El Cónsul panameño

Viernes 3 de abril de 2020

Este señor de la foto no es un rico hacendado panameño de nombre José Andrés Álvarez Lastra sino el presidente de los vascos, José Antonio de Aguirre, con gafas de concha, bigote y su inseparable pañuelo bilbaíno en el bolsillo de la chaqueta. Su nombre, José Antonio de Agirre y Lekube tenía las mismas iniciales que su pañuelo y de ahí se sacaron el nombre del Sr. Álvarez Lastra, personalidad que le facilitó el cónsul panameño para huir vía Berlín hacia la libertad. Al president de Catalunya Lluis Companys ya lo habían detenido, posteriormente fusilado, y Agirre tenía puesto el precio de su cabeza.

Son historias increíbles, para hacer una buena película que en cuarenta años no se ha hecho, pero que pienso que algún día se hará y las nuevas generaciones aprenderán el precio de la democracia y libertad que parecería que vienen del cielo.

En la madrugada del domingo 13 de Abril de 1947 falle­ció en la ciudad de Nueva York el Dr. Germán Gil Guardia Jaén, conocido por el mundo vasco de la época  por haber sido el cónsul panameño que salvó la vida de José Antonio de Agirre. El Dr. Guardia Jaén desempeñó el consulado de Panamá en Hamburgo desde 1931 a 1936, para pasar después con el mismo rango a la ciudad de Amberes, en Bélgica. En este puerto tuvo ocasión de facilitar al Lehendakari Agirre los me­dios de escapar a la persecución de la Gestapo, propor­cionándole un pasaporte falso panameño bajo el supuesto nombre de Dr. Álvarez Lastra y acompañándole a pedir el salvoconducto que le permitió llegar a Berlín.

Al declarar Panamá la guerra contra Alemania, el Dr. Guardia Jaén pudo regresar a su país, y de allí pasó a Mon­tevideo como Cónsul General y Secretario de Legación.

Agirre refiere así su encuentro con Guardia Jaén en su libro de «De Gernika a Nueva York pasando por Berlín»: «La entrevista fue breve, pero con la misma rapidez comprendí que me encontraba ante un alma muy noble. No me equivoqué. Dos días más tarde obraba en mi poder un ingenioso documento, que tenía el valor de un pasaporte provisional hasta que las autoridades de Panamá —según se decía en él— enviaran el permiso para otorgar el definitivo. Se hacía constar en el documento, que el antiguo lo había perdido con mis equipajes en una de las aglomeraciones de la frontera. Combinamos los hombres con el fin de que las iniciales coincidieran con las de José Antonio de Agirre y Lekube, y que respondieran además a apellidos conocidos de Panamá. De esa manera surgió al mundo el ciudadano panameño José Andrés Álvarez Lastra, doctor en Leyes y propietario de fincas en la provincia de Chiriqui».

Después de numerosas aventuras y peligros relatadas por el Presidente Agirre en su libro «De Gernika a Nueva York pasando por Berlín», Guardia Jaén se despide de Agirre en Berlín. Lo cuenta así el Lendakari:

«También ha llegado Guardia, mi Cónsul. Instintiva­mente, pero con acierto. Quien fue el creador del doctor Álvarez necesariamente había de estar presente en su despedi­da. Ha cenado con nosotros lleno de satisfacción.

Por fin salimos de Berlín el 25 de Mayo. Son las ocho de la mañana. De pie al lado de la portezuela, delante está mi Cónsul. El último abrazo y un agradecimiento que no borra­rán las distancias ni el tiempo».

Guardia Jaén después de una intervención quirúrgica en los Estados Unidos, apenas repuesto, tomó parte en los tra­bajos de la Delegación Panameña en la Asamblea General de las Naciones Unidas, como asesor del Dr. Ricardo Alfaro, Ministro de Relaciones Exteriores panameño, y en estas funciones tuvo ocasión de ayudar una vez más a la causa vasca.. Después quedó adscrito a la Delegación Permanente ante la ONU, y un mes antes de su muerte recibió el nombramiento oficial como Delegado adjunto de Panamá ante las Naciones Unidas.

