadas líneas rojas, azules o amarillas y el ejercicio político se queda en exabrupto hueco o pura melonada. El sano juego de contacto al límite de lo que marca el reglamento se convierte entonces en populismo barato, en chanza trillada de ese primo o cuñado graciosete que hay en toda boda que se precie. Sugerir, como ha hecho Antonio Basagoiti, con aparataje de broma paleta, que el embajador de Venezuela es un terrorista va más allá de la demasía. Supongo que es mucho soñar que cualquiera de los buenos espadachines de su partido le den unas lecciones.

5 comentarios sobre “La política y el espectáculo”

  1. La verdad es que el rifi-rafe dialectico se ha perdido en la arena politica.
    La llegada de arribistas, como Basagoiti, Iturgaiz, Revilla etc… con un discurso populista y sin fondo (ni etico ni estetico) ha conseguido que la cultura politica del debate haya perdido el esplendor que deberia tener en estos tiempos de multiculturalidad y de acceso a la buena literatura.

  2. Yo era de los que me quejaba amargamente de esa comedia sabatina en la que después de haber cabreado a la audiencia con sus salidas de pata de banco, se iban a tomar potes juntos dejando el dial lleno de m*erda. Si en aras del espectáculo tenemos que aguantar semejantes payasos por lo menos que no tengan después el poder de hacer y deshacer en esta sociedad, o sea, que payasadas en la pista bien pero que luego no sea un payaso el que maneja la pasta, el que escribe leyes y las hace cumplir.

    PS: Si en la entrada del despacho de Basagoiti pusieran un detector de idiotas no podría entrar nadie de su partido, ni siquiera él, ni muchos de sus ilustres invitados. Una pena… Yo también sé vomitar estupideces.

  3. No entiendo este último comentario. Yo no veo en la compatibilidad entre la disprepancia y debate encendido y calñero y el respeto y la buena relación ninguna comedia. Yo puedo discutir de política a saco con amigos míos, decirnos de todo e ir al siguiente bar a tomar una copa. Y menos mal que es así porque de otra forma estaríamos ya en guerra civil. El factor humano debe ser importante en la relación política y me resulta reconfortante que adversarios políticos se tengan respeto y hasta cordialidad.

  4. Que vamos a esperar del dirigente de unpartido político que ve con buenos ojos que la «poco dialéctica» Belén Esteban tuviese representación parlamentaria.

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