EL BALCON DEL CARLTON

Domingo 26 de abril de 2026

El inicio de la transición hacia la democracia  fue como la experiencia de estar metido en un Túrmix. Cada día ocurría algo nuevo y algo se había de  improvisar. Veníamos de la nada política. O peor. De la persecución preferencial. De ahí que un día de tantos me dicen que en el hall de nuestra oficina del BBB hay una persona que quería hablar conmigo. Era un señor alto, distinguido, de hablar pausado. ”¿Usted sabe que en septiembre se cumplen veinte años del Congreso Mundial Vasco celebrado en Paris y donde el Lehendakari Agirre hizo un descargo de lo hecho por su gobierno desde 1936?. Me tiene usted que conseguir su intervención por favor”. Se trataba de Leopoldo Zugaza, el gran editor y creador de la Azoka de Durango. Removí Roma con Santiago y encontramos las cintas del discurso que había leído al principio  e improvisado en su segunda parte.

Leopoldo se tomó el trabajo de escuchar y transcribir las cintas y editar un pequeño libro de 128 páginas con todo el interesantísimo discurso. Lo pagó de su bolsillo. Al poco, volvió a visitarme para entregarme “Veinte años de Gestión del Gobierno Vasco”. Me pidió le consiguiera los libros editados y encuadernados del Diario Oficial del Gobierno Vasco de 1936. Aquel gobierno milagroso había creado una administración de la nada en plena guerra y él se tomó el trabajo de reeditar los decretos en tres tomos. ”Mire joven. Aquello fue un milagro que ilustra nuestra mentalidad institucional y las nuevas generaciones tienen que saber que las personas pasan pero las Instituciones han de pervivir. Y de lo que hicieron no sabemos nada”. Recibí ese día una gran lección. Ojalá en el actual Departamento de Cultura hubiera personas con la misma mentalidad y sensibilidad.

Agirre resumía su gobierno así: “Un cristianismo democrático, un liberalismo fundado en principios democráticos, y, finalmente un socialismo humanista, y por lo tanto, fiel a los principios de la democracia, son los elementos que bajo un denominador común, respetuoso con la libertad política y social que el hombre reclama, constituyen los elementos sobre los cuales ha sido posible realizar un ensayo, que yo deseo sirva de ejemplo  y de eficaz instrumento ,de progreso y de orden, en los tiempos presentes y en los que han de venir” fue lo primero que dijo en 1956 el Lehendakari.

Cuando vi el pasado martes al actual gobierno vasco, con el Lehendakari Pradales al frente, en el balcón del hotel Carlton, sede de aquella  Presidencia, retomando el hilo histórico y el cartel que el fascismo había descolgado con alborozo y retaliación  ,me acordé de Leopoldo Zugaza y su mirada institucional uniendo aquel pasado con su proyección al futuro. Ha sido una gran foto. Ojalá cada año se repita.

Los Lehendakaris Garaikoetxea, Ardanza y Patxi López lo recordaron en la sala de Juntas de Gernika. El Lehendakari Ibarretxe celebrando un Consejo de gobierno en la Diputación de Bizkaia donde se reunió por primera vez el Gobierno Vasco tras la jura de Gernika y el Lehendakari Urkullu en el Palacio La Puente de Trucíos  en el 85 aniversario del Manifiesto. Y en 2012, en ese Balcón. Laura Mintegi con su candidatura de Bildu.

Y es que este año 2026, se conmemoran no veinte, sino 70 años de aquel Congreso Mundial de Paris, en pleno exilio, y 90 de la aprobación del primer estatuto en el Congreso  y del primer gobierno con su ikurriña y su himno y sus tres tomos de decretos por lo que  creo es imprescindible hacer un esfuerzo de retomar ese hilo histórico, y hacerlo muy visual y pedagógico, porque las nuevas generaciones no tienen ni idea de aquella historia boreal. Ni idea.

PUEDE USTED VOLVER

El 23 de octubre de 1977 el presidente de la Generalitá, Josep Tarradellas, volvió a Barcelona  tras 38 años de exilio y tras unas negociaciones con el presidente del gobierno español Adolfo Suárez se le reconoció su cargo de presidente de la Generalitá preautonómica. No era más que la Diputación de Barcelona con Tarradellas de President dándole empaque, aunque sin competencias. Y así como había vuelto aquel gigantón sin gobierno, comenzó un acoso político para que hiciera lo mismo el Lehendakari Leizaola quien si presidía un gobierno en el exilio. El EBB, conjuntamente con  el Lehendakari, nos negamos a ello. ”Volverá con un estatuto aprobado y con más competencias”

“Quijotadas principistas de estos puñeteros vascos” dijeron en Madrid y ante nuestra negativa tuvieron que reconocer la creación del Consejo General Vasco en enero de 1978. Un año después y  tras una dura negociación en 1979 se produjo el referéndum autonómico que aprobó el estatuto de Gernika. Ante esa realidad y con un nuevo estatuto y con más competencias, nos reunimos con el Lehendakari en Bayona y le pedimos volviera a casa. ”Misión cumplida, Lehendakari”.

