Diario del covid-19 (8)

Los aplausos de ayer a los ocho de la tarde han sido los más emocionantes desde que estamos encerrados en casa. Esta vez no eran solo el justísimo y sincero reconocimiento general a quienes están en primera línea de batalla. Tenían como destinataria una persona concreta, la enfermera de Osakidetza que literalmente entregó su vida el miércoles por nosotros. Aunque cada vez más las siniestras estadísticas diarias habían empezado a tener cara, circunstancias y nombres conocidos y hasta cercanos, la muerte de esta heroína nos ha situado en la auténtica dimensión de la tragedia, que es la humana.

Y no. En este caso, la nota informativa no llevaba la macabra coletilla con la que pretendemos relativizar el mal. La fallecida no sufría patologías previas y tenía 52 años. Me pregunto dónde están los incontables miserables que hace diez días se recreaban en vomitivos juegos comparatorios entre las edades de los fallecidos por o con coronavirus y otro tipo de víctimas mortales para concluir que los que pedíamos que se tomaran medidas urgentes éramos unos exagerados y unos putos fachas. Ojalá pudiera decir que guardan un cobarde silencio. Pero ni eso. Son los que ahora mismo están al frente de los cacareos de protesta y señalamiento y exhibiendo una solidaridad tan compungida como falsa. Cuánto dolor.

6 comentarios sobre “Diario del covid-19 (8)”

  1. ¿En lugar de perder el tiempo montando hospitales de campaña por qué no se requisan los hoteles durante tres meses y se dedican a hospitales?.

  2. Un hospital de campaña, sea en una tienda o en hoteles, no sirve de absolutamente de nada sin profesionales sanitarios y material, sobre todo, ventiladores. Nos falta de todo, y la ironía es que algunas piezas las están imprimiendo gente en sus impresoras 3D.

    De todas formas… tengo una tangente, viendo que ayer salió una sentencia que pone que, al menos, se les tiene que indemnizar cuando se les echa (nos ha jodio, como en la privada, qué privilegiados) no puedo evitar pensar cuánta de la gente que ahora mismo está luchando para salvar vidas es interina, gente sin plaza a la que les suelen llamar «caraduras» por buscar una estabilidad en un empleo en el que llevan años.

    Y otra tangente, como con los frikis que están imprimiendo piezas, ahora mismo nuestras esperanzas están cifradas en otros frikis, con su bata blanca, su sueldo de miseria y la incomprensión de una sociedad que, hasta ayer, creía que lo importante era darle pataditas a un balón o participar en un concurso televisivo. ¿De qué nos sirve un estadio ahora? Bueno, quizá para poner un hospital improvisado.

    Pero bueno, me pongo filosófico. Me doy cuenta de que es la naturaleza humana ignorar los riesgos y montar sus vanidosos espectáculos. Pero también es la naturaleza humana, hacer frente a los riesgos.

  3. Creíamos estar en una sociedad avanzada, culta, moderna ,
    tecnológica , todopoderosa y todo eso y resulta que es una caca tal y como nos ha demostrado un virus de un murciélago chino.
    Y lo digo más que nada porque leo con acojono que ante la saturación de las UCI nos clasificarán según la esperanza de vida y el «interés social».
    Siendo pragmáticos y poco escrupulosos moralmente podemos aceptar que cuando algo se colapsa hay que actuar con lógica.
    Pero para dictaminar que un señor con un año de esperanza de vida debe quedarse sin UCI en beneficio de un señor de treinta o cuarenta años o que es mejor salvar a un neumólogo enfermo que a un parado de larga duración hay que tener mucho cuajo por muy lógico y necesario que pueda parecer.
    Quizás antes de esta selección no natural, habría que empezar eliminando del sistema sanitario a quienes cerraron hospitales y despidieron al personal sanitario.
    ¿Acaso Esperanza Aguirre, enferma de coronavirus, se merecería un trato de favor para entrar en la UCI frente a un honrado pensionista de la misma edad? ¿Quién cojones decide?
    Es para pensárselo mucho. Recordemos el nazismo. Nunca debemos dejar de recordar aquella practicidad absoluta de los nazis.
    Fuera viejos, enfermos, locos… hasta que te eligen a ti como prescindible.Y entonces te jodes.

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