LA VIOLENCIA ES SIEMPRE FASCISTA

Jueves 29 de octubre de 2026

Bernard Henry Levy.

En medio del estruendo de las manifestaciones ciudadanas de las últimas semanas, y bajo la influencia de los facciosos de La France insoumise, está cobrando fuerza de nuevo un tema: el de una violencia invisible, insidiosa y sistémica que ejercería la sociedad, y a la cual sería legítimo oponer la violencia visible, frontal y manifiesta de los disturbios.

Conozco bien esta idea. Fue la de Jean-Paul Sartre quien, en su prólogo a Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon, planteaba el asesinato del colono como respuesta a la opresión del sistema colonial. Fue la de Jean Genet en un célebre artículo, «Violencia y brutalidad», publicado en 1977 por Le Monde, donde presentaba el terrorismo de la banda Baader-Meinhof como una «justa necesidad». Y ya era también la de Georges Sorel, a principios del siglo XX, quien en sus Reflexiones sobre la violencia contraponía a la fuerza del «Estado burgués» una «violencia proletaria» dotada de virtudes regeneradoras. Yo creía que esta idea había quedado desacreditada por el movimiento intelectual posterior a mayo del 68, por la crítica al totalitarismo y por el balance de las catástrofes fascista, nazi y comunista. Evidentemente, no es así. Y hay que volver a empezar desde cero.

Lo primero que falla en esta historia de la «contraviolencia» es que nunca alcanza el corazón del régimen detestado, sino a sus agentes más expuestos y vulnerables. El policía que gana 2000 euros al mes, trabaja como un esclavo y, arriesgando su vida, el derecho a manifestarse… El comerciante que hace su caja los sábados y cuya tienda, destrozada, constituía su único capital… El propietario del coche quemado, que ya no tenía medios ni para llenar el depósito y que ahora deberá enfrentarse al calvario de los trámites con el seguro…

El disturbio pretende golpear «el sistema»: sin embargo, arremete contra hombres y mujeres que no son ni sus amos ni sus beneficiarios, sino los más humildes de sus súbditos. Pretende vengar a «los humillados», pero a su humillación añade el miedo, la ruina y la sensación de abandono

El segundo argumento contra esta violencia —que los miembros de La France Insoumise califican a veces de «legítima»— es que nunca destruye la violencia sistémica; al contrario, le brinda la oportunidad de manifestarse y, al hacerlo, de endurecerse y expandirse. La revuelta de los canuts (obreros de la seda) de Lyon en 1834, cuando las tropas abrieron fuego contra la multitud… Las jornadas de junio de 1848, sofocadas a sangre y fuego… La Comuna de París, ahogada en una represión que dejó miles de muertos…

Y, cuando la insurrección triunfa, ¿no nos enseña la Historia que el régimen nacido del disturbio suele ser, por lo general, aún más terrible que aquel al que derrocó?

La violencia «liberadora» no suprime la violencia «sistémica», sino que la traslada a otras manos. No acaba con la dominación, sino que instaura un nuevo poder que, al actuar en nombre del pueblo y de la Historia, se cree con derecho a todo. La contraviolencia prometía la emancipación, pero termina engendrando una dictadura. La elección, en el fondo, es la que formularon Hobbes, Rousseau y, junto a ellos, todos los teóricos del contrato social. Por supuesto, uno se despoja de algo cuando confía a la autoridad pública el monopolio de la fuerza legítima. Y es precisamente por eso que resulta tan importante que los Estados respondan por este monopolio, por el uso que hacen de él y por los abusos que este permite. Pero la alternativa es la selva. Es el hombre convertido de nuevo en un lobo para el hombre. Es el vínculo social deshaciéndose y un mundo en el que cada cual se arroga el derecho a castigar y a golpear. Estamos casi ahí. Hoy, las milicias «insumisas» o el asesino de Trappes. Mañana, entre dos extremos caldeados hasta el rojo vivo, la posibilidad de una guerra civil.

Eso es lo que vislumbra Sartre cuando, al final de su vida, en diálogo con su joven camarada Benny Lévy, abjura de su creencia en la redención de las sociedades a través del terror.

Eso es lo que comprenden los intelectuales de mi generación al darse cuenta de que el mismísimo Jean Genet apoya a la banda Baader-Meinhof y recupera, en sus últimos textos de exaltación de la causa palestina, su fascinación juvenil por los soldados de la Wehrmacht y de las SS. Y eso es lo que yo mismo teoricé, hace casi medio siglo, en La ideología francesa, a propósito de Georges Sorel: quien, partiendo de una apología de la violencia revolucionaria, termina convirtiéndose —junto a jóvenes seguidores de Maurras— en padre fundador de un «Círculo Proudhon» (demasiado poco conocido), donde se produce la primera síntesis «rojiparda» en Europa

¡No, ésta cuestión de una violencia visible que «responde» a una violencia invisible es, sin duda, demasiado peligrosa! La violencia sistémica existe, es cierto.

Pero su opuesto no es la violencia de los disturbios. Es el derecho. La justicia. Es lo que permite a una sociedad nombrar sus violencias, establecer las responsabilidades correspondientes y reparar los daños que estas provocan. Es la posibilidad de cuestionar un poder sin convertirse, a su vez, en un micropoder, en un minijuez, en un vengador desenmascarado. Lección del siglo. Ojalá las generaciones actuales sean capaces de calibrar su alcance. De lo contrario, su justa rebeldía se perderá en el nihilismo y Francia se encaminará al desastre

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