DE LIMPIABOTAS  DEL  PALACE A DORMIR A LA INTEMPERIE

Lunes 12 de enero de 2026

En 1986 cuando llegamos a Madrid, el hotel Palace, a 200 metros del Congreso nos hacía un precio especial, incluso barato. Necesitaba una remodelación. Había fracasado la negociación para convertirlo en despachos de diputados. Y allí íbamos, como en tiempos de la República los diputados vascos se alojaban en el  hotel Panamá.

Allí le conocí al limpiabotas del hotel, Luis Fernández Souto, una persona correcta, con el que charlábamos. Tenía su chiringuito de madera elegante y bien montado en un recoveco  al lado de la puerta del WC y cuando no tenía trabajo paseaba con su elegante chaleco de rayas de mayordomo inglés. Era un clásico.

Y como leía el periódico, nos preguntaba cosas y nos contaba sus penas. Una de ellas era decirnos que a él le gustaba ser limpiabotas pero que su oficio iba a desaparecer porque se consideraba una explotación y no tenía ningún reconocimiento de nadie,  aunque él se ganaba la vida con lo que cobraba y las propinas.

Consideraba una injusticia se considerara su trabajo como algo peyorativo y de tan servicial, humillante. ”Un señor que limpia el pescado, o limpia las tuberías, o trae el butano ejercita un oficio más y es persona respetada. Yo no. Para colmo me han sacado una foto con el político Javier Arenas y le han presentado como un señorito cuando en México y en América en general es un oficio como otro cualquiera. Cantinflas era limpiabotas”.

Lo traigo  a colación porque el Covid fue el inicio de un año trágico para Luis. En 2020, por culpa de la pandemia, perdió su trabajo. Era el último limpiabotas del Hotel Palace de Madrid y se quedó sin empleo, y con la pérdida de trabajo, perdió también la prestación y el piso en el que vivía. Un año que le quitó todo. Hoy es un mendigo callejero.

En la vida de Luis, el Palace quedó en el pasado, tras 32 años trabajando allí, y le dejó sin nada. Se vio durmiendo en la calle, al raso en Madrid, en medio de la ola de frío que ha acabado con la vida de dos personas en las últimas horas. 

«En un parque aquí al lado de la Puerta de Toledo, en una tienda de campaña y un saco militar. En este saco, que me abriga a 15 grados bajo cero», contaba Luis en un programa de televisión cuando le vi y me entristeció. Se cumplía  lo que nos repetía. Y creo tenía razón. El limpiabotas es un oficio digno, no humillante, da trabajo y llena un hueco aunque ahora sea cada vez más difícil ver a gente con los zapatos de cuero. Todo es goma. Lo llaman progreso y comodidad. Pero a Luis le ha arruinado su vida.

Hoy pide a los servicios de limpieza que no tiren el saco con el que pasa los días. Mientras que enseña fotos de su vida anterior: «Ese soy yo», afirma al ver las imágenes, donde está prácticamente irreconocible «y afeitado, como debe ser». 

UN AUTÉNTICO EXPERTO EN DERECHO INTERNACIONAL OPINA SOBRE VENEZUELA  Y CRITICA A TANTO HIPÓCRITA EQUIDISTANTE SUELTO.

Domingo 11 de enero de 2026

El abogado brasileño Felipe Hasson, especialista en Derecho internacional, ha compartido su opinión sobre la intervención norteamericana en Venezuela.

Vale la pena leerla.

Muchas personas me preguntan mi opinión sobre la cuestión de los EE. UU. y Venezuela, como profesor de derecho internacional que vive hace 10 años en los EE. UU.. En lugar de responder uno por uno, decidí poner aquí lo que pienso. Para quien tenga interés y paciencia para leer, aquí va.

Mi opinión es que el debate sobre Venezuela ha sido secuestrado por una lectura selectiva —y profundamente hipócrita— del derecho internacional. Se invoca la «soberanía», la «no intervención» y el «orden jurídico internacional» como si estos conceptos existieran para proteger a los gobiernos, y no a las personas. Como si la soberanía estatal fuera un escudo moral absoluto, capaz de justificar el hambre, la persecución, la tortura, el exilio masivo y la supresión completa de la voluntad popular. No lo es.

La soberanía no es un fin en sí misma; nunca lo fue. Es un instrumento funcional, condicionado al cumplimiento mínimo de los deberes del Estado para con su población. Cuando un régimen transforma a su propio pueblo en rehén —empobrece deliberadamente a la sociedad, destruye instituciones, persigue opositores, defrauda elecciones y elimina cualquier posibilidad real de alternancia de poder—, ese régimen pierde la legitimidad que da sentido a la soberanía que alega defender.

