San Romero, ahora sí

Escapo por un rato de la (apasionante) bulla electoral para celebrar con ustedes un acto de justicia. Después de más de tres decenios de rastrero ninguneo o directamente de bloqueo, el Vaticano culminó ayer la beatificación de Monseñor Óscar Romero. Clamaba a mil cielos que desde el mismo instante de su asesinato en pleno altar a manos de un sicario del gobierno de El Salvador, los cuervos de la curia oficial se hubieran empeñado en arrojar un manto de vergonzoso olvido, cuando no de estiércol, sobre alguien que entregó literalmente la piel por los que no tenían ni pan ni libertad. Qué fariseo el papa Wojtyła, lloriqueando que la muerte del arzobispo le traspasaba de dolor, cuando llevaba meses negándole el pan y la sal y abriendo un siniestro anatema contra todos los religiosos que en América latina habían dejado de dar cobertura moral a los opresores y se habían pasado a la causa del pueblo maltratado.

Tuvo años el pontífice polaco para mostrar el cristiano propósito de enmienda, pero no lo hizo. Y tampoco su sucesor alemán, que mantuvo en el congelador la propuesta de beatificación porque no convenía dar lustre a los que no tragaban con el Evangelio revestido de oro y brillantes ni como coartada para la explotación. Debió venir a poner las cosas en su sitio el papa Francisco, que en su propia trayectoria de antiguo colaborador de la oligarquía que abrió los ojos ya con canas en la sien, guarda no pocos parecidos con el salvadoreño. En parte gracias a él, por fin es oficial el título de San Romero de América que le otorgó en su encendido poema el obispo Casaldáliga y que la calle hizo suyo.

Egunkaria, ¿y ya está?

Es asombrosa la naturalidad con la que asumimos la injusticia. Leo, escucho y hasta yo mismo he contado en Gabon de Onda Vasca que con el archivo de la causa económica, el caso Egunkaria queda definitivamente cerrado. Definitivamente. ¿Se hacen cargo de la magnitud del adverbio? Estamos diciendo en apenas una línea que once años y tres meses de atropellos sucesivos se van al limbo y que, además, tenemos que celebrarlo porque bien está lo que bien acaba y porque podría haber sido mucho peor. Para aumentar mi sorpresa y desasosiego, una de las personas que ha padecido en sus carnes la suma de arbitrariedades, el exconsejero delegado del diario laminado, Iñaki Uria, me dice que da por bueno el desenlace. En sus palabras percibo el brutal hastío de quien ha sido puesto al límite de sus fuerzas una y otra vez y ya solo aspira a que dejen de apalearlo. Humanamente compresible, faltaría más, pero al mismo tiempo, elocuente sobre la inmensa desventaja con que los mortales de a pie encaramos los pulsos con el poder. Perderlo casi todo en lugar de todo es una victoria. Las costas en bilis las pagamos de nuestro bolsillo, o sea, de nuestras entrañas.

Pues yo me rebelo, aunque sea en esta insignificante columna y en la pequeñez de mi ser. He escrito demasiado sobre el reconocimiento del daño injustamente causado como para aceptar ahora que esta página haya que pasarla a medio leer. No hablo de revancha. Ni siquiera de una reparación que sé imposible. Me valdría, siendo nada, una sincera petición de perdón.

Desigualdad horizontal

No dejan de aparecer estudios que revelan lo que siempre ha sido una sospecha generalizada: los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más pobres. Estos trabajos, que todos difundimos echándonos las manos a la cabeza, inciden en el brutal ensanchamiento de la brecha entre los que nadan en la abundancia y los que andan a la cuarta pregunta. Para probarlo, aportan datos tan escandalosos como que las 85 personas económicamente más poderosas del mundo acumulan tantos recursos como los tres mi millones más desgraciados del planeta. O en lo que nos toca más cerca, que en Hispanistán y territorios asimilados hay veinte tipos que ingresan tanto como el 20 por ciento de la población más desfavorecida y que, para más recochineo, han seguido forrándose a lo bruto mientras la crisis mandaba a la exclusión a miles de sus (presuntos) conciudadanos. Amancio Ortega, por ejemplo, se echó al coleto 3.000 millones de euros más en el mismo 2013 en que los salarios medios recibieron otro gran bocado y volvió a crecer el número de hogares sin ningún ingreso.

Indudablemente, una situación obscena, vergonzosa, injusta y todos los calificativos biliosos que se nos ocurran. Sin embargo, y más allá de que algunos de esos datos parecen haber sido estimados a ojo y que las conclusiones no serían muy distintas hace cien, quinientos o dos mil años, me pregunto si al fijarnos solo en las diferencias de arriba a abajo estamos poniendo el foco donde debemos. Quiero decir que a mi, personalmente, bastante más que la desigualdad vertical me preocupa la horizontal, es decir, la que se da en los entornos donde se mueve cada individuo. Lo jodido no es que Ortega nos saque cada año equis mil millones de ventaja, sino que no se pueda pagar el recibo de la comunidad, ir a la cena de la cuadrilla o comprar el Rotring para las clases de dibujo de los hijos. El desequilibrio más doloroso es respecto a los iguales.