Chuletón menguante

El derroche cuesta dinero, no mitiga el hambre, despilfarra recursos naturales y el mercadeo de alimentos incrementa los GEI

Nuestro planeta está sobrecargado y sobreexplotado. A partir del 29 de julio, viviremos de prestado.

Ala puerta del caserío del aitite había una piedra que sobresalía; su fiel rucio solo tropezó el primer día, nunca más. Yo lo hacía cuantas veces me acercaba. ¡Porca piedra, torpe humana!

Los experimentos mejor con gaseosa, por si acaso. En Utrecht no lo entendieron así y el 3-4 de julio organizaron como «experimento social» el festival Verknipt con 20.000 asistentes a la usanza precovid-19, sin mascarilla, ni distancia, ni control sanitario. Resultado: 448 infectados el primer día y 516 el segundo. Aquí no hay festivales de ese tenor, pero sí viajes fin de curso; olvidándonos de lo que sucedía hace exactamente un año, podríamos pensar que gozamos repitiendo tropiezos. Y que los tropiezos lo hagan más los jóvenes está transitando de anécdota a categoría.

Hace pocos días desataron un fútil rifirrafe político entre el chuletón presidencial, las críticas cínicas de los bien nutridos de la diestra siniestra y la necesidad sanitaria y medioambiental de reducir el consumo de carne al nivel de necesidad proteica, el 12% de nuestra ingesta diaria total. Me temo que nos trastabillamos día sí y día también en la grasa de la carne del mismo hueso. Porque en el Estado, para un millón de hogares abrir la nevera es un viaje al vacío; de hecho, 2,5 millones de conciudadanos no pueden permitirse comer carne, pollo o pescado cada dos días como norma nutricional. Elevado a escala de planeta Tierra, para los 700 millones que pasan hambre y para los 3.000 millones que no pueden pagarse una dieta saludable, la discusión del chuletón es la disyuntiva de Carpanta entre servilleta de papel o de tela. Seguimos recreando el tropezón.

Al mismo tiempo, en España se tiran al año 1,3 millones de toneladas de alimentos, suficiente para alimentar a 1,2 millones de familias. En la UE, con lo desechado podría alimentarse a 200 millones. En los 54 países más ricos del mundo se tira un quinto de los alimentos, 120 kg/año cada habitante. Volvemos a tropezar en la misma insidia, porque año tras año rellenamos el cubo de basura con frutas, verduras, pan, leche, yogures, queso, pasta … que aún podrían utilizarse. El derroche cuesta dinero, no mitiga el hambre, despilfarra recursos naturales y el mercadeo de alimentos incrementa los gases invernadero, alejando la frontera agrícola, lo que suma contaminación y acelera el cambio climático. No sé si decir planeta basura, pero sí planeta sobrecalentado y sobreexplotado que el próximo 29 de julio agotará los recursos correspondientes a este año, en adelante viviremos de préstamo ecológico. El mismo tropezón de cada año, de cada lustro.

En 1972, científicos del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) pronosticaban que a mediados del siglo XXI la sociedad humana sufriría un colapso, porque ansiaba solo el crecimiento económico olvidándose de los costos ambientales y sociales. Un estudio reciente de la compañía KPMG compara sus resultados con los del MIT-1972 y llega a conclusiones similares: el colapso de nuestra sociedad se augura para 2040. No desapareceremos, pero el chuletón como metonimia del progreso económico y meta única de la población, nos abocará a pagar caro el ninguneo de los riesgos sociales y ambientales. Nuestro nivel de vida se esfumará. No será la primera vez que ocurra, pero solo el burro no tropezaba en la piedra que todos sabíamos que estaba allí.

Ya hay un millón de voluntarios para viajar gratis a la luna en 2023 dentro del proyecto dearMoon/querida luna de Yusaku Maezaw. Tiran por la tangente, pero ante la perspectiva de un chuletón menguante, muchos elegirían quedarse.

nlauzirika@deia.eus @nekanelauzirika

Festival de contrastes

El uso generalizado de las mascarillas es una enmienda total a la decisión gubernamental.

A falta, o al menos reducción importante, de festivales de música y de otras manifestaciones culturales donde airear las demandas del cuerpo vacacional, podríamos decir que los contrastes que siempre han existido, ahora, en esta casi post pandemia, se han convertido en espectáculo sobre el tablao, a modo de sainete mediático o de ying-yang conceptual, según.

Tiene su aquel que países que vacunaron raudos y veloces a su población a golpe de talonario y gran alarde mediático provocando nuestra más sincera e insana envidia sanitaria, ahora estén reculando en la libre circulación e impongan «nuevasviejas» restricciones para el ocio o para viajar. Caso de británicos o israelíes. Claro está que en esto también vemos cosas chirriantes, como el estadio de Wembley repleto de hooligans y de tifossi en la gran final con sus ídolos del balompié, mientras que en los Juegos Olímpicos de Tokio los atletas habrán de vérselas con el páramo de las gradas, presumo que entre aplausos y vítores enlatados.

