Tras la sentencia

Inquieta pensar que sin presión social no se habría llegado a una sentencia como la del Tribunal Supremo sobre La Manada. Personalmente, la considero muy justa poniendo en relación los hechos y las condenas. Sin embargo, creo que el sistema no puede funcionar así. De saque, cabe preguntarse qué ocurre en los miles de casos que no tienen la relevancia mediática que ha adquirido este en concreto. Y luego está algo que, no comprendo por qué razón, su solo enunciado resulta una verdad incómoda entre personas que se dicen demócratas y progresistas: no tiene un pase que la Justicia se imparta por petición popular, a golpe de pancarta y desgañitamiento en la calle. Concedo que esta vez ha salido bien, pero me aterra volver a los tiempos en que se exigían castigos ejemplares tea en mano.

Reflexionemos al respecto y, ya puestos, démosle un par de vueltas a otras cuestiones. Por ejemplo, a la radical incoherencia a la que hemos asistido. Muy buena parte de las personas que corrieron a mostrar su alborozo por el aumento de la pena al doble son las mismas que nos cantan las mañanas sobre la reinserción como fin único y verdadero de las condenas y contra lo que califican como inútil punitivismo. Eso, cuando directamente no pontifican que habría que derribar todas las cárceles. Este servidor, que tiene pasado ese sarampión bienpensante, les anima a desprejuiciarse de una vez y a perseverar. Nadie se convierte en facha desorejado por pretender que los crímenes se paguen —sí, ese es el verbo— con arreglo a un mínimo sentido de la proporción. ¿Acaso no era eso lo que reclamábamos para el quinteto de ya probados violadores?

Rajoy da pena

Gol en la Nova Creu Alta: un imitador de Carles Puigdemont de una radio catalana atraviesa todos los (supuestos) filtros telefónicos de Moncloa y se la cuela hasta el corvejón a Mariano Rajoy. La gran sorpresa para este que escribe es que cuando esperaba reír a mandíbula batiente, terminé de escuchar la broma sin saber dónde meterme, en medio de un indescriptible estallido de vergüenza ajena y, para resumir, con una sensación de pena infinita. Sí, ya sé que los más duros del lugar me van a decir que ante el responsable último de toneladas de dolor no hay que tener la menor compasión. Diré en mi defensa que lo que describo no es a favor del objeto de la guasa, sino todo lo contrario. No creo que haya nada más demoledor para alguien que ir por el mundo inspirando lástima.

En ese estadío me temo que se encuentra ahora el otrora señor del rodillo, con Gardel poniéndole la banda sonora: cuesta abajo en la rodada. Su situación es tan triste que le confiesa sin rubor al falso Puigdemont que tiene la agenda “muy despejada”. ¡En unas semanas que deberían ser frenéticas para quien se supone que está en el trance de ser conminado a formar gobierno! Quizá lo será hoy mismo, pero nadie nos va a quitar la sospecha de que ocurrirá a la fuerza. Ni media hora antes de hacerse pública la chufla de que fue objeto, no había esquina opinativa en la que no se le diera por definitivamente amortizado, en esta ocasión, a los acordes de Yira Yira, con otros —Sánchez o Soraya, según— probándose en sus mismas narices la ropa que va a dejar. Y, con todo, añadiría que no se confíen. No sería la primera vez que resucita.