Listísimas

Pasan lustros y no pierde ni un ápice de vigencia el principio sobre el reparto de puestos en la mayoría de las organizaciones políticas que dejó enunciado Alfonso Guerra. “El que se mueve no sale en la foto”, sentenció lapidariamente el entonces número dos del PSOE, que a los efectos de colocación y eliminación de efectivos, era el número uno. Se trataba, desde luego, de un aviso a navegantes, pero también de la descripción de una realidad difícilmente refutable: un partido necesita cohesión y observación de la jerarquía. Eso se consigue, no nos engañemos, rodeando al líder de personas fieles o, si se prefiere la versión suave, de personas de su confianza. Otra cosa es que lo sean por convicción, porque no queda otro remedio o porque la recompensa merece el esfuerzo.

Es verdad que la reciente moda de las primarias ha variado algo el procedimiento. Todos tenemos en mente media docena de casos, empezando por los de los propios Pedro Sánchez y Pablo Casado, en los que ha ocurrido lo inesperado. Quizá por eso mismo, porque conocen de primera mano los peligros de no tenerlo todo atado y bien atado, uno y otro se han aplicado el cuento y de cara a la inminente torrentera de elecciones han elaborado listas casi literalmente a su imagen y semejanza. Sánchez se ha librado de hasta el último susanista y ha instalado a su guardia de corps en los lugares preminentes. De lo suyo gasta. Con mayor descaro que su rival, Casado directamente ha laminado a la vieja guardia y la ha sustituido por frikis como Cayetana Álvarez de Toledo o Juan José Cortes, cuyo único mérito político consiste en ser padre de una niña asesinada.

Primarias

Minipunto para el PSOE: ha conseguido que (casi) todo quisque se ponga a hablar sobre primarias. Solo en la mañana del día en que redacto estas líneas, me habré echado a las pupilas media docena de columnas y editoriales sobre la cuestión, incluyendo el de uno de los periódicos del grupo que da pábulo a mis desvaríos. No niego que he aprendido un huevo y pico zigzagueando entre pros, contras, considerandos y portantoencuantos, aunque a la larga, mi escepticismo de partida respecto a la fórmula no haya variado un ápice. Sigue pareciéndome un fenómeno interesante y, desde luego, como cuentacosas y opinatero, agradezco los minutos y los centímetros cuadrados de fácil relleno que nos va a brindar, pero no paso de ahí.

Quiero decir que empezaré a creerme lo de las primarias —abiertas, cerradas o semientornadas— cuando asista a un sorpresón monumental en la Condomina. Y no me vale que gane un Borrell por exceso de confianza del aparato para que tras cuatro días de inmisericorde fuego amigo tenga que agachar la cerviz, devolver el trigo a su dueño y copiar quinientas veces que no reincidirá en el oprobioso comportamiento de derrotar al candidato oficial. Para asistir a ese desenlace, resulta más honrado el dedazo de la Ejecutiva, disimulado con la estampa de un rebaño de delegados levantando la cartulina pertinente.

Por lo demás, y si bien no soy nada partidario de los bloques monolíticos, me escama un rato que las diferentes sensibilidades tengan que estar necesariamente encarnadas en una persona. ¿Cómo distinguir el fulanismo de la legítima defensa de unas determinadas ideas? No es fácil, máxime, conociendo a algún preaspirante capaz de sostener lo que sea con tal de que le dejen encabezar el cartel.

Claro que también hay algo que invalida lo recién expuesto: cada partido es libre de organizarse como le parezca apropiado. De lo suyo gastan. Bueno, esto último tal vez no sea exactamente así.

Los que ya no son de los suyos

Un amigo asturiano me envió un sms el día de añonuevo que, para variar, no contenía los edulcorados buenos deseos sobre los que me explayé en mi última parrapla, sino un chiste que corría por la tierra dinamitera: “El PP se ha bebido toda la sidra y ha devuelto los cascos. Toma ya 2011”. Semanas antes había hablado con el remitente de la chanza y ambos habíamos dado por sentado que todo el ruido del Sella se iba a quedar en pocas nueces y que Francisco Álvarez-Cascos sería el candidato de los populares a la presidencia del Principado. Quedan demostradas una vez más mis capacidades proféticas. En mi descargo puedo alegar que no me entraba en la cabeza que un quítame allá esos egos y esas riñas del pasado iba a hacer que Rajoy se fumigase al que todos señalaban como seguro ganador de las próximas elecciones autonómicas. Y tampoco tenía muy claro que, una vez defenestrado, el otrora pintado como doberman iba a romper el carné del partido que él mismo fundó y al que empujó a esa mayoría absoluta de tenebroso recuerdo por estos pagos.

De Vestrynge a Arregi

Que se vayan preparando en Génova 13. La historia de la política, y especialmente la de la reciente, es la demostración de que no hay peor enemigo que la astilla rebotada de la propia madera. En las mismas filas gaviotiles está el caso de Jorge Vestrynge, que cuando recibió la patada hizo en un solo salto el tránsito de la extrema derecha al posmarxismo con toques maoístas. Cierto es que no se comió un colín y tuvo que emigrar a Latinoamérica a pregonar el hombre nuevo. Otros disidentes de sí mismos han hecho mejor fortuna. Que se lo pregunten a Rosa Díez, la consejera viajera del bipartito presidido por Ardanza en los tiempos de la mesa de Ajuria Enea. Todos la teníamos como una dócil aparatera del PSE, pero un día le explotó el ego y aspiró primero a la secretaría general del socialismo vasco y luego, a la del español. Perdidos ambos envites, juró odio eterno a sus antiguos compañeros, y ahí está, haciendo sietes en los cocientes de la Ley D’Hont, amén de como política más valorada en los sondeos del CIS.

Qué decir de Emilo Guevara, que inspiró a Arzalluz aquella maldad sobre los “michelines que sobraban en el PNV”. Con el tiempo, acabó redactando la contraprogramación socialista del llamado Plan Ibarretxe. Y para nota entre los que pasan la segunda parte de su vida arrepintiéndose de la primera, Joseba Arregi, de quien no creo que sea necesario extenderse en explicaciones. Moraleja: cuidado con los que dejan de ser de ser de los suyos.