La sentencia del juez Garrido es una medida contra la salud pública; es más una sentencia socioeconómica que sanitaria
A pesar de los terraplanistas y jueces como Garrido, la OMS nos alerta que vendrán nuevas pandemias como efecto del cambio climático.
EL pasado septiembre del horribilis 2020, Miranda Giacomin y Nicholas Rule, investigadores de la Universidad de Toronto, recibieron el prestigioso Ig Nobel de psicología por haber creado un método para identificar narcisistas, egocéntricos y vanidosos simplemente examinando sus cejas. Su método Cejas delatoras se basa en que los poseedores de cejas pobladas y con formas singulares son las que más buscan el reconocimiento, admiración y ser centro de atención. Podría ser al revés, que alguien busque ser personaje de interés dejándose cejas pobladas y acicalándolas de forma peculiar. Este sesudo premio Ig Nobel primero nos hizo reír para después pensar. Y ahora, con la mascarilla como embozo permanente, el resalte cejudo cobra, si cabe, mayor importancia. Enarcarlas de uno u otro modo o fruncir el ceño sería arte de reconocimiento narcisista. No sé si el juez Garrido hizo un cursillito para ser magistrado de tribunales superiores, pero me he fijado en sus cejas, y como son normales, si no buscaba la notoriedad con ellas, lo ha conseguido con una explicación epidemiológica, digamos peculiar, de su sentencia; lo ha clavado, de modo que Miranda & Nicholas deberían plantearse otros test de narcisismo, como la capacidad de epidemiólogos y esteticistas de cejas para explicar autos jurídicos, por ejemplo.
Cuando esta semana se cumple un año del primer fallecimiento oficial por covid-19 y hoy ya son más de 63.000 los sobremuertos, unos 190 fallecidos al día de media, con la muy posible negra expectativa de llegar a 100.000, me tentaría la ropa y cosería la boca antes de afirmar incongruencias. Más cuando su palabra escrita obliga a todos; así que parece tener razón el experto de la Organización Mundial de la Salud Daniel López Acuña, al afirmar que la sentencia de este juez es una medida contra la salud pública. Tal vez porque haya sido una sentencia muchísimo más socioeconómica que sanitaria.
Pero no creo que haya sido la única andanada contra la salud pública. Sin ir más lejos, después de ver ayer la tramoya de EPI electorales en colegios, mercados, polideportivos y otros variopintos lugares para poder votar en Catalunya, me pregunto en qué bando juegan los jueces que han obligado a que se celebren estas elecciones justo en el punto álgido del estado de alarma sanitaria. Las cejas de estos jueces no pueden ser la razón.
Tal vez la mayoría caminemos pensando que solo padecemos una pandemia sanitaria sin percatarnos de que la realidad de este último año sea una auténtica sindemia, concepto acuñado por el antropólogo médico Merrill Singer para definir la situación que sufrimos como un conjunto de interacciones biológicas, sanitarias y sociales. Está claro que el permiso de apertura de la hostelería o el aval judicial a elecciones de alto riesgo sanitario nos sitúa en esta urdimbre endiabladamente trabada de interesessindémicos, sean sociales, económicos, políticos o geoestratégicos. Como reconocía esta misma semana el ministro de Justicia de Israel, ellos vacunan mucho porque han comprado más dosis después de pagar más que otros países. Poderoso caballero es don dinero, también para la salud.
Bueno sería que comencemos a asimilar que las nuevas pandemias (víricas las más) a las que inexorablemente nos veremos abocados en adelante, no serán solo sanitarias sino sindémicas con el cambio climático y sus desplazados, falta de agua, contaminación de océanos, fuentes de energía, inestabilidad laboral, inmigración. Y que en todas estas nuevas crisis venideras puede que la seguridad sanitaria comunitaria no sea lo que más importe a todos. Entre otros a ciertos jueces, solo por citar.
Hasta terminar los estudios de la carrera universitaria, la paridad es casi total. La gráfica de la divergencia comienza después de doctorado. Casualmente coincidiendo con la edad de maternidad y de cuidado familiar como si estas cosas tuvieran que ser incompatibles con la carrera científica profesional.
He aquí el reto familiar, social y profesional que tenemos que superar, con leyes sí, pero también con un cambio de mentalidad y corresponsabilidad hombre-mujer.
En el Día de la Mujer y de la Niña en la Ciencia hay que recordar esto más que nunca, porque la meta de la igualdad de oportunidades está aún por alcanzar.
Por ello, hay que animar a las niñas que, desde la infancia, desarrollen los estudios que les gusten según su capacidad y no por el rol que teóricamente tendrían asignadas por ser mujer.