Desde su llegada a New York el Dr. Guardia Jaén estuvo en contacto permanente e íntimo con los miembros de la De­legación Vasca; frecuentaba los medios sociales vascos y el Restaurant Jai Alai, sin cesar en todo momento de dar muestras de su afecto hacia nuestro viejo pueblo, que sim­bólicamente pudo demostrarle su gratitud cuando a la hora de morir, un sacerdote vasco le asistió en sus últimos mo­mentos; de ésta manera, la presencia ante su lecho de agonía de los representantes oficiales del Gobierno Vasco y de uno de los religiosos que supieron  estar al lado del pueblo, pu­dieron ofrendar al Dr. Guardia Jaén y a su familia en esa hora final el afecto y el recuerdo de un pueblo agradecido.

Los periódicos norteamericanos dieron cuenta de su muerte en lugar preferente. Y tanto el Gobierno de Panamá como las Naciones Unidas le tributaron los honores póstumos debidos a su rango.

Pero para ahondar más en la personalidad del Cónsul Guardia Jaén y en la firme amistad Guardia-Agirre hemos de remitirnos a alguien que los conoció de muy cerca y en el propio Panamá. Se trata de Juan González. de Mendoza y Garayalde, delegado del Gobierno Vasco en Panamá, quien a raíz del fallecimiento del Cónsul de Agirre escribió en la Re­vista «Euzkadi» del Centro Vasco de Caracas, un emotivo y preciso artículo sobre Germán Gil Guardia y el Dr. Álvarez de la Lastra. Escribió el Delegado:

“¡Por qué caminos inesperados el nombre de Panamá se ha incorporado a la historia vasca…! Una vez fui llamado sigilosamente a un convento de Panamá. Me fue entregada una carta que trajo en propias manos un insigne arquitecto norteamericano desde Amberes. Se me pedía un pasaporte panameño para un tal José Álvarez de la Lastra. El padre superior es testigo de que al ver este nombre surgió otro en mi boca: el verdadero. Sin embargo, ignorábamos la impor­tancia que podía tener un pasaporte de tal clase, porque si se hacían las cosas de acuerdo con las autoridades diplomáti­cas, todo podía ir bien sin necesidad de esto, y, en caso contrario, esto no sería suficiente. De todos modos, pedi­mos el pasaporte, que costaba la módica suma de 5 balboas, por intermedio de un señor Esquivel, chiricano y muy amigo nuestro. ¿Qué sucedió?. Nunca lo hemos sabido. El pasa­porte, reclamado una y otra vez, no apareció.

Al poco tiempo recibimos otra orientación, esta vez por parte de otro súbdito americano muy afecto a los vascos. Se trataba de hablar directamente con el Presidente de Panamá y conseguir un pasaporte diplomático para ir a buscar a Agirre bajo la protección del Gobierno. Dos gestiones hici­mos cerca del Dr. Arnulfo Arias Madrid, a la sazón Presi­dente de Panamá. Las dos fueron desechadas y mal trata­das, a pesar de que intervinieron en la presentación personas muy amigas y de gran influencia para con él. Entre éstas hay que destacar al Dr. Wandehake, venezolano, que hizo cuanto pudo por nosotros. ¿Por qué el Dr. Arnulfo Arias se negó a un acto de esta naturaleza, diciendo que «no le inte­resaban jefes, sino vascos sin corbata, para Panamá»?

Todavía ignorábamos por qué se nos pedía la interven­ción de Panamá en un problema tan delicado, habiendo otros países más llamados a llevar a cabo esta gestión y con más probabilidades de éxito.

