Irune y la estación maldita

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 Los trenes matan. También la mentira, disfrazada más o menos de información errónea. A Irune, una chica de 19 años, la mató un tren de RENFE hace unas semanas en la estación de Areta-Llodio. Los periódicos dijeron que la joven iba con los auriculares de su móvil puestos y no pudo escuchar el pitido del tren. La mató allí mismo. Lo dijeron los periódicos y yo también. Me fié de la información que, por cierto, aún no se ha rectificado en los mismos medios.

Dije en mi espacio de EL FOCO de Onda Vasca y en este blog DESMARCADOS que Irune fue víctima de esa trágica distracción. Y que, por extensión, estaba ensimismada en las redes sociales. Pero no era verdad.

Los padres de Irune, Gonzalo e Itziar, están doblemente dolidos. Por la muerte de su hija, un daño irreparable. Y por las informaciones que cargan la culpa del accidente sobre la chica. Es hora, pues, de rectificar. Porque eso es lo justo y lo que merecen la memoria de Irune y el dolor de sus padres.

El caso es que Irune no llevaba los auriculares puestos. Estos se encontraron en el bolso de la chica, como pudo atestiguar la Ertzaintza en sus investigaciones. Luego su muerte no se debió a ninguna distracción. Otras fueron las razones.

Tampoco Irune era usuaria de las redes sociales. De hecho, no tenía interés en estos medios. Era una joven abierta y moderna, pero sin ningún tipo de enganche en los Facebook, los Whatsapp, los Twitter o los Instagram. Difícilmente estaba entonces ensimismada en mensajes o chats.

La estación es una trampa. El diseño de la estación de Areta-Llodio es impropio del siglo XXI. Carece de barreras de paso y hasta de un triste semáforo que regule el paso de los viajeros de un lado a otro de la estación. Además, RENFE ha eliminado el personal que regulaba el paso de los viajeros entre los andenes. No hubo aviso de megafonía de la llegada del tren a gran velocidad. Ni se dió información por paneles electrónicos.

La curva maldita. El diseño de la estación, en curva, impide a los viajeros ver la llegada de un convoy cuando hay un tren en la estación. No deja ver los trenes que llegan.

RENFE se esconde. Quizás sea legal ese diseño de estación. Quizás tenga derecho a no tener medios ni personal suficiente para evitar accidentes. Pero lo que no puede hacer es esconderse de su responsabilidad objetiva, porque tal y como están hechas las cosas la muerte de Irune tiene que ver con la dejadez irresponsable de esta empresa pública.

Debe saberse la verdad. Se dijo que Irune se distrajo y no era verdad. Yo también lo dije, influido por lo leído en la prensa escrita y digital. La estación es una trampa. De hecho, han existido muchos sustos que no han terminado en tragedia, como el caso de Irune, pero podría volver a ocurrir. Esta es la verdad. La víctima no puede ser, además, culpable.

¿Qué está haciendo RENFE para rectificar? Nada. Dicen que no tienen presupuesto, que son cosas de Madrid, del Ministerio, de ADIF.

¿Tienen que matar a otra persona para que cambien esa maldita estación?

Irune ha sido víctima de toda esa mala gestión. De una estación que es una trampa. De unos gestores incompetentes. Y, por si fuera poco, decimos que Irune estaba distraída. No fue así. Fue la víctima de un enorme despropósito.

Descansa en paz, Irune. Abrazos para tu aita y tu ama. Perdonadme.

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Guevara, el hermanísimo

 

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A la hiperactiva dirección de nuestra televisión pública -media docena de estrenos de producción propia en apenas un mes- le ha traspasado la curiosidad filosófica de las grandes cuestiones metafísicas: ¿Quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos? Y sin tratar de resolver estos enigmas, nos ha propuesto, a nivel casero, que algunos ilustres descendientes de vascos, que viven al otro lado del Atlántico, sepan de sus raíces. Este es el noble propósito de Origen, el nuevo espacio de Olga Zabalgogeaskoa, que tira del hilo de Todos los apellidos vascos, al gusto de tantos ciudadanos que disfrutan de las fábulas genealógicas y el conocimiento de sus ancestros, una veta de la historia en la que creemos poco los mestizos. Por suerte, todos somos impureza y surtido.