Tampoco es modelo de coherencia que el país que más vacunas dispone tenga que ofrecerlas en el metro con promoción de viajes gratis incluida, porque un 25% de la población americana se niega a vacunarse. Mientras tanto, millas más abajo, en Honduras por ejemplo, suspirando por lo que no les llegará hasta … , ¡sabe dios cuándo y a quiénes llegará!.

Pero para contrapunto social, el cambio de escenario entre el restaurante o la cafetería limpiados a conciencia y con separación de mesas, comparado con el desmadre tras el cierre reglamentario de estos. Quedadas, apretujones, botellón, canuto y kalimotxo compartidos, abrazos y besos muy empático, pero también muy contagioso. Lo malo es que lo hacen más los más jóvenes, casualmente los más expuestos por no estar vacunados, aunque lo padezcan menos o más levemente. Menos mal.

Pero para choque frontal de actitudes, tenemos por una parte la realidad de unas económicamente necesitadas agencias de viajes que, con la aquiescencia de los padres/madres, a partir del 10 de mayo comenzaron a empujar a los estudiantes a organizar en junio los llamados viajes de estudios (es una forma de hablar, ya me entienden), donde el covid19 se ha dado un lote juvenil de amplia penetración. En contraste total con lo anterior, tenemos el uso de las mascarillas. He paseado por Bilbao y he pasado también unos días en varias ciudades de tamaño medio tras la «liberación» del 26 de junio. Ya quisieran los que organizan protestas pacíficas anti-gubernamentales tener una enésima parte del éxito que está teniendo esta protesta ciudadana espontánea contra la norma liberadora de la mascarilla.

Callejeando por esas ciudades yo me creía libre para despojarme de la mascarilla por ser hora de menor presencia ciudadana. Para mi sorpresa mi cara descubierta era foco de las miradas de la mayoría € embozada; miradas interrogadoras, «¿y tú, insensata, por qué te la quitas?» parecían inquirirme, como si tuviera monos en la cara. Terminé embozada como casi todos/as. Lo dicho, una enmienda total a la decisión gubernamental; podríamos decir que es la autodeterminación del pueblo soberano. Cabría pensar que en este país para que una norma se cumpla casi es mejor permitirla que prohibirla. Contraste de la realidad.

Lo bueno de esta pacífica insumisión higiénica ciudadana es que, de continuar unos meses más, nos volveremos a librar de la gripe y otras patologías respiratorias. Lo habrán adivinado, escribo con ella puesta.

nlauzirika@deia.com @nekanelauzirika

Para gusto son los colores

El arco iris es de todos y todas, no de unos pocos.

LOS colores son todos lo mismo desde el punto de vista cromático: lo que los cuerpos reflejan de la luz que no absorben. Aunque evidentemente no todos veamos iguales los siete del espectro visible, sería poco razonable pensar que, por ejemplo, los daltónicos fueran la norma social colorimétrica con percepción visual grisácea en lugar del rojo y verde que apreciamos la mayoría. No creo que los daltónicos estén marginados socialmente. Me llama la atención la premura con la que casi todos los poderes –la excepción húngara quizá confirme la regla– han reaccionado poniendo en lugares públicos el arcoíris del que parece se haya apropiado el movimiento LGTBI. No recuerdo tal prontitud en épocas pasadas para colores y símbolos del feminismo.

Reclamar la igualdad legal, de trato y respeto social real para todas y todos es algo básico, aunque haya muchos que no parezcan entenderlo.

La reproducción humana es sexual y el sexo lo determina el número y tipo de cromosomas; es una ley biológica, ni social, ni política ni producto del patriarcado. Así que existe el género masculino y el femenino, más allá de quien gobierne o dicte la norma social. Existen peces genotípicamente hembras que de mayores evolucionan fenotípicamente hacia macho. No es el caso en seres humanos. Que en la formación de los gametos haya fallos o como se quiera llamar a los cambios sobre la normalidad reproductiva no creo que se deba a ningún contubernio de grupos de presión mediático, económico o de otra índole social, sino a la propia naturaleza del proceso biológico. Como consecuencia de esto que la genética clásica, quizá con poca delicadeza lingüística, denominaba síndromes, nacen seres humanos con ligeras diferencias cromosómicas haciendo difícil el encaje en un género concreto. Que se legisle para que tengan posibilidad de definirse en un género u otro entra en el respeto a toda persona, pero que se pueda hacer sin aval científico-médico me parece jugar a los dados y más si el proceso se permitiera de ida y vuelta repetitivo. No digamos nada si la edición génica se generalizara.

