Memoria de Mikel Zabalza

Curioso ganapán, el de delegado o delegada del Gobierno español en las taifas peninsulares del café aguado para todos. Miren la que acaba de liar la que ejerce en Madrid a cuenta de la estelada. Del virrey en la demarcación autonómica de Vasconia, Suecencia Urquijo, qué les voy a contar; como aquel viejo eslogan del cupón de la ONCE: cada día, un numerito. Y no pierde comba en el concurso de hacer la gapuchipez más gorda la titular de la prefectura patria en el cachito foral, Carmen Alba.

“Ya estoy acostumbrada a que me reprueben y pidan mi dimisión”, se refocilaba hace unos días la que lleva como apellido cierto ducado de infame recuerdo. Razón no le falta, a ella plin, así que, sin dejar de sumarme a la inútil petición de que se las pire de una vez, le muestro mi gratitud en estas líneas. Sí, lo que leen: gratitud. Su infinita torpeza —seguramente malvada, por demás— al relacionar con ETA a Mikel Zabalza en el tristemente célebre requirimiento para que se borrase la pintada de Aoiz contra la tortura ha servido para sacar del olvido uno de los más truculentos crímenes cometidos en las cloacas del Estado español.

Invito a los lectores más jóvenes a documentarse sobre el caso. Más de 30 años después, los mismos que berrean sobre la asunción del daño causado y nos dan lecciones de memoria, siguen sin tener los bemoles de reconocer como víctima a un inocente al que sacaron de su casa de madrugada, lo llevaron a Itxaurrondo para inflarlo a hostias, y apareció 20 días más tarde en una zona del río Bidasoa que ya se había rastreado. ¿Cómo era la cantinela de la verdad, la justicia y la reparación?

Cal viva

Mi conciencia levantisca y tocapelotas no me permite gastarme los 22 euros de vellón que cuesta un libro que quiero leer. Por la portada gritona, rozando lo arrabalero, podría ser de John Grisham o Tom Clancy (q.e.p.d.). Pero no; lo firma un señor de Lugo que atiende por el escasamente glamuroso nombre de José Amedo Fouce. Imagino que van entendiendo mis reparos en financiar los vicios carísimos de alguien que tiene un carro de asesinatos a sangre fría a sus anchas espaldas. Igual que los autores de pedigrí citados, el fulano, que antes daba matarile a cien mil francos el fiambre, ahora escribe por la pasta. Den por seguro que ha recibido una cifra de quitar el hipo apoquinada por Pedro José Ramírez Codina, mandamás de la editorial que publica el opúsculo. Ya ven qué vueltas da la vida: los antiguos enemigos irreconciliables forman al cabo de los años una sociedad de socorros mutuos. Del odio al amor, sobre todo si es interesado, también hay un paso.

Sin embargo, aunque podría serlo, no es solo el vil metal lo que ha unido a este par de dos. A la altura de lo crematístico está el afán de revancha. Y ahí es donde editor y escritor han dado con mi punto débil, porque no hay género semiliterario que me ponga más pilongo que el ajuste de cuentas. Pese a la mala fama que arrastra, el despecho suele ser fuente de sabrosas historias… y de verdad.

Nadie como un resentido para reventar los candados que guardan los secretos más inconfesables, que en este caso son, obviamente, los del GAL, ese trozo de nuestro anteayer que por lo visto no está sujeto a revisiones críticas del pasado, a peticiones de perdón ni, mucho menos, a reparaciones del (inmenso) daño causado. Según promete la cubierta, esas páginas agrupadas bajo el desvergonzado título Cal viva contienen “la verdad definitiva desde las entrañas” de la siniestra banda parapolicial. De la A a la X. No me digan que no resulta tentador.

Morcillo… y los demás

Debe de ser una epidemia. Los fantasmas del pasado salen del zulo en tropel. No habíamos superado el retortijón por la vuelta a los titulares del criminal Hellín Moro —el que ejecutó vilmente a Yolanda González y luego fue tratado a cuerpo de sultán por el aparataje del Estado—, cuando nos sale al encuentro el matón de barrio bajo Luis Morcillo. “Yo asesiné a Santiago Brouard”, nos escupe el tipejo desde una portada de las que antes se enmarcaban en los despachos de los directores de los periódicos. Y efectivamente, en las páginas de dentro lo cuenta como quien describe cómo se limpian las tripas del pescado: “Cuando salió de su consulta le pegué dos tiros y después lo rematé en el suelo. Salí corriendo, con Rafael López Ocaña, y dejé la pistola en un hueco de la escalera”.

¿A santo de qué esta confesión que llega 29 años tarde? El beatífico cronista que nos lo pinta como un vejete enfermo atado a diez pastillas diarias para sus mil achaques deja entrever que es un alicatado de conciencia en la proximidad de su última hora. Y una mierda. La chusma de esta estofa no tiene nada que se parezca a un remordimiento. Si hay alguna cuenta que ajustar, no es consigo mismo, sino con la piara de hijos de mala madre que frecuentó y bajo cuyas órdenes cometió sus fechorías. Había pasta por medio y, a lo que se ve, bastante se quedó en el trasiego de cloacas.

Métase dónde le quepa el apiolador Morcillo su escuchimizado simulacro de arrepentimiento. Si algún valor tiene esta farfulla tardía que no lo redime es la confirmación de que las cosas fueron como la mayoría pensamos y a la Justicia no le salió de la entrepierna ver. De propina, es el recordatorio incómodo pero clamoroso de la existencia de otra violencia por la que tampoco se ha pedido perdón. Es más, buena parte de quienes la ejercieron y la alentaron —de la equis para abajo— pasan por probos ciudadanos. Y son tan canallas o más que este rufián.