Un día del mes de Mayo de 1942 fui llamado urgente­mente al despacho del Ministro de Educación, Lic. Víctor F. Goytia. Platicando con él se hallaba un señor con aspecto que irradiaba simpatía y en cuyos nobles ojos se destacaba una sonrisita maliciosa. Me preguntó el Lic. Goytia por Agirre. Le di las últimas noticias satisfactorias. Lamentó no haber sido ellos Gobierno en el tiempo difícil para haber arreglado el problema como se nos pidió. Entonces me hizo una pregunta desconcertante:

¿Conoce usted al señor Germán Gil Guardia?

Yo no lo conocía más que de nombre e ignoraba la por­ción de responsabilidad decisiva que tuvo en la liberación de Agirre.

Pues aquí lo tiene en persona; él es.

Desde ese momento Germán y yo fuimos muy buenos amigos, viendo siempre en él al panameño caballero de ran­cia cuna y admirador de los vascos, cuyo amor después de Panamá estaba puesto en Euzkadi.

Cuando Agirre hizo su gira por América Latina fui invi­tado a vivir en casa de Guardia, donde atendí al señor Agirre, que allí se hospedó. Había que ver lo sustancioso de aquellas conversaciones entre Germán y José Antonio, en las que no se sabía más que admirar, si su amable sencillez o la amistad sublime que en ellas campeaba.

Muchos datos que no aparecen en la obra «De Gernika a Nueva York pasando por Berlín» fueron discutidos en mi presencia y precisados como si se tratara de aquilatar piedras preciosas. Es que estos hombres egregios sabían qué podía suponer cada pequeño detalle de cada detalle pe­queño, rodeados como esta por aquella jauría de chacales de la Gestapo. Pero, como afirmaba Agirre: también es una institución humana y como hombres pueden equivocarse». Tan cierto es esto que yo mismo viajé el año 1933 por Ale­mania con pasaporte falso. Tuvimos que falsificarlo, no por causas políticas, sino porque teníamos prisa. Mi pasaporte pasó mil exámenes por manos de los nazis y nadie dijo nada. También ellos son hombres en el equivocarse, aunque no lo sean en sus sentimientos.

Después de esto hubo muchas ocasiones en que Germán, su familia y yo nos vimos y nos tratamos. Tratar gentes de esta prosapia es un descanso en el ambiente corrompido de todo el mundo. La última vez que Germán estuvo en Pana­má no lo visité enseguida y no tardé en recibir una llamada telefónica: «Mendocita: ya que usted no quiere verme, dígame cuando puedo ir a visitarlo». Al día siguiente habla­mos de nuestras cosas y de la vida de los vascos en Sudamérica. Estaba impresionado por las atenciones de que había sido objeto y me decía: «Yo creo que más que la obra que yo he realizado, los vascos agradecen la pieza que les salvé». También es verdad, aunque nada desmerece el mérito del ca­zador, antes bien agrada lo elegante de su desprendimiento.

El viaje que hizo Germán con sus familiares de Panamá a Montevideo fue un viaje apoteósico. Las Delegaciones vascas avisadas, supieron hacer lo mejor que pudieron. Y, desde luego, saben. La carta que me escribió Germán narrándome este viaje termina con esta frase: Veo que merece la pena vivir cuando encuentro todavía nobleza en el mundo».

Ayer mismo me decía el señor Sicre, Ministro de Justicia de Panamá: «Germán siempre ha sido un hombre valiente. Tenía las cualidades que se precisan para hacer lo que hizo con Agirre. Germán ha sido un hombre que ha soportado 25 años seguidos una enfermedad grave con una entereza que admira». Todos sus amigos de Panamá, en lo que se ha escrito de él, nos lo pintan como «hombre probo, bueno, noble, valiente y leal». Ese es el hombre que salvó a nuestro Presidente. No se necesitaba menos ni se necesitaba más.

El día que se supo su muerte —13 de Abril— Quique (hermano de Germán) telefoneó desde Nueva York. Al pre­guntarle Carlos (otro de sus hermanos) cómo había sido atendida la viuda, contestó: «Todos los amigos se han por­tado a la altura. Pero he de hacer mención especial de los vascos, que en todo momento han sido como hermanos nuestros. Esto nunca lo olvidaremos».