Me tocó con Begoña Ezpeleta contratar un avión de Aviaco que le recogió en Paris y con su familia y lleno de periodistas tomamos tierra en Sondika el 15 de diciembre de 1979. El comandante, cerca ya de llegar, nos anunció por la megafonía del avión: ”Lehendakari, estamos volando en el espacio aéreo vasco”. Más de una lágrima de emoción brotaron espontáneamente. No era para menos. Aquel gran símbolo de nuestra historia cumplía el deseo del Lehendakari Agirre con su despedida en Trucíos. Sentado  con  su nieto e hija al lado y su sombrero en las rodillas era la viva imagen de 40 años de  una dignidad sin par.

Y del apoteósico recibimiento en el aeropuerto a un San Mamés lleno hasta la bandera. Y no era fácil llenar San Mamés pero en aquellos años la capacidad de movilización era increíble. Y tras el mitin, la cena oficial en el Carlton. Pujol no pudo aterrizar, volvió a Barcelona y llegó por carretera.

EL CAMARERO

Fue un placer recorrer con Leizaola las dependencias de aquella “Lendakaritza”, sin h. El director nos presentó a un camarero albaceteño Miguel Martínez que sirvió a Agirre y al gobierno vasco ”Recuerdo como se instalaron las oficinas del Gobierno Vasco y cómo se realizaron una serie de obras para el acondicionamiento ya que hasta el comienzo de la guerra había servido para recoger refugiados. Y más de una vez bajamos al refugio del sótano  ante el anuncio de las bombas. Como anécdota les he de decir que el Lehendakari Agirre me concedió una asignación mensual para que aprendiera euskera  y, aunque he callado estos años, en éste hotel se conservan varias cosas que usaba el presidente. Quedan dos sillones que los quiso adquirir un vasco exiliado en América. Y vean ustedes. Mirando a la fachada, a la derecha del Balcón estaba el despacho del Sr. Rezola, que era quien se ocupaba de Defensa. A la izquierda trabajaba el secretario Basaldua. Recuerdo que había también un comedor e incluso una vajilla con el escudo vasco grabado”.

El hotel Carlton, preside la Plaza Elíptica de Bilbao. Fue edificado entre 1919 y 1926. Es una construcción hotelera exenta y ejemplo tardío del estilo Segundo Imperio. Además de su interés arquitectónico el edificio tiene un gran significado histórico y simbólico, ya que fue sede del primer Gobierno Vasco (Lendakaritza ponía en su balcón). En los años ochenta estuvo a punto de ser derribado por la especulación urbanística. Se salvó en el último segundo. Le dijimos a sus dueños: ”No lo vais a derruir. Vamos a rodear el edificio con ex gudaris y gente joven”. Y ahí está, con su balcón, El Consejero Santiago Aznar me había comentado la emoción que sintieron en 1936 viendo un desfile de gudaris y milicianos, desde el balcón, pasando ante ellos. ”La mayoría iban a morir en el frente”.

Allí tuvo su despacho el Lehendakari Agirre y de allí partió para Trucíos, Santander, Barcelona, asentándose  posteriormente en  su  largo exilio parisino donde murió hace ahora 66 años.

El Carlton aquellos días aciagos, tuvo vida propia. Por eso le solicitamos a quien fuera Secretario de Sanidad Militar a los 23 años, José María Bengoa, que nos relatara el ambiente que se vivía en el Carlton. Bengoa, médico, exiliado en Venezuela fue representante de este país en la OMS en Ginebra. Su hijo Rafa Bengoa fue Consejero de Sanidad y él, José Mari, con Andrés  Aya Goñi, uno de los fundadores de Osakidetza. Nacido en las Siete Calles era del EAJ-PNV.

