
Durante los largos años en los que me dediqué a la gestión universitaria, tuve en mi despacho un poster en el que en torno a un sol sonriente lucía el lema «Peli nuklearik, ez».
Yo señalaba este cartelillo en primer instancia cuando alguno (o alguna, of course) de mis colegas llegaba con algún proyecto hiperbólico carente de fondo y forma – y sobre todo de financiación. Si este a modo de koan retrógrado no producía el efecto requerido, sacaba del primer cajón de mi mesa una pistola de agua – sin agua- de plástico verde y, si esta segunda instancia no resultaba operativa, me levantaba de mi silla giratoria- entonces no las había ergonómicas- haciendo el amago de desenvainar una katana de dura goma negra colgada en una pared contigua que, en tercera instancia, solía resultar definitiva.
Viene todo esto , y con perdón, a que aquel poster era una remedo resiliente de la campaña antinuclear que se desarrolló in illo tempore en todo Europa y particularmente en estos lares, como recordarán, si les dan las neuronas, quienes ya viven en la alopecia o pintan canas.
Otro sí, identificarse con el movimiento antinuclear entre los años setenta y ochenta del siglo pasado era una marca de fábrica en el ámbito de la izquierda ideológica que apuntaba ya a un ecologismo compatible con nuevas derivas colectivas como el internacionalismo o el el feminismo.
El movimiento antinuclear fue muy potente y más allá de numerosas manifestaciones, marchas, sentadas y proclamas tuvo su lado terrible en el contexto de las acciones armadas de la época, por ejemplo en la muerte del militante de ETA David Álvarez y del ingeniero José María Ryan de la Central Nuclear de Lemóniz.
Hoy en día todo parece haber cambiado, pues la crisis energética que se ha hecho evidente tras la económica de 2008 y la pandémica de 2019 , ha puesto contra las cuerdas las perspectivas de nuevas fuentes de energía a corto plazo en el contexto de una gran crisis ambiental…Y ha resucitado, como por ensalmo, la opción nuclear.
Puede ser que este sea otro caso para tener la oportunidad del reconocimiento de un error – no de arrepentimiento, por favor- y que consecuentemente se acepte entrar en el debate sin unas orejeras ideológicas tan burdas como las de entonces.
Hablar nunca está de más , y menos si se trata de un diálogo social que afecta a la vida cotidiana de la familia, el municipio y el sindicato ( y el empresariato), como es la cuestión energética.
Pero, por eso mismo, tampoco se trata de asumir acríticamente la alternativa nuclear, por mucho que se plantee como la opción única e irrevocable a que apunta la sintaxis de la ola informativa que nos invade al respecto y que se presenta como una semántica que todavía no quiere significar mucho, por si acaso.
Así que, y sin que sirva de precedente , que desgraciadamente lo hay, nucleares de entrada no, pero…








