Cena solidaria en Barcelona

Lunes 18 de noviembre de 2013

Josep Maldonado es un senador de Convergencia de amplia carrera. Le conocí siendo diputado. Había sido Director de Deportes del Gobierno de Pujol. Su poblada barba blanca le distingue, pero no solo ella. Dirige una ONG, «Esport Solidari Internacional» y «Raquetes sense fronteres» cuya misión es tratar que en África los niños hagan deporte y no estén deambulando por la calle. Los equipa, los instruye, los socializa en los valores de un deporte con reglas y con respeto. Una gran acción.

En agosto todo el mundo sabe que Maldonado desaparece. Se va todo el mes a África. A cualquier país y en él contacta, supervisa, anima, detecta. Y así año tras año. Y todo eso lo pone a la vista de todos cada noviembre en una cena multitudinaria en el hotel Catalonia Plaza de Barcelona. El que está pegado a la antigua Plaza de Toros hoy convertida en un centro comercial con terraza.

Cada año, Maldonado me invita a esa cena. Se paga 48 euros y ahí estoy cada año metido en el mundo catalán del deporte en su vertiente más solidaria. De hecho, estando en la copichuela previa, me vinieron unos señores muy atentos. Tenían una mesa llena de un libro con un sugestivo título: ¿Qué podemos hacer? Me explicaron que se trataba de los hechos misioneros de Ángel Olaran, un cura vasco de Hernani, que lleva trabajando en el norte de Etiopia años y cuya labor Josep Jauma destaca y cuyas fotografías de Joan Tomas presenta un trabajo y mucha gente sonriendo. El autor del libro me lo obsequió y prologó: «Para que conozca y admire las acciones de su compatriota».

Así lo haré.

Andaba por allí Patxi Salinas con el presidente del club San Andreu que ahora entrena. Es el tercer equipo de la capital y juega en segunda B. Patxi lo entrena. Ha estado en MaIta. Vive en Barcelona con su hermano Julio y es un tipo simpático. También estaba Montse Candini, una senadora de Convergencia, pero nadie más del mundo de la política. Aquello solo era deporte y más deporte. No veo en Euzkadi algo así. Desgraciadamente.

Me acomodaron en una mesa con varias cantantes, un concejal de Sitges, un empresario de una radio deportiva y gentes que iban a pujar en la subasta del final de la cena que es donde se logra un dinerito para la ONG. En eso me vino por la espalda el alcalde de Barcelona Xavier Trias.

Coincidimos en Madrid siendo él portavoz de CIU y yo del PNV. Recordamos como lo pasamos con la mayoría absoluta de Aznar.

La sala estaba llena. Unas quinientas personas. Y porque no cabía más gente. Y durante la misma un animador iba dando cuenta de lo hecho por Maldonado y su gente y poniendo en valor hechos humanos, premiando al hijo de un futbolista fallecido, animando a un discapacitado y todo con muy buen humor hasta que empezó la subasta que fue animada por quien hace del rey Juan Carlos en el programa Polonia de TV-3, Tony Albá.

Y a eso de la una, a la piltra. Y allí quedó Maldonado recibiendo parabienes por una obra bien hecha. Eso es lo que destaqué cuando me hizo subir al escenario y pronunciar dos palabras. “Esto, dígase lo que se diga, es política, de la buena política, de la necesaria política».

La respuesta franquista del PP y el debate normal del PSOE

Lunes 11 de noviembre de 2013

Este sábado el PP celebró una reunión interparlamentaria en Córdoba para impedir que el domingo todos los medios hablaran solo de la renovación del PSOE. Hicieron un cierto filibusterismo político porque el cónclave socialista estaba pautado muy de antemano y lo de Córdoba se arregló en un pis pas.

No salió de la interparlamentaria del PP nada que nos dijera que van a tomarse en serio el parlamento, ni nada que nos indicara que su mayoría absoluta no va a ser una apisonadora absolutista. Nada de nada y eso que los allí reunidos para aplaudir lo hicieron para hablar del Parlamento. Lo que si salió fue un mensaje de Rajoy extraordinariamente agresivo para la Catalunya de Artur Mas, la Catalunya harta de ese lenguaje dogmático franquista que resume todo su programa en la España, Una, Grande y Libre.