Esto es lo que me contó del ambiente del Carlton donde tenía él  asimismo su despacho: “Al crearse el Gobierno Vasco, el Lehendakari se instaló provisionalmente en la Diputación de Vizcaya. Al concluirse las obras de adaptación en el Hotel Carlton, que se hicieron en pocas semanas, el Gobierno pasó a este edificio, donde se organizaron las oficinas de la Presidencia y de la Consejería de Defensa, ya que Aguirre ocupó los dos cargos. En la Presidencia tenía como Secretario General a  Antón Irala y en Defensa a Joseba  Rezola.
Durante diez meses, diariamente, alternamos entre el optimismo y el pesimismo.  El optimismo nos llegaba de la voz del Lehendakari, para quien nunca existieron dificultades que no pudieran superarse. El pesimismo venía, de un visitante diario al Carlton, el Coronel Montaud, Jefe, del Estado Mayor de Euzkadi. Era un pesimismo no derrotista sino más bien constructivo, pero que contrastaba con la fe en la victoria del lehendakari. El Coronel Montaud, que vivió exilado muchos años en Venezuela, por seguir —según él decía— los consejos de su ma­dre de que no se sublevara, nunca, basaba su pesimismo en la falta de armamento adecuado.

“Mire usted, Presidente, decíale Montaud al lehendakari paseando por el balcón, yo quisiera que nuestro armamento fuera de oro, pero es de plomo, y el plomo es gris, pesado, blando y no es que yo le tenga rabia, al plomo, Presidente, es que el plomo es así». El Lehendakari solía entonces hablar de la fuerza moral de los vascos, de algunas epopeyas en el pasado y algunas actuales, y terminaba imputando a Montaud dejarse llevar por un pesimismo excesivo. Terminaban abrazados, porque sabían que los dos tenían algo de razón.
En el Carlton se trabajaba mucho y se comía, muy mal. La ración era la misma claro está, que la que padecía la población civil, pero en menor cantidad. El único que tenía una ración extra de un pote de leche condensada, que se lo comía con fruición y regodeo, era el periodista, inglés Steer, que años más tarde escribiera el libro «El Árbol de Guernica». El Lehendakari comía los garban­zos cocidos como todos los demás.

Punto final. Esa foto del balcón ha estado muy bien. Ojalá se repita anualmente.

LOS 90 AÑOS DE BEIRAS, EL «ENFANT TERRIBLE» DE GALIZA.

Sábado 25 de abril de 2026

Candela Ibáñez

Casado políticamente sólo con el nacionalismo gallego, nunca tembló al señalar a la izquierda, al «macarra» Feijóo, al ‘oportunista’ Podemos o al BNG. «Fraga quería que le sucediera en la Xunta, sabía quién le rodeaba en el partido», ha declarado en más de una ocasión. en el

 Xosé Manuel Beiras (Santiago de Compostela, 1936) alcanzó los 90 años el 7 de abril. Sigue a ser uno de los rostros más reconocibles e indómitos del nacionalismo gallego contemporáneo y figura clave de dos de sus mayores cauces: el BNG, del que se apartó en 2012 y Anova, dónde aún milita. No resulta sencillo apresar del todo su figura como tampoco lo era, como advertía el escritor Álvaro Cunqueiro, contarle los pies al gato galaico siempre escurridizo, porque cada intento por fijar a Beiras lo desmiente o lo desplaza.

Para la memoria quedaron los dos zapatazos jrushchovianos –en 1993 y 2013- frente a los populares Fraga Feijóo, como para sus detractores su figura de radical reconocible y carácter volcánico. Pero incluso ellos habrán de admitir que, a pesar de su lengua de bisturí, nunca renunció del todo al diálogo, acaso por una disciplina política a la antigua y que le llevó a una tregua con Fraga. «Aquello se dio porque comprendía que había uno enfrente al que escuchar, aunque no se compartieran las mismas ideas», señala Martiño Noriega a Crónica, hijo político y compañero de viaje en Anova. «Y hay algo en él, en su manera de hacer política que es cómo si leyera una partitura».

Con Fraga se enfrentó hasta el límite, en un pulso bronco y constante que solo en sus últimos compases aflojó. Hubo entonces una escena insólita cuando, tras las 40 propuestas del BNG en 2001, el veterano dirigente del PP cruzó el hemiciclo del Parlamento gallego para acercarse al escaño de Beiras y tantear una serie de reuniones con la intención de incorporar parte de ese programa al rumbo de la Xunta. «Fraga quería que yo fuera su sucesor en la Xunta porque sabía quién le rodeaba dentro del partido», manifestó en más de una ocasión Beiras.

