Agirre. Vivencias de un amigo

Martes 31 de marzo de 2020

El BBB del PNV tuvo en Bilbao en tiempos de la clandestinidad un despacho tapadera en la calle Iparraguirre Nª39 con dos abogados, Eduardo Estrade y Karmelo Zamalloa. Poco después, saliendo de aquel túnel dictatorial la sede de organización estaba en la calle Henao y la de formación, prensa, Euzkadi y varios más en la calle Marqués del Puerto. Bien, pues en esta sede, un buen día se apareció un señor muy educado diciendo que había sido amigo personal del Lehendakari y que nos quería contar cosas sobre él. Se trataba de Julián Ruiz de Agirre, un abogado bilbaíno de prestigio que tenía su bufete en la calle Colón de Larreategi. Y allí fuimos varias veces a que nos contrata sus vivencias con el Lehendakari. Y lo hizo. Con temas cercanos como su trabajo de abogado su vida de futbolista y de orador, de picapleitos y de figura emergente.

Don Julián nos dijo lo siguiente:

“Los cinco años anteriores al 31 son de verdadera trascen­dencia en la formación de toda índole de José Antonio. Al terminar su licenciatura en Derecho en la Universidad de Deusto, ya se fragua un sentimiento religioso que es norma de toda la trayectoria de su vida. Alterna ese puesto con otros, y así hacia el final de su gestión en la presidencia de la Juventud Católica se le adjudica el de vocal de la Junta del Colegio de Sordomudos de Deusto. Más tarde, y en una su­cesión no interrumpida de una a otra actividad, y a veces con varias de ellas, dirige, en la entonces naciente Casa So­cial de Las Arenas, un círculo de estudios, sobre cuestiones sociales. Aquí intimé con él. Aquella actividad no le priva de practicar el deporte, figurando en la línea delantera del Athletic de Bilbao.

Esta formación humanística, religiosa, profesional del Derecho, y a su vez deportiva, determina que a los 27 años de edad se encuentre plenamente capacitado, —como lo demostró—, para afrontar con absoluta entereza el importantísimo papel que en el escenario de Euzkadi le correspondió representar en aquellos momentos cruciales de la Historia.

Huérfano de padre ya por esta época de su primera ju­ventud, y siendo el hermano mayor de una familia numero­sa, sustituye con la mayor naturalidad, y sin sentirlo, a la fi­gura del padre, y así al cariño de sus hermanos se une el res­peto que al padre desaparecido le correspondía.

A la edad de 24 años establece con su compañero Anto­nio Berreteaga su despacho de Abogado en ejercicio en el entonces n° 2 de la Calle Iturribide de Bilbao, frente a las Calzadas de Begoña, en la misma manzana en la que naciera, y junto al lateral de la entonces Audiencia de Bilbao sita en la Calle María Muñoz. Su amigo Berreteaga para el año 1930 ya había abandonado el ejercicio de la Abogacía para dedicarse a otras actividades.

Y aquí una vivencia deportiva que define su carácter. El Athletic tenía que ir a Madrid a un desempate que era obligatorio. Esto ocurrió en el momento que voy a relatar. Se tenía que desempatar en Madrid aquella eliminatoria   precisamente el martes siguiente al del segundo partido. José Anto­nio como jugador del Athletic y a pesar de que no había tomado parte en ninguno de los dos partidos, siendo el segundo fuera de Bilbao, fue llamado urgentemente a Madrid para cubrir un puesto en el equipo.

Lo vi al anochecer de aquel día en el Centro de los Luises de Bilbao con el maletín pre­parado para tomar el tren a Madrid. Todas eran palmadas en la espalda y los deseos de que hicieran él y el Athletic un partido completo. A todos atendía, a todos sonreía, a todos complacía. No se consideraba indispensable sino uno más y el último en el equipo. No recuerdo quien era el rival del Athletic en aquel partido ni del resultado del mismo, si bien que ganó el Athletic, pero lo que sí recuerdo es que José Antonio jugó con plena entrega, cosa que se comentaba en los días sucesivos a esta eliminatoria.

