Lunes 29 de junio de 2026
La reacción institucional tras el terremoto de Caracas de 1967 tuvo un nombre propio: Leopoldo Sucre Figarella, entonces ministro de Obras Públicas del gobierno del presidente Raul Leoni. Su figura quedó asociada para siempre a uno de los despliegues de emergencia más rápidos, coordinados y eficaces que haya ejecutado el Estado venezolano en el siglo XX.
UN LIDERAZGO TÉCNICO Y POLÍTICO EN LA HORA CRÍTICA
Sucre Figarella asumió la conducción de la crisis con una mezcla de autoridad técnica, capacidad organizativa y sentido de urgencia que marcó la diferencia. Bajo su dirección se activaron, en cuestión de horas, cuadrillas de obreros, ingenieros, topógrafos, operadores de maquinaria pesada, equipos de demolición y brigadas de reconstrucción.
No se limitó a administrar recursos: articuló al Estado en pleno. Coordinó ministerios, gobernaciones, Concejos Municipales, organismos civiles y unidades militares. Estableció prioridades, abrió vías colapsadas, organizó rescates, supervisó demoliciones controladas y puso en marcha un plan de emergencia que aún hoy se estudia como referencia de gestión pública.
En 1967, el Estado venezolano actuó con rapidez, claridad de propósito y sentido de misión. La institucionalidad respondió como un sistema coherente, con líneas de mando claras y con un liderazgo que entendió que cada minuto contaba.
La Fuerza Armada, integrada a la estructura de protección civil de la época, fue parte activa de esa respuesta: apoyó rescates, movilizó personal especializado y colaboró en la remoción de escombros y en la estabilización de estructuras comprometidas.
La actuación de Sucre Figarella no solo resolvió la emergencia inmediata: dejó un precedente. Su gestión demostró que, con liderazgo competente, coordinación interinstitucional y voluntad política, el Estado venezolano podía responder de manera ejemplar ante una catástrofe.
Ese recuerdo —medio siglo después— se ha convertido en un punto de comparación inevitable para evaluar las respuestas institucionales a desastres posteriores y que no admite ni lejana comparación con el desastre actual de los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello.