BASTA que exista un solo hombre justo para que el mundo merezca haber sido creado», reza el Talmud. Perfecta bonhomía, sobre todo cuando se predica para que sea otro quien cubra el cupo de satisfacción divina creadora de este mundo.
La deslocalización de los ricos
Dicen algunos especialistas en inversiones bursátiles que, históricamente y a más de diez años, los metales nobles y el arte siempre rentan positivo. Creo que faltaría otro valor siempre al alza, aunque puede que nunca llegue a cotizar por razones obvias: la «economía sumergida», que en España es de tendencia histórica alcista constante.
Las últimas semanas, junto con la curva indomable de contagios, hospitalizaciones, ingresos en UCI y muertes por covid-19, nos hemos desayunado repetidamente con que un grupo de jóvenes youtubers de éxito, tanto por número de seguidores (followers, perdón) como por ingresos, ha decido instalarse en la vecina Andorra, principado de fiscalidad digamos relajada-distraída, pero sin llegar a la delincuencia de los auténticos paraísos fiscales. La controversia pública ha saltado a la calle (mejor, a las redes sociales). Les echan en cara que se vayan para pagar menos impuestos, pero que sigan utilizando la escuela, la sanidad, los servicios sociales, las redes de carreteras, de telefonía, las infraestructuras que pagamos entre todos, menos ellos. Vamos, que les acusamos de ser insolidarios con el bien público, olvidándonos de que no son pioneros ni muchísimo menos en esta fuga de capitales y evasión de impuestos; deportistas, empresarios, políticos, nobles, rentistas, miembros de la realeza los han precedido en el camino hacia el rentable retiro pirenaico. Tampoco es que yo quiera defender su postura de latrocinio fiscomigranteni a los que definen las tablas de fiscalidad estatal, unos porque evaden y otros porque dan muestras de avaricia recaudatoria sobre quienes nos quedamos bajo condena de nómina mensual.
Lo triste del caso es que los youtubers son «esa anécdota» que nos hace poner las cuentas sobre la mesa: la economía sumergida representa de media el 25% del PIB español. En 2008 fueron 193.000 millones, en 2010 alcanzó 233.000 millones, en 2012 llegó a 250.000 millones y en 2020, con la pandemia ya enseñoreada, se coloca en 270.000 millones de euros. Tanto como el presupuesto para toda la sanidad española durante 3 años y medio. Es un magro consuelo que en la CAV y en Nafarroa la cuota de economía black en B sea bastante más baja, porque la falta de moralidad está tan arraigada que de la lista de sumergidos no se escapa prácticamente ninguna actividad económica. Construcción, turismo, hostelería, pequeños comercios, taxistas y portes sin autorización, obras caseras, rehabilitaciones, actividad agraria, deportistas, familia real, grandes empresas, multinacionales y ahora los youtubers. Entre todos juntos, en el horribilis 2020nos han «birlado» a los demás 91.000 millones en fraude fiscal, 60.600 millones en impuestos evadidos y 31.000 millones en defraudación a la Seguridad Social. Es cierto que las grandes fortunas, multinacionales y macroempresas ejercen el 75% del fraude, pero es más dramático y entristecedor comprobar que las comunidades con mayor economía sumergida (Galicia, Extremadura, Castilla la Mancha, Canarias) son las más pobres. Está claro, los muy ricos de las zonas más pobres se deslocalizan mejor.
Incluso los que más dinero tienen se vacunan antes: puede que exista el hombre justo del Talmud que piense que la familia real, los evasores millonarios y los poderosos magnates aún no se han vacunado, pero es evidente que si quieres cambiar el mundo deberás viajar a otro. Los ricos, incluso los nuevos ricos como los youtubers, ya lo hacen.
AUNQUE tal como nos representan a los dioses todos tendrían la capacidad para verlo todo, en todo momento y en todas las direcciones, a Jano, sin embargo, nos lo esculpen bifronte con solo dos caras, una mirando al pasado y la otra auscultando el futuro, simultáneamente. No es menor su capacidad, porque puede ver cuándo y dónde empezó de verdad la pandemia actual, y sobre todo sabrá ¡oh ventura divina! cuándo terminará. Aunque su mes sea enero, como dios de entradas y salidas, hoy uno de febrero también sería su día, y si yo fuera él, me sentiría conturbada mirando hacia el futuro observando al tiempo con mi otra cara el ya finado mes de enero.
Apartada temporalmente del mundanal ajetreo laboral informativo, me quisiera situar ahora en el pellejo facial del bifronte para aspirar toda la esperanza posible del ya a estas alturas muy ajado año nuevo.
