Domingo 25 de octubre de 2026
Estuve, hace varios años, en Santiago de Compostela. Venía de Oporto y de pasar por Rianxo para ver la casa natal de Alfonso R. de Castelao. Y, en la capital de Galiza palpar el ambiente peregrino que se vive frente al Obradoiro. Y visitar la Catedral, donde nada más llegar, nos lanzaron dos prohibiciones. No sacar fotos, y silencio. Recordaba yo el lema de la Catedral de Gasteiz. «Abierto por Obras».
Las dos prohibiciones compostelanas pueden tener sentido, según como se pidan. Entiendo el silencio si hay una misa, pero que un señor con aire de prefecto de disciplina de hace cincuenta años te pida silencio, no lo entiendo sobre todo cuando el Papa, la víspera en Polonia pedía naturalidad. ¿Se es irrespetuoso si se habla en una Catedral?. Creo que no. O depende. Si aquello se convierte en un patio de monipodio, podría ser, pero ¿cuál es la razón y, en que mandamiento se dice que hay que estar callado?. Y la segunda, lo de las fotos. Deberían propiciar lo contrario. Trescientos días de indulgencia por cada foto en la Catedral para contar la buena nueva y para que la gente enseñe donde ha estado, cuando últimamente a las iglesias no es que se vaya demasiado. Y entiendo que ante una pintura, un flash puede perjudicar, pero ¿ante un botafumeiro?.
Fui donde el chambelán que allí estaba y me dio una explicación propia de un taliban tridentino. «La gente se puede deslumbrar y caer por las escaleras y romperse la frente». Y nada más decirme ésto, protestaba porque una joven llevaba los hombros al aire.
Rumiando estas vivencias propias de hace décadas, pasamos delante de un local donde en su exterior había periodistas a los que les comenté el caso y me dijo que el Arzobispo de Santiago y el Ayatollah Jomeini debían ser primos hermanos. Y me dijeron que dentro estaba Xosé Manuel Beiras en una reunión para decidir la candidatura de En Marea a la Presidencia de la Xunta de Galiza. Y quise saludarle e inmediatamente tuvo la amabilidad de salir a la puerta donde me dio un abrazo y recordamos la reunión de la Declaración de Barcelona en Santiago.
Conocí a su padre Manuel Beiras, líder del partido galleguista, el de Castelao, el de Alejandro Bóveda y el de D. Ramón Martínez, un benemérito patriota gallego que tuvo que salir al exilio nadando por el Miño fronterizo. Ese día nos corregía diciendo: ”No se dice es una situación preocupante, sino inquietante”.
Le acompañé a Uzturre y a Pepe Casal a ese Congreso del Partido Galleguista donde se trató de relanzar el Partido histórico de Galiza con Manuel Beiras padre, Avelino Pousa y Chesqui, el actual presidente de la Fundación Castelao. Falló Beiras hijo. Otra sería la historia de Galiza con un Galleguismo histórico, tipo PNV, de centro izquierda. Pero apostó por la creación durante dos décadas del Bloque Nacionalista Galego. Su alta figura de druida, con sombrero de ala ancha y sus ropas de lino blanco, era perfectamente identificables, así como su claridad en la exposición. Con su esposa Auritxu, y su viejo coche le gustaba venir a Euzkadi en tiempos en los que pusimos en movimiento “La Declaración de Barcelona” que fue una actualización de aquella Galeuzca del viaje triangular que ya en 1923 hicieron dirigentes gallegos, vascos y catalanes. Hoy totalmente olvidada.
Incluso llegamos a ir juntos a unas elecciones europeas pero Beiras dejó el Bloque para liderar Alternativa Galega de Esquerda dentro de la plataforma Anova-Irmandades Nacionalista. Creo que no acertó y además no tuvo éxito. Pero esto no desdice su trayectoria en favor de una causa.
EL «ENFANT TERRIBLE» DE GALIZA.
Casado políticamente sólo con el nacionalismo gallego, nunca tembló al señalar a la izquierda, al «macarra» Feijóo, al ‘oportunista’ Podemos o al BNG. Y menos a Yolanda Díaz a quien tachó de ingrata, insolidaria y profundamente desleal. Tuvo razón. Sumar, fue otra decepción de Beiras. Los 10 fracasos y cinco traiciones de la Yolanda profética de “a la mierda”, aunque la escena más elocuente de esa tensión la protagonizó en 2013 el propio Beiras, encaramado al estrado y con la voz quebrada, exigiendo la dimisión de Feijóo por su supuesta relación con el contrabandista Marcial Dorado y reclamándole respeto para las familias golpeadas “por esa peste (el narcotráfico) que dejó una generación en blanco con más de 600 muertes por sobredosis”.
Xosé Manuel Beiras(Santiago de Compostela, 1936) alcanzó los 90 años el 7 de abril y falleció el 8 de octubre en Brion (Galiza). Según Candela Ibáñez fue uno de los rostros más reconocibles e indómitos del nacionalismo gallego contemporáneo y figura clave de dos de sus mayores cauces: el BNG, del que se apartó en 2012 y Anova. No resulta sencillo apresar del todo su figura como tampoco lo era, como advertía el escritor Álvaro Cunqueiro, contarle los pies al gato galaico siempre escurridizo, porque cada intento por fijar a Beiras lo desmentía o desplazaba. Fue detenido en 1982 siendo decano de la Facultad de Ciencias Económicas, durante una protesta en favor de presos independentistas.
