Viernes 3 de julio de 2026
Soledad Morillo Belloso
Durante estos meses muchos aceptamos —y en mi caso, incluso defendí— la idea de que existía una estrategia gradual. El plan de “tres fases” anunciado por el secretario de Estado que buscaba desmontar, paso a paso, la estructura del chavismo mientras se construían condiciones para una transición democrática. Pero el 24 de junio cambió el país. Los terremotos rompieron ese esquema de la misma manera en que rompieron miles de edificios en Caracas y en el estado Vargas.
Desde el 24 de junio ya no discutimos únicamente quién debe gobernar Venezuela. Discutimos quién puede hacerlo. Hay una diferencia enorme entre ambas preguntas. La primera pertenece al terreno de la legitimidad democrática. La segunda pertenece al terreno de la capacidad estatal y, en este momento, de la supervivencia nacional. Los terremotos respondieron brutalmente esa segunda pregunta y la primera ya había sido respondida hace bastante tiempo (en 2023 y en 2024).
La discusión dejó de ser exclusivamente política. Ya no estamos hablando únicamente de cuándo deben celebrarse determinadas elecciones. Estamos hablando de quién tiene la capacidad de conducir a un país devastado, de coordinar su reconstrucción y, sobre todo, de proteger la vida de millones de venezolanos. Eso cambia completamente la ecuación.
Quiero ser absolutamente claro. Esto no se trata de @MariaCorinaYA como persona. Se trata de lo que ella representa porque así lo hemos decidido los venezolanos.
Ella no es la principal dirigente política del país porque lo haya decretado ningún gobierno extranjero, ningún organismo internacional o ningún partido. Lo es porque la inmensa mayoría de los venezolanos, dentro y fuera de nuestras fronteras, le otorgó esa legitimidad. Y el liderazgo, en una catástrofe nacional, deja de ser un asunto partidista para convertirse en una necesidad pública.
Por eso la pregunta no va dirigida a Delcy Rodríguez. La respuesta de la tiranía es perfectamente comprensible dentro de su propia lógica de supervivencia estalinista. Jorge Rodríguez, Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello saben que su permanencia depende del miedo (que cada día es menor). Y saben también que la presencia de María Corina Machado en Venezuela representa exactamente lo contrario: organización, esperanza, coordinación y la posibilidad de que una sociedad profundamente golpeada vuelva a reconocerse alrededor de un liderazgo legítimo.
No espero otra conducta de ellos.
La pregunta es para Washington. Es para @marcorubio. Es para @realDonaldTrump. Es para @usembassyve. Si Estados Unidos continúa ejerciendo una influencia determinante sobre el rumbo de la transición venezolana, ¿por qué impedir o aceptar que la dirigente con mayor legitimidad del país permanezca fuera precisamente cuando Venezuela más la necesita? ¿Qué interés estratégico puede justificar semejante decisión después de lo que acabamos de vivir?
Escuché con atención el mensaje que María Corina envió desde Panamá. Hubo una frase que resume perfectamente el momento que atravesamos: «Esto no se trata de mí». Tiene razón. No se trata de ella. Se trata de un país entero que necesita reencontrarse. Se trata de miles de venezolanos de la diáspora que quieren regresar para ayudar. Se trata de médicos, ingenieros, rescatistas, empresarios, voluntarios y familias que necesitan una conducción capaz de organizar el inmenso esfuerzo de reconstrucción que tenemos por delante.
Toda gran tragedia nacional necesita liderazgo. No para sustituir el trabajo de los rescatistas. No para reemplazar a los ingenieros. No para cargar escombros. Sino para darle dirección a una nación que intenta ponerse nuevamente de pie.
Venezuela necesita hoy ese liderazgo. Y la inmensa mayoría de los venezolanos ya decidió quién debe ejercerlo.