«Salvamos» con brío la Navidad, Fin de Año y Reyes para condenarnos a la altura de San Sebastián. En Europa aplaudimos hasta con las orejas que Trump se iba y el patocojo casi causa un estropicio democrático irreparable. Respiramos aliviados de que los british no se fueran dando un brexit-portazo y ahora resulta que se llevan millones de nuestras vacunas como botín de reparto, cual antiguas colonias saqueadas; mi cara janoniana de futuro no lo ve nada claro. Nos vendían la foto de la primera vacuna a una ancianita en una residencia mientras algunos gerifaltes, políticos, sindicales, militares se la inoculaban de extranjis. Puede que todavía haya algún ingenuo bien-intencionado ciudadano que piense que los prebostes con posibilidades aún no se han vacunado, pero la mayoría sospechamos, con muchos visos de certidumbre que, sin entrar en protocolo, para ellos siempre hay dosis; porque el protocolo quizá solo sea para dar buena imagen y lograr votos dentro de un tiempo. Caro que, a escala más global, de los millones de dosis contratadas solo nos llega una porción, porque otros países y/o grupos multinacionales pagan más y mejor y las empresas farmacéuticas, que no son hermanitas de la caridad, ven en el covid-19 una enfermedad y una mina de oro. Bueno, ni hermanitas de la caridad ni de los pobres, porque por muchas dosis que fabriquen, es difícil que este año haya vacunas para más de 1.500 millones y somos unos 7.700 millones los humanos; seguro que adivinan a quiénes no les tocará tampoco en esta ocasión ni la pedrea sanitaria. Igual que cuando nieva y a la alegría del blanco níveo le suceden las bajas temperaturas con una subida disparada de la electricidad porque escasea el gas que sobrecompran quienes más pasta tienen; «es el mercado» dirán quienes se lo llevan entre las uñas.
Así que, por ahora del trabajo a casa, cafecito solitario en el descansillo, mascarilla, distancia, gel hidroalcohólico y a esperar con alegría, porque como diría el pesimista Schopenhauer, cuando ésta se presente debemos abrirle de par en par todas las puertas, pues nunca llega a destiempo.
Y si no, seguir el consejo de André Maurois de que cuando las cosas no van bien, nada como cerrar los ojos y evocar intensamente una cosa bella. ¿Lo han probado? ¿Sí? Yo también y qué bien se siente una ya vacunada y leyendo un libro al tibio calorcito de septiembre. ¿Por qué septiembre? Pues porque difícil, muy difícil parece que nos llegue la vacuna antes del melancólico final veraniego, aunque yo ya cierro los ojos y la evoco con intenso candor. Mientras, la cara de Jano-futuro se sonríe socarronamente.
Presidente de la Academia de Ciencias Médicas de Bilbao, distinguida por la Fundación Sabino Arana por su activa promoción de la salud en Bizkaia y en Euskadi durante sus 125 años de vida.
«La burocracia sanitaria está impidiendo soluciones inmediatas para enfrentarnos a la pandemia»
«Se deben tomar medidas quirúrgicas. ¿Qué es esto de dejar fumar en las terrazas y que un tribunal lo avale?»
«Desde su fundación, la Academia se ha empeñado en mostrar el rostro humano de la medicina»
El doctor Ricardo Franco Vicaria, pte. de la Academia de Ciencias Médicas de Bilbao.
«Recibir el Premio Sabino Arana alegra, pero que sea además en el 125º aniversario de nuestra fundación, supone un importante reconocimiento. Es un aliciente, una visibilización del trabajo que realizamos que es lo que intentamos, pues casi el 60% de las actividades de la Academia están dirigidas al gran público. Desde siempre, y hoy aún más, nos hemos empeñado en mostrar el rostro humano de la medicina, porque nos topamos con una medicina científica, muy tecnificada, con el peligro que entraña para el paciente la telemedicina», explica con preocupación el doctor Ricardo Franco Vicario, jefe clínico del Servicio de Medicina Interna del Hospital Universitario de Basurto y presidente de la Academia de Ciencias Médicas de Bilbao (ACMB), fundada el 19 de enero de 1895, siendo su primer presidente el doctor José Carrasco y Pérez-Plaza. ¿Le preocupa una medicina sin médico?
—Mucho. Veo gente muy enfadada por la actual praxis médica a causa del covid. No hay suficientes recursos y echamos mano del teléfono y la videoconferencia, pero esto no es la praxis médica correcta y mucho menos humana. Además, puede dar pie a enormes confusiones. Si no ves al enfermo, si no le tomas la tensión, el pulso, etc., no te puedes hacer idea exacta de cómo está y puede inducir a errores diagnósticos.
¿Se dan estos casos?
—Sí. Tengo una paciente a la que le dolían las articulaciones. «Parecía» una falsa artritis y resultó ser un cáncer linfático. Como durante tres meses todo fue por teléfono, nadie había visto su ganglio en el cuello. Al enfermo hay que escucharle, tocarle, auscultarle, debemos observarle. Porque el diagnóstico es el oficio de los detalles. ¡Si no puedes inspeccionar los detalles, qué vas a diagnosticar!
Hablando de la pandemia, ¿en los anales de la Academia recuerda momentos tan críticos, por no decir tan tenebrosos, como estos?
—En la gripe de 1918 fallecieron muchos médicos. Entonces era presidente de la Academia el famoso doctor Vicente San Sebastián Arana, que fundó luego sus clínicas y fue también cofundador y primer presidente del Igualatorio Médico Quirúrgico. Un prohombre de la medicina. Este cirujano tuvo que pedir ayuda a otras provincias colindantes para que enviaran médicos, porque aquí no había suficientes. En Bilbao solo contábamos con Basurto como hospital, un centro de beneficiencia para los pobres de solemnidad, mientras Santa Marina era para tuberculosos. La Academia asumió labores de compensación de la carencia de medios y médicos para atender la salud pública, lo hizo muy bien. Los médicos se volcaron para comunicarse en nuestra revista científica oficial, Gaceta Médica de Bilbao, fundada en 1894,donde contaban sus experiencias, y eso que aquellos médicos no estaban familiarizados con la infección pandémica.
Cómo sucede ahora.
—Sí, porque para nosotros este virus ha sido un bombazo que nos ha caído de arriba y del que no teníamos ni idea. Sabíamos que el coronavirus es una subespecie de virus que hay en la especie animal, una zoonosis, y que en el hombre hay una variante que es el del resfriado común. Pero el covid-19 nos ha colonizado, se está acomodando y, además, mutando.
Los aplausos a los sanitarios desde los balcones estuvieron bien, ¿pero cree que esto se refleja en sus condiciones laborales, guardias, protección…?
—Para nada. El personal está muy muy cansado, no hemos tenido tregua. Doblegamos la curva de la primera ola; pasamos el verano todorrisas y aparece la segunda ola y cuando ya amagaba con irse, llega el puente de la Inmaculada, la Constitución, las navidades y ahora cabalgamos la tercera ola. Esto ya lo avisamos desde la Academia.
El reconocimiento popular está bien, pero los médicos tendrán otras reclamaciones qué apoyará la Academia. ¿Cuáles?
—Los médicos y en general el personal sanitario vivimos toda la pandemia con escasez de personal. Ha habido confinamientos y hemos tenido sustracción de recursos humanos.
¿Siguen sin sustituirles?
A los médicos, no, pero a enfermeras, auxiliares y secretarias, sí. Ya no podemos decir que falten medios materiales, tenemos de todo, pero nos faltan recursos humanos. Pasé el covid, estuve un mes de convalecencia, me incorporé al trabajo y digo que la gente está agotada, sin poder coger vacaciones.
Conozco a muchos sanitarios, bastantes médicos entre ellos, que han hecho las maletas. ¿Por qué se nos escapa tanto talento: carrera profesional, condiciones laborales…?
—Tengo el ejemplo muy cercano de un superespecialista en fisioterapia respiratoria, con varios másteres y experiencia de seis años en un gran hospital de París, que cuando se declaró el estado de alarma se vino aquí y se ofreció gratis eta amore a todos los gerentes de los hospitales de Osakidetza. Quería contribuir y hacerlo gratis. No le llamó nadie. Así que se volvió a París y está atendiendo a todos los pacientes de cirugía cardiaca, torácica, esofágica y pacientes de covid que tienen destrozados sus pulmones y que lo necesitan forzosamente, pero aquí no hay cultura de la fisioterapia. No se sacan plazas. Así que estos profesionales se nos van porque esto es un erial.
Al citar a médicos, los ciudadanos pensamos en medicina asistencial, pero también existe la investigación. ¿Cree la Academia que se apoya la investigación biomédica?
—La Academia aplaude la investigación biomédica. Contamos con muchos investigadores que son académicos, gente de Biogune, de Ikerbasque, profesores universitarios… Desde la institución no se investiga, pero se analiza y se mandan recomendaciones. La investigación se está apoyando a través de los CICbiogunes. De hecho, al inicio de la pandemia hubo una oferta por parte de la Facultad de Ciencias, de los biólogos que habían descubierto una práctica de PCR para el diagnóstico, pero como no estaba estandarizada ni homologada, no la pusieron en marcha.
