LOS VALORES QUE ACTUALMENTE  COTIZAN

Sábado 24 de enero 2026.

Fuentes del PP confirman que los muertos de Córdoba favorecerán sus resultados en Aragón, según recoge EL PAIS, mientras determinada prensa carroñera a la búsqueda de imágenes impactantes y los reyes se sacan una foto delante del tren. ¿Hacía falta esa estupidez tan de mal gusto?. Y rio tumbado y la cateta madrileña se viste de verde aceituna en homenaje a Córdoba.

El ICE de los yankis detiene a un niño de 5 años mientras el hijo del terrorista anaranjado  Donald presenta su proyecto vacacional para Gaza.

Muere en Argentina Guglielminetti, uno de los peores torturadores y asesinos de la dictadura, que era visitado en la cárcel por Milei. Al menos estuvo en prisión mucho tiempo, no como en España, que ni entraron.

Valores no hay más que los de la Bolsa.

Caústico

VIVENCIAS DE TODO TIPO

Viernes 23 de enero de 2026

Andoni Monforte, de Mallabia, hijo de famosa raquetista internacional, fue Consejero de Salud y Seguridad Social en el Consejo General Vasco. Diputado en el Congreso y Eurodiputado en Estrasburgo además de responsable de la oficina europea del Gobierno Vasco vive en Valencia, y viene cada cierto tiempo a Euzkadi. Lo ha hecho esta semana ya que tiene una peña en el Batzoki de la Parte Vieja y le tocaba estar en la gran fiesta de San Sebastián. Tras su estancia donostiarra recala en Bilbao donde cultiva sus amistades. De ahí que de la mano de Tere Querejazu nos reunimos ayer en un almuerzo a arreglar el mundo. Siempre es agradable ver a la gente de tu paisaje vital y que han hecho cosas concretas por este país.

Andoni alabó el uniforme de la tamborrada de los chavales del Batzoki. Nos dijo era el más bonito. Lo había rescatado Ramón Labaien de uno de los Tercios de 1700.

Monforte sindicalista de aquella ELA lamentó el fallecimiento de Alfonso Etxeberria hace un mes y de la voluntad de éste, tras la muerte de Franco, de  ser independiente de los partidos, que no es el  caso  actual. Él estuvo en la Asamblea de Eibar y sabe cómo fue todo el proceso. Sabe  de lo que  habla. ”Lo que dicen de la sustitución de Alfonso no fue tal, fue un golpe de estado en toda regla”.

Estaba Teresa Querejazu, alma en su día de la Cámara de Comercio de Bilbao y de la Fundación Etorkintza y que es una apasionada de la historia de la Villa. Hay pocas personas tan activas como ella. Cuenta con pasión como quien habría sido el segundo presidente de los Estados Unidos John Adams visitó Bilbao en 1780 y quedó muy interesado por su sistema foral. Conoció a Diego Gardoqui. El miércoles había estado en Madrid en la casa de América (ojalá tuviéramos aquí una Casa de América) pues con el BBVA, en su sede fundacional en San Nicolás, se va a organizar una gran exposición  americana donde destacará la gran figura de Diego Gardoqui que fue un comerciante, financiero y político bilbaíno  y el primer embajador de España en los Estados Unidos. Secretario del Consejo de Estado de Carlos IV. Su padre le envió a Londres a  aprender el inglés y prácticas  comerciales. Volvió a los siete años y se incorporó a la empresa familiar dedicada a la banca y al comercio internacional.

Llegó a Filadelfia en 1785 y de allí se trasladó a Nueva York y estableció relación con el primer presidente George Washington. Nombrado embajador en Turín, reino de Cerdeña, se entrevistó con Napoleón. Allí murió en 1798.

John Adams, tiene un busto frente a la Diputación.

Todo esto te lo cuenta con gran pasión Tere que trabajó con Gorordo en la Cámara de Comercio, aunque como nos dijo José Mari, no le acompañó en el ayuntamiento pues tenía su férreo compromiso con la Cámara.

Gorordo, que lleva trabajadas cinco tesis de grado, nos contó su trabajo en la actualidad sobre presencia del euskera en los arcanos del tiempo. Nos  pidió fuéramos a  Saint Bertrand de Comminges, que es una Comuna de Francia en Aquitania, en el Departamento del Alto Garona  que está clasificada como una de los más bellos pueblos de Francia y donde lo vasco  y el euskera tiene una gran presencia y una basílica paleocristiana del máximo interés .

Gorordo nos entregó documentación de su época de Director general de EITB y como alcalde ya que tanto Bergara como yo coincidimos en el Consejo de Administración de EITB cuando Gorordo fue Director y conocimos de su empeño en poner en marcha un ente público en los dos idiomas, algo que el poder central no quería. Hablamos del proyecto de Oteiza para La Alhondiga y de todas aquellas peripecias del momento y de cómo se negó a que la Orquesta Sinfónica de Bilbao desapareciera.