A principios del verano de 1931, cuando se acababan de inaugurar las Cortes Constituyentes de la II República siendo diputado de ellas José Antonio y cuando éste iniciaba su vida política entre dos amigos, y que lo eran de la intimidad de aquel, se decidían por el terreno industrial. Se encontraban estos gestionando para quedarse en traspaso con un pe­queño taller relacionado con la fabricación de  envasados a base de la hojalata, y acudían al despacho de José Antonio para que les asesorase jurídicamente y también para pedirle consejos en orden a la industria en sí, y a cuantos problemas de todo orden se les presentaba.

Una vez que se hicieron cargo del taller, y cuando José Antonio se encontraba en Bilbao, todos los mediodías al ter­minar la jornada de la mañana se presentaban en el des­pacho de este para hablar de la marcha del taller, momentos que se aprovechaban para charlar sobre los temas de actuali­dad y de la situación política en particular. Pues bien, en una ocasión en que así se hablaba sin fijar un tema en concreto, recuerdo que José Antonio les dijo: » Vosotros sa­caréis adelante el negocio y haréis mucho dinero, pero no lograréis la fama ni la popularidad que yo alcanzaré». Fue así.

No había mes que no recibiera una o dos visitas de afi­liados al PNV, de simpatizantes, o simplemente de admi­radores suyos, los cuales se atrevían a presentarse en su des­pacho, o le abordasen en alguno de los locales del Partido para hacerle una singular petición. A los que me estoy refi­riendo les ocurría entonces un acontecimiento en su familia cual era el del nacimiento de un hijo. Y la petición, a veces humilde, a veces con duda de si ésta sería bien recibida, a ve­ces con la singularidad que les daba un conocimiento con José Antonio en algún trabajo para el Partido o de cual­quier otro signo, y a veces por un capricho, era simple y lisa­mente si apadrinaría al niño o niña en su bautismo.

No le vi nunca negarse, y el acto de la ceremonia se establecía en razón de los quehaceres de José Antonio y de las conveniencias de la familia.

Yo conocí, hacia el año 63, a una religiosa Clarisa que era una de las muchas ahijadas que de esta forma la prohija­ra, y la conocí con ocasión de una visita que realicé a su convento. Al decirles mis acompañantes la relación que yo había tenido con José Antonio, la religiosa me declaró que éste era su padrino, y a quien siempre le había tenido presen­te en sus oraciones.

Como es de conocimiento general la familia de José An­tonio procedía de Bergara poseyendo en este pueblo de Gipuzkoa un negocio de fabricación de chocolate. Bastante antes del año 1930 la fábrica de chocolates se instaló en Bil­bao, en donde «Chocolates Aguirre» se fusionó con otros fabricantes a la que se le dio el nombre «Chocolates Bilbainos»,el famoso “Chobil”.. José Antonio era el presidente de aquella modesta industria, y me consta que los socios que así se unieron a la familia Agirre, los Trabudua y los Angulo en todo momento sintieron, y así lo demostraron, un gran aprecio de amigo sincero hacia José Antonio, y que en los que en la actualidad viven, sobre todo los Trabuduas, además del aprecio, sentían y sienten una admiración que la manifiestan.

José Antonio estaba en todo, y a pesar de no tener una permanencia constante en la fábrica, quien quiera que fuere, empleados u operarios que a él acudiera no salía defraudado. A todos conocía, de muchos sabía de sus problemas personales o familiares, y no hubo uno que a él se dirigiera que quedase defraudado.

En cierta ocasión una operaría de la fábrica de chocola­tes de unos cincuenta años de edad, tuvo conocimiento que en una dudosa pensión acababa de fallecer un hermano suyo con el que tenía muy escasa relación. Esta operaría acudió a José Antonio a fin de que se hiciese cargo de las gestiones derivadas de aquel fallecimiento pues temía que los pocos o muchos bienes que su hermano poseía desaparecieran. Por sus ocupaciones me dio a mí el encargo, y una vez resuelta la cuestión y en posesión la interesada de los bienes de su her­mano, que no eran tan pocos dada su condición social, me prohibió terminantemente percibir ningún honorario profesional para el despacho, insinuándome que yo debiera abste­nerme también de percibir retribución alguna por mi traba­jo.

En el tiempo que duró la tramitación de la gestión, José Antonio no dejó de interesarse por la marcha de ella, ha­ciéndome preguntas y dándome orientaciones que siempre fueron acertadas.

