ARRIORTÚA, EL GUERRERO EN JEFE QUE CAMBIÓ LAS REGLAS DE LA INDUSTRIA DE AUTOMOCIÓN MUNDIAL

Lunes 15 de junio de 2026

Javier Badillo

El ejecutivo vasco, conocido como «Superlópez» en sus años de mayor actividad, originó un enfrentamiento histórico entre General Motors y Volkswagen

José Ignacio López de Arriortúa (Amorebieta, Bizkaia, 1941), fallecido este pasado 10 de junio a los 84 años de edad, fue el protagonista absoluto de la industria de automoción a nivel mundial a principios de la pasada década de los noventa, cuando incluso se le llegó a conocer como Super López. Con un estilo campechano, él mismo se definía como un aldeano, este ingeniero industrial revolucionó las relaciones entre proveedores y marcas de las cuatro ruedas no solo en España sino en toda la industria global.

Para ello, actuó como los especialistas japoneses en un entorno como la España postdictadura: se centró en la operativa de las líneas de ensamblaje de vehículos, a pie de fábrica y “donde están los problemas, no en las oficinas”. Revolucionó todas las escaletas de costes y de productividad de aquellos años, tanto en las plantas de producción de coches como en las instalaciones de los suministradores de componentes. Algunos le acusaban, por lo bajo y de forma anónima, de apretar en precios, con la consiguiente reducción de márgenes que sí se disparaban en los balances de los constructores de vehículos. Pese a su fuerte personalidad, siempre estuvo rodeado de un equipo a los que llamaba “guerreros”, aunque con él como líder incuestionable.

Con una capacidad de trabajo sin límites, López de Arriortúa no acusaba el cansancio. En cierta ocasión, ofreció una conferencia en Madrid, nada más bajarse del avión procedente de Estados Unidos… un domingo por la noche. En aquel encuentro, y con la tarjeta de embarque asomando por el bolsillo, incluyó en su charla a empresarios una receta gastronómica para el éxito empresarial: menú de fruta y agua, y nada de patatas fritas, que eran “el enemigo” e impedían la concentración en las largas jornadas de trabajo.

Llevaba el reloj en la muñeca derecha, para recordar que tenía muchas tareas pendientes, según recordaba y en todo momento expresó su respeto al “señor trabajador”, en referencia a los operarios de las fábricas. Una devoción que se le quedó impregnada durante sus primeras prácticas en Izar, un fabricante de herramientas de corte con sede en su Amorebieta natal.

Durante su trayectoria, López de Arriortúa convocó a su equipo a no pocas reuniones de trabajo los sábados y a las seis de la mañana, para que luego tuvieran tiempo de conciliar con la familia el resto del fin de semana. “Antes empezamos, antes acabamos”, decía. Y que a nadie se le ocurriera mirar el reloj con impaciencia. Poca broma: directamente lo prohibía.

Su éxito empresarial empezó en la fábrica de Opel, entonces filial europea de la todopoderosa General Motors (GM), en Figueruelas, la localidad aragonesa que acogerá próximamente una mega fábrica de baterías de la corporación china Catl. Las mejoras de eficiencia en los procesos en esta factoría (menos tiempo de fabricación tras eliminar los tiempos muertos y subir la productividad de cada empleo), le aupó a máximo responsable de compras de Opel en Europa. Dirigía las operaciones desde la central de Rosenheim (Alemania), donde ya le pusieron el apodo de Super López.

Aquel fue su momento más álgido. General Motors le nombró vicepresidente mundial en abril de 1992, el cargo más alto alcanzado por un español en la industria de automoción, y se trasladó a Estados Unidos, a la sede de Detroit de la marca. Entonces sería destacado como uno de los ejecutivos del año por la revista Time.

A partir de ese cénit de notoriedad viene el volantazo. El sueño de José Ignacio López de Arriortúa era la de implantar una fábrica de coches en su pueblo, en Amorebieta. GM no estaba por la labor y el ingeniero vasco fichó por Volkswagen (VW) y volvió a Europa. La corporación estadounidense le denunció por espionaje industrial y un juez de ese país llegó a solicitar su extradición.

Tras un litigio de dos años, Volkswagen tuvo que aceptar la compra de componentes a General Motors por un importe de 1.000 millones de dólares, más una indemnización de 100 millones. Y de paso, resarcir a López de Arriortúa, porque el pacto entre los dos gigantes incluía su salida de VW, con quien no podía volver a colaborar ni como asesor.

Mientras tanto, el proyecto de Amorebieta se había empequeñecido con el tiempo y los problemas. El ingeniero diseñó en 1997 un prototipo de automóvil, denominado Carmen, que fue construido y guardado en secreto hasta su presentación en 2018, ya como un homenaje a López de Arriortúa. Como muestra de que no iba desencaminado en la ejecución del modelo, Carmen incluía avances técnicos como puertas sin manillas y cámaras para hacer más fácil la maniobra de aparcamiento. Mucho antes de que se generalizara en la industria.

Con el respaldo del PNV y la Diputación de Bizkaia, sí llegó a comprar un millón de metros cuadrados en el barrio Boroa de Amorebieta para que acogiera la fábrica. Hoy es la sede de AIC, un complejo tecnológico dedicado al automóvil. La expectación era tan grande en sus días como estrella de la empresa nacional, que la televisión pública vasca, Eitb, retransmitió en directo una rueda de prensa que el directivo dio, nada más aterrizar y según su estilo, en una de las salas del Aeropuerto de Barajas, en Madrid.

En esos años, López de Arriortúa creó con un grupo de empresarios el Instituto Sectorial de Gestión y Promoción de Empresas (Inssec), para formar grupos líderes en diversos sectores, entre ellos el de automoción. Inssec, que fue el embrión de las actuales CIE Automotive y Dominion, estuvo participado por Francisco Riberas (presidente de Gestamp), la familia Matutes, Juan Abelló, Pedro Ballvé y otros inversores.

Pero el 8 de enero de 1998, Arriortúa tuvo un grave accidente. Como una ironía del destino, sucedió a bordo de un automóvil, que se chocó contra un camión en Burgos cuando volvía de Madrid. El empresario, de 57 años entonces, estuvo varios días en coma y se recuperó con unas secuelas que no solo le alejaron para siempre de la prensa económica y del poder corporativo. José Ignacio López de Arriortúa ya no volvió a ser el mismo. En sus últimos años de vida, residía en Busturia, donde ha fallecido.

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