A diferencia del primer ministro David Cameron, en Córdoba no hubo la menor concesión a cualquier tipo de negociación política o de enfriar una situación que se les va de las manos. Rajoy respondió como lo hubiera hecho el franquista Fraga, sacando a relucir el dogma sagrado de la España cavernaria que no es otro que ese artículo 2 de la Constitución que como una verdad revelada por Viriato nos dice que la Constitución se fundamenta »en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles». ¡Toma dogma!.

Esta es la respuesta más antipolítica que puede darse a la cuestión catalana para después hablar de unas fronteras que siempre son creadas por los centralistas y que además desconocen su propia historia pues nunca fue España más poderosa que cuando Felipe II reinó en las Españas, con s.

Nada nuevo bajo el sol. Solo franquismo sociológico.

El cónclave del PSOE no les ha salido mal pero con la siempre admiración adolescente hacia lo nuevo, como si esto fuera un ejercicio de juventud y no de responsabilidad.

Para colmo Rubalcaba ha dicho que vuelve al PSOE. Es decir, estos treinta y cinco años el PSOE, el perdedor de la guerra civil o ha estado de baja, de vacaciones, o ha sido inexistente. ¡Vuelve el PSOE! Gritaba Don Alfredo patéticamente y en primera fila un Felipe González aplaudiendo como secuestrador de una sigla, en el ejercicio máximo de otro tipo de funambulismo político. Para colmo piden un minuto de silencio por las Víctimas del terrorismo (¿por las del Gal también?) y se olvidan de los diez mil muertos en Filipinas. Lógico, no han sido en Nueva York ni en Alemania.

Ahora, como en su día con Zapatero, están enamorados de Susana Díaz, una señora que no se enteró de los Eres andaluces cuando fue consejera en los gobiernos de Chaves y de Griñán, pero como es mujer, guapa y de rompe y rasga, pues todos a hacerle la ola porque a la prensa lo único que le interesa de estos congresos es el debate nominal, el debate de las personas, no el debate ideológico que por cierto me ha dejado bastante frío. Siguen sin aclarar lo que entienden por federalismo y siguen sin aclarar hasta donde quieren llegar en transparencia política y siguen sin abordar, ante el último tramo de la vida del rey, si son «juancarlistas» circunstanciales o monárquicos entregados. Sí han hecho retoques y han reconocido errores, pero como en un espectáculo de misses y de misters, lo que ha quedado es quien hace mejor la pasarela. Una pena. Por lo menos en Venezuela su Miss ha sido elegida Miss Universo. Estos sí que saben lo que es un Congreso y no el periodismo papanatas que por aquí tenemos.

El fin de las ideologías

Domingo 10 de noviembre de 2013

En un mundo en el que la crisis cuestiona los modelos económicos y los relatos históricos, parece que no puede surgir ninguna utopía alternativa. Pero ante la pérdida de confianza en la política, no surgirá ningún Lenin ni ningún Hitler, sino únicamente políticos sin grandeza, señaló un cronista polaco y el comentario me llamó la atención.

Los indignados no llegan a ofrecer un concepto preciso sobre la nueva economía, la nueva sociedad o incluso el nuevo hombre, que supuestamente tendrían que sustituir a los del antiguo régimen. Todas las terapias planteadas parecen parciales, ninguna inspira la confianza suficiente para podernos fiar totalmente de ellas.

Después de 1917, Rusia encontró su fórmula mágica: dejar todo el poder en manos de los comisarios políticos y del partido único, nacionalizar sin ton ni son. En 1932, Estados Unidos prefirió el llamado New Deal: más Estado y encargos públicos para reactivar la economía. En 1933, Alemania aplicó una lógica similar, con el objetivo añadido de la guerra: invadir a los enemigos y redistribuir las riquezas a los suyos, con el armamento que hace que la economía funcione y las conquistas que rentabilizan los costes.

Un Reich, una nación, un jefe supremo… Después de 1945, tampoco fue difícil encontrar nuevos mantras. En el Este, las frases que se escuchaban eran: nacionalización, una industria pesada, una planificación económica centralizada, el individuo no es nada, el partido lo es todo. En el Oeste, se repetía: aproveche las ayudas, cree comunidades con sus antiguos enemigos, instaure una economía social de mercado, cuide del pluralismo y del mercado libre, pero no deje de controlarlo, no dude en imponer tributos para financiar las prestaciones sociales que garantizarán el equilibrio social.