Tuve el alto honor de acompañar a la familia. Juntos fuimos a recoger el cadáver al vapor «Panamá», que llegó a Cristóbal el lunes 21, a las nueve de la mañana. Como dele­gado de los vascos, les pedí el privilegio de que nos dejasen encargarnos de sus funerales, ya que el Gobierno le había declarado honores y estos honores no incluían la misa.

Los vascos reunidos (éramos seis) decidimos enviar una gran bandera vasca hecha de flores, al entierro. El fúnebre cortejo fue encabezado por esta ikurriña, según orden que dio la familia vasca. Y se dio el caso de que detrás de nuestra bandera (que fue una obra de precioso acabado) iban todas las ofrendas florales precediendo al cadáver. Detrás de éste iban los familiares. Y enseguida el presidente de la Repúbli­ca, Ministros, ex-Ministros y ex-Presidentes así como distin­tas personalidades de la vida pública panameña.

Los que en Panamá no conocían nuestra bandera la co­nocieron en el entierro de Germán, porque la historia corría de boca en boca: «Esa bandera es de los vascos a Germán porque les salvó a Agirre».

No hay que decir que el coro que cantó la misa de Ré­quiem (compuesto por sacerdotes y religiosos vascos) lo hizo muy bien. Sólo nos faltó el orador. Quien estaba encargado de hablar no tuvo cupo en el avión. Vive muy lejos de la ca­pital. Yo, que era el indicado, no tuve ánimos para hacerlo.

Ojalá todos los vascos del mundo vuelvan a leer la histo­ria de Agirre en su odisea por la Europa ocupada. Hemos de volver a valorizar el nombre de Germán.

Se ha dicho en la prensa de Panamá que la vida de Ger­mán, sólo con haber salvado a Agirre, merecía plenamente vivirse. Se ha dicho también que a Germán se le conoce gra­cias a Agirre… Yo tengo la firme convicción de que no es así.

Germán, un hombre enfermo, un hombre que irradiaba serenidad, un hombre que no era potentado y que nunca tembló delante del peligro, no es grande por sólo tal obra o tal otra, sino que es grande por sí mismo y por ser capaz de hacer obras grandiosas. Nuestro orgullo es que Germán, así como inspiró confianza a Agirre desde el primer momento, también captó la personalidad de Agirre desde el principio, y, así se hicieron hermanos.

Las águilas se encuentran en los cielos limpios de sus espíritus”.

Este es el relato del Delegado Vasco, ”Mendozita” un tipo de primera que además decía ”me gustaría ser, en Álava cuando Franco sea un mal recuerdo,  alcalde aunque sea de un pueblecito de cien habitantes” ”Para que” me preguntaran. ”Para dedicarle una placita a Germán Gil de Guardia Jaén y cuando los niños preguntan quién fue  ese señor, yo les contaría esta historia”.

Ojalá alguien le haga caso.

Cuando al Lehendakari le robaron su despacho

Jueves 2 de abril de 2020

En agosto de 1936, dos meses antes de la constitución del primer gobierno vasco, el EAJ-PNV compró un palacete en el número 11 de la Av. Marceau cerca de la plaza de la Estrella en Paris. Lo hizo a través de una operación de vascos que desde Mexico, como los Belaustegigoitia hicieron  la operación y más tarde con el naviero Marino Ganboa. Tras la constitución del gobierno esa mansión se convirtió en la Delegación del Gobierno Vasco en Paris que sirvió de despacho al gobierno vasco en el exilio, tras la pérdida de la guerra hasta mayo de 1940 cuando entraron los alemanes  ocupando Paris y la Gestapo le pasó las instalaciones al gobierno fascista del general Franco donde allí estuvo el militar Antonio Barroso, que luego fue jefe del cuarto militar de Franco, el policía Urraca Pastor, quien persiguió a los republicanos españoles y a los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos junto con un equipo de indeseables..

