No es el descontento, es la desafección

Sábado 13 de Julio de 2013

Si los ciudadanos pasan de los políticos, no les piden cuentas, no castigan a los corruptos y no premian a los que se lo merecen, ¿quién controlará a los partidos o a los Gobiernos? ¿Cómo se les obligará a cambiar?

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Si en estos días se votara la palabra más utilizada para describir la política española, es muy probable que la desafección se alzara con el premio. Es un término omnipresente. No hay tertuliano que no llegue a tres conclusiones: una, que la desafección es el principal problema político; dos, que su causa está vinculada a la pésima actuación en todos los órdenes de los principales partidos durante la crisis económica; y tres, que ambos partidos están sufriendo por ello pérdidas electorales crecientes y quizá irreversibles. Pero todos tienen su propia idea de lo que sea desafección. Circulan así conceptos tan dispares como desorientación, decepción, insatisfacción, enfado e incluso cabreo y alienación.

Las relaciones de los españoles con la política han sido siempre difíciles. Durante la Segunda República, la polarización ideológica y la atomización del sistema de partidos fomentaron la concepción del español como alguien medio anarquista y medio monje, individualista al máximo y en todo caso ingobernable. Tras los horrores de la Guerra Civil, la dictadura franquista se asentó sobre la farsa de que la política equivale a mentira y corrupción, por lo que era mejor dejarla en manos de una élite que se sacrificaría por todos los españoles. Y en las casi cuatro décadas transcurridas desde la Transición, los ciudadanos han podido crear partidos y votarlos, afiliarse a ellos o a cualquier otra organización, participar en actividades sociales o políticas a través de muchos canales, interesarse por la política o por cualquier otra cuestión, estar informados o conformarse con unos pocos clichés. En cambio, y como demuestran numerosos estudios, durante todos estos años los españoles se han quejado mucho de la política y de los políticos, al tiempo que desperdiciaban los mecanismos de participación a su alcance, presumían de su desinterés e indiferencia hacia la política y exhibían una información política tirando a muy baja.

Todos estos elementos constituyen para nosotros un cuadro clásico de desafección, y distinto de lo que entendemos por descontento. Este último supone la insatisfacción por los rendimientos negativos del régimen o de sus dirigentes ante su incapacidad para resolver problemas básicos. El descontento no suele afectar a la legitimidad democrática, que sigue siendo alta incluso entre quienes están sufriendo en mayor medida las consecuencias de la crisis económica. En realidad, el descontento es sobre todo coyuntural, y depende de los vaivenes de una opinión pública vinculada a la popularidad de los Gobiernos y de sus políticas; de ahí que pueda corregirse por los cambios electorales o las mejorías económicas. En cambio, la desafección se expresa a través de un cierto desapego o alejamiento de los ciudadanos con respecto al sistema político. Suele medirse por el desinterés hacia la política, las percepciones de ineficacia personal ante la política y los políticos, el cinismo hacia ambos y los sentimientos combinados de impotencia, indiferencia y aburrimiento hacia la política. En contraste con las oscilaciones del descontento, la desafección tiende a ser estable y suele transmitirse por las vías de la socialización política. Solo así cabe explicarse cómo, pese a los inmensos cambios de todo tipo ocurridos desde la Transición (y en general positivos), todavía predominaran antes de la crisis las imágenes de la política como engaño y aprovechamiento, como una complicación tan absurda como innecesaria; y también las imágenes de los políticos (de todos ellos) como incompetentes, inútiles y por supuesto corruptos.

Los datos existentes corroboran lo anterior. De acuerdo con la larga serie de encuestas del CIS, el descontento político ha alcanzado niveles nunca vistos hasta ahora. Cuando tanto se discute sobre quién podría ser el peor presidente del Gobierno en la historia de la democracia española, Mariano Rajoy lleva las de ganar: disfruta de la valoración más baja que la de cualquiera de sus cinco antecesores, incluyendo José Luis Rodríguez Zapatero. Solo el 17% confiaba en Zapatero al dejar el Gobierno; pero solo el 12% lo hace ahora en Rajoy. Desde la restauración de la democracia, ningún Gobierno ha recibido peor valoración que el actual del PP. La valoración negativa de la situación política es del 70%, y la de la situación económica del 90%. Como consecuencia, la insatisfacción con los resultados de la democracia alcanza al 70% de los españoles, la más elevada desde la Transición. Según datos recientes del eurobarómetro, la desconfianza en los partidos está entre las más altas de los países europeos occidentales: en 2012 era del 90%, solo empeorada por la de los griegos e italianos.