Este modelo de pensamiento demostró ser eficaz en Europa, garantizó la prosperidad y las libertades individuales de las que se beneficiaron todas las ideologías surgidas de la tradición del siglo XIX: el liberalismo, el conservadurismo, el socialismo. En la década de los 70, el Estado del bienestar, en su forma social-demócrata o demócrata-cristiana, era el modelo absoluto para los habitantes de los países del «socialismo real».

Retórica religiosa

Actualmente, este modelo ya no funciona. La economía se basa en confiar en sus normas, en el hecho de que el valor de una mercancía se puede traducir, gracias al dinero, en otra mercancía. Antes de la crisis, los principales actores de los mercados financieros se fiaron de las tecnologías de vanguardia, que supuestamente reducirían al mínimo la probabilidad de un hundimiento.

Cuando llegó el desplome, citaron a los estoicos, diciendo que el futuro es imprevisible y acudieron a los Gobiernos para obtener ayuda. Por su parte, los ciudadanos indignados, se refugiaron en la retórica religiosa, censurando la codicia y la avaricia, uno de los pecados capitales del cristianismo, y exigieron arrepentimiento.

Ya no es posible volver a los modelos probados del pasado. Tampoco existe una respuesta sencilla. Las ideologías clásicas han perdido su poder de persuasión. Como es evidente, podemos seguir defendiendo la tesis de que el advenimiento de la era post-ideológica no es sino una manifestación de la supuesta ideología neoliberal dominante, que habría confundido a sabiendas las diferencias entre la izquierda y la derecha, entre el socialismo y el conservadurismo, para asentar mejor su hegemonía. No obstante, es necesario admitir el sentimiento tan extendido hoy de que no son las ideologías las que hacen girar la rueda de la Historia, sino factores totalmente distintos, es decir, los mercados.

Debilitamiento de los partidos tradicionales

Las ideologías tradicionales han surgido de la certeza procedente de la Ilustración de que el mundo es una materia moldeable por el hombre, según su voluntad y los planes racionales. Sin embargo, para que la gente defienda un proyecto, es necesario basarlo en un concepto que apasione, en una historia casi bíblica de la expulsión del paraíso y de la entrada a la tierra prometida. Para los conservadores, sería el regreso a la edad de oro.

Para los marxistas, la sociedad sin clases. Para un nacionalista, un Estado nacional solidario. Para un liberal, un reino de libertad. Los intelectuales, creadores tradicionales de la ideología, no creen en la existencia de un factor impulsor poderoso capaz de elevar los fundamentos del mundo.

Pero esto tampoco significa que haya llegado el fin. El fin de la ideología evidentemente no es el fin de la política. Ésta sigue su camino, aunque le falte el aliento. Los partidos ideológicos tradicionales, como los cristiano-demócratas, los social-demócratas, los liberales y los conservadores pierden fuerza. La erosión de la ideología debilita la adhesión política. Falta la aceptación misma del sistema de partidos en un contexto en el que a los partidos políticos les cuesta diferenciarse y donde todas las diferencias parecen escenificarse de forma artificial, con lo que lo único que se logra es alimentar el narcisismo de los actores principales.

El vencedor es el político populista enfurecido, sin ningún proyecto, sin ninguna visión de futuro. Además es consciente de que a sus electores ya no les importa. En los movimientos ideológicos antiguos, la ira se concentraba y los resentimientos podían dar lugar fácilmente a un etos colectivo. El populismo actual tan sólo es una forma para dar rienda suelta a frustraciones y tensiones. Genera motines y destrucción, pero nada más. De él no surgirá ningún Lenin, Stalin o Hitler.

Si recordamos todas las catástrofes engendradas por la era ideológica del siglo XX, claramente no estamos en la peor de las situaciones. Pero tampoco en la mejor, ya que la crisis ideológica viene acompañada de una crisis fundamental de la confianza en la política. Los cambios de personas parecen aleatorios. Es cierto que el juego político no lleva a la cumbre del Estado a unos tiranos, pero tampoco genera hombres de Estado, es decir, líderes democráticos atractivos.