El primer invitado tenía que ser especial. Y eligieron al hermano pequeño del Che. Con la eficaz ayuda de Josu Legarreta, director de Relaciones con las Colectividades con el lehendakari Ibarretxe, trajeron a Juan Martín Guevara, cuya familia vive protegida por el régimen castrista y él mismo comercializa, por concesión de la dictadura, los puros cubanos y, de paso, sus vinos argentinos. Y con estos méritos conoció sus orígenes alaveses, vizcaínos y guipuzcoanos en emocionante periplo.

El problema es que no todos nuestros herederos traen la leyenda del revolucionario, ni su coherencia hasta el martirio. Cuando pensaron en convocar nada menos que a la consorte del rey de Holanda, Máxima Zorreguieta, para mostrarle su pedigrí vasco, se encontraron con los antecedentes canallas de su padre, Jorge Zorreguieta, quien fuera secretario de Agricultura en la salvaje dictadura de Videla. También el asesino Pinochet -Ugarte de segundo- tenía lo suyo. Después del hermanísimo Guevara todo invitado parece poco. La nostalgia aspira a perfumar los hedores del pasado y encubrir su enemistad con el presente. Es mejor recordar poco y olvidar mucho. ¿Cuándo veremos en ETB la realidad de la nueva diáspora vasca, las vidas latentes de nuestros jóvenes diseminados por el mundo?

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Ser extra…ordinario

EL FOCO

13 de octubre 2016

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Ser extras… ordinarios

No sé si somos un país de película, pero si, al menos, somos, por esta vez, un país en el que se rueda una película. O mejor dicho, una serie. Nada menos que “Juego de Tronos”, que va para su séptima temporada. Pues ya sabéis que algunas de las escenas exteriores de esta exitosa serie de televisión -con millones de seguidores en todo el mundo y que aquí se puede ver desde las plataformas de pago o por Netflix- van a realizarse en Zumaia y Bermeo, aprovechando sus acantilados y playas.

Como consecuencia de este proyecto cinematográfico, la productora HBO ha solicitado la participación, como extras, de cientos de hombres -no habla de mujeres, qué curioso- que reúnan una serie de condiciones físicas: tener de 20 a 50 años, aspecto mediterráneo y caucásico, sin tatuajes visibles, con buenas condiciones físicas y medir entre 1,78 y 1,95 metros, para dar vida a soldados que desembarcan en actos de conquista. Respondiendo a esta llamada de la productora, han acudido a inscribirse más mil jóvenes, en la confianza de ser elegidos. Después de soportar largas colas y horas de espera, la selección ya está hecha. Los elegidos son 400, que trabajarán del 21 al 30 de octubre Zumaia y Bermeo, a cambio 54 euros netos por día de rodaje.

¿Qué les mueve entonces a tanta gente a vivir esa experiencia, la de ser extras en una película o serie de TV?

Se supone que los extras no han hecho todo esto -la larga espera y las previsibles horas de trabajo- por dinero, porque la paga es una miseria. Lo más probable es que lo hagan por tener unos segundos de gloria. No digo un minuto de gloria, porque ninguno de ellos se verá en pantalla más que un instante, si es que son reconocibles por ellos mismos y, en el mejor de los casos, no dejan de ser más que bultos humanos en escenas oscuras y nubladas. También será por vivir una experiencia singular, el mundo del rodaje y acaso conocer en directo a alguno de los personajes de esta serie de culto, si es que aparecen por aquí. Ya les advierto que un rodaje cinematográfico es de las experiencias más aburridas que conozco, con mucho tiempo de espera, frío, calor y tedio. Un auténtico coñazo. Pero el cine es así, lo tomas o lo dejas.

