LAS CIRCUNSTANCIAS DE UNA MUJER FUERTE, AUDAZ, Y ABNEGADA.
Sábado 17 de octubre de 2026
Koldo Anasagasti
Como a muchas de nuestras amamas, a Bernardina le tocó vivir en un período convulso de la historia: padeció las consecuencias de la ley abolitoria del 21 de julio de 1876, el sometimiento a la dictadura de Primo de Rivera, los avatares violentos de la 2ª República, la guerra en Euzkadi, el exilio y la II Guerra Mundial. A todas estas incidencias y penalidades hay que añadir la pérdida de su hijo Ignacio, de tan solo seis años, el segundo de los diez hijos que dio a luz, y también que Bernardina enviudó a los 43 años estando embarazada de Ángel, que nació póstumo el 29 de febrero de 1920. Con fuerza y resolución, esta brava mujer sacó a todos sus vástagos adelante. Sufrió otras desgracias, que contaremos, y encaró la vida con valor.
Pero ahora vamos a contar lo que todavía no hemos desvelado de la identidad de Bernardina: fue la madre de José Antonio Aguirre Lecube, nuestro primer Lendakari. Él, a los 16 años, habiendo perdido a su aita, se convirtió en el joven adulto que ayudó a su ama en la tarea de guiar a sus hermanos y posicionarlos en la vida. Es conocida la capacidad de José Antonio para afrontar tareas de responsabilidad, pues ya a los 21 años, recién obtenido su título de abogado en la Universidad de Deusto, se convirtió en consejero de Chocolates Bilbainos S.A. (Chobil), empresa formada por las compañías Chocolates de Aguirre (de su familia paterna), Martina de Zuricalday, La Dulzura y Caracas. A los 27 años resultó elegido alcalde de la localidad bizkaina de Getxo y, con tan solo 32, mediante el voto del resto de los alcaldes de nuestro país, en plena guerra, fue designado presidente del primer Gobierno vasco. Bernardina se mostraba muy satisfecha y orgullosa de tener un hijo tan preparado y exitoso, como también lo estaba del resto de sus hijos e hijas, pero su primogénito ostentaba la representación de todo un Pueblo y era poseedor de un gran reconocimiento social y político.
Bernardina nació en Mutriku, Gipuzkoa, el 20 de mayo de 1877.
Casa de la familia Lecube en Mutriku
Su aita había sido cantero, se llamaba José Manuel Lecube Lizarzaburu, y había casado con Facunda Aramburu Sorazu, igualmente mutrikuarra. Vivieron en este pueblo costero hasta que en 1880 se instalaron en Abando ─anteiglesia que estaba parcialmente incorporada a Bilbao−, en donde dos años más tarde nacería el pequeño Antonio, quinto hijo de la pareja.
En Abando, que se incorporó definitivamente a Bilbao en el año 1890, Bernardina conoció al abogado bergarés Teodoro Aguirre Barrenechea-Arando, quien había sido pasante de don Daniel de Irujo y colaborador de éste en la defensa de Sabino Arana en el proceso que se instruyó contra esta insigne figura del nacionalismo vasco. Teodoro abandonó pronto su profesión de abogado para ocuparse de la fábrica de Chocolates de Aguirre. Se convirtió en un hombre de negocios, capaz, trabajador y solidario. Muy creyente y piadoso, dedicó muchos esfuerzos en la ayuda al prójimo; a su fallecimiento era presidente de la Adoración Nocturna de Bilbao. Siguió la doctrina de Sabino Arana, sin cargo ni responsabilidad alguna en el partido político que éste había fundado.
Bernardina con su marido Teodoro y sus dos hijos mayores, José Antonio e Ignacio.

Bernardina con sus hijos José Antonio, Ignacio, Juan Mari, Tere y Encarna
Teodoro y Bernardina se residenciaron inicialmente en la calle Cruz, número 6, 4º piso, en las Siete Calles de Bilbao, para trasladarse luego a la calle Sendeja número 6 de esta misma localidad. En 1915 se instalaron en Algorta, en el edificio que en la calle Miramar número 2, plaza de San Ignacio, Teodoro hizo construir como regalo para Bernardina. Poco tiempo pudo Teodoro disfrutar de este nuevo hogar, pues falleció el 12 de febrero de 1920, a los 47 años. Bernardina quedó deshecha, pero segura, complacida y acompañada por los hijos que su matrimonio le había procurado.