Antes de que el tiempo le cincelara ese aire de druida celta, de ojos azules y melena plateada, Beiras fue niño en la calle del Vilar, a la sombra de la Catedral de Santiago. Su infancia atravesada por la posguerra, como el reconoció sin aspavientos a O Ferrado en 2025, tuvo algo de intemperie contenida por la red de complicidades que su padre (militante del Partido Galeguista) tejió con los últimos faros de la Generación Nós y las Irmandades da Fala. «Mis recuerdos con Otero Pedrayo son tan antiguos como mi memoria, así como con Carvalho Calero o Paco Del Riego», señalaba. En esa «burbuja» de clandestinidad luminosa -«fuera estaba el fascismo», resumía- se educó en un «privilegio» de escuela-cooperativa levantada a contracorriente donde un profesor republicano de la Institución Libre de Enseñanza aleccionaba a unos pocos rapaces.

Aunque se asomó a un París en ebullición mientras se formaba en Derecho, Ciencias Económicas y Lengua y Literatura Francesa en La Sorbona, y pisó después un Londres que ya afinaba los acordes de su inminente revolución cultural, ampliando estudios en la London School of Economics, regresó a Galicia para repensar la estructura económica de la región y evidenciar que lo suyo no era un nacionalismo de verborrea. Vió en el atraso una herencia de dependencia -«la emigración como renuncia a volver», la fuga del ahorro- y diagnosticó, influenciado por Robèrt Lafont, a una «colonia interior» a la que le extraen la savia (trabajo, energía y futuro) debido, en parte, a una pequeña burguesía convertida en «soporte local» del poder central.

Para él, como señala Noriega, «la radicalidad es un bien genuino, no acomodado» por eso, como tantos otros, en la noche larga del franquismo militó en la clandestinidad. Se midió con distintas corrientes hasta aprender, sobre todo, lo que no aceptaría: una izquierda que olvidase la «alienación» porque estarían, decía, «perdidos». Fundó su primer embrión político, el Partido Socialista Galeguista (PSG), pero no dejó de interpelar al socialismo de Estado con la misma puntería incómoda. «En el PSOE, ¿alguien se atrevería a decir que una mujer oprimida no tiene derecho a divorciarse?», señalaba, «entonces, ¿por qué un pueblo machacado, que no puede respirar, no tiene derecho a divorciarse?».

Para Beiras, la política solo tiene sentido si nace abajo. «Se hace primero en la sociedad y luego se proyecta, si no es así nace en el aire y le falta conexión». En su esquema, los partidos cumplen una función instrumental, «el puente entre la sociedad y las instituciones para vehiculizar las dinámicas que se dan en la sociedad»; cuando ese vínculo se rompe, advierte, queda «suspendido en el aire como le pasó a Podemos«. De ahí su crítica a los giros tácticos y pérdida de anclaje social. «Podemos asumió la plurinacionalidad por oportunidad política«, señaló, «ya renunció a mucho de lo que era, a su ideario y diseño programático iniciales, los del 15-M, las plazas, etc. No estamos ante el Podemos que hablaba de una alternativa de gran coalición de izquierdas en las elecciones de diciembre de 2015».

«Este no es un Gobierno de izquierdas. De hecho, Pablo Iglesias habla de Gobierno progresista. El progresismo es una cosa y la izquierda otra. El objetivo de la izquierda es transformar a fondo el sistema, ir a la raíz de los problemas y para ello está la vía revolucionaria o la vía de la socialdemocracia de, por ejemplo, Olof Palme», apuntaba en enero de 2020 sobre el Gobierno de coalición.

Su «particular cosmovisión» de su mundo lo convirtió en un insurrecto constante ya sea en la calle -donde fue detenido en 1982 siendo decano de la Facultad de Ciencias Económicas, durante una protesta en favor de los presos independentistas- como en el propio Parlamento de Galicia. Precisamente, en la sede de la soberanía gallega conoció de cerca las porosidades del entonces presidente gallego y «macarra», como lo describió, Feijóo. La escena más elocuente de esa tensión la protagonizó en 2013 el propio Beiras, encaramado al estrado y con la voz quebrada, exigiendo la dimisión de Feijóo por su supuesta relación con el contrabandista Marcial Dorado y reclamando respeto para las familias golpeadas por «esa peste [el narcotráfico]» que dejó una generación en blanco con más de 600 muertes por sobredosis. Aquella intensidad no cayó en saco roto ya que, en sesiones posteriores, Feijóo ironizó sobre el episodio, provocando un nuevo cara a cara con Beiras en el que, frente a frente, el de Os Peares no mostró la misma bravura. «Si Fraga resucitara le daría una hostia a Feijóo», apuntó Beiras hace tiempo.

