Este de la imagen es el de 1970. Se hacía en Caracas en la imprenta de la familia Guruceaga, de Astigarraga, que generosamente donaban su confección. Y el lote se remitía a Donibane Lohizune y el EAJ-PNV se encargaba a través de contrabandistas de hacerlo llegar a diversos puntos. Y los abertzales, lo quitaban de las manos. Era un calendario de cartera muy preciado. Y como el calendario de bolsillo lo hacía el Grupo EGI que dirigía desde Venezuela la emisora clandestina Radio Euzkadi, no podía faltar la alusión a su Onda Corta y horarios.
El lema sigue en plena vigencia. ”Libertad y Justicia Social” y el gran resumen de la obra de Sabino Arana, su lema,”Euzkotarren Aberria da”,”Euzkadi es la Patria de los Vascos”. ¿Para qué más?.
Estas cosas se hacían cuando había riesgo claro de una buena multa o de pase por comisaría. Hoy, desgraciadamente ya no se hacen. Lo sabemos todo y no hay que recordar nada. Una pena.
Es posible que estemos viviendo, y sufriendo, una especie de confusión mayúscula de lo que hemos llamado ideología, simplemente el conjunto de ideas, más o menos coherentes, generalmente menos que más, con que miramos la sociedad y la vida en su sentido más amplio.
Todo el mundo supone que tiene una, es muy probable que se equivoquen y más que un conjunto organizado racionalmente tenemos un disparatado ramillete de ideas fragmentarias y no pocas veces contradictorias.
Estoy bastante seguro que el suelo más firme que sostiene esta confusión es la imposición universal, o bastante, de la manera capitalista, consumista, individualista, cegada por la publicidad y los medios, poco reflexiva y poco solidaria –la guerra de Ucrania asi como de Israel y Hamas es un espectáculo televisivo,– que en diversa medida rige nuestras vidas más concretas. Pero no vayamos tan allá, lo que queremos subrayar es más tangible. Conceptualizable y cercano.
Hay lo que llamaría democracias sucias o dictaduras blandas en América latina, y allende por supuesto, que parecen haber sustituido a las dictaduras bananeras de hace unas décadas, sostenidas y benditas por los Estados Unidos, hasta Kennedy digamos, y cuya característica básica es manejar absolutamente todo el poder público y político, absolutamente todo.
Muchas de las actuales se disfrazan, permitiendo en ciertos aspectos menores, algunas libertades más bien anodinas que pretenden «blanquearlas».
Y no porque practiquen algunos mandamientos y ritos republicanos, elecciones trucadas generalmente, simulación de separación de poderes o algunos pequeños y controlados, espacios de libertad de expresión, censurados veladamente por ejemplo. También sus predecesoras lo hacían.
Pero lo que queremos subrayar es lo más curioso, lo más ideológico. Esas dictaduras, hablamos básicamente de Venezuela como se habrá sospechado, pueden predicar cuando les conviene una ideología o algo parecido y realizar en los hechos una muy distinta y hasta contradictoria. Es una de sus patologías mayores.
Voy al grano. Muy a menudo la dictadura venezolana apela a una ideología de izquierda radical. Maldice al imperialismo americano o se define como socialista o mejor castrista, más tropical y confusa. Con mayor o menor énfasis desde que vino al mundo, hasta ayer. Y ciertamente al menos en una década, la propiamente chavista, practicó algo así como una economía socializante bastante confusa y fatal.
Pero paulatinamente ha venido confeccionando un esquema neoliberal, con el aplauso de empresarios, hasta del presidente de Fedecámaras, tratando de salir del inmenso desastre económico en el que vivimos. Como se verá el confusionismo ideológico es enorme, se autodestruye cualquier coherencia ideológica.
Ojo, aquí no se trata ni siquiera de una réplica del modelo chino, de los dos sistemas. Es la destrucción de toda coherencia ideológica, es un país con un gobierno sin destino, ajeno al pensar. Es el caos en que vivimos.
Fernando Rodríguez es filósofo. Exdirector de la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela.
Así empieza una emotiva canción venezolana que habla de despedirse ”a la llanera” como aquí decimos despedirse a la francesa, es decir hacerlo sin decir adiós, porque nos duele hacerlo.
Fue la canción que eligió el nieto de Inés Hernández, al final del funeral tras el parlamento sobre su abuela. Puso la canción y emocionó a todos los que estábamos en la Iglesia de San Ignacio en Algorta en el funeral de Inés Hernánez, una venezolana de Cumanacoa, población del estado Sucre en el Oriente venezolano. Seguramente el sufijo “coa” lo pondría algún vasco, aunque ella vivió en Cumaná y se casó con el gudari del batallón Abellaneda, también estuvo en el Muñatones, natural de Olakoaga, Julián Pérez Boricón, exiliado tras la guerra civil. Tuvieron tres hijos, Mikel, Josu y Julián este último presidente de la Asociación Tierra de Gracia que funciona en Euzkadi. Y allí estaba toda la familia honrando a su querida matrona, que a pesar de esa simbiosis vasco cumanesa viven todos en Euzkadi desde que la actual dictadura desgobierna y sojuzga aquel hermoso país.
Inés hacía con gran mano unas sabrosas hallacas, típico plato navideño envuelto en hojas de cambur (plátano). Hace unos años cuando estuvimos en Bolívar, en la comida anual de vasco venezolanos, le reconocimos su andadura y su bondad.
Julián Pérez fue socio de mi aita en Cumaná. Dos gudaris, uno del Abellaneda y otro del Larrazabal, fundaron una constructora y si uno va a esa parte del Caribe todavía puede ver grupos escolares y casitas estilo caserío vasco que dejaron en el trópico. Les fue muy bien y en 1950 los dos matrimonios hicieron un viaje por toda Europa que siempre recordaban. Solo quedaba Inés quien ha fallecido en Getxo a los 96 años. Recuerdo muy de pequeño un gran mapa de Euzkadi y una ikurriña en el despacho que tenían.
La fotografía está sacada en el comedor de la Torre Eiffel en ese viaje. La fallecida está a la derecha. Y como el nieto puso la canción, triste por cierto, aunque preciosa reproduzco algo de ella recordando vidas de un exilio donde se hicieron grandes amistades y grandes cosas y observando como se inició aquel exilio y al final, cosas de la vida, vuelven a la patria de origen. Quizás por esto en Algorta, con dolor y melancolía, escuchamos esto:
“Por si acaso yo no vuelvo, me despido a la llanera. Venezuela, Venezuela. Despedirme no quisiera porque no encuentro manera, porque no encuentro manera. Si yo pudiera tener, alas para volar pero tengo un corazón que sabe muy bien amar….Mañana cuando partamos, un recuerdo te dejaré. Las lágrimas en tus mejillas que de ti me llevaré…..”
Desgraciadamente Inés se despidió a la llanera pero queda su recuerdo y para nosotros esa canción y esa fotografía de tiempos felices., gracias al oficiante de la ceremonia, un gran sacerdote venezolano y a toda la familia de Inés.
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