Patrioterismo eurovisivo

Hablemos de lo intrascendente. Si es que lo es, claro, porque hay que ver la tinta y la baba tóxica que han corrido a cuenta de la actuación de un par de veinteañeros en Eurovisión. Todavía se acuerda uno de cuando era un festivalucho rancio y casposo condenado al desprecio de los más guays del firmamento. Luego, no sabría decir cuándo, pasó algo raro, no sabría tampoco precisar qué (o no me atrevo, vamos), que convirtió el certamen en lo que sea que es hoy en día. Es verdad que probablemente quedemos muchos que seguimos tomándonoslo a chunga, como excusa boba para echar un sábado por la noche soltando gracietas en Twitter. Algunas con más carga de profundidad que otras, pero hasta ahí; nada que pretenda quedar para los restos ni que suponga un sesudo análisis de esta o aquella coyuntura.

Sin embargo —y pasando por alto a los fans-fans de la cosa, que juegan en otra liga—, están los que viven el concurso como si fuera la continuación de la guerra por otros medios. O vaya, como una cuestión de orgullo patrio donde es preciso enviar, no una representación musical en consonancia con los estilos que se gastan en el sarao, sino una suerte de legionarios que personifiquen los valores inveterados del terruño español. Los de este año, un catalán postadolescente alejado de lo tabarniano y una navarra que se atrevió a entonar Lau teilatu y a manifestar su disgusto por la tauromaquia, no cumplían los requisitos. Y como quiera que la canción que llevaban era un truñete que no podía aspirar más que al naufragio clasificatorio, han acabado pagando su osadía con gruesos titulares en el ultramonte. Pobres.

Vistatriste

Nada envejece tan rápido como la nueva política. La que se autodenomina como tal, quiero decir. Qué tiempos, aquellos de todo el poder para los círculos, cuando bastaba cerrar los ojos y apretar los puños muy fuerte para que se cumpliera cualquier deseo. ¡Sí se puede!, gritaban las gargantas y llovían del cielo las soluciones a todos los problemas, envueltas en ajonjolí, fraternidad y buen rollito sin fin. Organización, aparato, estructura, burocracia. ¿Quién necesitaba todas esas rémoras facciosas en el paraíso de la horizontalidad infusa y el liderazgo socializado? Panda de rancios reaccionarios casposos y castosos, los que venían a pinchar el globo con sus vainas sobre los mínimos andamiajes para sostener un partido político.

Apenas se han cumplido tres años del nacimiento de lo que la realidad ha demostrado, no sin impiedad, la quimera que veía cualquiera con medio gramo de conocimiento sobre el mecanismo del sonajero. En la víspera de su enésima refundación, la que dicen definitiva, Podemos es el partido más vertical de los que cotizan en el CIS. Muchos de los más entusiastas fundadores huyen con el alma en los zapatos ante el bochornoso espectáculo de banderías enfrentadas a muerte. Se les gastó el amor de tanto usarlo, o de usarlo tan mal. Y ya no cuela el viejo truco de culpar de lo que sea a Inda, Marhuenda y demás fachundia habitual. Los navajazos, los esputos y los exabruptos rebozados en bilis se transmiten en tiempo real para gozo y alivio inmensos de quienes se van sintiendo menos amenazados por el fenómeno morado. Solo aspiran a su trocito del pastel. Vistalegre es Vistatriste.

Día de la caspa

Nacionalistas, ya lo sabrán a estas alturas, son siempre los otros. Lo escribo, creo que por septuagésima vez en estas líneas, sin haberme recuperado aún de la hemorragia cañí del último 12 de octubre, día que para algunos nunca ha dejado de ser el de la raza. Y el de la caspa por toneladas. Qué manera, óiganme ustedes, de dar el cante con lo más rancio del repertorio de los tiempos de la sección de coros y danzas. ¿Exagero? Busquen por ahí —sin ir más lejos, en la página de Facebook de Euskadi Hoy de Onda Vasca— la portada que se cascó el domingo el diario monárquico por excelencia, el mismo, oh sí, que fletó el Dragon Rapide para que Paca la culona se llegara a la península a hacer una escabechina de rojo-separatistas.

Consistía la cosa en la reproducción de un sello de correos, naturalmente de España, con cincuenta mujeres (el toque machirulo, que no falte) ataviadas con el traje característico o así de las otras tantas provincias de la tierra de María, martillo de herejes, y me llevo una. Para redondear la bacanal de tipismo, se restauraban las demarcaciones y, por supuesto, la grafía de la enciclopedia Álvarez. O sea, que renacían como provincia Logroño, Santander, Oviedo y, cómo no, Navarra, con la nomenclatura fetén, igual que Álava, Vizcaya, Guipúzcoa o Lérida.

Fíjense qué tremendo autorretrato. De entre los miles de motivos completamente legítimos y respetables para sentirse y declararse orgullosos de España, se esgrimen, no ya los de trazo más grueso y los que inciden en una homogeneización burda, que también, sino además, aquellos que remiten sin disimulos a la dictadura franquista.