Y a propósito, en la fábrica de «Chocolates Bilbaínos» se siguió en materia socio-laboral las orientaciones que seña­laban las Encíclicas Pontificias de la «Rerum-Novarum» y de la “Cuadragésimo Anno» y todo por el recto criterio que sobre la materia tenía José Antonio, siendo uno de los pri­meros talleres o fábricas donde se implantó en favor de los operarios la participación en los beneficios de la empresa.

Otra de las características que distinguía a José Antonio era su sencillez, y la carencia de todo exhibicionismo. ¡Cuántas veces, en los pocos días que paraba en Bilbao debi­do a sus obligaciones como diputado en Madrid, al acumu­larse el trabajo en el despacho, no iba a Algorta a su casa a comer, quedándose en Bilbao! Pues bien, aquellos días en vez de ir a comer a cualquier restaurante de los que entonces abundaban en el Casco Viejo, prefería que le trajesen la co­mida al despacho, alegando que se perdía mucho tiempo sa­liendo a la calle para comer. Siempre se encargaba la comida en la fonda de La Estrella, situada en la Calle María Muñoz frente a la Audiencia y muy cerca de su despacho, y que era propiedad de un afiliado al PNV que tenía además de la fonda, restaurante abierto al público. Cuántas veces le indi­qué que mejor comería saliendo del despacho, ponía alguna disculpa para no hacerlo así, pero la realidad era que procu­raba evitar en lo que le fuera posible cualquier tipo de exhi­bición.

Y en otro orden de cosas, y ya tocando un poco con la política, cuando tenía una duda, qué digo, alguna determi­nación a tomar y aún cuando él tuviese un criterio firme sobre la cuestión, no tomaba la determinación con arreglo a su criterio, sino que siempre mediaba consulta, o bien con los mayores como don José Horn o don Ramón Vicuña, o con sus iguales en edad como eran José María Izaurieta, Juan Ajuriagerra o José María Gárate.

Cuántas veces hablaba por teléfono o personalmente con cualquiera de los nombrados y otros muchos para consul­tarles sobre el problema que se le presentaba y lo tenía que resolver, siempre lo hacía con gran atención teniendo siempre en cuenta los consejos que éstos le daban, y nunca mostraba la superioridad de conocimiento que él tenía sobre el tema tratado.

Esteban Urkiaga «Lauaxeta» solía con frecuencia acu­dir al despacho para hablar de cualquier cuestión, o simple­mente tener una conversación de amigos. Ambos, José An­tonio y «Lauaxeta» se tenían un gran cariño y admiración mutua. Las veces que yo hablé con «Lauaxeta» y refirién­donos a José Antonio, éste me demostró su cariño hacia Jo­sé Antonio; y a la vez José Antonio tenía sentimientos iguales hacia «Lauaxeta» a quien admiraba y de quien decía que en Euzkadi con media docena como él euskera no se perdía sino que adquiriría un mayor esplendor.

Cuando hablaban los dos solos lo hacían en euskera, pe­ro cuando estaba presente alguno que no fuera eusko-parlante lo hacían en castellano.

En los tiempos que conviví con él no conocí ninguna per­sona a quien odiara, ni tan siquiera que le tuviese animosi­dad por cualquier causa. No había manera de que hablara mal de nadie, y pese a lo que le hicieran en cualquier orden, lo mismo en el personal, que en el profesional, y en el político, siempre encontraba algún motivo que disculpase al que le había hecho daño.

Con motivo de un accidente en la estación de Goiri de la línea del ferrocarril Bilbao a Lezama y que costó la vida de un empleado de aquel ferrocarril, se instruyeron unas dili­gencias judiciales. Por esta razón se le encomendó de la de­fensa de los familiares de la víctima y con el cargo de la dirección de aquel ferrocarril. El proceso fue muy laborioso. En aquella litigación, y por cuestiones políticas, dos o tres testigos de excepción, falsearon la verdad llegando a verter verdade­ras injurias contra José Antonio. A éste todo lo que se le ocurrió decir cuando lo comentamos fue: «Son gajes del oficio»; pero nunca entre los comentarios que del pleito hacíamos él y yo, ni entre los que se hacían con el procura­dor, ni con otros abogados, ni con alguien que tenía interés en la cuestión, salió de su boca ninguna palabra que pusiera en entredicho la honorabilidad de aquellos testigos que habían falseado tan abiertamente la verdad en contra de los intereses que defendía José Antonio llegando a la injuria personal a éste.