Bernardina Lecube tenía un extraordinario carácter y fuerte personalidad, sostenidos ambos por una magnífica salud. Era una mujer abierta y natural, sin ampulosidades; mientras que a Teodoro sus hijos lo trataban de usted, a Bernardina lo hacían de tú.
José Antonio Aguirre contrajo matrimonio con Mari Zabala, a quien llamaban Marutxa. Dadas las responsabilidades familiares y políticas que tempranamente éste asumió, su hermano Juan Mari −que tras el fallecimiento de Ignacio quedó como el segundo hijo de más edad─, licenciado en Ciencias Empresariales por la Universidad Comercial de Deusto, se hizo cargo de la gerencia de la empresa Chobil, implementando en la misma mejoras sociales, con acciones pioneras en esa época, inspiradas por José Antonio y aceptadas por todos los socios de la compañía.
Pero esta fábrica y todo el patrimonio de los Aguirre Lecube −incluida su vivienda de Algorta─ fueron confiscados por los facciosos tras la caída de Bilbao en junio de 1937.
Bernardina se refugió con parte de su familia en una casa alquilada cerca de Santa Bárbara, en la punta de la playa de Donibane Lohitzun. Su hijo mayor, el Lendakari José Antonio Agirre, partió en avión a Biarritz y, después de pasar por París, viajó a Barcelona, en donde se había instalado el Gobierno vasco. Tras la inminente caída de la capital catalana, el 4 de febrero de 1939, José Antonio acompañó al presidente de la Generalitat, Lluís Companys, al exilio, atravesando ambos los Pirineos por caminos de montaña, por encima de la aldea de La Banyol, hasta pasar a la Catalunya bajo administración francesa. Al otro lado de la muga, los dos presidentes se despidieron. Nunca volvieron a verse. José Antonio marchó a París, a trabajar por sus compatriotas desde la sede de este gobierno en el número 11 de la Avenue Marceau.
Juan Mari, Teodoro y Tomás, otros hijos de Bernardina, abandonaron el escenario bélico saliendo en barco desde San Vicente de la Barquera hacia Iparralde, alejándose de la costa lo más posible para evitar la acción de las tropas franquistas, lo que dio lugar a que esta travesía terminara azarosamente en la localidad de Concarneau, en Bretaña. Desde la cubierta, Tomás vio gente uniformada y pensó que la tripulación los había llevado de vuelta a la costa de Santander, por lo que echó mano a su arma. Afortunadamente eran gendarmes franceses los que los esperaban en el puerto para pedirles la documentación y desarmarlos. De Concarneau se dirigieron a Donibane Lohitzun para reunirse con su ama, sus hermanas Encarna y Mari Cruz (Mari) y sus hermanos pequeños Iñaki y Ángel.
Tras un tiempo en esta ciudad labortana, Juan Mari marchó a Amberes, Bélgica, en donde residía Cesáreo Asporosa, con quien le unía una buena amistad, y que desde Amberes había participado en el aprovisionamiento del territorio vasco durante la guerra civil y, anteriormente, habitual suministrador de materia prima para la fábrica de chocolates Chobil. Ambos, con Martin de Lasa y socios belgas −a los extranjeros no se les permitía crear empresas─, fundaron la Compagnie Maritime et Commerciale,paraactuarcomo agentes transitarios y en operaciones de importación-exportación.
Bernardina también puso rumbo a Bélgica, pero no a Amberes sino a Lovaina, a una casa de la rue Marie Thérèse 9, al lado de la estación central, con sus hijas Mari Cruz −Mari─ y Encarna. También se trasladaron a Lovaina Teodoro, Iñaki y Ángel, los dos primeros para continuar en la Universidad Católica sus estudios universitarios −de derecho el primero, de economía el segundo─ y el pequeño Ángel para ingresar en esta misma universidad e iniciar su carrera de económicas. Bernardina decidió este cambio de domicilio porque en Donibane las opciones de estudio eran mucho más reducidas.