La desafección política muestra también niveles considerablemente altos; a diferencia de los del descontento, ya existían con anterioridad a la crisis. Seleccionemos un solo indicador. Según la encuesta social europea, España ha sido desde hace décadas el país con menos interés por la política de todos los europeos, incluyendo las nuevas democracias del este de Europa; el promedio de desinterés se ha movido en torno al 80% que declaraba que la política le interesa poco o nada. Este desinterés ha sido invariable: se ha producido tanto en momentos de crisis económica como en los de bonanza, tanto con Gobiernos socialistas como con los conservadores, tanto cuando existía una elevada satisfacción con la democracia y apenas casos de corrupción como cuando predominaba un cierto descontento. Es cierto que la desafección política ha aumentado algo en estos últimos años, pero no tanto por la crisis económica como por la pasividad de los partidos ante la dramática situación del desempleo, los chalaneos ante los escándalos de corrupción y el descaro del principal partido de la oposición cuando aseguraba que la crisis económica acabaría como por ensalmo con la sola desaparición de Zapatero y su eventual llegada al poder.

En buena parte de los países europeos, el incremento de la insatisfacción con la democracia ha dado nacimiento durante las últimas décadas a los denominados ciudadanos críticos. Su principal rasgo es que intervienen activamente en la vida política para así modificar el funcionamiento e incluso los rendimientos del sistema político que les disgustaban. Los políticos deben necesariamente prestar atención a la voz de esos actores si quieren evitar su castigo electoral en forma de no reelección. En España, sin embargo, las principales características de los desafectos han radicado en la desinformación, la pasividad y el rechazo indiscriminado de partidos y dirigentes políticos. Exceptuando algunas minorías muy movilizadas, la participación política de los españoles para expresar sus preferencias y necesidades ha sido escasa. Ello ha aumentado la brecha entre los ciudadanos y los políticos, y sobre todo ha concedido a estos últimos una enorme capacidad de maniobra para actuar al margen (y casi siempre en contra) de los ciudadanos. Cuando llegaban las elecciones, la rendición de cuentas ha sido muy deficiente y la posibilidad de castigar a estos malos políticos resultaba aleatoria.

La crisis económica puede estar cambiando esta situación. Hay indicios de que el interés por la política se ha incrementado en algunos puntos, y es notorio que muchos españoles han participado quizá por vez primera en actividades de protesta a través de alguna de las muchas mareas existentes. Si las protestas se mantuvieran ante la incompetencia, el acomodo o la frivolidad de las élites políticas, el descontento podría radicalizarse y llevarse al ámbito electoral con consecuencias imprevisibles. Y si las protestas fueran sistemáticamente desoídas y no vinieran acompañadas de cambios relevantes, la desafección podría agravarse al extenderse sentimientos de frustración entre los ahora participantes que por fin ejercen su voz.

Ninguno de estos resultados hipotéticos es positivo. Los cambios, si se producen, deberían venir de otra dirección. Quizá la crisis económica, la gestión del Gobierno conservador y el descrédito de la oposición lleven a los españoles a la convicción de que la democracia tiene costes que solo ellos deben sufragar. Para ello hacen falta mayores dosis de información, vigilancia y participación que permitan el control de los partidos y el envío a sus dirigentes de mensajes inequívocos de lo que se quiere o de lo que se rechaza. Si los ciudadanos pasan de política, no piden cuentas a los candidatos, no castigan a los corruptos, ni premian a quienes lo merecen, ¿quién controlará a los partidos o a los Gobiernos, cómo podrá obligárseles a que cambien para convertirse en instrumentos democráticos al servicio de los ciudadanos?

José Ramón Montero y Mariano Torcal son catedráticos de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y en la Universitat Pompeu Fabra, respectivamente, y han publicado Political disaffection in contemporary democracies (Londres, 2006).

 

 

El Baradei, un golpista que va a acabar mal

Viernes 12 de julio de 2013

Mohamed BaradeiReconozco que no me gusta nada  este Mohamed El Baradei, desde que era  director del Organismo Internacional de la energía atómica y anduvo en Irak buscando aquellas armas de destrucción masiva que  nunca aparecieron. Ya entonces me parecía el clásico inepto que lo que le gustaba era estar en la pomada. Un inútil al que le encantan los focos y las fotos.

No sé cómo a un tipejo como éste los suecos le dieron el Premio Nobel de la Paz. Bueno, si lo entiendo. Se lo dieron en su día al golpista Kissinger y se lo dieron en su primer año de mandato a un Obama que ha resultado todo un fiasco. Que El Baradei tenga el Premio Nobel de la Paz me impresiona tanto como que se lo den  al presidente de Corea del Norte. Esos premios ya no premian la ética y la entrega. Premian al personaje del momento. Y aquel momento previo a la guerra de Irak le trajo a este sujeto un premio que como se ve, no merecía.

