Contradicciones insidiosas

https://www.deia.eus/2019/06/10/opinion/columnistas/la-otra-mirada/contradicciones-insidiosas

AL hablar de contradicciones vienen a la cabeza las de los políticos que estas semanas andan de cambalache y compadreo para ver quién se queda con poltronas y sillones floridos, aunque sea en flagrante contradicción con lo que dijeron en los atriles electorales. Son irritantes, pero no más que las cotidianas propias, como comprarse zapatillas para un deporte que no hago por pura vagancia o esperar el fin de semana para descansar y luego exprimir el sábado-dominguero con lunes de ojeras de socavón, suspirando por el siguiente fin de semana reparador. La población envejece con muchos treintañeros asintiendo mientras pasean al perro en lugar de empujar un carrito de bebé. Incluso mi sensato vecino del cuarto vive en pecado de contradicción, la mayoría de sus viajes son por ciudad, pero tiene un todoterreno. Se me antojan situaciones incompatibles, al menos aparentemente, pero no transciende más allá de lo personal y su entorno.

Sin embargo, otras contradicciones quizá menos llamativas e inmediatas, sean de mayor transcendencia. Me gusta la playa y bañarme en aguas limpias, donde algas frescas y peces vivaces indiquen que hay vida;disfrutar tirando la caña en aguas no contaminadas;quiero comer buen pescado sin miedo al plástico en su interior ni metales pesados en su grasa;no quiero que el agua de la ría huela mal ni ver suciedad de diversa catadura, pero…

El sábado recordábamos –celebrar sería autosarcasmo- el Día Mundial de los Océanos. Sin océanos sanos la vida, al menos en su textura actual, sería imposible, porque la temperatura ascendería a infierno insoportable y el CO2 atmosférico se incrementaría un 50% con deletéreos efectos colaterales. Según me comentó la investigadora Cazenave, la temperatura de los mares asciende, los polos se reducen, el nivel del mar sube y la contaminación de sus aguas cabalga cual potro desbocado en manos humanas.

En Urdaibai, Arrigunaga, Ereaga y otros lugares del acantilado vasco y de muchos otros países, miles de voluntarios dedicaron su tiempo libre a recoger basura en playas, marismas, acantilados y fondos costeros. Plásticos, neumáticos, redes, metales, enseres domésticos, baterías de coche… Un muestrario caleidoscópico de basura. Esto en lo macroscópico, porque lo microscópico es aún más preocupante. El chicle, la colilla, el papel del caramelo, el pañal o la toallita, la bolsa del súper… Cualquier cosa que no depositamos en una papelera terminará en el océano, sumándose al desecho de las sentinas, los residuos industriales… La contaminación estética, con ser grave, es el menor de los problemas comparado con la destrucción de la flora y fauna marinas y con el bumerán que nos llega en el pescado contaminado con plásticos y metales pesados. Si no decimos basta a la contradicción entre los mares que queremos y la mierda que arrojamos en ellos es posible en 2050 haya más plásticos que peces en el mar. Entonces, bañarse en la playa, pescar, mariscar, comer besugo, anchoa o merluza…, puede que solo sean recuerdos en las historietas del abuelo… Vivir o morir, he ahí la contradicción de conservar o no los océanos.

Ministerio de la Soledad

EN 2018 en Gran Bretaña se creó el ministerio de la Soledad para enfrentar el drama que padecen más de 9 millones de ciudadanos.

“Morir de soledad” puede ser una forma poética para hablar de un desierto sin oasis o del mar inmenso que rodea al náufrago. Góngora, Machado, Benedetti, J. R. Jiménez, Borges, Neruda… todo poeta en algún momento creativo ha mirado cara a cara a su soledad para cantárnosla en verso. Pero los científicos no recitan odas, sino la realidad en prosa del abandono y la muerte que produce la soledad: mayor riesgo de ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares;la soledad puede ser tan perjudicial como fumar 15 cigarrillos al día. “La soledad realmente puede ser mortal”, afirman rotundos tras comprobar la mortalidad un 26% más alta de los ancianos en exclusión social frente a quienes conviven con sus seres queridos. Dura consecuencia de la soledad forzada que vive quien no tiene quien se preocupe ni ocupe de él.