Si en Washington alguien considera que la presencia de Machado sobre el terreno puede resultar «desestabilizadora», me temo que está leyendo un país que ya no existe. Porque el verdadero factor de desestabilización no es la líder legítima de los venezolanos; es una tiranía que ha demostrado, frente a la mayor tragedia natural de nuestra historia reciente, que no puede, no sabe y, lo más doloroso de admitir, tampoco quiere gobernar para proteger a su propia gente. Nos odia. Y, siendo honesto, también los odian los venezolanos a ellos. Existe una ruptura moral irreparable entre la sociedad y quienes ocupan de facto el poder.
El estallido social del que tantos hablan no ocurrirá porque María Corina vuelva a Venezuela. Podría ocurrir precisamente si el país continúa sin un horizonte político claro. Si la sociedad no encuentra una conducción capaz de canalizar institucionalmente el inmenso dolor, la frustración y la rabia acumulados durante estos días.
La forma de evitar ese escenario no consiste en mantener congelada una transición. Consiste en acelerarla. Consiste en permitir que la sociedad se organice para reconstruir el país física, económica, institucional y moralmente. Consiste en comprender que estos miserables que hoy permanecen cómodamente instalados en Miraflores ya no pueden seguir al frente de un país al que han demostrado despreciar una y otra vez.
También escucho con frecuencia que Venezuela debe proyectarse ahora como un país estabilizado y lleno de oportunidades para la inversión. Ojalá lleguemos pronto a ese escenario. Pero intentar vender hoy esa imagen ignorando la realidad que dejaron los terremotos sería un profundo error de diagnóstico.
Porque ningún inversionista serio apuesta únicamente por recursos naturales. Invierte donde existen instituciones. Donde existe seguridad jurídica. Donde existe capacidad administrativa. Donde existe un Estado capaz de responder cuando ocurre una emergencia. Y eso fue precisamente lo que esta semana quedó dramáticamente en evidencia.
Los videos de ciudadanos enfrentando a militares, las denuncias sobre obstáculos a la ayuda, el bloqueo de información y la indignación creciente de millones de venezolanos seguirán recorriendo el mundo. No hay estrategia comunicacional capaz de ocultarlo.
Y hay algo todavía más grave.
Un régimen que obstaculiza la ayuda humanitaria durante una tragedia nacional envía el peor mensaje posible a cualquier ciudadano y a cualquier inversionista: que ni siquiera frente al dolor colectivo está dispuesto a renunciar a la lógica del control criminal. Si roban comida, imagínense cómo van a robar las máquinas de empresarios.
Los venezolanos seguiremos agradeciendo el respaldo de Estados Unidos. Seguiremos considerándolo un aliado natural. Pero precisamente porque somos aliados debemos poder hablar con franqueza.
El problema nunca fue solamente Nicolás Maduro. El problema es el chavismo. El problema es Delcy Rodríguez. Es Jorge Rodríguez. Es Diosdado Cabello. Es una estructura de poder que ha demostrado durante veintisiete años que destruye todo aquello que toca y que, incluso frente a una tragedia de esta magnitud, sigue actuando como un obstáculo para su propio pueblo.
Han pasado seis meses desde el 3 de enero. Ha pasado una semana desde el 24 de junio. Cada uno de esos días ha tenido un costo humano. Y los venezolanos ya no podemos seguir esperando.
Queremos caminar junto a Estados Unidos. Queremos que siga siendo nuestro principal aliado en la recuperación de la democracia. Queremos que la reconstrucción de Venezuela sea también una historia de cooperación entre dos países que comparten valores e intereses. Pero también debemos decir con claridad que nosotros no podemos esperar indefinidamente. No podemos. Y no lo haremos.
El chavismo debe llegar a su fin.
No solamente porque destruyó la democracia. No solamente porque destruyó la economía. No solamente porque destruyó el Estado. Sino porque esta semana terminó de demostrar que también es incapaz de conducir el dolor de una nación. O, peor todavía, que lo disfruta.
Si para poner punto final a esta tragedia seguimos contando con el apoyo de nuestros aliados, estaremos profundamente agradecidos. Ojalá sea así. Si ese apoyo no alcanza o no llega con la urgencia que el momento exige, los venezolanos haremos lo que ya empezamos a hacer durante esta semana. Tomaremos el martillo con el que hoy removemos escombros para reconstruir nuestras ciudades. Y, cuando llegue el momento, también para derribar el muro político que desde hace veintisiete años impide que Venezuela vuelva a levantarse.