Sabido es que José Antonio Aguirre jugó cinco temporadas en el Athletic Club de Bilbao, pero pocos sabrán que sus cinco hermanos también fueron excelentes futbolistas. Juan Mari jugó en el Deusto y en el Arenas de Getxo, en los buenos tiempos de este club; Tomás también jugó en el equipo arenero y fue tentado por el Athletic, pero su hermano Juan Mari le desaconsejó que fichara. Luego, Tomás fue escogido para formar parte de la selección de Euzkadi, y participó en la gira que este combinado hizo por Europa y América. A resultas de su paso por México, se quedó a vivir allí. Teodoro, Iñaki y Ángel jugaron juntos en el equipo de fútbol del Lovaina y consiguieron subir a este club a primera división, convirtiéndose en héroes locales. Durante la 2ª guerra mundial, un carnicero, muy hincha de este club, cuando el equipo ganaba les regalaba carne para que se mantuvieran en forma, y de esa carne comía toda la familia. Xabier Agirre Arizmendi nos facilita un dibujo que, a modo de caricatura, retrata a Teodoro sujetando en cada mano a sus dos hermanos, Iñaki y Ángel, y que se expuso de forma impresa y mural en Lovaina en los tiempos de gloria del equipo local.
Por tanto, Bernardina tuvo seis hijos futbolistas, hecho que, seguramente, hoy constituiría un récord Guinness.

Caricatura en la que Teodoro sujeta a sus hermanos Iñaki y Ángel
En un escrito aportado por Iñaki Anasagasti se puede leer que Bernardina era mujer de armas tomar, que no le gustaba someterse al rígido control de la inmigración belga como hacían los demás exiliados. Tal vez pensaba que, con haber rellenado, el 19 de noviembre de 1937, el Inlichtingsbulletin (hoja de información), había cumplido con todos los trámites. En este formulario hizo constar que «cuenta con los recursos necesarios para mantenerse». No obstante, tres meses más tarde, el 21 de febrero de 1938, tuvo que rellenar otro impreso adicional, en el que declaraba «no pertenecer a ningún grupo político, ser de fe católica y no haberse fugado». Nada que no fuera verdad, pues no se le conocía afiliación política alguna, era muy creyente y había viajado a Bélgica desde Donibane Lohitzun, un simple traslado, no una fuga. En comparación con sus consuegros ─los suegros de su hijo José Antonio− no parecía mostrar mucho empeño en renovar su tarjeta de extranjera −vreemdelingenkaart─ y en informar a las autoridades de sus traslados dentro de Bélgica. En este país, estas dos familias −Aguirre-Lekube y Zabala-Aketxe─ formaban parte de la comunidad exiliada, integrada por 793 refugiados republicanos mayores de edad y 5.000 menores no acompañados, los llamados niños de la guerra.
En mayo de 1940, cuando el ejército alemán invadió Bélgica, Bernardina residía todavía en Lovaina con los hijos que ya hemos mencionado. Su hijo Juan Mari seguía viviendo en Amberes, asociado con Cesáreo Asporosa y Martín De Lasa, quien se había unido a ellos. Éste último había trabajado en el Gobierno vasco durante la guerra en temas de abastecimiento, y era un hombre muy capacitado para el negocio de la compañía.
Hacía mucho tiempo ya que José Antonio no había visto a su ama Bernardina y al resto de su familia, por lo que propuso a éstos un encuentro en la costa belga. No parecía ésta una idea muy oportuna dada la convulsión social y política que se vivía en Europa, pero el proverbial optimismo de José Antonio no previó peligro inminente de ataque del ejército alemán.
Miembros de las familias Aguirre-Lekube y Zabala-Aketxe en La Panne
En La Panne, el Lendakari, su esposa Marutxa y sus hijos Aintzane y Joseba, se reunieron con la familia. Posteriormente se unieron a la expedición Asporosa y algunos miembros de la colonia vasca residente en Bélgica, en total 46 personas, de las cuales 13 eran mujeres, 7 niños y 4 sacerdotes.
Pero las tropas alemanas, después de haber atravesado Luxemburgo, se habían lanzado hacia el interior de Francia, acercándose a Sedán al mismo tiempo que rompían las defensas belgas por el frente de Lieja. Entraron a saco, como cuchillo caliente en mantequilla, y llegaron en cuestión de días a la zona donde se encontraba el grupo de vascos. Ahora sí, alarmados, los Aguirre, los Zabala y compañía intentaron llegar a Francia recorriendo a pie los 15 kilómetros que separan La Panne de Dunkerque para tomar el tren a París, pero ya la vía había sido destrozada por los bombardeos de los aviones alemanes.