En todo caso no es la biología ni la fisiología de los procesos de homosexualidad o transexualidad lo que me resulta sorprendente, entre otras razones porque ni soy genetista ni médica y porque tengo buenos amigos homo y transexuales, sino el proceso in crescendo del interés mediático y de grupos de poder por aupar el mundo LGTBI. Porque por mucho colorido que pongan a sus desfiles, son una respetable, pero minúscula proporción de la población. Por esto mismo causa cierta perplejidad que no solo cabalguen a lomos del movimiento feminista, sino que estén poniéndose al frente manejando sus bridas, incluso liderándolo. Porque el movimiento feminista no lucha por los derechos de una pequeña proporción, sino por los de la mitad de los humanos, por su igualdad legal y real, por no ser agredida ni asesinada por el mero hecho de ser mujer, por tener las mismas opciones profesionales… porque la lucha contra la discriminación patriarcal sigue vigente.

Me asaltan las dudas sobre si tras el frontispicio del amplio apoyo mediático a la reivindicación LGTBI no haya otros intereses, probablemente más patriarcales que feministas. Además de diluir las demandas feministas, que la prostitución siga ahí como está, con abuso y mercadeo de mujeres, o que se aprueben los vientres de alquiler para poder tener hijos propios en úteros ajenos, con mujeres pobres que alquilen su cuerpo en esclavitud.

No creo que el movimiento feminista deba enredarse en esa lucha, aunque para gusto sean los colores.

nlauzirika@deia.com@nekanelauzirika

Deseos de inmortalidad, pero menos

¿SE IMAGINAN SER INMORTALES CARGADOS DE DEUDAS, CON UN ERIAL DE ENTORNO AMBIENTAL Y CON PANDEMIAS CONTINUAS? NO SÉ SI COMPENSA

El 22 de agosto, la humanidad habrá agotado los recursos naturales que le corresponden para todo el año.

LA muerte es nuestro inexorable destino, lo que hace más encomiable el empeño humano tras la inmortalidad; llevamos miles de años persiguiendo este mito y aunque se nos suele escapar cual agua entre los dedos, los científicos no cejan en perseguir esta utopía que quizá esté hoy más cerca de convertirse en realidad. La revista Nature Communications publicaba recientemente que investigadores del Instituto Max Planck han encontrado que la regulación metabólica del folato en gusanos provoca un notable incremento en su longevidad e investigan si es un proceso común a otras especies, potencialmente aplicable al ser humano. El folato es una vitamina esencial en la formación del DNA y por tanto su regulación puede inducir a mejora sustancial en la calidad de vida en la vejez e incluso un incremento de la longevidad. Quizá «la muerte de la muerte» de Cordeiro y Wood con el 2045 como meta de inmortalidad no vaya tan descarriado. Si con mejor alimentación, higiene, tecnología, antibióticos, estilos de vida saludables …, en un siglo hemos viajado en esperanza vital de los 35 a los 80 años, de seguir por esta senda dentro de poco los 150 estarán al alcance humano. Visto el meteórico éxito científico en las vacunas anticovid-19, es imposible no darles crédito con el folato o cualquier otra clave metabólica que nos catapulte a la longevidad y quizá después a la inmortalidad.

Con la pandemia sanitaria ya casi atemperada, miro la deuda española y el postsunami desolador. La deuda pública en abril era de 1,38 billones de euros, un 125% del PIB, así que cada ciudadano debe 29.413 euros: un año trabajando gratis para pagarla. Pero aún es más demoledor si echamos la vista atrás, a 1980: la deuda era de 16.000 millones, 16,58% del PIB, 425 euros per cápita a escote. Marcha cangrejera, vamos de victoria en victoria hasta la derrota final. Esto sin hurgar en los 1,65 billones de deuda privada.

Como hoy es el día internacional dedicado al árbol, conviene recordar que no es solo la deuda financiera un lazo de nudo corredizo, también tenemos el día de la deuda ecológica. Este año, el 29 de Julio. En 1970, el día de la deuda ecológica fue el 29 de diciembre, el año pasado, con el confinamiento, se retrasó al 22 de agosto, pero este año reculamos. Es el día en el que la humanidad ha agotado los recursos naturales que le correspondían para todo el año: hídricos, materias primas, liberación de gases invernadero …; el resto del año viviremos de prestado, acumulando deuda ecológica. Pero en el Estado Español es aún peor, porque el día del endeudamiento fue el 25 de mayo; desde entonces vivimos de prestadillo biológico, necesitaríamos 2,5 tierras para cubrir nuestras necesidades. Hay muchas causas, pero desearía destacar la desforestación en este día del árbol, porque se calcula que este año puede aumentar hasta un 43% en el mundo, a pesar de saber que nos reducen el dióxido de carbono, producen oxígeno, son hábitat de muchas especies, evitan la erosión del suelo, regulan el clima, proporcionan madera, frutos…

