Viernes 7 de agosto de 2026

Josep López de Lerma nació en San Feliú de Guixols. Abogado, profesor y político catalán a quien conocí en el Congreso y con quien hicimos buenas migas Joxe Joan Gonzalez de Txabarri y yo.
Fue portavoz de CIU y Vicepresidente del Congreso. Con él viajé varias veces, ya que éramos miembros del Grupo de Amistad con México, y él, el presidente de la Comisión. Otro viaje fue a China acompañando al presidente del Congreso Félix Pons con Loyola de Palacio y Pablo Castellano.
Mantenemos una fluida relación. Era la personificación de Convergencia en su pacto con Unió. Me refiero a la Convergencia original. La que pactando con el partido Unió Democrática de Miquel Coll i Alentorn y Josep Durán lograron cristalizar en política, casi todo el espectro de aquella Catalunya emergente. Desgraciadamente, se la cargaron. Y lo que era “la fórmula exitosa de la Coca Cola” es un apunte histórico. Lamentablemente. Abarcaban casi todo lo representativo catalán. Centro derecha, centro izquierda y simbología. Con ellos, el PNV pactó la Declaración de Barcelona y con ellos el Grupo Vasco hacía política conjunta.
Hace unas semanas CIU fue enterrada solemnemente. Ya es un cadáver exquisito en un glorioso Panteón, el Archivo Nacional de Catalunya. Hubo un acto de entrega de toda su documentación. Lo explica bien Josep. Le deberían haber invitado a la exhumación, pero como en Euzkadi, quien organizó el acto excluyó a verdaderos representantes de aquel partido vertebral de Catalunya. Y él ha escrito una reflexión en catalán que me la ha enviado en castellano, a mi petición. Le solicité poder reproducirla.
Me parece un buen resumen y un buen epitafio, nombrando las causas de la extinción de este éxito electoral y gubernamental tan representativo ya desaparecido por mor de políticos que no estuvieron a la altura para dar continuidad en Convergencia a ésta fórmula de éxito.
Publico aquí su análisis que me parece muy oportuno y clarificador:
Nos encontrarán en el Archivo Nacional
Josep López de Lerma
La entrega del archivo de Convergència Democràtica de Catalunya al Archivo Nacional de Cataluña fue noticia hace unas semanas. El actual presidente de la Generalitat de Cataluña, Salvador Illa, quiso estar presente para subrayar la importancia que este partido tuvo a la hora de sentar las bases del actual autogobierno de Cataluña y en su posterior desarrollo; también por su labor de gobierno, que fue mucha. Estuvo presente uno de sus fundadores, el presidente Jordi Pujol, así como algunos de sus últimos dirigentes, entre ellos el presidente Artur Mas, el exalcalde de Barcelona Xavier Trías y el exconsejero Francesc Homs, tres nombres que explican la desaparición de CDC por cobardía personal ante la denominada «declaración de Queralbs» o autoinculpación de Pujol por tener dinero en Andorra, y por el error cometido al apostar por la independencia, en contraposición a lo que había sido CDC. Esto dio paso a dos partidos sucesivos, el PDeCAT y JxCat, aprovechando el desconcierto existente en las filas del primero. Como siempre ha sucedido en episodios históricos similares, las ausencias hablaron más que las presencias. Lo dejo aquí.
Como bien saben los lectores, CDC ha sido el partido político de mi vida. No he militado en ningún otro ni tampoco lo haré en el futuro. Me afilié en el otoño de 1976, firmando en el casino de Castell d’Aro una hoja de suscripción al boletín/revista CDC Informacions, editado por Miquel Sellarés, y avalado por Joan Saqués y Lluís Pla, ambos fundadores del partido en la ciudad de Girona, convirtiéndome en el segundo militante de todo el Baix Empordà. En aquellos tiempos se hacía así, dado que Convergència era un partido político ilegal y perseguido por el posfranquismo de Arias Navarro. La seguridad, entonces, era máxima y la exposición pública quedaba reducida a sus máximos dirigentes: Jordi Pujol y Miquel Roca, las dos líneas ideológicas esenciales que habían confluido en Montserrat en el momento de su fundación, junto con Unió Democràtica de Catalunya, que posteriormente se desvinculó. En aquellos momentos éramos dos, solo dos, los militantes en todo el Baix Empordà. Una vez legalizada CDC, pasamos a disponer del carné de militante, nunca antes, y esa es la razón por la que en él figura mi afiliación con fecha de 1977.