Bergara, que acaba de cumplir 90 años comentó peripecias del Metro y Euskalduna y se enfundó la txapela que le habían regalado por su cumpleaños. Nunca ha usado txapela pero está cómodo con ella y dice que quiere contribuir a que esta prenda tan característica vasca no se pierda sustituida por esas gorras de besiboleros tipo Donald Trump.

Batallitas que dirán  algunos pero hechos de una cadena que algunos dicen no se rompe pero tampoco se cultiva su transmisión. Un Foro de la Experiencia con estas vivencias no estaría nada mal para que la historia no se diluya con sus protagonistas y quede solo  su relato en  agradables comidas de amigos.

UN BUEN DISCURSO FRENTE A LOS MATONES. REALISMO BASADO EN VALORES.

Jueves 22 de enero de 2026

Es largo, pero merece la pena: es el discurso en Davos del primer ministro canadiense @MarkJCarney.   

Es un placer —y un deber— estar con ustedes en este punto de inflexión para Canadá y para el mundo.

Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de la grata ficción y del amanecer de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no tiene freno.

Pero sostengo, aun así, que otros países -en particular las potencias medias como Canadá- no están indefensos. Tienen el poder de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados.

El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad.

Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en normas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben.

Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable: la lógica natural de las relaciones internacionales reimponiéndose. Y, ante esa lógica, existe una fuerte tendencia de los países a adaptarse para encajar. A acomodarse. A evitar problemas. A esperar que el acatamiento compre seguridad.

No lo hará.

Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?

En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder. En él planteó una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista?

Su respuesta empezaba con un verdulero. Cada mañana, este tendero coloca un letrero en su escaparate: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. No lo cree. Nadie lo cree. Pero lo coloca de todos modos: para evitar problemas, para señalar conformidad, para llevarse bien. Y como cada tendero en cada calle hace lo mismo, el sistema persiste.

No solo mediante la violencia, sino mediante la participación de la gente común en rituales que, en privado, sabe que son falsos.

Havel llamó a esto “vivir dentro de una mentira”. El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera cierto. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: cuando incluso una sola persona deja de actuar -cuando el verdulero quita su letrero- la ilusión empieza a resquebrajarse.

Ha llegado el momento de que las empresas y los países retiren sus letreros. Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, alabamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Podíamos impulsar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección.

Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima.

Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proveer bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para resolver disputas.

Así que pusimos el letrero en la ventana. Participamos en los rituales. Y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad. Ese pacto ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición. En las dos últimas décadas, una serie de crisis -financiera, sanitaria, energética y geopolítica- dejó al descubierto los riesgos de una integración global extrema.

Más recientemente, las grandes potencias empezaron a usar la integración económica como arma. Aranceles como palanca. Infraestructura financiera como coerción. Cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar. No se puede “vivir dentro de la mentira” del beneficio mutuo mediante la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación. Las instituciones multilaterales en las que se apoyaban las potencias medias -la OMC, la ONU, las COP-, la arquitectura de la resolución colectiva de problemas, están muy debilitadas.

Como resultado, muchos países están llegando a las mismas conclusiones. Deben desarrollar mayor autonomía estratégica: en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro. Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las normas ya no te protegen, debes protegerte tú. Pero seamos lúcidos sobre adónde conduce esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible.

Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la pretensión de normas y valores para perseguir sin trabas su poder e intereses, los beneficios del “transaccionalismo” se vuelven más difíciles de replicar. Los hegemones no pueden monetizar continuamente sus relaciones. Los aliados diversificarán para cubrirse ante la incertidumbre. Comprarán seguros. Aumentarán opciones. Esto reconstruye la soberanía -una soberanía que antes estaba anclada en normas-, pero que estará cada vez más anclada en la capacidad de resistir la presión.

Esta gestión clásica del riesgo tiene un coste. Pero ese coste de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse. Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que que cada uno construya su propia fortaleza. Los estándares compartidos reducen la fragmentación. Las complementariedades son de suma positiva.

La pregunta para las potencias medias, como Canadá, no es si debemos adaptarnos a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. La pregunta es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos -o si podemos hacer algo más ambicioso.

Canadá fue de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar de forma fundamental nuestra postura estratégica. Los canadienses saben que nuestra vieja y cómoda suposición de que nuestra geografía y nuestras membresías en alianzas conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida.

Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado “realismo basado en valores” -o, dicho de otro modo, aspiramos a ser principistas y pragmáticos. Principistas en nuestro compromiso con valores fundamentales: la soberanía y la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza salvo cuando sea coherente con la Carta de la ONU, el respeto de los derechos humanos. Pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser incremental, que los intereses divergen, que no todos los socios comparten nuestros valores.