De seguir así, la imagen en Zorrotzaurre con el agua a la cintura en pocas décadas no será un montaje, sino una realidad. Como sequías y olas de calor extremo, DANAs frecuentes, plagas de mosquitos, falta de agua potable, desierto llamando a la puerta, escasez de alimentos …

¿Se imaginan ser inmortales con estas expectativas? Ante todo esto, muchos quizá prefieran que la inmortalidad siga siendo un mito.

nlauzirika@deia.com@nekanelauzirika

Desenmascarados

7.000 muertos en los últimos 30 años en el Estrecho de Gibraltar.

NOS anuncian que el próximo sábado podremos desenmascararnos, es decir, quitarnos esa parte de nuestro otro yo que nos induce dermatitis, acné y hasta blefaritis. Lástima que no sea el día 24, para poder tirar las mascarillas a la hoguera de san Juan con las otras cosas viejas.

Pero no estoy segura de que también nos despojemos de la mascarilla en su segunda acepción, el de destapar los sentimientos ocultos para descubrir la realidad. Lo digo porque somos capaces de dedicar el mismo 20 de junio a ser el día mundial más feliz del año y al recuerdo del refugiado. Día feliz y día del refugiado no parecen casar muy bien, a no ser que alguna mascarilla oculte las intenciones.

Hace unos días, en aguas de Lanzarote se ahogaron cuatro inmigrantes ilegales. Con mayor frecuencia aparecen muertos en el estrecho de Gibraltar, 7.000 muertos los últimos 30 años; es tan cotidiano que ya ni es noticia; de hecho, el tránsito «ilegal» de África a Europa por el Estrecho se incrementará, y al ritmo que vamos, los cadáveres en sus aguas permitirán algún día atravesarlo a pie enjuto. Entonces es posible que percibamos la inmigración en toda su magnitud y crudeza.

Frente a esta no-noticia de lo habitual, sí ha sido noticia escabrosa que la diputada voxera R. Monasterio desdeñara con trato racista y denigrante al parlamentario Serigne Mbayé, de origen senegalés, llamándole inmigrante ilegal y mantero, tratándole como español de segunda categoría … o de tercera. No como ella, hija de emigrantes de primera llegados desde Cuba con mucha plata.

He aquí el quid de la inmigración y de los refugiados, la pasta, la plata que traen. Si vienes forrado no se trastabillan con tu nombre, ni reparan en tu color de piel, ni en tu turbante, ni en el burka de tu esposa, ni si eres gay, lesbiana o trans, no les inquieta tu religión ni credo político…, porque la bolsa aterciopela el racismo en un toque de diferencia. Jeques y deportistas profesionales saben del racismo atemperado.

No es el caso de la mayoría de quienes llegan a nuestros lares. De esos que veo por nuestras calles afanándose en su trabajo, luchando por mejorar su vida. A estos les soplamos al oído rápidamente «el racismo» de Monasterio a Mbayé. O si no se lo decimos, sí les solemos hacer la vida harto difícil, como si venirse a miles de kilómetros del hogar no fuera ya suficientemente difícil.

Y percibo que hablamos de inmigrantes, refugiados y desplazados como si fuera un tren pasajero. Pero si en 2010 se contabilizan 14millones de refugiados, desplazados y asilados, en 2021 son 82,4 millones, el 40% niños/as. Cada día son más y con perspectivas más lejanas de regresar. De Siria, Yemen, Congo, Venezuela, Birmania, Myanmar, Somalia, Afganistán… catástrofes naturales, violencia, conflictos bélicos, razones políticas, religiosas, raciales, sexuales, económicas; lo cierto es que huyen para vivir, pero su esperanza de volver se va diluyendo: en 1990 regresaron 1,5millones, pero en 2010 solo lo hicieron 390.000 personas al año. Y entre el casi imposible regreso y labrarse un futuro aquí, viven en la incertidumbre, ese país tan difícil de habitar. Dificultades para ser atendidos en sanidad y acogidos en las escuelas, exclusión del mercado laboral, xenofobia, racismo, marginación social… todo son penurias. Acogerles está bien, pero quizá presionar a quienes les obligan a huir para vivir fuera más efectivo. Pero claro, desenmascararnos para enfrentarnos a los sátrapas de los países que les expulsan y persiguen quizá sea poco provechoso para nuestros intereses de bieninstalados.

nlauzirika@deia.com @nekanelauzirika