Aunque aquello no saliera innecesariamente a la luz, algo común en todos los partidos democráticos de la Cataluña de entonces, la creación clandestina de la Asamblea de Catalunya en 1971 y su expansión por el territorio habían hecho que, antes de militar en Convergència, yo fuera miembro de la Taula Democràtica, nombre que adoptamos en Sant Feliu de Guíxols. Su utilidad fue grande: no solo atrajimos a ciudadanos hacia postulados democráticos, sino que también fue una escuela de futuros alcaldes y concejales de Sant Feliu de Guíxols a partir de las primeras elecciones locales de 1979. La Asamblea, en su conjunto, fue una plataforma unitaria del antifranquismo catalán que articuló partidos políticos democráticos, sindicatos, entidades vecinales, colegios profesionales, movimientos estudiantiles y culturales, e incluso personalidades independientes, bajo un paraguas amplio y unitario. Su relevancia radicó en que convirtió el catalanismo democrático en un movimiento social amplio, conectado con el mundo obrero y vecinal, y no solo con las élites culturales y económicas; estableció un repertorio de acción colectiva y un lenguaje político compartido que marcaron la Transición en Cataluña; y su legado fue la Generalitat restaurada, el Estatuto de 1979 y la articulación de un sistema de partidos catalanes con un fuerte arraigo social.
Cada cual puede hablar de lo que ha vivido; también quien esto escribe. Yo lo hago así: la CDC que conocí, y a cuya construcción y arraigo contribuí en la parte que me correspondía, fue esencialmente un movimiento político con formato de partido cuyo objetivo era la reconstrucción nacional de Cataluña, en el marco de un nacionalismo personalista, europeísta, interclasista, no independentista, de carácter integrador y puesto al servicio del país. El hecho de que fuera más un «movimiento» que un «partido político» explica la facilidad con la que se transfiguró en el PDeCAT y, posteriormente, en JxCat: todos los militantes conocidos que pasaron al primero de estos partidos y más tarde al segundo seguían llamándolos Convergència Democràtica de Catalunya. De ahí que periodistas y analistas políticos los denominen «posconvergentes», creando de paso la ficción de que todavía son Convergència. Una falacia, porque, en puridad, CDC dejó de existir en 2016 y ahora hemos sido entregados al Archivo Nacional de Cataluña.
Soy sincero cuando digo que añoro mi partido, la auténtica Convergència, al que debo muchas cosas. Un movimiento/partido que practicaba un nacionalismo integrador de pensamientos y convicciones, que se convirtió en la columna vertebral de una Cataluña políticamente articulada alrededor de su institución de autogobierno, la Generalitat de Cataluña; que ocupó la centralidad del país, como demuestran sus resultados electorales; y que, además, desempeñó un papel muy positivo en la modernización de España y en algo básico y fundamental para toda democracia, como es la alternancia política en su Gobierno. En el ámbito interno y público, al cargo lo llamábamos «responsabilidad», en un intento pedagógico por evitar que alguien se lo creyera o se lo apropiara como patrimonio personal. Su historia es hoy irrepetible, pero quién sabe si, más adelante, cuando las aguas agitadas vuelvan al cauce central, alguien nuevo seguirá su trayectoria, adaptándola de manera pertinente a los nuevos tiempos.
A partir de ahora, sepan que nos encontrarán en el Archivo Nacional de Cataluña. Que tengan un agosto apacible y hasta septiembre.