Hace un tiempo estuve unas semanas viviendo sola en un pequeño pueblo, soledad deseada para descansar y reflexionar, pero al día siguiente el panadero, el carnicero y hasta la médica tenían noticia de mi presencia;estuve sola y escuché el silencio, el crotoreo de la cigüeña y el ulular del viento, pero no padecí la soledad que olvida, que socava memorias, que te desnuda y entierra sola en vida, porque la sombra atenta de los vecinos me acompañaba en respetuosa distancia, como lo hacían habitualmente entre sí. A uno de ellos los hijos se lo llevaron a Madrid a un 4º piso sin ascensor y al que ellos apenas si iban a dormir, con su estrés y problemas individuales a cuestas. Esta soledad pseudoacompañada creo que aceleró su adiós.

La España vacía engorda las megalópolis con más personas, pero no menos soledad. Cinco millones viven solos y el 25% de los hogares son unipersonales. Así que la aparición del cadáver de una persona cuya ausencia no echa en falta nadie es cada día más frecuente entre nosotros. Pasan días, semanas, meses y hasta años antes de que alguien repare en su buzón repleto, las telarañas de su puerta o el hedor en su rellano. Leo “Galicia muere sola”, porque en Galicia mueren solas más de doscientas personas al año;en 2018 en Bizkaia 58.000 ciudadanos vivían solos y 21 murieron en sus casas sin que nadie se apercibiera del óbito. También sucede en los pueblos, pero menos;no es exclusivo de mayores, pero sí les azota mucho más. En Japón mueren solas 30.000 personas al año, de modo que no es peculiar nuestro, sino una epidemia del primer mundo, un monstruo con muchos tentáculos: individualismo, divorcio, viudedad, edad, celibato, dispersión laboral, estrés…, son razones acompañadas de unos servicios sociales que se han ido externalizando a la familia, especialmente a la mujer, la antigua cuidadora cuya labor los servicios públicos no parecen saber cubrir.

Vivimos la contradicción flagrante de esta soledad en plena era de hiperconectividad virtual. Puede haber soluciones, pero la realidad es que ninguna estructura social concreta siente como propio este problema, de modo que plantearse aquí el ministerio de la soledad como aglutinador podría ser tan útil como necesario.

La muerte clandestina

EN nuestra sociedad consumista y sumamente vitalista, con anuncios para mayores protagonizados por “seudo-viejos” que más parecen cuarentones canosos y treintañeras algo ajadas, está claro que hemos optado por vivir de espaldas a la muerte. Como si esperásemos esa “muerte de la muerte” que J. Cordeiro y D. Wood anuncian para el 2045. La muerte se ve cada vez más como el final, sin trascendencia posterior, quizá consecuencia del hedonismo imperante tras el abandono paulatino de las creencias religiosas;y como muestra, Hallowen sustituyendo al día de difuntos. Muerte aséptica en el hospital, mortaja por tanatopractor, velatorio en el tanatorio, funeral sin cuerpo presente, incineración o la fría sepultura en intimidad de tapadillo… casi todo encaminado a la semi-ocultación de lo único evidente hasta hoy en la vida: la muerte.

Así que mantener la reflexión sobre suicidios, eutanasia, muerte asistida, cuidados paliativos y el testamento vital resulta extemporáneo más allá del primer flash mediático que la muerte da como noticia de alcance.

Los suicidios nos suenan lejanos, aunque en 2017 aumentaron un 3,1% hasta los 3679 muertos en España, casi el doble que los fallecidos en accidentes de tráfico, sin contabilizar los intentos frustrados. Las multas valen contra los accidentes, pero frente a los suicidios deberían hacerse otras cosas. También la eutanasia nos suena lejana y hasta ajena, excepto si es noticia con nombre propio: Sampedro, Goodall, Maribel Tellaetxe, Angel Hernández y su esposa M. José Carrasco, o ahora Larraitz Chamorro, que reclama ser liberada de una vida que para ella ya no lo es, como reconoce la justicia francesa permitiendo desenchufar al “vegetativo” V. Lambert.