Nuestros vascos no eran los únicos que buscaban un medio de locomoción, todas las clases sociales abandonaban sus hogares para huir del invasor, lo que hacía prácticamente imposible encontrar un transporte. Apenas salido de La Panne, el grupo de los Aguirre-Zabala sufrió el primer ataque de los aviones enemigos, lo que dio lugar a escenas de pánico, con gran cantidad de personas corriendo despavoridas para ponerse a salvo de las bombas y de los ametrallamientos por calles y carreteras. Consiguieron, sin embargo, llegar a la frontera, donde ya se agolpaba una muchedumbre a la que no dejaban atravesar, los gendarmes tenían órdenes de retenerla allí.
El grupo vasco tuvo que pasar allí esa primera noche, y muchas otras, malamente acomodados sobre el inhóspito y abarrotado suelo, soportando el frío de la noche y el calor del día. El examen de la documentación se hacía con rigor y con una lentitud exasperante. José Antonio se puso en cabeza para mostrar su documentación privilegiada −pues estaba autorizada por el Estado Mayor Francés─ y facilitar el paso de todo el grupo, que tenía pasaporte de la República española extendido por las autoridades del Gobierno Vasco. «Sus documentos están en regla −le dijo un gendarme─ pero los pasaportes de los demás ya no valen». José Antonio argumentó su situación y protestó por la negativa de dar paso a los demás. El gendarme llamó a su superior y todos salieron perdiendo, porque éste le dijo malhumorado: «Ahora, ni siquiera usted puede pasar, porque hemos recibido una orden diciéndonos que solamente permitamos el paso de la frontera a los belgas, holandeses, franceses e ingleses. Los demás lo harán cuando nos lo ordenen». No hubo discusión posible.
La expedición vasca tuvo que volver a su anterior lugar de acomodo. Durante esa noche, un grupo de gendarmes clavó estacas en la tierra de alrededor, que unieron con alambradas, cerrando una gran extensión de terreno a modo de campo de concentración. Allí quedaron recluidos los vascos, también austríacos, polacos, checos, algunos escandinavos y unos tres mil judíos. Pasaron tres días encerrados, custodiados por soldados senegaleses, pasando hambre y sed, porque nadie se preocupó en suministrarles víveres ni comida. Hasta que los oficiales franceses decidieron liberarlos, impelidos por una protesta colectiva iniciada a causa de un incidente de los gendarmes con un sacerdote holandés. Pero cuando cruzaron la frontera, se encontraron con otra barrera que no se abriría hasta el día siguiente. Bernardina tuvo que dormir en un establo, era el día de su 63 cumpleaños, 20 de mayo de 1940. Nunca se le había pasado por la cabeza celebrar de esa manera fecha tan señalada.
Tras muchas vicisitudes que vamos a resumir, llegaron a Bergues, donde permanecieron varios días en casa de unos humildes campesinos, que los trataron con generosidad y afecto. Como contraprestación, solo pudieron ofrecerles las muñecas de Aintzane, la hija de José Antonio, y de otra niña del grupo, para que las disfrutaran las nietas de aquellos campesinos, lo que costó algunas lágrimas a las niñas vascas, claro, que no querían desprenderse de su preciado tesoro. Tuvieron que desistir de viajar a Calais, ya que de allí regresaban grandes grupos de refugiados, y decidieron volver al inicio, a La Panne, único lugar donde existía una pequeña posibilidad de embarcar hacia Inglaterra. Estaban tan exhaustos, hambrientos y desesperados que parecía no importarles el peligro, habían superado el miedo físico y actuaban casi como autómatas. Llevaban más de setenta kilómetros a pie entre bombas, ametrallamientos y peligros, con retenciones, inclemencias meteorológicas, miedo, angustia y desesperación.
Pero en la línea fronteriza franco-belga un nuevo sufrimiento los esperaba. El relato del mismo lo vamos a extraer del libro “De Gernika a Nueva York pasando por Berlin”, escrito por el propio Lendakari Aguirre. Copiamos del capítulo titulado “¡Y por fin nos visitó la muerte!: «Cuando llegamos al paseo del muelle, en una de cuyas villas nos dijeron que pudiera haber algún jefe inglés, tuvimos que echarnos en tierra varias veces, pues se renovó el furioso bombardeo de la artillería alemana, que no iba a cesar en muchas horas. Varios obuses cayeron en la playa a unos cincuenta metros de donde nos encontrábamos. Arrimados a las paredes pudimos llegar hasta la casa que habíamos ocupado cuando vinimos de París y que habíamos alquilado para pasar una temporada con nuestra familia. A mi esposa le fallaban las piernas y no podía andar, y entre otro compañero y yo tuvimos que llevarla a rastras hasta casa.