Tengo para mí que ser extras en el cine tiene mucho significado simbólico. El de menos, es el amor al cine o la televisión. Nadie que quiera ser actor o actriz empezaría así. Buscarían el camino de las escuelas correspondientes y después los contactos con las productoras y los agentes que mueven este mundo tan sutil. En mi opinión, lo que mueve a los extras a serlo es, precisamente, a querer ser extras…ordinarios, aunque sea por un instante. Ser parte insignificante, mínima,  de una historia imperecedera, que queda para siempre, como toda imagen.

Los extras aspiran, curiosamente, a algo grande, a la aproximación a los sueños en su mínima expresión. No es solo poder verse en la pantalla, y acaso presumir de eso ante sus amigos, o familiares. Es acercarse a lo mítico. Es posible que muchos de estos extras sean mitómanos. Todos los somos, un poco, porque no estamos libres de la influencia de una cultura que, como todas en el mundo, crecieron alrededor de los mitos, las leyendas, las creencias, los dioses, etc. Somos hijos de todo aquello. Claro que conviene compensar esa dependencia mítica con una fuerte iconoclastia. Casi podemos vivir sin ídolos o deberíamos intentarlo para ser más felices.

Me resulta enternecedor que haya personas que quieran ser extras en una película y quieran así vivir su instante extraordinario, su segundo de gloria, un hecho que será inolvidable en sus vidas. Creo que importa mucho de qué historia estemos hablando. No es lo mismo ser extra en una comedia barata o en una serie ramplona, o como público en un reality o debate de chismes, que ser extra en una gran producción, en una película de Hollywood. O como en este caso, en la serie de más éxito en todo el mundo, donde se cuentan las luchas de poder, las ambiciones y el enfrentamiento entre el bien y el mal. No es lo mismo estar en un sitio que otro.

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No hay duda; ser extra…ordinario es un acto de locura artística y emocional.

Esta gente lo que quiere es estar, aunque de refilón, dentro de una gran historia. Quieren ser inmortales en ese mundo mítico. Y lo hacen desde la humildad de lo más insignificante. Me parece enternecedor, como digo. Si tengo que decir la verdad, digo que yo también participaría en un rodaje de una gran película como extra. Me sentiría honrado de hacerlo. Y casi lo haría gratis. Por el honor de ser un trocito diminuto de una gran historia.

Ya solo queda que el rodaje comience en un par de semanas y que, en unos meses podamos ver las escenas rodadas en Zumaia. Me imagino que la impaciencia de los extras será enorme, por ver si se reconocen en alguna escena. Solo por eso, ya vale la pena todo lo esperado y el sufrimiento del rodaje. Es hecho muy personal y que cada uno le dará el valor que quiera. Me hace sonreír esa emoción de los extras por reconocerse en alguna escena, incluso su decepción porque ni aparecen. Ya se sabe, se rueda mucho y se elige poco para la película final.

Es una historia de Euskadi. La de hoy. Y me gusta.

Hasta el próximo jueves.

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La historia bien contada

80 años

El abuelo cumplía ochenta años y merecía una gran celebración. ETB se ha encargado de que el primer Gobierno Vasco y el lehendakari José Antonio Aguirre tuvieran una fiesta memorable, a la altura del histórico acontecimiento. No podemos más que agradecer el regalo de los programas especiales que durante estos días nos ha ofrecido, cinco documentales de primorosa calidad visual y narrativa, además de la retransmisión de los actos conmemorativos que tuvieron lugar el viernes en la Casa de Juntas de Gernika, plenos de sentido y contenido.

Es destacable que los creadores de las diferentes piezas no se limitaran a exponer una memoria creíble, como mínimo, sino que se hayan atrevido con dramatizaciones imaginativas, instando a las personas entrevistadas a interactuar con la figura de Aguirre, encarnado en el actor Daniel Grao, uniendo así pasado y presente sin perder realismo en una atmósfera de fuerte intensidad emocional. Sin corazón y predominio humano toda historia es un absoluto peñazo, porque la historia, la de verdad, es un relato de carne y hueso, sangre y sentimientos. Y lo que nos han contado es la épica vital de hombres y mujeres irrepetibles que se sacrificaron en una época nada especulativa, liderada por héroes enfrentados a las tiranías.

