
A pesar de los intentos de que la Nueva Normalidad se parezca lo más posible a la ya periclitada e innominada Normalidad ( ¿anterior? ¿vieja? ¿porqué no se le pone adjetivo?) , el turismo de masas, una de las claves económicas del pasado inmediato, comienza a suscitar alguna que otra reflexión.
Y si bien es cierto que el turismo de sol, playa y desmadre ( y despadre, of course) parece estar finiquitándose por sí mismo ante el desembarco del COVID-19 que arrasa todo allí por donde pasa, todavía hay pequeños brotes verdes mentales que se empecinan en hacer leña del bosque ( que no originario) caído y se resisten a perder unas inversiones que podían haber colocado en otros lares incluidos los paraísos fiscales al uso. La histeria contamina incluso a algunos políticos que a la vez que anuncian confinamientos inminentes para los propios, afirman gobernar un destino seguro para los ajenos.
Otro sí, quienes no quisieron ver las barbas de sus vecinos ya tan ralas como destrozadas sus ciudades por las multinacionales de la hospedería y de la restauración- catering, y que con la llegada de gigantescos cruceros llegaron al orgasmo económico que dedujeron sostenido, se lamentan y rasgan sus vestiduras ante el despliegue de las distópicas mascarillas.
Y así se descubre , en infernal silencio, la capa mentirosa del rey desnudo, tan soportada por la destrucción de tierras, hombres,mujeres, culturas y gastronomías, por mucho que hasta la pandemia enviada por los dioses de hogaño, el turismo de masas, tan democrático como demagógico ,representara el 14,6 % del PIB español y 10,4 del PIB mundial…