Dicen, y no me extraña, que es un bon vivant de los gustos occidentales y además falto del gracejo de sus compatriotas. Lo creo. El Baradei -un hombre de derechas, de voz aflautada y gafas redondas-también ha practicado el transfuguismo. Y sobre todo no le ganó a Mohamed Mursi  las elecciones por aburrido y cargado de tópicos por lo que su llegada al cargo de primer ministro de manos de los militares me parece un robo. Un demócrata no hace eso. Se le supone un mínimo de decencia. Pero este sinvergüenza lo único que quiere es estar en el machito como sea. Y de momento lo ha logrado, aunque acabará mal. Una sociedad no puede premiar a tipejos de esta calaña.

Y Margallo callado ante un golpe de estado. Lo mismo que Europa. No estoy con los Hermanos Musulmanes. Estoy con la democracia. Y lo que ha ocurrido en Egipto es muy grave.

 

El fichaje de Illarramendi por el Real Madrid

Miércoles 10 de julio de 2013

789.13Mi aitona era donostiarra. De la calle Campanario. Mi amona de Motriko. Tengo por tanto alguna  credencial  para hablar de Asier Illarramendi. Lo digo porque hay un sector radical de la afición de la  Real Sociedad que se creen que solo ellos pueden hablar de su Club. Y si no tuviera esas credenciales familiares, hablaría y opinaría lo mismo por una  razón más poderosa  que  la anterior: porque me da  la gana.

El de Mutriku se erigió la pasada campaña, en su segundo año como miembro del primer equipo, en el eje del centro del campo txuriurdin, condición que ha revalidado con la ‘Rojita’ en el campeonato de Europa Sub’21. Florentino se ha fijado en el mediocentro gipuzkoano, al que ve como el relevo natural de Xabi Alonso. Para el presidente blanco ‘Illarra’, de 23 años, se ha convertido en un objetivo prioritario, dadas las carencias de la plantilla en ese puesto. Muchos nombres han sonado para reforzar esa demarcación, Verratti, Paulinho, Gundogan… Pero el fichaje de Illarramendi vendría avalado también por el técnico madridista Carlo Ancelotti, al que le gustó en el europeo. Desde el club merengue están dispuestos a negociar, pero la Real se remite a la cláusula de rescisión, tasada en 30 millones de euros. Tampoco es descartable que desde Madrid se acabe abonando dicha cantidad que, contabilizando el IVA, se iría hasta los 35 millones. El fichaje seguiría la línea de incorporaciones jóvenes como las de Isco, Carvajal, y los canteranos Jesé y Morata.

Lo que comenzó como un tímido rumor, empieza a causar inquietud en el seno del club donostiarra. El capitán del primer equipo, Xabi Prieto, fue cuestionado sobre el tema tras la segunda jornada de pretemporada a las órdenes de Arrasate. El donostiarra asume que si el Madrid está dispuesto a abonar la cláusula «será difícil retenerle», a la vez que confirma el interés blanco por su compañero. ««Es verdad que parece que el Madrid tiene gran interés en llevárselo, veremos a ver qué pasa», reflexionó. En cualquier caso, el interior asume como algo «normal» este tipo de rumores estivales. La última decisión la tendría el futbolista, pero fuese la que fuese, el vestuario la «respetará plenamente».

Todo esto me parece muy correcto. Ojalá en Bilbao se hubieran tratado los fichajes de Javi Martínez y Fernando Llorente con la misma naturalidad. Nos hubiéramos ahorrado todos más de un disgusto.

Lo que si  no deja de llamarme la atención de forma favorable es que la promoción de un chaval  del pueblo de mi ama sea tratado, con tanta elegancia  y naturalidad. Me  parece muy bien, aunque es verdad que le hace un roto a una Real que este año juega en Europa  y necesitaba a Illarramendi. Cuando en su día se fue Xabi Alonso, o  antes Rafa Alkorta, o Karanka, o Alesanko, o Zubi, o todos los que se han ido fuera de Euzkadi a jugar lo lamenté. Yo quiero que terminen su vida deportiva  en el lugar donde nacieron o donde jugaron. Pero la  vida es así y la de un futbolista, muy corta.

No quiero imaginarme lo que hubieran dicho la peña de ultras que hay hasta en las mejores familias y que se regodean cuando pierde el Athletic, si el fichaje en lugar de hacerlo con el Real Madrid lo hubiera hecho con el Athletic como en su día lo hizo Joseba Etxebarría. Hubiera ardido Troya. Y es que con acomplejados uno siempre pierde. No piensan, embisten.