Precisamente la cátedra de Derecho y Genoma Humano en Deusto ha celebrado esta pasada semana la XXVI edición del Congreso Internacional sobre Genética, biotecnología y medicina avanzada. Además de nuevas técnicas genéticas, sobre la mesa han tenido la eutanasia y los cuidados paliativos. Hablar de eutanasia cuando solo 10 comunidades prestan servicios paliativos parecería correr en exceso, pero si ponerlos en marcha cuesta 200 millones, ¿por qué no funcionan ya? El mismo coste que supondría iniciar un programa de eutanasia como derecho a la muerte digna. Aunque un 87% se pronuncia a favor de legalizarla, y así se lo piden a los partidos, solo 286.000 personas (0,6% de la población, aunque en Navarra y la CAV sea el 12%) han registrado en España sus últimas voluntades médicas en un testamento vital. Falta de información, trabas burocráticas, desidia, confianza en los deudos, tabúes ante la muerte… las causas pueden ser múltiples, pero abordables de querer hacerse. Eutanasia sí, pero testamento vital poco;un contrasentido en conflicto entre lo que se dice y lo que se hace, aunque tal vez no tanto teniendo en cuenta el hedonismo vitalista circundante: la muerte llegará de todos modos, ¿para qué preocuparse antes de que llegue?, parecemos pensar. Iría más allá. Confiar para esto en los partidos me parece excesiva dejadez, así que abogaría por un referéndum sobre la eutanasia. Si ese 87% a favor es cierto, se ganaría, a no ser que como en Cataluña dé más miedo un referéndum con libertad de elección popular que la propia muerte clandestina.

nlauzirika@deia.com @nekanelauzirika

El conflicto

EL conflicto es lo habitual en la naturaleza, sea por el espacio, la comida, el sexo…, todos los seres vivos vivimos el permanente conflicto de vivir. Es bien conocido que al norte del río Congo los chimpancés enfrentan sus conflictos, especialmente de sexo, haciéndose la guerra, con inestabilidad grupal permanente, mientras al sur del río, en la otra orilla, sus primos-hermanos los matriarcales bonobos dirimen sus conflictos bélicos haciéndose el amor, practicando la empatía, acariciándose, despiojándose mutuamente y manteniendo atrevidas, abiertas y frecuentes relaciones sexuales. Pero ni unos ni otros saben nadar.

No sabría decir si la vida actual no invita a pensar como sostiene el filósofo alemán Peter Sloterdijk, pero indudablemente nos lo pone muy cuesta arriba en especial con el ruido del bombardeo wachapeo y tuitero chismoso del politiqueo informativo, ruido en todo caso provocado a propósito, añado. Pasada ya la avalancha del ruido electoral, antes de poder oír otra vez el silencio invitando a pensar llega el nuevo estruendo electoral sin haberse ido del todo el anterior. Si al menos resuelve algo daría por bien maltratados mis tímpanos. Pero como la ultraderecha ha vuelto para acanallar la política, los demás no querrán ir a la zaga.

En estas últimas elecciones el ultavoxerismo ha desbancado en votos al PP en la mayoría de los cuarteles militares y de la Guardia Civil. Lo sospechábamos, porque ellos se creen los auténticos españoles de bien y votan lógicamente a quienes les jalean en la oreja. De modo que siguiendo a George Orwell podríamos decir que entre nosotros el conflicto radica no tanto entre la izquierda y la derecha, sino entre la libertad y la autoridad, sea para inmigrantes o no, feministas o no, cazadores o no, taurinos o no, libertad para abortar o no… Y ante estos conflictos la propuesta de los nostálgicos del ordenoymandocon pistolón al cinto se decanta siempre por el autoritarismo belicoso, nada amoroso, por supuesto