El derecho a la vida, a la dignidad humana y a la autodeterminación de los pueblos no son «valores occidentales» opcionales ni retórica política. Son normas centrales del orden jurídico internacional contemporáneo. Un gobierno que viola sistemáticamente estos derechos no puede exigir que el mundo cierre los ojos en nombre de una abstracción jurídica conveniente.

Venezuela no es un caso de «divergencia ideológica»; es una tragedia humanitaria. Millones de personas se han visto obligadas a dejar el país. Las que se quedaron conviven con la escasez, la represión y el miedo. No hay elecciones libres. No hay prensa independiente. No hay un Poder Judicial autónomo. No hay canales internos efectivos para que el pueblo se libere por su propia cuenta. Defender que ese pueblo «resuelva solo» su situación es, en la práctica, defender la perpetuación del sufrimiento.

Por eso, la ayuda externa —incluida la militar, cuando sea necesaria para proteger vidas y no regímenes— no es una violación moral del derecho internacional. Es la afirmación de su núcleo ético. La comunidad internacional existe precisamente para evitar que se cometan atrocidades detrás de fronteras convenientemente cerradas.

La reacción de muchos venezolanos deja esto claro. Mientras comentaristas extranjeros, cómodamente distantes, condenan las intervenciones en nombre de una soberanía abstracta, quienes viven la desesperación real celebran. Celebran porque ven una oportunidad concreta de liberación. Celebran porque saben que el «respeto a la soberanía» fue, durante años, la excusa perfecta para la inercia internacional.

El paralelo histórico es inevitable. Si en la Europa de los años 1940 las potencias hubieran decidido no liberar los campos de concentración para respetar la soberanía alemana, hoy esa omisión sería recordada como complicidad. Ningún orden jurídico serio puede exigir neutralidad ante crímenes masivos contra la propia población.

Invocar el derecho internacional para defender a dictadores es una perversión intelectual. Es transformar un sistema creado para proteger a los seres humanos en un argumento de conveniencia para proteger a los opresores. No hay nada de progresista en ello. No hay nada de humanista. Solo hay el consuelo moral de quien nunca ha tenido que elegir entre soberanía y supervivencia.

El derecho internacional no existe para blindar regímenes autoritarios. Existe para recordar que ningún gobierno —absolutamente ninguno— tiene el derecho de destruir a su propio pueblo en paz.

Otro argumento recurrente —e intelectualmente perezoso— es el de que la intervención no sería «humanitaria», sino movida por intereses económicos. Aunque existan intereses estratégicos o económicos —como casi siempre han existido en cualquier acción relevante en la política internacional—, eso no invalida, ni de lejos, la legitimidad moral del resultado cuando este atiende a una demanda real y explícita del propio pueblo oprimido.

El criterio central no es la pureza de las motivaciones externas, sino la realidad vivida internamente. Y esa realidad es inequívoca: los venezolanos, en su mayoría, celebran y apoyan la intervención porque saben quién es el verdadero agresor. Fue el propio régimen dictatorial el que, al elegir preservar el poder a costa del hambre, de la represión y de la destrucción social, abrió la puerta a una respuesta externa.

Cuando un gobierno ataca sistemáticamente a su propio pueblo, él mismo elimina cualquier autoridad moral para cuestionar los motivos de quien interviene para poner fin a ese sufrimiento. En este escenario, incluso una acción impulsada por intereses no exclusivamente humanitarios se vuelve necesaria, legítima y moralmente correcta, porque la alternativa concreta sería la continuidad de la opresión.

Por lo tanto, la fundamentación de aquellos que colocan la ideología por encima de todo —y que después rebuscan en el derecho internacional frases, conceptos y principios que sirvan a la respuesta que ya decidieron dar— es, como mínimo, lamentable. No es una defensa seria de la legalidad internacional, sino un ejercicio de cinismo selectivo, hecho a la distancia y sin ninguna empatía por quien vive el colapso en carne propia. Cuando la ideología viene antes del ser humano y la soberanía es invocada para justificar la miseria, el derecho deja de ser instrumento de justicia y pasa a ser apenas retórica vacía al servicio de la indiferencia.

*Felipe Hasson*

Global Attorney | Ph.D, M.Sc, LLM, FCIArb

JOSU JON EN LA CASA BLANCA Y EL GOLFO DE VIZCAYA.

Sábado 10 de enero de 2025

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Estuve  hace diez años a las puertas del Helicoide de Caracas con Maldonado (CiU), Ander Gil (PSOE) y García Carnero (PP) tres horas al sol. Veíamos las entradas y salidas de motoristas y soldados a un precioso edificio convertido en siniestra cárcel de tortura. Queríamos visitar al alcalde de San Cristóbal, Daniel Ceballos, pero no nos dejaron ni  tocar la puerta. Uno nos dijo. ”Tengan cuidado no les metan dentro”.

