Virtuoso de la trola

Mentir: “Decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa”. Es sólo la primera acepción en el diccionario de la Academia Española. Veamos las otras cuatro: “Inducir a error”, “Fingir o aparentar”, “Falsificar algo”, “Faltar a lo prometido, quebrantar un pacto”. Cinco sobre cinco, pleno absoluto. Cualquiera pensaría que hay que entrenar mucho y emplearse a fondo para cosechar un récord así, pero a él no le cuesta nada. Sin despeinarse ni mucho menos sonrojarse, los embustes acuden a su lengua con la misma naturalidad pasmosa que los regates imposibles a las piernas de Messi.

Es digno del mayor encomio cómo ha ido depurando la técnica con el ejercicio constante. Ya no carraspea, ni se muerde el labio inferior, ni se mira la punta de los zapatos. Pronto dejará, incluso, de ajustarse el puente de las gafas con el dedo índice y de hacer el molinillo con los ojos y será capaz decir un jueves que es sábado sin que la concurrencia perciba nada extraño. Y no tardará mucho en llegar ese momento de comunión total entre falsario y falsedad, ese karma en que el que avienta las trolas pierde la conciencia de que lo son y es el primero en creérselas.

Está en ello. Anteayer rozó esa plenitud, ese místico y liberador desprendimiento de la realidad que lo convierte a uno en habitante único de un mundo paralelo inalcanzable para el resto de los mortales. ¿Por qué, antes de tildarlo como Pinocho de tres al cuarto o de echarle los perros azuzados con nuestros prejuicios, no contemplamos esa hipótesis? ¿Quién nos dice que en ese Nirvana de uso exclusivo no es rigurosamente cierto que terminó la carrera (y, tal vez, dos másters), que siempre había prometido que pactaría con el de la moto o que fue él en persona quién arrancó a dentelladas cada transferencia pendiente?

De acuerdo, suena raro. Pero la otra opción es que Patxi López nos esté tomando por tontos y eso cuesta más asumirlo, ¿no?