El escriba del rey

Qué joío, el fulano que redacta las paridas que firma el Borbón. Tenía huevo y medio de metáforas y alegorías tan o más chorras que las que espolvoreó en su última creación, y se le ocurre poner lo de las quimeras. ¿A qué venía la alusión a un monstruo con cola de dragón, vientre de cabra y cabeza de león que vomita fuego? Ya, los catalanes y tal, que les tira la sangre de Sant Jordi y se dedican a cazarlos en pleno siglo XXI. Sí, eso tiene buena venta y por ahí se lo ha tomado todo el mundo, pero a mi me da que allá en el fondo había una carga de profundidad contra su jefe. Aparte de los grabados a cuatricomía, el hábitat natural de esos bichos son los efluvios etílicos. Cuanto más cerca del delirium tremens, más reales —uy, perdón— se aparecen, y se cuenta que hay quien huyendo de ellos entre la neblina del licor llegó a desgraciarse una cadera. Toma indirecta. Si al chófer le arreó un hostión por saltarse su orden de aparcar donde le salía de su regia entrepierna, a este lo ensarta en una picota o se lo regala a Froilán para sus prácticas de tiro.

Y todavía sería precio de amigo para los méritos del amanuense, que se cubrió de gloria con su epístola psicotrópica. Pase lo del “remar todos en la misma dirección”, que es un topicazo tan manido y ramplón que ya solo se atreve a utizarlo Patxi López. A regañadientes y achicharrándose por dentro del bochorno, se puede correr un tupido velo sobre la gilipuertez decimonónica de los galgos y los podencos. Lo mismo, con la vaciedad estomagante del “No soy el primero y con seguridad no seré el último de los españoles que bla, bla, bla”. Pero lo que es de fusilamiento con balas de tinta al amanecer es la melonuda expresión “escudriñar las esencias”. Eso roza la tentativa de magnicidio. Le salva que el texto era para la web. Llega a ser para un discurso, y el mataelefantes se queda seco frente al atril con el verbo atravesado en la glotis.

Silencio clamoroso

Treinta folios, hora y veinte minutos de palique y, por toda alusión a la cosa vasca, un estrambótico recuerdo de saque “a las víctimas del terrorismo”, como quien saluda a un cuñado de Cuenca, “que me estará escuchando”. Sí, claro, es de esperar que en las réplicas a PNV, Amaiur y Geroa Bai, qué remedio, tenga que torear con el asunto. Sin embargo, da bastante que pensar que Mariano Rajoy se hiciera el sueco descaradamente en el discurso de investidura, que es el que queda para la Historia o, como poco, el que marca la dichosa hoja de ruta que tanto nos gusta mentar.

Caben dos docenas de interpretaciones del olvido obviamente voluntario. La más simple entronca con la leyenda de la ambigüedad calculada que se le atribuye al ya casi inquilino de Moncloa. Al orillar una cuestión que no ha faltado en los parlamentos iniciales de los presidentes españoles desde 1977, el de Pontevedra estaría mandando un mensaje que tirios y troyanos podrían traducir a su favor. Algo así como “confiad en mi, que yo voy a saber hacerlo”. Si este era el sentido, está claro que ha horneado un pan con unas hostias, pues tiene de uñas y pensando lo peor a quienes a uno y otro lado y por causas opuestas esperaban (esperábamos) siquiera un par de párrafos.

¿Por qué no lo resolvió, aunque fuera, con una de esas vacuas generalidades que dedicó a la enseñanza, la sanidad o, rizando el rizo y ruborizando a la parroquia, “el apoyo a la implantación de nuestra gastronomía en el ámbito europeo e internacional”? ¿Por qué, de entre todas las formas de silencio, eligió la más clamorosa respecto a la normalización y la pacificación? Sigamos especulando. Quizá fue porque lo da por algo ya superado y, por tanto, sin mérito para ser incluido en una enumeración de prioridades. No parece. Es más probable que sencilla y llanamente no tenga ni pajolera idea de por dónde hincarle el diente a la cosa. Pues eso es un problema, y grande, además.

Descifrando al Borbón

Yo sí vi el discurso del rey. Lo hago cada 24 de diciembre, siempre a través de Televisión Española, que es donde se capta en toda su riqueza de matices la ranciedad de la función. Por más que la señal sea la misma, en los demás canales, ajustados cada uno con su colorín y su sonido característico, se me pierden los taninos del hipnótico alcanfor. No digamos ya en ETB, donde la pieza programada con el calzador entre cortesano y tocapelotas que gastan los tiralevitas de la actual mayoría parlamentaria canta un potosí a sketch de Vaya Semanita. Como aprendimos el primer día en la facultad, el medio es el mensaje y las más de las veces, también el masaje.

Les hago todos estos prolegómenos para que vean que están ante un auténtico sibarita -”friki” también vale- de los entremeses juancarlescos navideños. Escribo, de hecho, con el paladar aún invadido por el regusto del de este año, probablemente el más patético, simplón y vacío de cuantos guardo en la memoria, que son, ya les digo, unos cuantos. Algo me dice que también será uno de los últimos, porque si los que se proclaman monárquicos conservan un ápice de humanidad y otro de sentido del pudor, deberían estar pensando ya en mandar al banquillo de la Historia a alguien que hace mucho dejó de estar para según qué trotes. Sólo ver a Carmen Sevilla convertida en estertor maquillado en Cine de Barrio despierta una compasión equiparable a la que provoca el abuelo de Froilán sentado frente a una cámara recitando las obviedades que le ha puesto en fila india un escriba.

No dijo nada

Lo divertido y a la vez revelador es que pese a que lo que acabo de describir es público y notorio, un año más nos enfrasquemos en la interpretación de lo que quiso decir, como si de verdad tuviera alguna relevancia. O como si de verdad hubiera dicho algo más que una sucesión de topicazos de a duro. Les refresco la memoria sobre el párrafo en que más nos hemos entretenido por aquí arriba: “Quiero reiterar esta noche que el terrorismo sólo suscita condena y repudio en cuantos defendemos la libertad y la democracia. No nos debe faltar determinación para acabar con esta lacra. Honremos y arropemos con todo nuestro cariño y solidaridad a las víctimas de la violencia terrorista y a sus familias”. Traducción, cero. Ni a favor ni en contra. Pura palabrería de relleno, con igual valor que la letanía por los excluídos, marginados y discapacitados que se larga casi en idéntica redacción desde 1975. Favor que le hacemos al tratar de descifrar lo que no significa nada.