Nos estamos comprometiendo ampliamente, de forma estratégica, con los ojos abiertos. Afrontamos activamente el mundo tal como es, no esperamos al mundo tal como quisiéramos que fuera. Canadá está calibrando sus relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores. Estamos priorizando un compromiso amplio para maximizar nuestra influencia, dada la fluidez del mundo, los riesgos que esto plantea y lo que está en juego de cara a lo que viene. Ya no dependemos solo de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza.

Estamos construyendo esa fuerza en casa. Desde que mi gobierno asumió el cargo, hemos recortado impuestos sobre ingresos, ganancias de capital e inversión empresarial; hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial; y estamos acelerando un billón de dólares de inversión en energía, IA, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y más allá. Estamos duplicando nuestro gasto en defensa para 2030, y lo hacemos de maneras que fortalezcan nuestras industrias nacionales.

Nos estamos diversificando rápidamente en el exterior. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, incluyendo la adhesión a SAFE, los mecanismos europeos de compra de defensa. Hemos firmado otros doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes en los últimos seis meses. En los últimos días, hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Catar. Estamos negociando pactos de libre comercio con India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y Mercosur.

Para ayudar a resolver problemas globales, estamos impulsando una geometría variable: diferentes coaliciones para diferentes asuntos, basadas en valores e intereses. En Ucrania, somos miembro central de la Coalición de los Dispuestos y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad. En soberanía ártica, nos mantenemos firmemente junto a Groenlandia y Dinamarca y apoyamos plenamente su derecho único a determinar el futuro de Groenlandia.

Nuestro compromiso con el Artículo 5 es inquebrantable. Trabajamos con nuestros aliados de la OTAN (incluyendo el Nordic Baltic 8) para asegurar aún más los flancos norte y oeste de la alianza, incluyendo inversiones sin precedentes en radar de alcance más allá del horizonte, submarinos, aeronaves y presencia terrestre.

En el comercio plurilateral, estamos impulsando esfuerzos para tender un puente entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión Europea, creando un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. En minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7 para que el mundo pueda diversificarse y alejarse de un suministro concentrado. En IA, cooperamos con democracias afines para garantizar que, en última instancia, no nos veamos obligados a elegir entre hegemones e hiperescaladores.

Esto no es multilateralismo ingenuo. Tampoco es depender de instituciones debilitadas. Es construir coaliciones que funcionen, asunto por asunto, con socios que comparten suficiente terreno común como para actuar juntos. En algunos casos, será la gran mayoría de las naciones. Y es crear una densa red de conexiones a través del comercio, la inversión y la cultura, de la que podamos valernos para desafíos y oportunidades futuras. Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú. Las grandes potencias pueden permitirse ir solas. Tienen el tamaño de mercado, la capacidad militar, la palanca para dictar condiciones. Las potencias medias no.

Pero cuando solo negociamos bilateralmente con un hegemón, negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes. Esto no es soberanía. Es la representación de la soberanía mientras se acepta la subordinación.

En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una elección: competir entre sí por el favor o unirse para crear un tercer camino con impacto. No debemos permitir que el auge del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las normas seguirá siendo fuerte -si elegimos ejercerlo juntos.

Lo cual me devuelve a Havel. ¿Qué significaría para las potencias medias “vivir en la verdad”?

Significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el “orden internacional basado en normas” como si siguiera funcionando tal como se anuncia. Llamar al sistema por lo que es: un período en el que los más poderosos persiguen sus intereses usando la integración económica como un arma de coerción.

Significa actuar con coherencia. Aplicar los mismos estándares a aliados y rivales. Cuando las potencias medias critican la intimidación económica que viene de una dirección pero guardan silencio cuando viene de otra, estamos manteniendo el letrero en la ventana.

Significa construir aquello en lo que decimos creer. En lugar de esperar a que el hegemón restaure un orden que está desmantelando, crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describen. Y significa reducir la palanca que permite la coerción.

Construir una economía doméstica fuerte debería ser siempre la prioridad de todo gobierno. Diversificar internacionalmente no es solo prudencia económica; es la base material para una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a posturas basadas en principios reduciendo su vulnerabilidad a represalias.

Canadá tiene lo que el mundo quiere. Somos una superpotencia energética. Poseemos vastas reservas de minerales críticos. Tenemos la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones están entre los mayores y más sofisticados inversores del planeta. Tenemos capital, talento y un gobierno con una enorme capacidad fiscal para actuar con decisión. Y tenemos los valores a los que muchos otros aspiran.

Canadá es una sociedad pluralista que funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad. Somos un socio estable y fiable -en un mundo que no lo es-, un socio que construye y valora relaciones a largo plazo.

Canadá tiene algo más: el reconocimiento de lo que está ocurriendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta ruptura exige más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal como es.

Estamos quitando el letrero de la ventana. El viejo orden no va a volver. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero, a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esta es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de cooperación genuina.

Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir nuestra fuerza en casa y de actuar juntos. Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos abierta y confiadamente. Y es un camino ampliamente abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros.