Exiliados

Por esas casualidades de la vida que seguramente no lo son, en los últimos días un político de acreditado oportunismo y tres o cuatro esparcidores de incienso constitucionalista (léase anti abertzale) han vuelto a remover con un zurriago el delicado caldero hirviente de los exiliados. Nadie mejor que ellos debería conocer el discreto y laboriosímo trabajo que está haciendo en este terreno desde hace varios meses el Gobierno Vasco. Sí, el de Patxi López y Rodolfo Ares, bendecido y sostenido por el PP, que cuando se lo propone y se confía a gentes que no usan anteojeras ideológicas, es capaz de hacer las cosas medianamente bien. Lástima que vengan a pisarle la manguera bomberos de su mismo retén.

No creo que haya nadie con dos dedos de frente y un gramo de corazón que niegue que la violencia de ETA expulsó de su tierra a muchísimas personas. Facilitar su vuelta y ayudarlas a comenzar de nuevo es un acto de justicia que, como tantas asignaturas que tenemos aún pendientes, debería implicarnos a todos. El diabólico problema que nos encontraremos (que, de hecho, ya se están encontrando los que han acometido la tarea de su identificación) es establecer su número, siquiera aproximado. Las cifras que se manejan se quedan estratosféricamente lejos de los doscientos mil acuñados por Fernando Savater y luego recrecidos hasta el doble por él mismo y otros mariachis de la hipérbole malintencionada.

Salvo que haya alguna intención de ocultarnos los datos, ese pútrido mito está a punto de saltar por los aires y caer hecho pedazos sobre sus zafios inventores y difusores. ¿Por qué en esas columnas y en esas soflamas que mentaba al principio siguen blandiendo la cifra mágica? ¿Por qué continuar alimentando una mentira que, si siempre fue increíble, ahora además va a ser desenmascarada con pelos y señales? Simplemente, porque la verdad y cualquier cosa que se le parezca les importa un carajo.

Silencios

El escritor Fernando Aramburu ha pedido perdón a sus colegas de oficio de la irredenta Vasconia por haberlos tachado de pesebreros y cobardes gallinas capitanes de las sardinas. Sería un gesto que lo honraría si no fuera porque [Enlace roto.] era una versión con sacarina de [Enlace roto.]. Para mi extraño gusto, casi con más carga ofensiva, tan lleno como iba el texto de paternalismo autosuficiente y de superioridad moral.

La tesis venía a ser algo así como: “Ay, mis confundidos y caguetas polluelos, ya comprendo que no os quedaba otra que ganaros el maíz con el silencio. Sobre todo, los que escribís en esa lengua que, [Enlace roto.]. ¿Quién os iba a leer si picoteabais la mano que os procuraba el grano”. Y luego, con tono curil, los absolvía de sus pecados de omisión y les imponía como penitencia la que ya arrastran: mantenerse en la estrechez estabularia del idioma canijo que apenas sirve para hacer literatura folclórica y costumbrista.

Cuando nos pongamos a redactar la gran enciclopedia de los relatos compartidos, habrá que dedicar unos cuantos tomos a explicar cuatro o cinco cositas sobre los silencios de los cojones. Los habría cómplices, no digo que no, y no faltaron los que simplemente buscaban no enmerdar más el patio. Pero es mentira y gorda que aquí todo el mundo calló y miró para otro lado. Bernardo Atxaga, Anjel Lertxundi, Ramón Saizarbitoria, Iban Zaldua, Jokin Muñoz, Pako Aristi, Karmele Jaio y decenas más que no me caben en esta columna han hablado alto y claro. En euskera, y por si había dudas, también en un castellano que todos ellos manejan como ya le gustaría a más de un ágrafo que va de cervantino. Lo que no ha hecho ninguno de los citados es utilizar a ETA como cebo promocional ni, mucho menos, como taparrabos para sus vergüenzas literarias.

Relato compartido

Algún día explicaré por qué ni creo en la reconciliación ni la considero, siquiera, un elemento imprescindible para que empatemos en bondad o en maldad con cualquier colectividad humana que paste en el planeta. También llevo diez columnas pendientes sobre la memoria (¿la hay sin olvido?), la dignidad y la justicia, palabras seguramente tan bellas como vacías, especialmente según quién y por qué las pronuncie o escriba. Me temo, sin embargo, que hoy sólo tengo espacio para otra de las bienintencionadas letanías que nos arrojan como pétalos de alelí en la puerta de este tiempo que intentamos estrenar: eso que llaman el “relato compartido”.

