Vacunas… y mascarillas

Por si no me he expresado bien o no se han entendido mis dos columnas anteriores sobre el inicio de la vacunación, aclaro que no tengo nada en contra. Vamos, ni de lejos. Sostengo que es un logro y que todos debemos ponérnosla con la misma firmeza que defiendo que me sobran la propaganda, las caralladas sentimentaloides, el politiqueo de todo a cien y la desmedida transmisión de expectativas. Diría, de hecho, que esto último es lo que más me preocupa. Si a bastantes de nuestros congéneres les hace falta poco para saltarse las normas de seguridad más elementales, la propagación de la idea de que tenemos al bicho a punto de ser fumigado puede ser letal.

Me gustaría exagerar, pero creo que hay la suficiente bibliografía presentada para temerse lo peor. Demasiadas veces a lo largo de esta pandemia la conjunción de unas autoridades que están a por uvas y la tendencia del personal a pillar siempre lo ancho del embudo han provocado comportamientos nada deseables. Hay un ejemplo de parvulario: las mascarillas. En todas las letanías nos repiten que debemos usarlas, pero se pasa por alto que hay quienes no se la cambian en semanas o fían su protección a un trocito de tela de colores. Y por si faltaba algo, ahora son moda esas transparentes —¡homologadas!— a través de las que se puede beber. Hagan la prueba.

¿A dónde vamos?

No quiero resultar melodramático, pero me da que la banda sonora de esta pesadilla la está interpretando la orquesta del Titanic. Por benévolas y voluntaristas que se pongan las autoridades sanitarias al aventar los datos diarios, quedan pocas dudas de que caminamos de nuevo hacia el abismo de la tercera ola. Como menú-degustación, los aumentos de positivos forjados en los puentes, en las mareas callejeras, en las chuflas domésticas… y mucho me temo que también en lugares a los que no acudimos precisamente por ocio.

“¡Eh, eh, eh, que la hostelería no estaba abierta esos días!”, protestan los recalcitrantes. Y la respuesta no es difícil: menos mal. A nadie que no quiera autoengañarse se le escapa que el descenso que ahora se estanca llegó tras el cierre de tabernas y restaurantes. Cualquiera que haya visto las imágenes de la reapertura en la CAV tiene motivos para temer lo peor. ¿Culpa de los tasqueros? Desde luego que no.

Claro que el pasmo mayor viene al mirar el calendario para comprobar que estamos cada vez más cerca de las fechas señaladas y no parece que nadie con mando en plaza tenga la intención de echar el pie al freno. Nuestros vecinos del norte, incluidos los que se tomaron a la ligera la primera embestida del bicho, se afanan en medidas a cada cual más restrictiva. Y aquí, como si nada.

Diario del covid-19 (46)

Amigos, sí, pero la vaca, por lo que vale. Quiero decir que yo tengo responsabilidad individual por arrobas y que la regalo de mil amores por el bien de la causa, aun a riesgo de pasar por gilipollas, primaveras, meapilas o pringadete frente a los apóstoles del “buah, chaval, deja a la peña hacer lo que quiera”. Y estoy casi seguro de hablar también en nombre de las miles de personas que llevan dos meses poniendo de su parte hasta donde ya no hay más que sacar. Por fortuna, la mayoría de lo que Gabilondo llamaba la infantería social estamos a la orden no ya para vencer en la lucha contra el bicho, que ojalá, sino para limitar sus daños devastadores. No creo que se nos pueda pedir mucho más.

Comprendo perfectamente que nuestros dirigentes deben interpelarnos a sus administrados para que aportemos nuestra cuota de civismo solidario. Si yo fuera su asesor de comunicación, les anotaría en negrita esa parte del discurso, por supuesto. Pero acto seguido, les invitaría a ponerse al frente de la manifestación o, más que eso, a pasar de las palabras a los hechos. ¿Más claro todavía? A acabar con las herramientas a su alcance con los comportamientos letales que amenazan con devolvernos a lo más duro del duro invierno. Esa “minoría” es lo suficientemente grande como para arruinar lo conseguido hasta ahora.