Nos había pasado lo mismo en la prisión de Ramo Verde con Leopoldo López. Presos sin cargos, sin defensa y sin ver la luz, pero ningún catedrático de Derecho Internacional se ocupaba de ellos, como ahora se preocupan por el pobre Maduro. Solo se saben la teoría, no la práctica.

Una semana después del 3 de enero y de la rocambolesca detención de Maduro y Cilia Flores tenemos a los dos bilbaínos en casa. Martínez nos decía ayer que en estos quince meses de tan arbitraria detención solo a los trece meses le dejaron llamar a casa.

Veremos en breve  como habrá más liberaciones, a Delcy Rodríguez abriendo la embajada USA y pidiendo buenas relaciones diplomáticas, a Petro encantado de haber hablado una hora con Trump y a la presidenta de México reculando porque conoce como nadie el dicho mexicano aquel de ¡”que lejos de Dios y que tan cerca de los Estados Unidos”!.

Y el viernes Josu Jon Imaz, ex presidente del EBB en la Casa Blanca, invitado como Ceo de Repsol. El último nacionalista que estuvo fue el Lehendakari Ardanza con Reagan por gestión de los hermanos Laxalt y esa del  viernes  Josu Jon, aunque no con su saludo eléctrico. Estuvo almidonado, pero allí estuvo y salió airoso. Defendió los intereses de Repsol, para eso estaba ahí, y pidió seguridad jurídica, que nunca les ha dado el chavismo ladrón, le dijo a Trump su voluntad de triplicar la inversión y le hizo un flash sobre su empresa que tiene en Petronor una refinería preparada que mejorará de manera importante su trabajo. El petróleo venezolano de la franja bituminosa del Orinoco necesita un tratamiento especial y Petronor tiene todos sus efectivos para eso. Trump le escuchó atento y le agradeció su intervención.

Y allí estaban los grandes cacaos del mundo y Trump proponiéndoles una inversión de cien mil millones de dólares para sacar del ridículo 1% de la producción mundial del país más rico en petróleo y gas, achatarrado por una dictadura infame que en un solo día expulsó de PDVSA a todos sus ingenieros, técnicos y cerebros y los sustituyó por militares y amigotes. Y así les ha ido. Un cementerio de chatarra, petróleo venezolano vendido a Cuba y ésta vendiéndolo en el mercado negro, una parte a Rusia y a Chevron la empresa petrolera estadounidense, con la que no ha dejado trabajar nunca a pesar de los insultos al imperialismo yanqui..

Reconozco que Trump es un presidente impresentable a quien nunca votaría y que hablar 36 veces de petróleo y nada sobre derechos humanos ni liberación de presos, ni elecciones como primer mensaje fue un desastre, pero a los hechos me remito. Los dos bilbaínos están en casa y no por Zapatero (que ahora se pone unas medallas que no son suyas) sino por la patada al avispero de Trump así como el cierre del Helicoide, el resurgimiento de la industria petrolera que sacará de la miseria a una población que ha emigrado en nueve millones de personas y no puede vivir. Como le dijo Imaz a Trump: ”Se abre una puerta para una Venezuela mejor”. Esa es la clave de todo este gran enfrentamiento.

Veo que a Josu Jon le están criticando por haber dicho Golfo de América  y no Golfo de México. Me imagino que lo hizo por hacerle la pelota a un Trump al que le gustan estas cosas y si no que se lo pregunten a Zelenski o a Ursula Von der Layen, pero ante estos que se desgarran las vestiduras les recuerdo que al Golfo de Vizcaya, en todas las Cartas Náuticas, le llaman Mar Cantábrico y a la Plaza Elíptica, Plaza Moyua, y no dicen nada. Que no se pongan tan exquisitos.

La política es así y lo que hizo el Ceo de Repsol el viernes demuestra su capacidad y su defensa del encargo que le han hecho. El que Maduro esté ahora en una prisión de Brooklyn para felicidad de los venezolanos de bien es culpa suya y no de la democracia ni del derecho internacional. Maduro era un sátrapa que practicaba el terrorismo de estado y el derecho internacional se hizo para defender al ciudadano, no para proteger a los asesinos.

Que Bildu critique esa foto de Josu Jon Imaz en la Casa Blanca es normal. La  foto de ellos es la de Arkaitz Rodríguez con Díaz Canel, el presidente cubano, la de las parlamentarias Fullaondo y Urrea apoyando a Maduro la noche electoral el 28 de julio de 2024 y reconociendo y felicitando a quien había robado las elecciones o  de apoyar a Putin en sus bombardeos a Ucrania.

Pero por favor. No  seamos tan tontos de comprar su mercancía averiada y su defensa hemipléjica de unos derechos que para ellos nunca son universales.