Lunes 18 de mayo de 2026
La revolución francesa impuso un modelo jacobino y centralista que laminaba el rico patrimonio lingüístico francés. Francia se horrorizó con el incendio de la catedral de París, joya de su Historia, pero ignora otras joyas lingüísticas que deberían ser para cualquier persona sensible, igual de importantes.
Así, desaparecen idiomas de antiquísima data, como el bretón (de origen celta) o el euskera, que no tiene relación con lengua conocida. Otros idiomas que evolucionaron del latín, como el corso, el occitano o el catalán se encuentran igual. No debería ser así. Los idiomas son patrimonio y legado de los antepasados, como las catedrales, y han de ser protegidos y ensalzados. No son una amenaza contra la unidad de las naciones-Estado, ni tampoco contra las asentadas y ya aceptadas por todos ideas ilustradas que impulsaron la toma de la Bastilla.
También, por cierto, se debe criticar la intención de patrimonializar las lenguas con objetivos políticos de segregación de los países. Un detalle curioso. La revolución francesa impuso una reorganización territorial para eliminar las referencias provinciales antiguas. Así, el histórico territorio del Rosellón fue reconvertido en el departamento de los Pirineos Mediterráneos.
Todos los territorios franceses fueron creados como tabla rasa del anterior antiguo régimen, con referencias geográficas.
Bien, próximamente habrá un referéndum para cambiarle el nombre a Pirineos Mediterráneos. Hay varias opciones, entre ellas Pirineos Catalanes y País Catalán. No se ofrece Rosellón porque el departamento comprende zonas que no son parte del histórico condado. Me parece bien.
Pero la justicia francesa tumbó el intento de varios municipios de presentar las actas de sus plenos en catalán. En Francia, los documentos oficiales por mandato constitucional sólo se pueden presentar en francés. Hace unos años se presentó una ley para dar espacio a las lenguas regionales. La justicia también la tumbó. Espero que Francia pueda dar pasos hacia la normalización de las lenguas.
Otro detalle curioso: en España, el rey José Bonaparte pretendió hacer la misma tabla rasa territorial. Presentó un proyecto de departamentos ‘geográficos’ que acababan con los históricos territorios.
Parte de Vizcaya (y Santander) habrían pertenecido al departamento de ‘Nervión’, por ejemplo. No salió adelante, claro. Las provincias constitucionales y sus diputaciones no acabaron con el espíritu de las históricas regiones españolas, hasta que finalmente cristalizó su autonomía en la constitución de 1978.
Iñigo