Anunciadas las elecciones municipales de Abril de 1931, en la candidatura del PNV para el ayuntamiento  de Getxo, figuraba co­mo uno más y su destino era el de simple concejal. Los suce­sos que siguieron aquél 12 de Abril hizo que el BBB cam­biara radicalmente de criterio y se pensó que una figura jo­ven podría ser el impulsor y al mismo tiempo aglutinante de un movimiento que se iniciaba en el pueblo.

Y he aquí que en el plazo de menos de 48 horas se en­contrase en la mano con la vara de la alcaldía de Getxo y el liderazgo de un movimiento con base en los municipios de Euzkadi.

Aquella mañana del 12 de Abril de 1931, varios muchachos de Las Arenas y de Algorta nos encontrábamos recorriendo los colegios electorales para dar cuenta del am­biente a los responsables de la marcha de las elecciones. Al llegar a la campa lateral de la Iglesia de San Ignacio y frente al Ayuntamiento de Getxo, vimos apoyado en un árbol, y en actitud de meditación, a José Antonio. Cuando nos acerca­mos a él cambió rápidamente de actitud y al preguntarle si algo le pasaba contestó que pensaba en cuál sería el resulta­do de aquellas elecciones, y luego de ello, y con la sana alegría y el optimismo de que siempre disfrutara, nos invitó a dirigirnos al Batzoki de Algorta para tomar un aperitivo.

Posteriormente en las Cortes se estaba discutiendo la Ley sobre Secularización de los Cementerios y aquella sema­na había tenido José Antonio una de sus más destacadas in­tervenciones. Con tal motivo la Asociación de Emakumes, que tenía su residencia en la Calle del Correo había organi­zado para aquél sábado una velada en la cual José Antonio había de pronunciar una conferencia. La hora se había fija­do para la inmediata a la llegada del tren rápido de Madrid en el cual viajaban los diputados. Era tal la cantidad de gen­te que aguardaba la llegada de José Antonio, que desde la estación a la Calle Correo estaba parada la circulación. Cuando bajó del tren y se le informó de lo que estaba ocurriendo en la calle y del recibimiento que se le hacía de una manera espontánea, su comentario fue: «No veo el mo­tivo. No hemos hecho más que cumplir con nuestra obliga­ción. Para qué esto, si no les voy a decir nada nuevo que no lo sepan por la prensa».

Aquella tarde fue apoteósica. Durante la conferencia, en la que contó detalles de las Cortes que no se podían reflejar en los periódicos, no cabía una persona más en la Calle Correo, ya que desde el cruce con Lotería hasta el Arenal, estaba ella toda llena de gente que quería tributar ese home­naje a quien en el Parlamento había defendido al pueblo y había manifestado su propio sentir.

Terminada la conferencia y marcharnos para Algorta, su pensamiento reiteradamente manifestado era éste: «Es ma­ravilloso este pueblo, por él bien vale cualquier sacrificio». Y ese día, y a esa hora ya cerca de las doce de la noche, José Antonio, como ser humano, estaba plenamente agotado por el esfuerzo realizado. Y aún le parecía poco para dárselo a su pueblo.”

Este fue el testimonio de este abogado compañero de bufete del primer Lehendakari. Nunca se le reconoció en público esa amistad que a nosotros nos contó entusiasmado. Y es que esa debía ser una de las características de  aquel hombre singular, que convertía a la gente en “aguirristas”. Y para toda la vida.

Aquel calcetín y al habla con quien le sustituyó como Alcalde

Lunes 30 de marzo de 2020

Siempre que se habla de José Antonio lo hacemos de su etapa de Diputado y Lehendakari y nos olvidamos que también fue alcalde y de un municipio importante como el de Getxo. De allí surgió el movimiento municipalista que lideró él para plantear el primer estatuto de autonomía, el conocido como el de Estella, que incluía a Navarra y que la falsificación de unas actas impidió se tramitara con los cuatro territorios.

