‘Pluralidad masculina’

No hay récord de la memez que no sea pulverizado. La última plusmarca hasta el instante de teclear estas líneas la ostenta el muy progresí equipo de gobierno municipal de Zaragoza. Y casi sería anécdota que el asunto se quedara en eso, en chorrada, tontuna o majadería. Pero me temo que se han batido más registros o, expresado en el lenguaje que tanto gusta, se han traspasado unas cuantas líneas rojas. La de la libertad más básica, por citar lo que personalmente me parece más grave.

La cosa va, como probablemente sepan, de la orden de paralizar la edición del ya tradicional calendario de los bomberos de la capital aragonesa, ese almanaque (juraría yo que nacido en Bilbao) en que se exhiben los cuerpos más lozanos del cuerpo, si me perdonan el juego de palabras facilón.

A buenas horas nos escandalizamos de lo que en su día fue celebrado —para mi, incomprensiblemente— como un gran avance en materia de igualdad. Eso, de entrada, porque lo más abracadabrante es el motivo de la censura que alegan los supertacañones de la franquicia maña de Podemos y allegados. Sostienen, se lo juro, que las imágenes “no reflejan la pluralidad masculina”, sino que responden (cuidado, que quizá nos pongamos pilongos leyendo lo que sigue) “a un modelo específico de hombre musculado en posición de vigor”.

Lo triste es que los responsables del calendario han bajado la testuz y anuncian una versión acorde con las directrices de los guardianes de la neomoral y las actuales buenas costumbres. Todo sea por la subvención y por no atentar contra los rancios valores retroprogres. Puritanismo caspuriento de tomo y lomo. Es decir, fascismo.

‘Sexichou’ en vivo

Ya saben lo del Efecto Streisand: algo que estaba destinado a tener una difusión limitada acaba conociéndose a troche y moche por el intermedio de quien se siente ofendido y se lía a darle tres cuartos al pregonero. Pues ha vuelto a pasar, en esta ocasión, en Berango, donde un garito montó lo que en mis tiempos los paisanos de ojos desorbitados llamaban sexichou en vivo. El profundo argumento del artefacto alegrabajos iba, al parecer, de un maromo neumático a base de esteroides que dominaba a cinco mujeres. Por lo menos, así se da a entender en el patético cartel anunciador, que presenta al gachó recauchutado rodeado por las (sigamos con la terminología viejuna) gachises, en actitud sumisa, si bien no dan la impresión de estar pasándolo muy mal. El detalle de las estrellitas toscamente pintarrajeadas allá donde se supone que van los pezones redondea una pieza que mueve más a la risa o la compasión que al recalentamiento inguinal.

Esto, claro, siempre y cuando no se disponga de esos ojos robocopianos de curilla preconciliar o dama del Ejército de Salvación que encuentran pecado allá donde se posen. Entonces sí, la menor chorrada se convierte en escandaloso e intolerable acto para la lapidación. Incluso, cuando hay consentimiento expreso de adultos o, como es el caso, se podría dar (y de hecho, se da) a la inversa, o sea, con una dominatrix atizando candela a cuatro mancebos. Una actriz que participa voluntariamente en estos espectáculos me decía que está harta de ser tratada como menor de edad por las mismas personas que denuncian que a las mujeres se les impide tener voluntad propia. Piénsenlo.