Tras la pérdida de Alemania en la guerra y la entrada del general Leclerc en Paris, comunistas y nacionalistas volvieron a ocupar la Delegación y allí volvió a tener su despacho el Lehendakari Agirre hasta que un mal día, la embajada de Franco presionó al gobierno francés para que le “devolviera el palacete” ya que bajo ocupación alemana y por una sentencia de un jurado colaboracionista del Sena, había pasado a propiedad  de la España franquista.

El lehendakari argumentó todo esto, pero al final, y siendo Francois Miterrand ministro del Interior del gobierno de Mendes France, el lehendakari tuvo que salir de su despacho a pesar de que las autoridades francesas quisieron  permutar la finca y ofrecerle otra en el distrito XVI de Paris.

Todo esto lo solía contar el secretario de Aguirre que a su muerte, lo fue de Leizaola. Se llamaba José Mari Azpiazu y si hubiera escrito sus memorias hoy serían invalorables.

Antes de comenzar la guerra civil, Azpiazu, era funcionario del Mi­nisterio de Agricultura y trabajaba en el servicio agronómi­co de Bizkaia. Al estallar la contienda fue a trabajar al go­bierno civil destinado a Gobernación, donde actuó como secretario del jefe de la Policía. No quiso permanecer en la retaguardia y se alistó, destinado a sanidad, saliendo al frente con el batallón Otxandiano. Hecho prisionero estuvo en la prisión de Burgos,  juzgado y sentenciado a muerte. De allí les llevaron a Palencia donde se formó el batallón «18 de traba­jadores»; tras andar por Guadalajara se escapó y llegó a Francia el 4 de Enero de 1940. Después de serias dificultades trabajó en el arsenal de Tarbes como mecánico especialista.

Con la ocupación alemana le recluyeron en el campo de GURS y tras pasar por otros, acabaron en ARGELES SUR MER. De aquí les transportaron a Brest donde trabajaron en la base submarina alemana y de aquí a Cherburgo de donde volvió a escapar. Se dirigió  a Brest, empezó  a trabajar en una mina y de allí a Bayona y trabajó en el fuerte de Montbarei. Al comenzar la retirada de Hitler, sin trabajo y sin dinero, fue llamado por Eliodoro La Torre, consejero de Hacienda del Gobierno de Euzkadi, para incorporarse voluntariamente a la Brigada Vasca.

Fue a Burdeos e ingresó en el batallón. Al acabar la guerra recibió orden de ir a trabajar en París en la Delegación del Gobierno Vasco ya que sabía mecanografía y en contra de sus  deseos, que eran ir a los Pirineos donde algunos otros gudaris estaban preparándose ya para actuar, acató la indicación  y ya en París, a las 24 horas presentó la dimisión, pero  como no fue acep­tada por Leizaola quien en aquel entonces estaba al frente de la Delegación ya que el Lehendakari estaba en Nueva York, continuó en el secretariado.

De esta forma tuvo ocasión de conocer muy de cerca a José Antonio de Agirre.

Uno de esos días en los que tuve que pasar por la Delegación de Paris, en tiempos de Leizaola que tenía su despacho en la Rue Singer le pregunté por aquella expulsión y me dijo lo siguiente:

“La Delegación del Gobierno Vasco en París estaba en el 11 de la avenida Marceau, era un edificio majestuoso, digno de la categoría de una embajada. Había sido adquirido con donativos de los vascos residentes en América y cedido al Gobierno Vasco. Con la invasión alemana nuestra gente tu­vo que escapar y los franquistas tomaron posesión del edifi­cio; al retirarse los alemanes y elementos vascos lo recupera­ron a punta de pistola; los franquistas no osaron manifestar­se y el Gobierno Vasco ocupó de nuevo el local.