Pero a mí siempre me interesaba que es lo que había hecho Agirre en Getxo y hablé un día con su Alcalde (1983-1987) Juan Ramón Barquin, un antiguo gudari, con quien redactamos la base de un concurso con el fin de estudiar su paso por el ayuntamiento. En algún sitio deben estar los resultados de unos tres interesantes trabajos que estudian su período municipal. Ahora que la alcaldesa es su nieta no estaría nada mal que se conocieran, aunque me da que nadie en Getxo tiene noticia de ellos. Yo entregué una copia de los escritos a la Fundación Sabino Arana. Es el signo de los tiempos.

El caso es que indagando me enteré que quien le sustituyó al frente del ayuntamiento, cuando tuvo que dimitir por su carga de trabajo en el Congreso y como líder de la consecución de ese primer estatuto era un nacionalista acrisolado, Mitxel Garteiz, con quien mantuve una interesante conversación en una comida que nos organizó Gabriel Goiri en su casa.

Producto de aquel encuentro son estas notas.

Estamos ante Mitxel Garteiz, el hombre que con sus 74 años es el único que vive de todos los que formaron parte de la Corporación Municipal de Getxo, cuando José Antonio de Agirre fue alcalde de la misma, en 1931.

Señor Garteiz, ¿Cuál fue su papel en el Ayuntamiento de Getxo?.

En las elecciones de 1931 fui presentado para concejal por el Partido Nacionalista Vasco en el distrito de Las Are­nas, pues Getxo estaba dividido en tres distritos electorales: Algorta, Las Arenas y Sta. María de Getxo. El Partido ob­tuvo una aplastante mayoría en los tres y por tanto entré a formar parte del Ayuntamiento ocupando el cargo de conce­jal. Posteriormente, cuando estaba en la alcaldía Larrondo, el que fuera compañero de Sabino de Arana, desempeñé la labor de teniente de Alcalde y más tarde la de Alcalde.

¿Conocía a José Antonio de Agirre antes de llegar a con­cejal?

Sí. Yo estudié derecho en Deusto, con la misma edad y en el mismo curso que José Antonio. Me unía a él una gran amistad pues no sólo coincidíamos de día, en la comida y en clase, sino que además hacíamos los viajes de ida y vuelta a la Universidad juntos, ya que los dos residíamos en Algorta. Estudié con él cuatro cursos de la carrera, hasta 1924, luego cada uno se fue por su lado y dejamos de vernos con tanta frecuencia, hasta que hacia 1930, con la caída de la dictadu­ra y el resurgir del Partido, entablamos una nueva y profun­da amistad bajo el aspecto de la actuación política, amistad que duró hasta su muerte.

¿Háblenos de José Antonio como hombre?

Desde la niñez destacaba por su personalidad especial. En Orduña, donde empezó a educarse, era ya un líder, en es­tudios, en deportes, un poco en todo. Es curiosa la frase que un día en las Cortes dirigió Indalecio Prieto. «No es lo mis­mo llevar la minoría Vasco-nabarra que la delantera del Athletic», pues José Antonio jugaba en el Athletic de Bil­bao. Es evidente que Prieto se equivocó, no sólo llevó la «minoría», sino muchas más cosas que el mismo Indalecio. Era un hombre íntegro, sin complejos de ninguna clase. Re­cuerdo que un pleno del Ayuntamiento, hurgando en los bolsillos de su chaqueta sacó por equivocación un calcetín que quedó a la vista de todos sin que por ello se inmutara. El andar entre Getxo y Madrid le hacía tener ese calcetín en el bolsillo. No conocía la vergüenza social. Sabía cuál era su fin e iba derecho a él sin reparos ni desvíos, pero siempre con la ver­dad en la mano, por ejemplo sus críticas eran totalmente ob­jetivas, he de decir que nunca le oí algo molesto u ofensivo, ni aún de sus mayores enemigos. Criticaba los actos, no las personas. No conocía el odio, ni siquiera el rencor.

Aparte de esto tenía una enorme simpatía, un físico agradable, a pesar de ser un atleta un poco bajo, recio y fuerte, sus rasgos eran sumamente atrayentes y su sonrisa extraordinaria. Era un líder que arrastraba al pueblo, como ni entonces ni hoy arrastra nadie, atraía sobre todo a la ju­ventud, pues su espíritu era joven y sus teorías sociales muy avanzadas.

En resumen era un modelo de hombre con muchas virtu­des y para mí, ningún defecto.

