Los responsables del Juancarlismo

Viernes 7 de agosto de 2020

Conté ayer como nos metieron de matute la monarquía en el mismo paquete constitucional. Sabían, y Suárez lo reconoció, que en 1978 preguntar a la opinión pública española si quería una República o que siguiera Juan Carlos, éste perdía el envite. Y por eso ahora nos dicen que la monarquía es constitucional y que vivimos en una Monarquía Parlamentaria. Palabras. Un parlamento que no puede controlar al jefe del estado, no es un parlamento plenamente democrático.

Con este trámite Juan Carlos de Borbón se aseguró su puesto de trabajo y una vez más los Borbones volvieron al Palacio. Con la abstención de los socialistas, los grupos parlamentarios que integraban la comisión constitucional aprobaron en mayo de 1978 el anteproyecto de Constitución, que establecía la Monarquía Parlamentaria como forma política de estado. Cumplido el trámite, acabó la tradición de 98 años de republicanismo del partido de Pablo Iglesias por decisión de su cúpula.

Mordazmente Pablo Castellano, crítico con la decisión, escribía que ”pasado el tiempo tuvo también su morbo ver al Sr. Rubial y al Sr. Gómez Llorente, entre otros, formando parte de la representación parlamentaria que recibió en el puerto de Cartagena el cadáver de Alfonso XIII, respetuosamente inclinados ante el féretro y en reverente y piadosa actitud durante las exequias”.

Pero no fue solo ésto. Se tenían que dar paradójicamente garantías a quienes habían de ir abriéndonos, más bien entreabriéndonos, el portillo de que se podía llegar a un pacto entre caballeros, para que el Ejército no se sintiera hostigado, la figura del dictador quedara a salvo de críticas, la familia Franco estuviera  bien considerada y lo que habían  robado fuera intocable, la señora de Meirás respetada, y ella y su hija con títulos nobiliarios, la Monarquía no puesta en cuestión y olvidada toda esa “verborrea demagógica” de la   depuración de responsabilidades y revisión de fortunas.

Había que merecer el perdón de los torturadores y verdugos, generosos y comprensivos con la tentación de revancha de las víctimas.

El rey se convirtió en «el Motor del Cambio” y nadie se puso a preguntar si ese motor funcionaba con sangre, con miedos, con prebendas, con diesel o con gasolina democrática. Afortunadamente en aquella Sodoma socialista alguien fue un hombre justo. Se trató del senador Manuel Mora, veterano aviador republicano, que votó contra la Monarquía en el acto final de aprobación de la Constitución en el Senado, porque hasta los viejos republicanos socialistas que se habían pasado tres cuartos de su vida en el exilio, hicieron el mismo harakiri que se habían hecho los procuradores franquistas en aquel pleno en el que se aprobó la ley de la Reforma Política que fue la pista de baile en la que se movió  Suárez, con el rey sacando a bailar a González y a Carrillo. Lo malo de este neo monarquismo socialista fue que hasta la noche electoral del 28 de   octubre   de 1982 en la breve alocución que pronunció Felipe González  desde el balcón del Palace, con Alfonso Guerra a su lado, y cuando a las dos y media de la madrugada ya estaba confirmada la dimensión de su apabullante victoria no se  olvidó de mencionar al rey, cosa que no hizo Suárez en su despedida.

Y a partir de ahí vino todo lo demás, hasta el detalle de no haber creado una condecoración propia de la democracia. Sigue persistiendo la prerrogativa real de seguir concediendo títulos de nobleza y de seguir manteniendo las increíbles Órdenes de Isabel La Católica, Carlos III, y Raimundo de Peñafort además del Toisón de Oro, aceptada tan gustosamente por el socialista Javier Solana. Cuando el rey concedió los últimos marquesados a Del Bosque, Villar Mir, Aurelio Menéndez y Vargas Llosa pregunté por qué lo hacía y en base a qué y la Mesa del Senado, presidida por el socialista Javier Rojo no me admitió a trámite la pregunta. ¿Monarquía Parlamentaria?. Ya, ya. Luego uno se entera que a Villar Mir le dieron el marquesado porque le construyó a Corinna en el recinto de la zarzuela un pabellón para que viviera con su hijo.

En resumen. La monarquía para que superviva tiene que ser útil y ejemplar. Evidente que hemos tenido una Casa Real transparente, útil, ejemplar, barata y arbitral. Y quien se queje, a la carbonera!!.

Cuando el PSOE dejó de ser republicano.

Jueves 6 de agosto de 2020

La oración fúnebre de Gómez Llorente.

Me sigue indignando la mentirosa respuesta de Sánchez a un periodista nada menos que en La Moncloa en relación con el paradero del rey emérito. Podía haber contestado que esa pregunta la debe responder la Casa Real, pero prefirió mentir y decir que nada sabía, para posteriormente entonar un canto monárquico desmesurado que curiosamente no ha sido valorado por el PP y los medios de la Brunete Mediática que solo quieren loas y loas a Juan Carlos, ese gran sinvergüenza consentido.

El PSOE teóricamente es un partido republicano aunque no se note en nada, pero no fue siempre así aunque hubo un momento que centró en la ponencia constitucional donde tuvo que hacer un papelón impropio de una historia con muchos muertos gritando ¡Viva la República!.