Pero duran­te la ocupación alemana Franco había planteado una querella contra el Gobierno Vasco afirmando que el edificio pertenecía al gobierno español, ya que según él, había sido adquirido con el dinero robado al tesoro de España. Un tri­bunal francés sentenció la entrega del edificio al gobierno franquista, sin tener en cuenta a la parte oponente ya que se estaba bajo el reino de terror de la Gestapo.

La sen­tencia no fue cumplida en la inmediata postguerra pues la posición política de Franco era muy débil, pero pa­sados algunos años comenzó a presionar al gobierno francés intimidando y amenazando con el cierre de centros culturales franceses en España y otras extorsiones  y  éste claudicó. A fin de cuentas, pienso mal, que a Francia le incomodaba que los vascos nacionalistas hablaran de una Euzkadi con Iparralde incluida y entre eso, la democracia y la dictadura, eligieron a Franco. Terrible.

El gobierno francés le propuso al Lehendakari el abandono del 11 de la avenida Mar­ceau a cambio de otro local de condiciones equivalentes a la del primero. Agirre consideró que esto era en cierto modo pactar con Franco y se negó a la componenda. Se desalojaría y luego se vería lo qué hacer.

El Lendakari man­dó un telegrama a los vascos de Venezuela explicando la si­tuación y proponiendo la compra de una pequeña villa en la rue Singer, para lo cual se necesitaba una elevada suma. Este telegrama fue enviado un sábado a las dos de la tarde. El lu­nes la respuesta ya había llegado, los vascos de Venezuela ponían en disposición del Gobierno Vasco la suma necesaria para la utilización del local. El Lendakari con esta respuesta se dirigió al Ministerio de Asuntos Exteriores francés y mostrándosela dijo: «Así actúan los vascos».

La víspera del desalojo los vascos de París, alertados, acudimos a la Delegación y pasamos toda la noche retirando la documentación, enseres, incluso quitamos  los teléfonos.

También acudió M. Ernest Pezet cuyos títulos, eran se­nador francés, Presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores , Delegado del Consejo de Europa, oficial de la Legión de Honor, Cruz de Guerra, medalla de la Resistencia y secretario de la Liga Internacional de Amigos de los Vascos, institución que a ojos de la ley ocupaba el local quien afirmó dirigiéndose al comisario encargado del desalojo: «Declaro solemnemente que la Liga Internacional de Amigos de los Vascos de la que soy secretario general es expulsada contra todo derecho real y que la Liga y yo mismo no cedemos sino a la fuerza pública. Elevo pues una, protesta para que figure integralmente en el acta de expulsión y terminó diciendo… y ahora señor comisario cumpla su penoso deber, cójame por la solapa y sáqueme a la calle, nosotros no nos rendimos si­no a la fuerza».

Recuerdo a José Antonio pálido y con los dientes apreta­dos conteniendo difícilmente la emoción ante  el calificativo de ladrón dirigido a su pueblo. En un borrador para el comisa­rio dice así: «Salimos de este edificio expulsados por la fuer­za pública en requerimiento de una sentencia que titula de ladrón al Gobierno Vasco, sentencia obtenida durante la ocupación alemana y bajo la protección del enemigo. Yo protesto contra esta violencia que nuestro honor, nuestra limpia conducta y nuestra tradición merecían otro trato. Nuestra causa ha estado unida a la vuestra, nuestra sangre se ha derramado con la vuestra contra el enemigo común y ahora somos expulsados de esta casa entregándola a quienes durante toda la guerra fueron aliados de nuestros enemigos del eje. Protesto en nombre de nuestro pueblo a quien ésta determinación causará el más profundo dolor sentido en el exilio, porque es causado por los amigos con quien compar­timos dolor y sacrificios comunes por la causa de la libertad y la democracia a la cual estamos fielmente adheridos».

Así era José Antonio, fiel imagen de su pueblo enfrenta­do a todas las dificultades. No hay corazón humano que re­sista tantos y tantos disgustos y desengaños y al final murió víctima de ello el 22 de Marzo de 1960. En la puerta cantamos el Himno Nacional Vasco. Fue muy triste.