¿Qué labor desempeñó como Alcalde?

En las elecciones barrió Getxo. Fue un Alcalde brillante y popular, que se esforzó al máximo por hacer el bien de este pueblo pero no llevó a cabo actos administrativos destacados por dos importantes razones. En primer lugar, ocupó el cargo durante relativamente poco tiempo, 1931 a 1933; la otra causa fue que inmediatamente se implicó en el cargo de diputado a Cortes, siendo dicho trabajo mucho más impor­tante para nuestro país. Hay que considerar además que la gran labor realizada por el Ayuntamiento de Getxo en la campaña pro-estatuto, que culminó en Estella en una verda­dera explosión de vasquismo, vino sin duda alguna marcada por la inigualable figura de José Antonio de Agirre.

¿Qué le parece la labor desarrollada por José Antonio durante la guerra?

Su trabajo como Presidente del Gobierno Vasco y la de este último fue muy destacada, pues a pesar de no tener un ámbito territorial grande, su importancia para la República fue clave. Esta abnegada resistencia vasca a la destrucción fue quizás una de las causas por la que ciertas esferas mani­festaran tanto rencor y tanto odio contra este país.

En el exilio, ¿Cambia el ánimo de José Antonio?

No, en absoluto. Debido a su gran fuerza de voluntad y a su inclinación al optimismo nunca se desesperaba. Estaba siempre dispuesto a la lucha. Es de destacar el apoyo admi­rable que siempre tuvo en su esposa.

Háblenos de ella.

Marutxa era una mujer señorial, respetuosa, bonita y discreta, con un gran sentido de la verdad de la vida que fue el que le impulsó a elegir el camino que siguió, fue siempre un apoyo para José Antonio pero incondicional, sobre todo desde su exilio hasta su muerte.

¿Qué significación tiene para Vd. el homenaje  que le vamos a organizar este  7 de Mayo?

Los viejos dividimos la vida en dos partes, antes de la guerra y después de ella. Pues bien, para mí este homenaje es recordar todo lo anterior a la guerra con nuestras penas y nuestras alegrías, recordar la acción del Partido en aquella etapa histórica, y sobre todo rendir honor a la enorme talla de José Antonio de Agirre.

¿Qué opina de la actual política del Partido Nacionalista Vasco, y por dónde enfocaría la lucha?

Yo creo que hoy tenemos unos dirigentes que saben lle­var muy bien el timón. En cuanto a la segunda pregunta me parece que han de seguirse unas normas que constituyan el eje central del Partido. El Partido ha de tener una amplia vi­sión social, la elevación del estándar de vida de las clases hu­mildes debe ser una de nuestras metas más inmediatas. No se puede hablar de paz si hay hambre”.

Hasta aquí la entrevista con Mitxel Garteiz. Era un señor de los de aquella época, elegante, respetuoso, positivo, cargado de vivencias. Nos contó varias vivencias más sobre su época de jugador en el Athletic y de su noviazgo y boda en Begoña. Lástima no poder volverle a preguntar más cosas para que la gente de hoy sepa que fue un líder excepcional pero de carne y hueso y con hechos como ese de sacar en un pleno un calcetín. ¿A que no sabían ustedes esa anécdota?. Pues también ese era José Antonio.

La historia la escribe el vencedor y se la cree el vencido

Domingo 29 de marzo de 2020

Dicen que la historia la escribe el vencedor y se la cree el vencido. Pero José Antonio de Agirre no estaba dispuesto a esto y, desde el exilio creó un grupo de gentes para ir trabajando en una historia lo más parecida a lo acontecido y tuvo la suerte de contar con un elenco de lujo formado por Ildefonso Gurrutxaga, Jesús de Galindez, Ixaka López Mendizabal, Vicente Amezaga, Jon Bilbao, Manu Sota y varios más con los que iba pergeñando ese trabajo que acariciaba editar de cara a las nuevas generaciones. Era un político historiador de esos que hay tan pocos hoy en día. Importa más un master sobre el rebobinamiento de la fibra óptica que saber lo que acaba de pasar para no repetir errores, siendo también muy importante la fibra óptica. Pero no solo.