Me maravilla la ingenuidad que hay detrás de tal idea. Parece que alguien tiene el convencimiento de que este pueblo, donde la instalación de una farola o la alineación de un equipo de fútbol dan lugar a controversias que convierten en broma a Bizancio, es capaz de ponerse de acuerdo en medio santiamén sobre cómo han sido los últimos cincuenta años. Se meten todas las versiones en una Turmix, potencia máxima durante tres minutos, et voilá: el potito resultante será la media aritmética de todas las narraciones, la crónica canónica de aceptación obligatoria. Cualquiera que haya trasteado mínimamente en una cocina sabe que de ahí no saldría más que un engrudo intragable.

No nos vendría mal una gotita más de realismo. Acabamos de conseguir el agua corriente y damos por hecho que mañana tendremos Jacuzzi. Al ponernos metas imposibles —por más hermosas que sean— compramos boletos para un nuevo desengaño. Este, además, perfectamente evitable. ¿Qué tienen de malo los relatos individuales? Los habrá realistas, íntimos, descarnados, cálidos, gélidos, frescos, pútridos, humanos, parahumanos, exagerados y hasta inventados de la pe a la pa. Que cada cual lea y escuche los que quiera y haga su propia compilación. Será tan o tan poco verdad como cualquier otra.

Extraño en un tren

Junto a las imágenes personales e intransferibles, esas que conservarán el salitre de las lágrimas, en mi álbum del Día después haré un hueco al video de Patxi López tratando de dejar una declaración para la Historia al ritmo del bamboleo de un vagón. Nada más parecido al belga por soleares o al dandy con lamparones de la canción de Sabina. Aquellas palabras que sus discursistas habían tallado en caoba y bañado en el pan de oro que requería la ocasión acabaron luciendo como una baratija. No fue solamente que el traqueteo del convoy las ensordeció. Tuvo peor efecto aun ver cómo quien habría de pronunciarlas con solemnidad necesitaba concentrar sus esfuerzos en luchar contra las leyes físicas del movimiento. Con ningún éxito, claro. Lo visual casi siempre puede con lo sonoro y lo que permanecerá en nuestras retinas es un tipo afectado por el baile de San Vito que movia los labios mientras por la ventanilla se sucedía un paisaje anodino.

Como me han abroncado amistosamente varios oyentes de Gabon de Onda Vasca y hasta algún ilustre invitado, puede que, al lado de la enormidad del momento que estamos viviendo, esto sea una anécdota mínima en la que no merece la pena entrar. Ya habrá, me dicen, otras oportunidades para tirar de cachiporra. Me resisto, sin embargo, a verlo así. De hecho, en esa especie de sketch de Vaya Semanita que nos largó López por toda declaración institucional encuentro una alegoría perfecta de todo su mandato y, por supuesto, de su papel en esto tan importante que nos está pasando. Simplemente, él no ha sido otra cosa —Hitchcock me perdone— que un extraño en un tren. Un mercancías —esta vez perdónenme ustedes por la metáfora facilona— que, o estaba en vía muerta o iba en sentido contrario al de la responsabilidad que se le supone al presidente de los vascos y vascas del trocito autonómico. Es probable que le quede menos de lo que piensa para descarrilar.

Lokarri

Monaguillos del PNV, elementos desestabilizadores al servicio del Estado opresor, y en este minuto del partido, contubernio pseudopacifista proetarra. Menos mal que las gentes que se movieron primero en Elkarri y ahora lo hacen en Lokarri andan tan embebidas en lo suyo —mandar la violencia a hacer gárgaras— que no les quedará mucho tiempo que perder en el qué dirán. Cualquiera resiste, si no, ese festival de personalidades múltiples que les han calzado a lo largo del tiempo desde prácticamente todo el abanico ideológico. Que levante la mano quien, como poco, no los haya visto como una suerte de Harekrisnas o testigos de Jehová plastas y no haya cambiado de acera al ver en una esquina una de sus mesas petitorias.

Hasta los que siempre hemos tenido unos minutos en la radio para sus perseverantes campañas o sus voluntariosos actos, no acabábamos de comprender en nuestro fuero interno qué fuerza parahumana los mantenía inasequibles al desaliento. Nada los desviaba de su camino, así se convirtieran Lizarra o Loiola en mierda, se promulgaran ilegalizaciones a gogó, las togas se armasen de porras y viceversa o se decretara la socialización del sufrimiento. Mientras a la primera bomba lapa los demás nos poníamos (sigo pensando que con razón) el neopreno incrédulo, ellos y ellas continuaban a cuerpo gentil en lo más crudo del crudo invierno.