ETB no nos ha dado clase de historia: nos ha ofrecido la historia de una clase de personas. Compararla con la política actual nos lleva a la melancolía. Y sería perfectamente inútil. Cabe pensar que los hechos narrados han proporcionado una enseñanza de valores, de ejemplaridad y unidad, más necesarios que nunca. Y que quizás una parte de nuestra juventud, que ignora casi todo menos lo inmediato, se haya enterado de quiénes fundaron este país llamado Euskadi. La televisión pública, nieta de aquel Gobierno Vasco pionero, ha cumplido con creces su labor educativa y justificado por qué el 7 de octubre merece estar en rojo en el calendario. Vendría a resumirse en que siendo un pueblo pequeño, debemos ser, por larga visión, solidaridad y autoestima, una sociedad enorme.

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Historia de la cobardía

EL FOCO

6 de octubre 2016

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Hace tres días, un hombre murió atropellado por un vehículo en Barakaldo, cerca de uno de los macrocentros comerciales allí existentes. Una tragedia más. El caso pasaría a las frías estadísticas si no fuera porque el conductor de la furgoneta que causó la muerte de esta persona -José Antonio, un hostelero de Portugalete- se dio a la fuga después del atropello, negando la mínima humanidad y responsabilidad de atender al herido y asumir lo sucedido. Durante dos días, el presunto responsable del delito ha estado huido. La policía municipal y la Ertzaintza han estado tras él, primero localizando la furgoneta y, después, forzando el cerco en torno a su propietario, quien finalmente se ha entregado y confesado ser autor del fatal hecho. Tras su declaración, el juez le ha puesto en libertad, inicialmente con dos cargos graves.

Según los testigos, la furgoneta embistió a la víctima en una zona no señalizada como paso de peatones, por lo que, en principio, pudo existir un acto de imprudencia o descuido por parte del vecino atropellado. Siendo esto así, ¿por qué el conductor se dio a la fuga? ¿Por qué fue tan cobarde abandonando a José Antonio? ¿Qué le indujo a dejar morir a este hombre? ¿Por qué? El propio autor tendrá que explicarse. No quisiera prejuzgar, pero temo que se  justifique invocando el pánico. ¡Sintió pánico! Su mínimo ético y pura humanidad quedó bloqueado por el miedo. Puede que ese sea el argumento. El argumento de los cobardes.

El hecho puedo ser accidental, no lo niego. Y si es dramático que tengamos que lamentar que un hombre de 51 años haya muerto atropellado por un vehículo, que una familia haya quedado rota, dejando viuda y una hija huérfana, si tenemos que dolernos por todo esto, no es para menos que haya que reprochar el comportamiento indigno del causante que escapó para no enfrentarse a la realidad y dejar tirado sobre el asfalto a José Antonio. Hay dolor por una muerte, peo hay también indignación por el modo en que han discurrido los hechos.

Aquí entramos en cuestiones psicológicas complejas: el pánico, el bloqueo mental, la degradación de la voluntad y la transgresión de la responsabilidad. Pero es justamente la responsabilidad la que nos convierte en seres éticos. Suponiendo que el conductor de la furgoneta, o sus defensores jurídicos, aleguen una situación de pánico, no por eso este hombre va a poder eludir el reproche de su propia conciencia. Ese será probablemente su máximo castigo: nunca podrá olvidar que una mala tarde dejó tirado a un vecino moribundo tras atropellarlo accidentalmente.

El reproche de su conciencia será duro y duradero. Pero como sociedad tenemos que actuar para que el comportamiento del conductor sea justamente castigado. El delito, al menos, es de omisión del deber de socorro, cuya responsabilidad se agrava si la víctima murió como consecuencia de esa denegación de auxilio. Incluso se le acusa de homicidio imprudente. Será cuestión de los jueces y en el proceso se dirimirán todas las responsabilidades.