Ildefonso Gurrutxaga fue un historiador de primera. Le conocí una vez en San Juan de luz y tenía ese aspecto de señor antiguo que se lo sabe todo siendo además muy discreto. Había nacido en Azpeitia, era abogado, fue en tiempos de guerra Fiscal General de Euzkadi, magistrado en Ciudad Real y Alicante y presidente de la Audiencia de Tarragona. Exiliado en Francia embarca en El Alsina y llega a Buenos Aires en 1942 donde integra el equipo de la Delegación Vasca como administrador de la publicación Euzko Deya y allí trabajó en todo lo vasco que se movía, llegó a ser vicepresidente del Laurak Bat, escribiendo libros así como en Euzko Deya y Tierra Vasca y cuando volvió a Iparralde en 1953 fue presidente de Sabindiar Batza y editor de las obras Completas de Sabino Arana. Fue un excelente historiador con gran sentido crítico. Falleció en 1974 y está enterrado en Azpeitia donde tiene calle pero poco se le recuerda.

Y hoy lo traigo a colación por la semblanza que hizo del Lehendakari cuando este falleció hace ahora sesenta años. Lo vemos en esta foto  en el Laurak Bat de Buenos Aires.

La semblanza es ésta.

“Entre las muchas labores que realizó José Antonio de Agirre hay una que le llevó muchas horas y que sin embargo es poco conocida: es la Historia del pueblo vasco que estaba escribiendo y quedó a medio hacer cuando le sorprendió la muerte.

Un libro de historia vasca escrita con criterio moderno y no muy extenso es una necesidad sentida desde hace tiempo y que nadie la ha satisfecho hasta ahora. Agirre a causa de su entrega a la resolución de los problemas del país captaba como pocos dicha necesidad. Sabía que el conocimiento de la historia propia desarrolla en los pueblos la conciencia de su ser y da asimismo al dirigente político una perspectiva de lo que pasa al presente y cierta previsión del futuro. Las cir­cunstancias le hicieron concebir al Lendakari la idea de que fuese él quien escribiese la obra esperada, cuando en el año 1941, después de escapado de Berlín y llegado a Nueva York, fue nombrado profesor de la Universidad de Columbia y encargado de una cátedra de cultura e historia vascas. Entonces adquirió con una editorial norteamericana el compromiso de escribir en un plazo corto un libro de histo­ria vasca, que no debería exceder de las trescientas páginas Agirre acometió el trabajo con su peculiar empeño; pidió colaboración a algunos amigos, pero el peso mayor cargó sobre sus espaldas.

Al abandonar Nueva York y regresar a Europa en 1945 tenía ya una primera redacción de la obra, desde la prehisto­ria hasta el siglo XIII; pero su probidad científica le hizo no conformarse con lo hecho y volvió a rehacerlo. Los años si­guientes fueron de gran actividad política, y por lo tanto po­co favorables para las labores como las de historiador y que requieren sosiego y absorben muchas horas. Sin embargo si­guió Agirre dedicando a la historia el mayor tiempo que pu­do y la obra fue avanzando aunque penosamente. Dio una segunda redacción al trabajo y lo amplió hasta fines de la Edad Media. Vino luego una tercera redacción de varios capítulos y aún un cuarto retoque de algunas páginas. En es­te estado le sorprendió la muerte el 22 de Marzo de 1960.

Del trabajo realizado nos quedan ahora en limpio quinientas veinte cuartillas escritas a máquina a doble espa­cio. Pero, como decimos, la obra estaba en plena elabora­ción y transformación. Así se ve por las tiras de papel escri­tas a mano que aparecen intercaladas entre dichas cuartillas, en las que se dice que se vuelva a revisar, a quitar rotundidad a algunos pasajes, a intercalar páginas o a investigar de nuevo algunos hechos por conversaciones tenidas con el autor sabemos también que lo escrito no lo consideraba definitivo.

Hemos creído que el fruto de tan penoso esfuerzo hecho, aunque inacabado, no podría quedar en el olvido, ni desti­nado a ser un triste atado de papeles en la sección de ma­nuscritos de una biblioteca. Por eso en la Editorial EKIN de la Argentina publicamos un capítulo de la obra, el que a nuestro parecer era el más maduro y el que reflejaba mejor la personalidad del autor y las preocupaciones que vivió los últimos años; es el dedicado al reinado de Sancho el Fuerte y al fin de la Dinastía Pirenaica.

