Por un Museo de la Ciencia público

Cuando la demagogia entra por la puerta, la menor posibilidad de un debate sereno y sosegado salta por la ventana. El principio vale para lo que quieran, pero en este caso me refiero al inminente cierre del Museo de la Ciencia de Donostia. Una pérdida que no es solo para Gipuzkoa, sino para los tres territorios de la demarcación autonómica; a ver cuándo nos dejamos de provincialismos y empezamos a tener visión de país, aunque sea en su versión administrativamente liofilizada. De paso, a ver si abandonamos la hipocresía y el hacernos de nuevas con fastidio. Está ampliamente constatado que cuando la decisión se sometió a votación en el Patronato de la Fundación Kutxa, todos los partidos, sindicatos e instituciones representadas dieron su visto bueno.

O sea, que menos sulfuros impostados y menos lágrimas de cocodrilo. Esa unanimidad solo quiere decir algo bien sencillo que nos negamos a aceptar: no quedaba otra. Por mucho que pretendamos engañarnos a nosotros mismos, las normas vigentes y, peor que eso, el propio despiadado mercado bancario actual han hecho que nuestras queridas cajas tengan que competir por seguir vivas y arraigadas en sus respectivas sedes. Ya escribí una vez y vuelvo a hacerlo que la gran obra social que espero de un banco es que pague muchos impuestos a las arcas locales. A partir de ahí, son las instituciones y no la beneficencia mal entendida las responsables de dotarnos de los servicios que demanda la sociedad que consume y vota. Y eso incluye la creación y el mantenimiento (si las empresas privadas echan un cable, genial) de un Museo de la Ciencia como el de Miramon. O ese mismo.

Kutxabank, demasiado tarde

Me alegro de haber vencido la pereza infinita que me provocaba acercar el pinrel al charco de lo que sea que esté pasando en/con Kutxabank. Por primera vez me encontré frente a argumentos razonados y altamente razonables. También con la consabida soba de hostias dialécticas de los que, habiendo nacido ovejas, presuponen que todos tenemos un pastor que nos lleva cañada arriba y abajo. Seguramente estos últimos fueron más en cantidad, pero me quedo con las aportaciones de las lectoras y los lectores que no tiraron de consigna y me ofrecieron su punto de vista crítico. La barrila de la que me quejaba en la columna anterior abría paso al debate.

Un debate, mucho me temo, que llega al humo de las velas, cuando es bien poco lo que se puede hacer, salvo llorar por la leche derramada. No hablo de una demora de unos meses o un par de años. Aunque podamos fechar la puntilla en el momento en que el eje Bruselas-Madrid se sacó de la sobaquera una legislación que, con la excusa de acabar con los saqueos de las cajas españolas, hace pagar a justos por pecadores, la cuestión viene de atrás. Recordemos las dos décadas de intentos de fusión malbaratados porque cada sigla política quería mantener a toda costa su porción del pastel. Aún tengo en la memoria el penúltimo fiasco, celebrado con champán en la sede de algún partido. Entonces no parecía importar demasiado el bien común. El hoy cacareado carácter público se entendía a la remanguillé, es decir, como sinónimo de propiedad privada de esta o la otra bandería. Y como había un cachito para todas, a nadie le pareció mal… hasta que ha sido demasiado tarde.

Fusión y confusión

Tal vez el sino de Vital, Kutxa y BBK sea mantener su independencia por los siglos de los siglos, si es que no llega antes cualquier tiburón de donde sea o, peor aún, la quiebra, que torres más altas han caído. Recuerdo, allá por los primerísimos noventa, que uno de los mayores temores de los que se presentaban a las pruebas de acceso para ser redactores en Radio Euskadi era que preguntaran por el proceso de fusión de las cajas vascas. Es significativo que casi veinte años después el asunto se mantenga en el temario. Los que piensen concurrir a la próxima convocatoria de plazas -en otoño, dicen- deberían ir guardando recortes desde ya mismo. Esta vez cae. Lo que no queda claro es si tendrán que hablar de algo ya hecho, a medio hacer o, como siempre, del enésimo fiasco provocado por intereses políticos, reyerta de egos, el factor viento o, con más probabilidad, una cuita localista. Hay quien sigue abordando estas cuestiones como si fuera un derby futbolero, y así nos va.

El Mercado decidirá

Además de la temprana aparición de los recelos ombliguistas, de la actual intentona me llama la atención que venga presidida por ese es espíritu de “menos da una piedra” o de “a la fuerza ahorcan”. Da qué pensar que quienes habían defendido con uñas y dientes que la fusión debería ser caliente o no ser hayan reculado y admitan ahora este pulpo como animal de compañía. Y todavía causa mayor perplejidad ver cómo los que se cargaron con las armas más sucias los anteriores procesos de confluencia total, incluyendo el que estuvo a punto de caramelo entre Kutxa y BBK, se ufanan diciendo que este paso es el que llevará a la caja única de la CAV, que era lo que siempre habían ansiado. No es la política lo que lo enturbia todo. Son los partidos.

Lo aleccionador es que, en medio de la gresca de siglas, la decisión final no se tomará en ninguna ejecutiva. Será de nuevo el gran dictador del siglo XXI, eso que llamamos con justificada aprensión el Mercado, quien marque el desenlace definitivo. Y como decía Mayra Gómez Kemp en el viejo Un, dos, tres, el resultado será inapelable: si coche, coche; si vaca, vaca. Los pesimistas barruntamos que en este caso tenemos serias posibilidades de llevarnos la calabaza. Traducido: las cajas, entidades que a pesar de ser financieras conservaban su tantito de alma y a las que confiábamos nuestros cuatro duros pensando que iban a rentar al bien común además de a nosotros, se convertirán ya sin remedio en bancos. Todos sabemos lo que eso significa. ¿Estaremos a tiempo de impedirlo?