La familia de José Antonio no reprochará, seguramente, al conductor el hecho de que le atropellara. Puede que fuese un fatal accidente, como tantos otros. Lo que no le podrá disculpar es por haberle dejado tirado. Ni a un perro se le deja así, moribundo o muerto sobre la carretera. Eso entra en el capítulo de lo imperdonable. Y ahí cabe ser extremadamente exigentes.

Como sociedad, que ha andado un largo camino de deberes y derechos, que nos atañen a todos solidariamente para garantizar una convivencia satisfactoria y ordenada, tenemos que ser muy celosos con la cuestión de la responsabilidad. Es de las primeras cosas que infundimos a nuestros hijos: uno tiene que asumir el resultado de nuestra libertad. Y si te equivocas o haces algo mal, lo aceptas, lo rectificas y lo pagas. Y sigues adelante, naturalmente, con la enseñanza que cada experiencia te proporciona.

Es verdad, por otra parte, que la mente humana es muy compleja. Hay situaciones en las que quedamos bloqueados. La cuestión del pánico puede ser una de ellas. ¿Qué ocurre en la mente de una persona que sale huyendo de la escena de su delito? Y nos preguntamos por qué un hombre, que a lo mejor era un buen individuo, y un ciudadano ejemplar, un día deja tirado sobre el asfalto a quien acaba de atropellar. Es un tema complicado, lo sé. Aun siendo esto así, por encima de todo está la responsabilidad humana y social de nuestros propios actos. Una situación puede llegar a ser insuperable, pero no te justifica.

A pocos kilómetros del escenario del atropello, muerte y abandono de José Antonio, en Castro, una mujer fue detenida ayer por conducir con una tasa de alcohol cuatro veces superior a la permitida. Y lo que es más grave, viajaba en su vehículo con un niño de cinco años. La responsabilidad es múltiple. Según se ha sabido, la joven madre presentaba un estado mental de gran agitación y agresividad, quizás como consecuencia de su situación personal, en fase de separación matrimonial y lucha por la custodia de su hijo. ¡Buf, qué decir en este caso! ¿Hasta qué punto podemos juzgar el comportamiento de esta mujer si tenemos en cuenta que, probablemente, junto al reproche por su inaceptable conducta consigo misma, con su hijo y con los demás usuarios de la carretera, su estado psicológico está sobrepasado por los acontecimientos personales? Yo no me atrevo a justificarla, por qué no es posible, pero sí puedo decir que esta mujer, más que nada, necesita ayuda, mucha ayuda, porque puede acabar cometiendo errores más graves. Gracias a Dios no ha pasado más que lo dicho, y seguramente se merece que le retiren el permiso de conducir por un largo tiempo. ¿Y qué decir de su hijo? En estos casos, me inclino por la compasión. Y me pongo de su lado, sin dejar de requerir que se le sancionen proporcionalmente a su falta y le retiren el carnet de conducir. No tiraría la primera piedra contra esta mujer.

En el caso del conductor de Barakaldo habrá que ver también cómo es posible que alguien abandone a un ser humano al que acaba de atropellar. ¿Qué explicación hay? ¿Qué le ocurría a ese hombre? ¿Cuál era su estado? En definitiva, ¿por qué? ¿Por qué dejó arrolló, huyó y dejó a su suerte a un ser humano? ¿Por qué?

No digo que esto le puede ocurrir a cualquiera, porque no concebimos que lleguemos a tal nivel de deterioro ético y antisocial. Accidentes podemos sufrir o incluso provocarlos involuntariamente. El neurólogo de gran prestigio internacional, Antonio Damasio, preconiza la adecuación de las leyes a los estados de deterioro mental de las personas. Es un asunto apasionante que abre, a juicio de otros expertos, un ámbito de impunidad. Quizás es que no sabemos nada de la mente humana. Y de todo lo que no sabemos, tenemos miedo.

Mi más sentido pésame a la familia de José Antonio, muerto y abandonado por un conductor que se dio a la fuga. Un fuerte abrazo.

Hasta el próximo jueves.

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