Lecciones, las justas

De alguna manera, sigo donde lo dejé ayer. Porque no tuve espacio para anotar todo y también porque me da pie a ello la previsible reacción de la bienpensancia a las líneas incompletas que firmé. De una parte, en realidad, la que me señala como apologeta de la caridad, que en su imaginario es sinónimo de humillación. Y no digo yo que no, incluso sabiendo que puedo hacerles una finta etimológica para relacionar la palabra maldita con el término cariño. Me llevaría medio párrafo que prefiero emplear, sin embargo, devolviéndoles su imagen en el espejo. Espero no darles un gran disgusto si les apunto a los justicialistas de pitiminí sus muchísimas similitudes con las señoronas empeletadas y con el cuello forrado de perlas que le echan un rato a la beneficencia, previo aviso a las cámaras. En el fondo, me temo que la animadversión —no diré que injustificada— a estas urracas visitadoras de asilos viene porque trabajan con la misma materia prima, la miseria ajena, que unos y otros pretenden en régimen de exclusividad.

Hago notar una paradoja que tengo certificada: no pocos de los que nos adoctrinan sobre el empobrecimiento progresivo son progresivamente más ricos. Han encontrado un filón en la denuncia de la desigualdad y la explotan con tanta maestría como impudor. Rizando el rizo, sus crecientes emolumentos provienen de los mismos emporios malvados contra los que lanzan sus feroces diatribas de carril.

Si considero invencible el capitalismo es porque ha demostrado que sabe rentabilizar el anticapitalismo y tener a su servicio lacayuno a sus máximos detractores. Sin ningún problema moral, además: no creo que el empresario Lara haga distingos entre los euros que le vienen de sus medios de comunicación para gente de orden y los que le llegan de su canal progre. Los negocios son los negocios, gran enseñanza de don Vito Corleone. Siendo esto así, en materia de solidaridad, lecciones, las justas.

Prohibido dar trigo

Les cuento la penúltima de Progrelandia: los bancos de alimentos son un instrumento de la reacción al servicio de la perpetuación de la pobreza. O sea, que esa señora de sesenta y cinco años con el peto azul que brega como una leona entre cestas y bolsas de plástico a la entrada del súper de mi barrio es una agente del capital. Bueno, también hay una versión más condescendiente —¡Viva la superioridad moral!—, según la cual es una analfabeta ideológica cuyas buenas intenciones son torvamente manipuladas desde Wall Street. Si viera menos telenovelas y más programas de Évole, si en lugar de jugar a la brisca en el bar de los jubilados se abriera una cuenta en Twitter, esta buena mujer estaría al corriente de la ortodoxia en materia de solidaridad moderna y chachipiruli, cuya máxima es que hay que predicar mucho pero jamás dar trigo. Que tu fuerza se vaya por la boca; no la emplees echando una mano al prójimo, porque en realidad al que beneficias con tus agujetas moviendo paquetes de arroz es al Gobierno.

Por perversa y mezquina que les pueda parecer, esa es la lógica. Sostienen estos monopolistas de la justicia social que las lentejas o el atún que rascas de tu bolsillo con la mejor voluntad invisibilizan la responsabilidad del Estado, que es quien debería ocuparse de que no haya estómagos vacíos. La pregunta de cajón es: ya, pero, ¿y si la evidencia palmaria es que el Estado ni lo hace ni lo va a hacer? La respuesta, que jamás tendrán los bemoles de verbalizar así, sino con encogimientos de hombros o desvíos de la mirada a sus smartphones de trescientos pavos, es que los que no tengan que comer se jodan y bailen. O que salgan de una vez a tomar el palacio de invierno, que ellos aplaudirán en pijama desde las redes sociales. Y hasta les montarán un crowfounding, que esa forma de apoquinar sí mola, para que un cineasta mega-alternativo inmortalice el levantamiento de la famélica legión.

Veinte millones

Veinte millones de euros en cash patanegra donados a Cáritas. Así, sin despeinarse, porque pelo tampoco es que le sobre. ¿Qué hacemos con Amancio Ortega? ¿Lo ponemos en un pedestal por saleroso, espléndido y desprendido o lo corremos a gorrazos dialécticos por fariseo, farsante y fanfarrón? Yo, sin alinearme de partida con los que propugnan lo uno o lo otro, me acuerdo de sus muelas porque me tiene desde hace varios días en una zozobra intelectual de aúpa. Cuando me parece que ya sé lo que opino y estoy en condiciones de arrancarme a teclear, me surge de entre la maleza cerebral una partida de pensamientos partisanos apuntándome con el argumento contrario. Y como soy un blandengue, me cambio de bando… hasta que desembarca una nueva flotilla de razonamientos que me devuelven a la postura original.

Sin poner la mano en el fuego ni descartar que la proximidad de la hora tope para entregar esta columna tenga algo que ver, creo que por fin he llegado a una conclusión lista para someter al juicio de los lectores, que es el que vale de verdad. Ni gesto generoso que prueba que los ricos también pueden tener un corazón de oro ni gaitas en pepitoria. Lo que se han currado los centuriones de Ortega —es altamente improbable que él en persona haya gastado un segundo en la cuestión— es una campaña promocional. Igual que las que montan para uniformar al personal con trapos cosidos vaya usted a saber dónde y por cuánto, sólo que mucho más barata. Se han ahorrado las sesiones fotográficas, las vallas, las páginas de papel cuché y todo lo demás. Un comunicado de prensa, y a correr. Mínima inversión, máximo beneficio, de eso sigue yendo el capitalismo.

Nada que objetar a la organización que ha aceptado el interesado donativo. Los que pontifican sobre la caridad y la justicia suelen hacerlo con el estómago lleno. Seamos prácticos. Esos veinte millones empiezan a ser dignos a partir de ahora.