Háblenos del día de su muerte.

A las 10:30 de la mañana me llamó su esposa a la oficina diciendo que el lehendakari no vendría, pues había pasado ma­la noche.

Esto no era extraño pues a causa de su bronquitis solía hacerlo frecuentemente pero esta vez noté a Dña. María muy inquieta; llamamos al médico don Laureano Lasa exi­liado bilbaíno, quien tras reconocerle recetó unos medica­mentos. Hablé con él en la calle y me comunicó que el Lehen­dakari había tenido un infarto y no sobreviviría si sufría otro. A las 16:30 fui a verle, estaba a oscuras y en reposo, le encontré muy locuaz y se refirió al trabajo que haríamos al día siguiente ¡Cuán lejos estaba de suponer que vivía los úl­timos minutos de su vida! Corté la conversación pues el mé­dico había ordenado absoluto reposo. Me despedí de él, fui a la oficina y al llegar se recibía la noticia de su muerte”.

Bueno, como se ve aquel exilio fue muy dramático para el Lehendakari y él, que era un hombre optimista, sufrió un duro golpe con la traición del gobierno francés que por cobardía y debilidad le desalojaba de su despacho y lo daba a una dictadura. Hoy ese edificio es el Instituto Cervantes y yo a Margallo le pregunté en pleno si en la primera visita que iba a hacer a Paris como rey, Felipe VI lo visitaría estando en litigio, sabiendo toda esa historia y de alguna manera ratificando un expolio. Y efectivamente lo hizo.

Posteriormente en los distintos viajes a Paris que hemos hecho siempre íbamos al palacete y en la puerta proclamábamos que era una propiedad vasca y cantábamos el Himno Vasco, como lo hizo en su día nuestro Lehendakari. Con el tiempo se ha convertido en costumbre y el año pasado lo hizo Andoni Ortuzar y anteriormente lo había hecho el Lehendakari Iñigo Urkullu.

Cuando viajen a Paris y  cuando se pueda hacerlo, traten de hacer lo mismo. Ese palacete es vasco, no del Instituto Cervantes.

Recuerdo a Maciá hecho por Agirre

Miércoles 1 de abril de 2020

En esta fotografía se le vé al Lehendakari Agirre depositando una corona de flores ante la tumba de Frances Maciá en 1937. A su lado está el President Luis Companys, quien fuera fusilado en 1940 por las tropas sublevadas. Pero en esta entrega deseo centrarme en la figura de Maciá

Maciá no es solo una calle en Deusto, sino fundamentalmente el nombre de una de las personalidades más importantes de la historia catalana. Fue presidente de la Generalitá de Catalunya en plena República y fundador de los partidos Estat Catalá y Esquerra Republicana. Falleció en 1933 y le sustituyó Lluis Companys.

El Lehendakari Agirre tuvo mucha relación con Catalunya y los catalanes en el Congreso, cuando la Generalitá le acogió tras la caída de Bilbao, cuando prometió estar al lado de  Companys cuando éste saliera al exilio y durante los años que en Paris tuvo su gobierno en pleno destierro.

Hoy vamos a destacar esta amistad con algo que dejó el  propio Lehendakari y que nos  que ilustra sobre esta cerrada amistad. Un recuerdo que el Lehendakari le hace a Francesc Maciá en 1947 cuando se cumplían catorce años de su muerte.

“Catalunya tiene la gran virtud de ser un valor permanente. Catalunya es, porque sus hijos sienten la tierra, hablan su idioma, son catalanes.

De aquí que cuando los acontecimientos parecen haber desorganizado las ilusiones políticas, hoy como ayer, la catalanidad, con su valor de permanencia, surge con tal fuerza que sobre ella vuelven a florecer las más eficaces empresas políticas.

