Provocación naranja

¿Qué pinta Ciudadanos montando un acto en campaña electoral en una localidad donde no presenta candidatura municipal y en la que en las recientes generales apañó 37 raquíticos votos? En la lengua de mis ancestros se dice foder por foder, aunque lo podemos traducir con mayor finura como tocar las narices o, en llano, provocar. A nadie se le escapa que el numerito de hoy en Ugao-Miraballes es la enésima versión de los autos sacramentales de Iruña, Altsasu o Errenteria. Y como en todos esos lugares la jugada les salió de cine, todo hace temer que los informativos de la jornada vuelvan a abrir con las imágenes de la gresca de rigor.

Precisamente, el éxito cosechado en las funciones precedentes debería actuar como escarmiento o entrenamiento. Por más eficaces en la bravata que sean el figurín figurón y sus secuaces naranjas, esta vez sí, la respuesta debe ser la indiferencia. Si puede ser absoluta, mejor. Hay que evitar el contacto físico a toda costa. Diría que incluso el visual. Ni media mirada. Que vengan, que se suelten la chapa a sí mismos y a los innumerables cámaras que habrá aguardando alpiste, y que se larguen sin que nadie les toque un pelo y, en consecuencia, con la sensación de fiasco.

Hago mis votos para que así sea, y veo que en ese sentido van los llamamientos de instituciones y partidos razonables. Me temo, sin embargo, que el ventajista Rivera encontrará el roto para su descosido, el hambre para sus ganas de comer notoriedad facilona, o lo que es lo mismo, los cómplices indispensables para que su mascarada transcurra con la épica prevista. Si no ocurre así, prometo ser el primero en aplaudirlo.

¿Sociedad indolente?

Anotemos una aclaración que debería ser totalmente innecesaria. Cuando decimos que la sociedad vasca ha pasado la página de ETA, el mensaje no es, ni de lejos, que las ciudadanas y los ciudadanos de este país sean una panda de indiferentes e indolentes. Para empezar, como cada vez que pretendemos englobar a la totalidad del censo en una sola palabra, sería preciso admitir lo difuso de ese término que casi todo el mundo utilizamos a beneficio de obra. Vamos, que no es infrecuente que elevemos a la categoría de sociedad a nuestro círculo de amistades, conocidos y/o conmilitones. Y a veces, ni siquiera con malas intenciones; simplemente, porque la condición humana (vaya, otra generalización indemostrable) nos mueve a creer que somos la medida de todo.

Disquisiciones metodológicas al margen, estoy seguro de que sí podemos alcanzar un amplio consenso respecto a la hipótesis que apuntaba al comienzo. Se diría que la mayor parte de nuestros convecinos manifiesta un interés escaso respecto a las cuestiones relacionadas con lo que, según el grado de entusiasmo o cinismo, llamamos pacificación o normalización. Incluso los hechos que llegan, previo hinchado artificial, a los titulares principales les resultan ajenos. Pregunten en su entorno inmediato —obviamente, no en los sectores más concienciados— y comprobarán la idea tan etérea que tiene el personal sobre el anuncio de desarme. Y si pretenden ofrecer las claves mínimas, encontrarán, como mucho, una escucha educada. Pero insisto. Estoy seguro de que no estamos ante una actitud despreocupada ni insolidaria, sino ante el ejercicio práctico de la normalidad.