»Faltaba por llegar otro grupo formado por mis dos hermanas, mi cuñada y Cesáreo de Asporosa, que habían salido con la idea de encontrar alguna embarcación que nos sacara de aquel infierno. Al poco tiempo llegaron las tres mujeres, pálidas de terror y sin poder hablar. Cuando se acercaban a casa huyendo del bombardeo, uno de los proyectiles los alcanzó, cayendo Asporosa mortalmente herido, con el corazón atravesado por una esquirla del obús. Mis hermanas y mi cuñada estaban heridas en el hombro. Asporosa era un hombre de cuarenta años, lleno de vida, espléndido tipo de fortaleza física y moral.
»Salimos a la calle a recoger a nuestro amigo, conduciéndolo a un botiquín de urgencia, en donde falleció poco después rodeado de su amigo el Presidente de su País y del padre Alberto, el jesuita desterrado. Aquel cuadro representaba la hondura moral y física de la tragedia vasca.»Mientras tanto, por la calle principal de La Panne bajaba un batallón de infantería inglesa. A pesar de que los obuses caían en abundancia, aquellos hombres, con sus oficiales a la cabeza, iban en correcta formación, cantando. Yo que siempre he creído en la victoria de la libertad, me convencí en aquel momento más que nunca del triunfo de los ejércitos del bien, pues un pueblo que canta en medio de las bombas, no puede ser vencido.
Iñaki, Bernardina, Teo, Juan Mari, Mari y Ángel, en Bélgica
»Los camilleros se llevaron a nuestro buen amigo al cementerio de La Panne, donde cientos de refugiados iban encontrándose, después de pagar el tributo de la muerte. Ellos también habían caído en el campo del honor, vistiendo el uniforme civil que hace iguales a los hombres.
»Desde las seis de la tarde, el bombardeo no cesó un solo instante. Por las calles desiertas, algunas patrullas francesas y el resto de las tropas inglesas, pasaban camino de Dunkerque, protegidas por las baterías ligeras inglesas que disparaban desde la entrada de La Panne. Nos recluimos en el sótano unos, y otros en el garaje, situado medio metro bajo el nivel de la calle. La casita en que estábamos era de frágil construcción, y no había agua ni luz. Cuarenta y cinco personas nos apiñábamos en aquellos recintos completamente a oscuras. El silbido de los obuses, que siempre creíamos que iban a terminar por hacer blanco en nosotros, hacía más angustiosa la situación. Como disparaban en batería, se oían constantemente cuatro o cinco silbidos casi al mismo tiempo. Uno de los obuses arrancó una esquina superior de la casa, y poco más tarde, otro obús daba en la puerta del garaje, llenando aquel ambiente enrarecido de polvo, humo y astillas. Varios fueron alcanzados por los casquillos, entre ellos mi hermana Encarnación, que recibió heridas en el brazo y el pecho, a causa de las cuales pocos días más tarde moría en un hospital. Aquel cuadro era de un dramatismo difícil de igualar. A los gemidos de dolor de Encarna y a los lamentos de la hermana de Asporosa, se unían los llantos y las invocaciones al cielo de las demás mujeres.
»A eso de las cuatro de la mañana fue cesando el bombardeo. Empezó a amanecer, cuando en medio de un gran estruendo se retiraban los tanques ingleses a gran velocidad. A eso de las ocho de la mañana entraban en La Panne las primeras patrullas ciclistas alemanas y una hora más tarde, por las calles en escombros, desfilaban las primeras formaciones. Estábamos en poder de los alemanes, lo que para mí significaba primero la cárcel y después el fusilamiento.