Hay quienes presentan a los catalanes como políticamente turbulentos, atribuyendo este hecho a la influencia de un individualismo exacerbado que ha dado, entre otros resultados, el nacimiento de un movimiento li­bertario de pujanza. Deducen de ahí que Catalunya no es factor de orden, ni capaz de dirigir un proceso constructivo.

Yo me sitúo radicalmente en el campo opuesto. No sólo por afecto, que los catalanes conocen bien, ni por considera­ciones de afinidad o conveniencia política que también son importantes, sino por mi admiración por esa realidad que es la catalanidad, por la fuerza irresistible de ese fondo perma­nente que corre a través del pueblo catalán que me lleva a creer en Catalunya como factor de orden y progreso. Más aún, el genio catalán ha modelado el alma de su pueblo con sentimientos tan arraigados, que su defensa constituye las páginas más brillantes de la Historia de Catalunya. Estos ideales han quedado nuevamente consagrados en nuestros días a través de la sangre, del dolor y del sacrificio.

«Catalunya es y será». Así me lo decía el 11 de Octubre de 1933, el Presidente Maciá en interesante conversación a la cual asistía otro gran amigo también desaparecido, Jaume Ayguadé, entonces Alcalde de Barcelona.

Yo había sido comisionado por mis compatriotas para acudir en su representación a la ceremonia conmemorativa de aquella fecha gloriosa. Recordaba yo al President cuán­to me había emocionado el entusiasmo y el aplauso espontá­neo con el que el pueblo le había recibido a la llegada al pie del monumento de Casanova, y cuánto valor tenían los sen­timientos enraizados definitivamente en el alma del pueblo.

«Catalunya es y será», me respondió el Presidente Ma­ciá, con aquella profunda convicción que reflejaban sus pa­labras, que respondían a los sentimientos más profundos del espíritu de aquel hombre ilustre.

En la conversación me permití felicitar a Catalunya por haber tenido la fortuna de encontrar en él el exponente de su voluntad histórica en momentos tan críticos como fueron los que precedieron y siguieron a la caída de la Monarquía en 1931.

Maciá me respondió: «Hubiese sido lo mismo que yo no hubiera existido, porque Catalunya hubiera encontrado los hombres adecuados para este momento, como los encontra­rá en cada una de las vicisitudes que pueda presentársele en el futuro, porque Catalunya es y será».

Y en efecto, así es y será, no porque yo lo desee solamen­te, sino porque Catalunya, como valor permanente, no en­contrará jamás cerrados definitivamente los caminos de su salud en la libertad. Pronto se darán circunstancias favo­rables en las que esta libertad será de nuevo organizada para bien de Catalunya y de los demás pueblos peninsulares.

Triste esperanza la de aquellos que creyeron lo contrario. Murió Maciá y cayó Companys. Jamás recibió la tierra de Catalunya semilla más ubérrima. El fondo permanente que corre a través de su historia recibió con ello consagración de­finitiva. La libertad será el premio.

Que este voto surja de un vasco nada tiene de extraño. En medio de las desdichas del presente, el destino ha marca­do un rumbo a nuestros pueblos como portavoces de hon­dos anhelos de libertad, como heraldos de la lucha positiva de la democracia contra toda clase de opresión y tiranía. Que sepamos ser dignos de ella recordando al gran Presiden­te Maciá.

Al cumplirse el XIV aniversario de la muerte del gran amigo de los vascos, he querido remover estos recuerdos que son siempre gratos, porque demuestran que la fe en las gran­des causas de la libertad es capaz por sí sola de mantener en pie el espíritu de los pueblos, y si la voluntad es puesta en ac­ción a su servicio, entonces se ha encontrado definitivamen­te el camino de la salud.”.

Hermosas palabras que ningún político vasco ha sacado del olvido en estos años de relación y de complicidad con Catalunya y su lucha política. Y no por mala voluntad, sino por desconocimiento. Hacemos política hoy en día como los barcos en la niebla, radar. Y esto es parte de nuestra historia reciente. El pensum de estudios tiene una inmensa laguna en datos de historia. Este es todo un ejemplo.