¿Por qué ocurrió eso?
—Es la burocracia. La Administración es una tortuga gigantesca que camina pesadamente. Entre el problema y la resolución hay un tránsito demasiado lento. Es como el personal, ¿por qué no cogemos gente que ha hecho ya la carrera, que están preparando el MIR o lo han sacado ya? No los reclutamos, entre otros motivos, porque los sindicatos se oponen. Tenemos una legislación poco flexible. No hay posibilidad de contratar a bote pronto, aunque las necesidades sean urgentes.
¿Cree que la pandemia deja al descubierto algunos agujeros en el que creíamos perfecto escudo de sistema de salud?
—Muchos. Lo primero es que no hay suficientes epidemiólogos preventivistas, gente dedicada a la salud pública, profesionales que estén metidos en las unidades de preventivos. Salud Pública y Medicina Preventiva es una especialidad, pero muy pocos médicos MIR la eligen porque es de despacho. Muchos jóvenes hacen la oposición en Madrid, pero aquí, al ser funcionarios del Gobierno central, no entran en Osakidetza. Al final nos quitan los recursos otras comunidades. La burocracia impide soluciones eficaces.
¿Cuántos especialistas en epidemiología, salud pública, preventivistas… harían falta en España? ¿Está prevista la creación de un Instituto Nacional de Salud Pública?
—Es complicado. Las estimaciones que tenemos de Estados Unidos son difíciles de extrapolar. Allí por 100.000 habitantes hay 5,6 técnicos de salud pública, dos estadísticos y un epidemiólogo de campo. En los últimos años, han bajado hasta 0,73 epidemiólogos por 100.000 habitantes y la mayoría son sin formación. En Euskadi ocurre lo mismo. Cuando se jubilen Txema, Concha y Eva, desaparecerán los tres últimos médicos de Epidemiología y solo el primero lo hizo vía MIR.
La pandemia impide ver otras realidades, como la edad media de los sanitarios. ¿Hay recambio generacional en todas las especialidades?
—No. He cumplido 70 años y me han jubilado de la universidad con 48 años de experiencia cuando no hay profesores titulares y en mi unidad docente de Basurto todos son profesores asociados que ni tan siquiera son doctores. He dirigido diez tesis y numerosos trabajos de grado, pero como docente estoy en un rincón. Ahora los estudiantes están enfocados a la asistencia, pero no sé lo que pasará tras esta oleada pandémica. Se retrasarán las vacunaciones porque las enfermeras no podrán con todo. También son ellas las que rastrean, las que hacen las PCR. Y si tienen que prestar también la atención a los cientos de pacientes que se nos echan encima con el covid, entonces ¿quién nos vacunará?
Todos dicen que hay que mejorar la atención primaria. ¿Cree que se está tomando nota de esta necesidad?
—Supongo que la lección la tienen bien aprendida, porque han quedado al descubierto muchas miserias que estaban ocultas. Nos mirábamos el ombligo repitiendo que teníamos el mejor sistema sanitario del mundo. ¡Y en Euskadi, no te quiero ni decir! La atención primaria está muy burocratizada. Muchas jubilaciones anticipadas en atención primaria en 2019 y 2020 fueron por hartazgo, porque la burocracia les estaba comiendo. El médico quiere estar con el enfermo, dedicarle suficiente tiempo. Te cuentan el horror que han vivido y cómo ahora se encuentran liberados. Han pedido la jubilación anticipada por amargura y hartazgo.
¿No es desperdiciar la experiencia?
—Sí. Porque un buen médico, con eso ojo clínico que se adquiere solo con la experiencia, es el que sabe resolver las cosas en poco tiempo; distinguir el polvo de la paja y hacer una medicina eficaz y eficiente; una medicina al mínimo coste. El que no sabe pide muchas pruebas de todo tipo para hacer una medicina defensiva y que el paciente se sienta satisfecho. El buen médico diagnostica sin someterles a pruebas inútiles.
Alegría sí, pero, ¿que más aporta el premio Sabino Arana?
—Con un background de 125 años de historia, el premio nos refuerza como referente de la formación permanente y continuada de los sanitarios durante toda su carrera profesional, promoviendo el conocimiento, el rigor científico y ético, así como la formación de competencia en todos los ámbitos de la ciencia de la salud, sin olvidar buscar siempre el rostro humano de la medicina.
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