»Existe un episodio que mi pluma se resiste a relatarlo por todo el dramatismo que encierra, y porque en él juega un papel importante nuestro inolvidable amigo Cesáreo de Asporosa, aun después de muerto. Cesáreo era el administrador de los menguados fondos de que disponía nuestro grupo. La cantidad más importante consistía en unos pocos cientos de dólares en papel, que, para mayor seguridad, Cesáreo los llevaba cosidos en el forro de su chaqueta. Ninguno de nosotros pensó en este dinero cuando acaeció la muerte de nuestro excelente compañero; la pena que nos embargaba era demasiado grande para que pudiera preocuparnos otra cosa que la desaparición de nuestro amigo. Hasta llegada la noche no nos dimos cuenta de que con el cadáver de Cesáreo los camilleros se habían llevado al cementerio aquel dinero que tan urgentemente necesitábamos. Por muy duro que fuese, no había más remedio que rescatarlo. Mi hermano y otros dos compañeros se dirigieron al depósito de cadáveres. En él yacían hacinados los cuerpos de ochocientos desgraciados refugiados que habían sufrido la misma suerte que Cesáreo. A unos les habían robado los zapatos, a otros alguna prenda de su indumentaria… el espectáculo no podía ser más impresionante. Alumbrados por la luz vacilante de una vela, buscaron el cadáver de Cesáreo por entre aquellos montones macabros de seres destrozados. Por fin dieron con él. Le faltaban los zapatos, pero no la chaqueta. La habían despreciado por demasiado vieja. Así pudimos hacernos de nuevo con aquellos dólares que tanta falta nos hacían. Miserias de la vida, que hasta obligan a turbar el sueño eterno de un ser querido».
Hasta aquí el relato descarnado de José Antonio Aguirre de lo acontecido en La Panne.
Su sobrino Xabier Agirre Arizmendi nos añade algún dato: a Encarna, de 28 años, la atendió Santi Zabala, hermano de Marutxa, que estaba estudiando medicina en Lovaina, pero no pudo librar a la joven de una septicemia, que la llevó a la muerte unos días más tarde de caer herida. Fue enterrada en el cementerio de Le Coq, cerca de La Panne. Bernardina sufrió, pues, la pérdida de otro de sus vástagos, en este caso su querida María Encarnación, Encarna, su segunda hija. En el ataque también resultó alcanzada Margari, hermana de Santi y Marutxa, pero quiso el destino que la cartera que llevaba junto a su pecho parase la metralla que la impactó.
Cuenta también Xabier que su aita Juan Mari les decía que en el episodio de la recuperación de los dólares él y las otras dos personas ─una de ellas era Santi Zabala− pasaron mucho miedo, porque si los hubieran pillado en ese momento los habrían detenido y fusilado, por profanar un cadáver y despojarlo de sus pertenencias.
Sepultura de Encarna en el cementerio de Le Coq
En enero de 1941, Tere, la hija mayor de Bernardina, casada con Juan Madariaga, fue a Marsella a embarcarse para América en el buque Alsina, que, por múltiples complicaciones ocasionadas por la guerra, fue retenido en Dakar, Senegal, durante largo tiempo. Los pasajeros fueron internados en dos campos de concentración, en los que estuvieron retenidos varios meses. Ante la imposibilidad de continuar la travesía en este buque, el pasaje fue trasbordado al vapor Quanza, que pudo finalmente zarpar hacia América. La pesadilla duró 453 días; sí, 1 año y casi 3 meses.
Acabada la guerra mundial en 1945, se atemperaron las penas y los tiempos mejoraron. Bernardina trasladó de nuevo su residencia a Donibane Lohitzun, y allí tuvo la satisfacción de ser la madrina de boda de su hijo Juan Mari, quien casó en 1946 con María Teresa (Mary-Teres) Arizmendi Aiestaran, de Donostia, cuyo aita había sido fusilado por el ejército sublevado, motivo por el cual fue José Antonio quien la llevó del brazo al altar. A la boda acudieron familiares y amigos, entre ellos algunas autoridades del pnv y del Gobierno vasco. El banquete de boda se celebró en casa de Bernardina.
Berrnardina con su hijo Juan Mari camino a la iglesia el día de la boda de éste con Mary-Teres Arizmendi, en Donibane Lohitzun.

Bernardina, Mary-Teres Arizmendi, Juan Mari y el Lendakari Aguirre.
Don Manuel de Irujo tocando el txistu en la boda de Juan Mari Aguirre y Mary-Teres Arizmendi
La pareja tuvo seis hijos: Jon, Gorka, Miren Maite, Xabier, Mikel e Iñaki, que nacieron en Amberes. El resto de los hijos e hijas de Bernardina también fueron contrayendo matrimonio y aportando hijos al mundo, pero Bernardina solo pudo conocer a unos pocos, pues falleció el 19 de setiembre de 1950, a los 73 años, en Donibane Lohitzun, en cuyo cementerio fue enterrada.

Bernardina y su nieta Garbi (Madariaga Aguirre)
Jamás volvió del exilio. Desde que salió de Euzkadi peninsular en el año 1937 no pisó nunca más su Mutriku natal ni su requisada casa de Algorta. Esta pudo ser recuperada años después por la familia.
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