En todos estos años, Beiras caminó entre pieles dispares, del «esquirol» Felipe González al «jacobino» Errejón, pasando por Yolanda Díaz que le abandonó en medio de un proyecto político de izquierdas para irse a Madrid a hacer carrera. Siempre ha defendido que dejará de ser nacionalista, «cuando Galicia tenga y ejerza su propia soberanía y tenga un Estado con la configuración que desea lagente, sino sería puro chovinismo«. En ese empeño ha roto con los suyos, abandonado el BNG tras tres décadas, levantado siglas nuevas -AGE, Anova- y transitado alianzas fallidas, como aquella con Izquierda Unida y En Marea con la que consiguió desplazar al BNG a la cuarta posición política en 2012. Y aún así volvió de manera simbólica, en 2024, a pedir el voto para Ana Pontón e intentar lograr un Gobierno gallego a los «intereses nacionales y de clase» .

Una de las últimas estampas de Beiras lo muestra al piano en su casa de Brión. Dentro de ella, un reloj suena ruidosamente a las y media y en punto, y un druida del galleguismo sigue pensando. Afuera, un mundo volátil -«con el crecimiento de la ultraderecha», apunta Noriega- que devuelve ecos de tiempos ya vividos. Y él, todavía, como un «enfant terrible«, «de espíritu y de cabeza», «con exceso de lucidez» consciente de «sus melancolías». Nueve décadas de amor a una tierra (la de Breogán), de pérdidas (también la de su compañera de vida), «de traiciones», pero «sin rencor». Noventa años de Beiras, lucero de generaciones gallegas que aún buscan un norte.

EL IMPACTO DE LAS EMOCIONES A LA HORA DE VOTAR

Viernes 24 de abril de 2026

Daniel Finder   |   Marilina Socolovky

El principal desafío de las encuestas electorales está vinculado al comportamiento humano y cómo conciliar la brecha entre lo que la gente dice que pretende hacer y lo que finalmente hace.

Uno de los principales retos en el estudio del comportamiento humano y los fenómenos sociales es conciliar la brecha entre lo que la gente dice en las encuestas que pretende hacer y cómo finalmente termina actuando. Muchas de las preguntas en sondeos y entrevistas obligan a las personas a racionalizar comportamientos, anulando las reacciones emocionales o impensadas, lo cual limita la lectura de lo observado.

En diferentes contextos, fuera y dentro de nuestro ámbito , encontramos que las encuestas electorales tienen enormes dificultades para predecir resultados, sobre todo cuando surgen outsiders que generan un desequilibrio en el statu quo. Algo parecido sucedió en Argentina, donde las encuestas no retrataron con precisión lo que ocurrió en el comportamiento del electorado. Es verdad que muchas de ellas huyen del manual convencional de metodología, ya que realizar encuestas con muestras sólidas es caro y los presupuestos son limitados. A ello se le suma que el país no cuenta con datos censales actualizados para trabajar con un marco muestral de calidad. Y no se puede obviar que muchos agentes que surgen como “encuestadores” son en realidad asesores políticos mayormente interesados en mostrar datos que favorezcan a sus clientes. 

Pero además las elecciones movilizan emociones que las encuestas tradicionales no consiguen medir adecuadamente. Aún más cuando, días antes de los comicios, más de un tercio del electorado aún presenta altos niveles de indecisión. Ello exige probar nuevas herramientas que puedan explicar esa brecha entre lo que la gente dice (intención racionalizada) y lo que finalmente hace (voto emocional), amparándose –por ejemplo– en el modelo de Daniel Kahneman, ganador del premio Nobel de economía. Para Kahneman, hasta el 90% de nuestras decisiones no son pensadas o racionalizadas (características del Sistema 2), sino que son rápidas, intuitivas, implícitas (propias del llamado Sistema 1). Herramientas que trabajen sobre el Sistema 1 complementan las miradas tradicionales (generalmente de Sistema 2), buscando incorporar esta comprensión implícita y emocional del comportamiento humano. 