Ya ha sido demasiado.
Me controlo. Pero el control, a estas alturas, es como intentar sostener agua entre los dedos: se escurre, se rebela, se burla de mí. No hay un solo milímetro de mi cuerpo —ni de mi piel, ni de mis huesos, ni de esa zona secreta donde uno guarda lo que ama y lo que teme— que no duela. Todo está en indignación, en incendio, en ese temblor que no se ve pero que te desordena por dentro.
Tengo setenta años. He visto deslaves que parecían bestias bajando de la montaña con hambre de pueblo. He visto ríos crecer como si recordaran que eran dioses. He visto casas abrirse como libros rotos después de un terremoto. He visto madres buscando hijos entre barro, hombres cargando ancianos, comunidades reconstruyéndose con las uñas. Tragedias que marcaron generaciones y se volvieron cicatrices en la memoria nacional.
Pero jamás había visto un desastre donde el Estado se evaporara así, con esta frialdad que corta, con esta cobardía que ofende, con esta ausencia que pesa más que los escombros. Una cosa es la fuerza de la naturaleza. Otra es la renuncia del poder, el abandono deliberado, la indiferencia que se siente como una bofetada en pleno duelo. El Estado, que debería ser puente y refugio, se volvió sombra que se retira, que se esconde, que deja al pueblo desnudo. O que, peor, llega a impedir, a saquear. Como si en medio del derrumbe alguien hubiera apagado la luz y cerrado la puerta por dentro. Como si el país entero hubiera quedado huérfano.
Que no debe sorprendernos, me dicen. Y es cierto. Pero esa certeza duele más. Porque esto es la crónica de una tragedia anunciada. No es un rayo en cielo despejado. Es el resultado de años en los que fuimos escribiendo advertencias como quien deja migas de pan en un bosque que se está quemando.
Años alertando que estaban carcomiendo al Estado como termitas que trabajan de noche, silenciosas, invisibles. Años diciendo que cada institución se volvía cascarón, que cada estructura se vaciaba, que cada ministerio era ya sólo un nombre pintado en una puerta oxidada. Años viendo cómo el Estado se convertía en una fachada sostenida por alambres, una maqueta mal hecha que apenas servía para posar en cámara.
La carcoma no empezó ayer. Empezó cuando confundieron poder con propiedad. Cuando el Estado dejó de ser casa común y pasó a ser botín. Cuando la burocracia se volvió pantano donde todo se hunde: eficiencia, responsabilidad, urgencia, vida misma. Y nosotros insistimos. Escribimos. Gritamos. Documentamos. Dijimos que estaban desmontando las vigas maestras, serruchando las columnas, dejando al país sin huesos.
Y ahora, en medio del desastre, todo eso sale a flote. Porque lo que se cayó no fue sólo tierra, edificios o carreteras. Lo que se cayó fue el Estado mismo, ese que debería haber estado ahí, firme, respirando junto al pueblo. Pero no estaba. No está. Y no estará mientras sigan gobernando desde la soberbia y el afán de lucro delincuencial e inmoral.
Mister President Trump: se lo digo sin rodeos. No sume toneladas a la tragedia. No convierta un país herido en un país aplastado. No añada peso donde ya no queda aire.
Escuche a quienes están tratando de explicarle: a los técnicos que conocen la tierra, a los rescatistas que saben dónde está la vida, a los expertos que llevan años advirtiendo que el Estado venezolano estaba siendo carcomido desde adentro. Escuche a los estrategas que intentan explicarle que el escenario cambió y que su plan de tres fases no va más.
Lo que hoy vemos no es sorpresa. Es la consecuencia de una demolición lenta, metódica, anunciada. Y usted tiene en sus manos la posibilidad de no empeorar lo insoportable. No convierta la tragedia en espectáculo. No la use como moneda política. El tablero cambió.
Se lo digo con la voz de quien ha visto demasiados desastres y negligencias: no sume toneladas a la desgracia.