La mirada se entristece más aún al levantar la vista para otear horizontes más lejanos, porque Venezuela vive entre cuchillos afilados, como Gaza bombardeada, Yemen masacrada y Corea del Norte lanzando misiles… y más preocupante todavía analizando el gasto militar. En 2018, entre EE.UU. y China gastaron casi 900.000 millones de dólares en aviones, misiles… esas cosas tan útiles para dirimir los conflictos como chimpacés. Los nueve países que declararon públicamente más gastos militares sumaron 1,3 billones de dólares, sin contar Corea del Norte, Irán ni Israel que utiliza casi un 14% de su PIB en menesteres bélicos. España destinó (¡a saber cuál es la verdad!) 18.200 millones (1% del PIB) a gasto militar. Me gusta el casco de guerra como maceta para madreselvas o petunias, o el fusil de los soldados portugueses en el abril revolucionario con claveles en sus bocachas, pero no soy ingenua y como el alcalde de Cádiz reconozco que hacer barcos para un país que masacra a Yemen produce dinero y da trabajo. Pero si una partecita de estas grandes masas de dinero se destinara a otros menesteres, por ejemplo, a evitar los desastres medioambientales anunciados… Pero viendo la senda voxera-trump-bolsonaria que nos proponen es posible que la “solución bonobos” a los conflictos sea pura entelequia.

Se nos acaba el tiempo

SOBRE el cambio climático y el ascenso del nivel del mar hemos de tomar ya decisiones para problemas que nos vendrán dentro de cien años”. La frase es de Anny Cazenave, geofísica experta en medidas de nivel marino galardonada con el Premio BBVA-Fronteras del Conocimiento, en su apartado de Cambio Climático. Al escuchar a personas expertas y además comprometidas, la realidad nos inunda los ojos con claridad de amanecer: estamos ante una emergencia climáticaprogramada, en la que junto al enunciado del problema nos plantean las soluciones y la difícil salida hacia un mañana que quizá no llegue si no las aplicamos ya, hoy mismo. En el presente ya amenazante están las Kiribati, Salomón, Maldivas, pero también las costas del Mediterráneo con millones de personas que verían sus hogares anegados, solo como principio desolador de un mundo donde el deshielo de polos y glaciares, el aumento térmico y consiguiente dilatación del agua de los océanos recalentados harían de la Tierra todo menos una madre acogedora. No parece necesario esperar ni esos cien años, porque algunas agencias ya ofertan cruceros a través del Polo Norte para el verano… de 2025. ¿Posible? Sí. ¿Deseable? Sí, para ellos, ¿pero para el resto?

Acostumbrados a tantos días dedicados, el 22 de abril, Día Mundial de la Madre Tierra y el 29 de abril, de la solidaridad y cooperación entre generaciones, son dos más del calendario D. “La Tierra no es una herencia de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos”, pero difícilmente seremos solidarios con la siguiente generación si no logramos trasmitirles la Madre Tierra al menos como la recibimos.

En pleno pilpil electoral, el movimiento juvenil Fridays For Futurereclama a los grupos políticos que sitúen como prioritario en su agenda la lucha contra el cambio climático. Pero solo entre esos dos días D han sucedido tantas cosas urgentes que difícilmente el cambio climático sea alguna de ellas, ni para políticos ni para ciudadanos. Pregúnteles a los millones que no tienen comida ni agua potable o son víctimas de guerras o terrorismo..

Bien protegidas por el cuasinegacionistamíster Trump, las empresas que utilizan combustibles fósiles difícilmente dejarán de hacerlo por esa nimiedad de miles de millones de toneladas de CO2 vertidas a la atmósfera;ni los esquilmadores de bosques dejarán de hacerlo mientras Bolsonaro les proteja y el dinero les fluya. Sin ir tan lejos, ¿cómo compensaría la Hacienda Foral de Bizkaia los 826 millones que aporta fiscalmente la refinería de Petronor? Todavía más cercano y personal, si estoy en paro, ¿me preocupará que el mar ascienda tres milímetros cada año? Y si mi coche es más barato por ser de plástico y mis cosméticos menos costosos porque derivan del petróleo, y si el plástico da durabilidad a productos que además son más baratos, ¿por qué prescindir de ellos? La contaminación no me gusta, pero ¿tendré en casa cinco recipientes de basuras clasificadas? ¿O pagaría más impuestos para que Bilbao siga siendo modelo de ciudad limpia? ¿O pediría reducir la contaminación lumínica de la villa a riesgo de reducir nuestra seguridad?

Son muchas y evidentes las contradicciones entre la sostenibilidad futura y nuestro actual modelo de progreso, pero como dicen Anny Cazenave, el tiempo de las soluciones se nos acaba.