Para la memoria quedaron los dos zapatazos jrushchovianos –en 1993 y 2013- frente a los populares Fraga y Feijóo, como para sus detractores su figura de radical reconocible y carácter volcánico. Pero incluso ellos han admitido tras su fallecimiento, que, a pesar de su lengua de bisturí, nunca renunció del todo al diálogo, acaso por una disciplina política a la antigua y que le llevó a una tregua con Fraga. «Aquello se dio porque comprendía que había uno enfrente al que escuchar, aunque no se compartieran las mismas ideas», señaló Martiño Noriega a Crónica, hijo político y compañero de viaje en Anova. «Y hay algo en él, en su manera de hacer política que es cómo si leyera una partitura». No hay que olvidar que tocaba el piano con dedicación.
Con Fraga se enfrentó hasta el límite, en un pulso bronco y constante que solo en sus últimos compases aflojó. Hubo entonces una escena insólita cuando, tras las 40 propuestas del BNG en 2001, el veterano dirigente del PP cruzó el hemiciclo del Parlamento gallego para acercarse al escaño de Beiras y tantear una serie de reuniones con la intención de incorporar parte de ese programa al rumbo de la Xunta. «Fraga quería que yo fuera su sucesor en la Xunta porque sabía quién le rodeaba dentro del partido», manifestó en más de una ocasión Beiras.
Antes de que el tiempo le cincelara ese aire de druida celta, de ojos azules y melena plateada, Beiras fue niño en la calle del Vilar, a la sombra de la Catedral de Santiago. Su infancia atravesada por la posguerra, como el reconoció sin aspavientos a O Ferrado en 2025, tuvo algo de intemperie contenida por la red de complicidades que su padre (militante del Partido Galeguista) tejió con los últimos faros de la Generación Nós y las Irmandades da Fala. «Mis recuerdos con Otero Pedrayo son tan antiguos como mi memoria, así como con Carvalho Calero o Paco Del Riego», señalaba. En esa «burbuja» de clandestinidad luminosa -«fuera estaba el fascismo», resumía- se educó en un «privilegio» de escuela-cooperativa levantada a contracorriente donde un profesor republicano de la Institución Libre de Enseñanza aleccionaba a unos pocos rapaces, según Candela Ibáñez.
Aunque se asomó a un París en ebullición mientras se formaba en Derecho, Ciencias Económicas y Lengua y Literatura Francesa en La Sorbona, y pisó después un Londres que ya afinaba los acordes de su inminente revolución cultural, ampliando estudios en laLondon School of Economics, regresó a Galicia para repensar la estructura económica de la región y evidenciar que lo suyo no era un nacionalismo de verborrea. Vio en el atraso una herencia de dependencia -«la emigración como renuncia a volver», la fuga del ahorro- y diagnosticó, influenciado por Robèrt Lafont, a una «colonia interior» a la que le extraen la savia (trabajo, energía y futuro) debido, en parte, a una pequeña burguesía convertida en «soporte local» del poder central.
Para él, en conversaciones que tuvimos en Sabin Etxea, el problema de Galiza y Euzkadi era que éramos naciones alienadas y había que romper esa alienación luchando juntos. Fue una delicia asistir a las conversaciones de dos “monstruos” políticos como Arzalluz y Beiras donde aprendías en dos horas más que leyendo veinte libros.
En la noche del franquismo militó en la clandestinidad. Se midió con distintas corrientes hasta aprender, sobre todo, lo que no aceptaría: una izquierda que olvidase la «alienación» porque estarían, decía, «perdidos». Fundó su primer embrión político, el Partido Socialista Galeguista (PSG), pero no dejó de interpelar al socialismo de Estado con la misma puntería incómoda. «En el PSOE, ¿alguien se atrevería a decir que una mujer oprimida no tiene derecho a divorciarse?», señalaba, «entonces, ¿por qué un pueblo machacado, que no puede respirar, no tiene derecho a divorciarse?».
Para Beiras, la política solo tenía sentido si nace abajo. «Se hace primero en la sociedad y luego se proyecta, si no es así nace en el aire y le falta conexión». En su esquema, los partidos cumplen una función instrumental, «el puente entre la sociedad y las instituciones para vehiculizar las dinámicas que se dan en la sociedad»; cuando ese vínculo se rompe, advierte, queda «suspendido en el aire como le pasó a Podemos».
Muchos lamentamos que EITB, con la cantidad de horas grabadas de las reuniones de la Declaración de Barcelona, no haya hecho nada para dar a conocer a ésta figura tan importante de Galicia y Euzkadi. Su silencio y menosprecio dan razón a la alienación que tiene EITB con todo lo madrileño que nos comentaba Beiras.
Me decía Mikel Ortiz de Arratia: ”La muerte es la gran descubridora de la miseria humana. Un símbolo de la defensa nacionalista se esfuma en cuatro líneas, pisoteando la grandeza de su esfuerzo. La sensibilidad de Euzkadi ante el suceso ha sido un pozo de vergüenza. Su silencio, les maldice”.
Suscribo la reflexión de Mikel. Tenemos un Ente público mirando obsesivamente a Madrid, desconociendo la filosofía con la que nació EITB en 1982 tras décadas de dictadura, y silenciando, como durante el franquismo, todo lo propio. Y es que Beiras fue un luchador propio, no solo de Galiza, sino de Galeuzca. Pero eso no cuenta.
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