Triunfos que no lo son

El derrotismo no lleva a ninguna parte, pero el triunfalismo conduce directamente al despeñadero. Tiene que haber por narices opciones intermedias entre tirar la toalla sin luchar y levantar los brazos por una victoria imaginaria. ¿Qué tal el realismo? Hasta donde yo recuerdo, hubo una izquierda que, sin perder de vista el horizonte, era plenamente consciente del suelo que pisaba. Alguna que otra conquista se fue consiguiendo así. Casi todas, en realidad. Hoy, sin embargo, parecemos abonados a la bipolaridad que lleva en segundos del patalaeo depresivo —ojalá todas las llamadas protestas lo fueran— a la venta de pieles de osos que no se han cazado.

¿Un ejemplo? El otro día el Consejo de ministros dejó en el cajón la reforma de la ley educativa que lleva por tremendo apellido el de su pergeñador, José Ignacio Wert. Al conocer la nueva, que no por casualidad se filtró de vísperas desde la Rue Génova, los heraldos de la oficialidad retroprogre corrieron a esparcirla con acompañamiento de charangas y cohetes. Sin un resquicio para la duda, daban por hecho que a las huestes rajoyanas les había entrado tembleque de rodillas al ver la dimensión del rechazo. Tengo clavado en el omoplato el tuit jacarandoso de uno de los alféreces mediáticos que se engorilaba así: “Para que luego digan que movilizarse no sirve para nada”.

Punto uno, eso lo dirá quien lo diga y mal dicho está, en todo caso. Punto dos, idéntica machada se escribió cuando, en un hábil escorzo, el PP dejó colar la ILP sobre los desahucios, que acaba de ser hecha fosfatina en las cortes españolas merced al rodillo. Recuerdo haber advertido el previsible desenlace en estas mismas líneas y con parecida desazón a la que hoy me trae a pedir que paren los bailes por el retraso táctico —tác-ti-co— de la aberración legislativa de Wert. En un par de viernes o tres eso estará en el BOE. Por la cuenta que nos trae, mejor nos hacemos a la idea.