Más allá de la verbalización declarativa tradicional, es necesario entender al votante desde una perspectiva emocional, complementando aquella más racional. Un experimento que evaluó el rol de los afectos en la elección argentina permitió identificar correctamente a los candidatos que entraron al ballotage y proyectar una intención de voto del 54% para Javier Milei y un 46% para Sergio Massa, valores cercanos al resultado de la segunda vuelta. Massa, el candidato del oficialismo, entra en el ballotage por un voto estratégico: la mayoría lo vota por miedo a que gane uno peor. La motivación es puramente racional. También genera mucho rechazo (emociones negativas): el 45% nunca lo votaría, comparado con el 29% que rechazaba a Milei. Esto le significaba un techo en el ballotage. El voto al opositor, Milei, era un voto más decidido: el 76% lo votaba convencido. Eso no significa que el gatillo fuera puramente sentimental. La mayoría lo elegía por sus ideas económicas, aunque algunos reflejaban un desencanto general con la política.  En el caso de un ballotage, los estudios coincidían en indicar que Milei se beneficiaba desproporcionalmente de los votos de Patricia Bullrich, candidata del opositor JxC que quedó en tercer lugar (y muchos del peronista Schiaretti, ubicado cuarto). 

Pero además de esos indicadores usuales, otras herramientas permitían anticipar el triunfo de Milei. Una de ellas es llamada de IRT (Implicit Response Testing), que utiliza un algoritmo para medir el tiempo de respuesta y evaluar el nivel de arraigo ante un estímulo, en este caso la intención de voto. Generalmente, el algoritmo arroja un promedio de 70% de respuestas implícitas (rápidas y automáticas). En el caso de Milei, el porcentaje de respuesta implícita fue del 74%, lo cual refleja una base de votantes más decidida. La intención de voto al resto de los candidatos, incluyendo a Massa, solo promedió el 56%, un valor bajo que refleja menor compromiso. La rapidez de adhesión captura el involucramiento emocional de los electores.

Otra herramienta derivada de la semiología visual busca comparar la imagen de cada candidato vs el ideal. Utilizando un banco de imágenes con más de 9.000 ejemplos pre-codificados en su valorización sentimental, se le pide a cada votante que elija 10 imágenes que expresan cómo los hace sentir determinado estímulo, en este caso, un candidato. Solo eligen imágenes, cuya composición afectiva o emocional ya fue categorizada, sin tener que explicar el porqué de la elección y así eximiéndolos de un esfuerzo de racionalización. Inconscientemente, cada individuo exhibe así un collage de sus emociones en relación con cada candidato, y la agregación de los resultados de todos los individuos permite componer un mapa emocional del candidato. Las figuras asociadas con el candidato ideal invocan imágenes luminosas, positivas, que comunican satisfacción frente a la competencia, inteligencia y muestras de autoridad a través del conocimiento técnico del mismo.

Pero en la Argentina del ballotage ninguno de los candidatos reales se aproximó a ese ideal, inclusive en sus núcleos más fieles. Tanto Milei como Massa eran vistos como agresivos y con limitada autoridad dominante (esa autoridad técnica estaba algo más asociada a Milei que a Massa, en función de la atribución de expertise en economía). Pero el uso de esta herramienta reveló que la principal diferencia entre los dos candidatos fue la asociación de Massa con imágenes que transmitían un exceso de exigencias. Lo que los electores interpretaban con sus referentes pictóricos es que para Massa la presidencia encarnaba un proyecto personal (haciéndole sentir al votante que estaba en deuda con su voto a su favor). Massa era desvinculado de una potencial contribución para construir el futuro del país.  Por otro lado, a Milei se lo vinculaba a un elemento de vulnerabilidad y cercanía, lo cual lo hacía más humano.

Procesos electorales caracterizados por alta incertidumbre, la aparición de un outsider y el desencanto general con la política son especialmente sensibles al peso de las emociones. Ello dificulta predecir resultados si se parte de un abordaje exclusivamente convencional, bajo el supuesto de que las personas reaccionan solo a un cálculo costo-beneficio y que sus intenciones anticipan 100% sus futuras conductas. Es hora de entender mejor el contexto global en que ocurren las respuestas en las urnas y reconocer la fuerza con que las emociones que se ven reflejadas en el voto.

*Texto presentado en el congreso SAIMO-CEIM en el panel de estudios de opinión pública co-organizado por WAPOR Latinoamérica

Daniel Finder

Otros artículos del autor: CEO de Maru Latin America, agencia de investigación de mercado. Licenciado en ciencia política por la John Hopkins University, estudió política económica en la London Schools of Economics.

Marilina Socolovky

Otros artículos del autor: Directora de cuentas en Maru Latin America, agencia de investigación de mercado. Graduada en sociología por la UBA, Argentina.