No hace tanto, en este país dabas una patada a una piedra y te salían media docena de grupos con una paloma y una ramita de olivo en astillero. Entre que unos se cansaron, otros se cambiaron a una misión más fotogénica y los demás fueron fichados para cargos públicos con catorce pagas y vacaciones retribuidas, prácticamente los únicos insistencialistas que nos quedan son los del logotipo del garabato enmarañado. Como pronto habrá tortas para colgarse las medallas, dejo constancia de que Lokarri y Elkarri siempre han estado ahí.

Escenografía y ritual

Fin del primer acto. Cinco puntos subordinados al primero: que ETA lo deje de una vez. ¿Y para este predecible viaje hacían falta tantas alforjas internacionales? ¿Era necesario que vinieran de fuera a decirnos lo que sabemos hace decenios? Mi respuesta es afirmativa en ambos casos.

Muchos de los que han mirado con crítica pero respetuosa desconfianza la cita donostiarra —y no digamos los que han sacado las garras— han puesto el acento en lo que podía tener de acto propagandístico o de escenografía amañada. A buenas horas descubrimos la pólvora. Ya no queda casi nada bajo el sol que no sea susceptible de utilización a beneficio de parte. Allá donde hay un puñado de cámaras, da lo mismo un sarao benéfico que unas inundaciones, habrá alguien interesado en salir en la foto. Cuestión, pues, de emplear los codos, la capacidad de seducción o la labia para agenciarse el trocito de gloria correspondiente. Aquí hay para todos.

Y en cuanto a lo de la escenografía, otro gran hallazgo. La rendición de Breda, el abrazo de Bergara, el acuerdo de Viernes Santo y hasta el reencuentro emocionado de Oteiza y Chillida tuvieron su parte teatral. Nos enseñan la Sociología, la Antropología y la Historia que, desde que nos pretendemos civilizados, a los humanos nos pirran los rituales y los boatos. Si lo que necesitaba ETA antes de formar parte de ese pasado que un día escribiremos y reescribiremos era un poco de pompa y circunstancia, se me antoja una ganga lo del Palacio de Aiete. ¿Que así sacaran pecho y se tomarán por vencedores? Pronto me echaré unos párrafos sobre eso, pero de momento adelanto que también hay quien se cree Napoleón o Jesucristo redivivo. Cada cual con su delirio.

Dejemos, por tanto, que avance la ceremonia. Hoy toca que hable la Izquierda Abertzale en una comparecencia que han anunciado “solemne”. Y mañana o pasado, el continuará, que ojalá sea, en realidad, el sanseacabó.

La Conferencia

Ni idea, oiga, de lo que saldrá de la Conferencia de Donostia. Doy por hecho que no será la línea mágica que marcará el antes y el después, porque a nuestro novelón le faltan aún unos cuantos epílogos. Tampoco espero una cosecha de soluciones maravillosas listas para poner en práctica; en un puñado de horas no se arregla lo que llevamos años sin atinar a componer. ¿Entonces? Me basta y me sobra con la foto. Dentro de un tiempo habrá quien lamente haberse autoexcluido de un retrato que junto a otras imágenes —unas ya tomadas y otras por tomar— quedará como memoria gráfica del cierre de este capítulo de nuestra Historia. Yo ya tengo el dedo corazón preparado para enseñárselo a los ausentes voluntarios cuando vengan a contarnos lo mucho que se esforzaron por desterrar la violencia del escenario y blablablá.

Comprendo el escepticismo, el recelo, la resistencia de los que vienen escaldados y quieren poner distancia hasta con el agua fría. La duda casi siempre es higiénica y más cuando, como ocurre en nuestro caso, sabemos lo que es hacer el pardillo en veinte o treinta ocasiones parecidas a esta. Me cuesta muchísimo más, sin embargo, entender a quienes, inopinadamente, han cogido la garrota y se han liado a mentar la madre de organizadores, participantes y asistentes del encuentro. No hablo de los soflamadores políticos habituales ni de la prensa de choque, cuyos berrinches estaban descontados en el presupuesto. Tipos que casi todos teníamos por comedidos y templados se han puesto como hidras estos días. Ellos y ellas sabrán por qué. Los demás sólo lo sospechamos.

Me quedo, en cualquier caso, con quienes con mayor o menor dosis de entusiasmo han optado por estar. Como escribía al principio, es altamente probable que la Conferencia no sea el final del camino. Pero es un jalón —ya veremos en su día si grande, pequeño o mediano— por el que no nos cuesta absolutamente nada pasar.