Decimos que es el capítulo de más sello personal del autor, en donde se reflejan las preocupaciones que tenía al momento de escribirlo; esto no quiere decir que esté escrito tendenciosamente, hoy está reconocido por todos que la his­toria no puede separarse del historiador, lo cual no rebaja el valor de la Historia en relación a las otras ciencias, pues a és­tas les sucede lo mismo, aún a las llamadas ciencias exactas y físico naturales. Junto al elemento objetivo que lo da la re­alidad, está el subjetivo que pone el científico y que no es posible eliminarlo totalmente. Al leerse pues el capítulo publicado, unas 65 páginas, podemos ver a Agirre y su tiem­po.

Hay cierto paralelismo entre las vicisitudes del reinado de Sancho el Fuerte y los años que le cupo en suerte a Agirre como dirigente del pueblo vasco. Entonces, como reciente­mente, se desataron en Europa grandes huracanes bélicos que arrasaron muchas estructuras sociales y políticas; y el pequeño pero duro pueblo vasco, luchó a brazo partido para no desaparecer. En uno y otro caso lo internacional tiene en muchos momentos un papel preponderante, la suerte de los vascos se juega muy lejos de su tierra; pero también, actos y hechos que ocurren en el país tienen resonancia interna­cional. Por otra parte hechos ocurridos entonces, están pe­sando todavía hoy, por ejemplo, la separación de Gipuzkoa y Alaba de Nabarra, así como la de Bizkaia, que si bien se segregó en el reinado anterior, consolidó la separación de és­ta durante éste. Todo ello hace que Agirre estudie dicho reinado con cariño especial dándole una extensión excep­cional, en relación a otros reinados, y que se fija casi exclusi­vamente en el aspecto internacional.

Son interesantes y no dejan de tener belleza artística los distintos cuadros que presentan de las fuerzas internaciona­les en juego y las reacciones en cadena que se producen: güelfos y gibelinos; papales e imperiales; angevinos, capetos y Hohenstaufen; ingleses y franceses; cristianos y musulma­nes; cruzados, albigenses y turcos; en lo interno, la pugna de Bizkaias y Guevaras. De trascendencia internacional a la te­naz resistencia de la ciudad de Vitoria a las armas de Alfon­so VIII, de Castilla, aunque al fin la rinden el año 1200, pues inmovilizó largo tiempo a los sitiadores que no pueden marchar camino de Francia a ayudar a sus aliados. En cam­bio, de gran importancia en el provenir de los vascos a la ba­talla de Bouvines, que se dio en el Norte de Francia el año 1214. Quién no ve ciertas afinidades entre todas estas mara­ñas y la embrollada vida nacional e internacional que le tocó vivir a Agirre?

En las melancólicas reflexiones que hace al final del capítulo, cuando escribe que Sancho el Fuerte ayudó a los reyes vecinos y aún no vecinos, como el emperador de Marruecos, a mantener sus dominios y coronas y él en cam­bio se encontró a la postre con su reino territorialmente dis­minuido por usurpación de uno de los reyes beneficiarios de su ayuda: quién no ve un paralelismo de ánimo?. El Lehendakari, aparentemente optimista, se veía en los últimos años como el buen rey vasco del siglo XIII, con un fondo de amargura, al ver que Euzkadi, leal a la República española, a los aliados de la Gran Guerra y a la Iglesia, estaba olvidada de todos. Podemos aplicarles las palabras que él escribe de Sancho el Fuerte: «Representaba ciertamente el destino de sus pueblos en aquellos trágicos días».

Agirre llevaba camino del político-historiador, del que hay tantos ejemplos en la historia desde la Antigüedad hasta Churchill. Así como el estudio del pasado ayuda a explicar el presente, el conocimiento del presente ayuda a compren­der el pasado. De ahí que el político gran conocedor del pre­sente que vive, se halla en condiciones óptimas para ser his­toriador. Agirre, a sus grandes méritos, pudo haber añadido el de ser historiador moderno del pueblo vasco. Pero el azar, tan poco amigo de los vascos, nos jugó una vez más una ma­la partida, privándonos de él prematuramente”.

Esta es la semblanza, sobria pero erudita de un gran historiador. ¿No ha llegado el momento de editar esos 500 folios?.