La llamada transición fue un pacto de debilidades acompañado por la trampa retórica de que había que mirar al futuro y no al pasado. Así se produjo la aprobación de una ley de amnistía en octubre 1977 que vació las cárceles pero aquello no fue más que una injusta ley de punto final que no se produjo ni en Argentina, ni en Chile, ni en Uruguay, ni después de la II Guerra Mundial con los jerarcas nazis que acabaron siendo juzgados y ahorcados en Nuremberg.

De ahí que esa especie de que la transición española de la dictadura a la democracia fue ejemplar no resiste la mínima prueba del algodón democrático. Uno   de   los   momentos   claves   de   1978   fue   meter   en   un   solo   paquete   la aprobación de la Constitución, que tenía notables avances en el reconocimiento de derechos y libertades, pero que no sometió a referéndum el sistema político del país. Había que optar o por la República, que era lo que se había conculcado tras el golpe de estado del 18 de julio de 1936, o por la monarquía legada por el dictador. Y se acordó lo segundo y se le puso al celofán un candado para no hablar de lo antidemocrático que había sido tal proceso porque en definitiva había logrado que el “atado y bien atado” del general se hiciera realidad. No se restauró la monarquía borbónica, sino que se instauró la monarquía del Movimiento en la persona del nieto del rey expulsado que era el hijo de Don Juan, tercero en la línea de sucesión. Casi nada. Ni Pinito del Oro.

A quien le tocó el feo papel de defender las esencias republicanas socialistas a sabiendas que no prosperaría fue al diputado Luís Gómez Llorente. El presidente de la Comisión Emilio Attard les pidió a los diputados que integraban la Comisión Constitucional del Congreso “la delicadeza obligada, sin merma de la libertad de discusión”. Es decir, que no armaran follón con asunto tan delicado.

Gómez Llorente, gran tribuno de la izquierda socialista fue el encargado de defender algo en lo que no creía y de lo que se arrepintió toda su vida. Sin embargo en aquel momento hubo de jugar aquel papel diciendo entre otras cosas lo siguiente:

“Ni creemos en el origen divino del Poder, ni compartimos la aceptación de carisma alguno que privilegie a este o a aquel ciudadano simplemente por razones de linaje. El principio dinástico por sí solo no hace acreedor para nosotros de poder a nadie sobre los demás ciudadanos. Menos aún podemos dar asentimiento y validez a los actos del dictador extinto que, secuestrando por la fuerza la voluntad del pueblo y suplantando ilegítimamente su soberanía, pretendieron   perpetuar   sus   decisiones   más   allá   de   su   poderío   personal despótico, frente al cual los socialistas hemos luchado constantemente.

“Entendemos que la forma republicana del Estado es más racional y acorde bajo el prisma de los principios democráticos.

“Del principio de la soberanía popular en sus más lógicas consecuencias, en su más pura aplicación, se infiere que toda magistratura deriva del mandato popular; que las magistraturas representativas sean fruto de la elección libre, expresa, y por tiempo definido y limitado.

“Las magistraturas vitalicias, y más aún las hereditarias, dificultan el fácil acomodo de las personas que ejercen cargos de esa naturaleza a la voluntad del pueblo en cada momento histórico. No se diga para contrarrestar este argumento que pueden existir mecanismos en la propia Constitución que permitan alterar esas estructuras, pues resulta obvio que tales cambios llevan consigo un nivel de conflictividad inconmensurablemente mayor que la mera elección o reelección.

“Renovar a los gobernantes, incluso aquellos que ejerzan las más altas magistraturas, es necesario, y aun a veces imprescindible, y no porque la voluntad del pueblo sea mudadiza caprichosamente, sino porque la materia objetiva cambia; o la persona misma, dejando de ser lo que era, o las circunstancias que la hicieron la más idónea en un momento dado, o simplemente ambas cosas de consuno, surgiendo otras posibilidades óptimas.

“Por otra parte, es un axioma que ningún demócrata puede negar la afirmación de que ninguna generación puede comprometer la voluntad de las generaciones sucesivas. Nosotros agregaríamos; se debe incluso facilitar la libre determinación de las generaciones venideras.

“No merece nuestra aquiescencia el posible contraargumento que nos compense afirmando la neutralidad de los magistrados vitalicios y por virtud de la herencia, al situarse más allá de las contiendas de intereses y grupos, pues todo hombre   tiene sus intereses, al menos con la institución misma que representa y encarna, y por mucho que desee identificarse con los intereses supremos de la Patria, no es sino un hombre, y su juicio es tan humano y relativo como el de los demás ciudadanos a la hora de juzgar en cada caso el interés común”.

Y terminó aceptando comulgar con aquella rueda de molino:

“Antes de concluir nos parece imprescindible recordar que los socialistas no somos republicanos sólo por razones de índole teórica. Menos aún los socialistas españoles. Pertenecemos, ciertamente, a un partido, el PSOE, que se identifica casi con la República, y no en vano, porque fue el pilar fundamental en el cambio de régimen del 14 de abril de 1931.”

“La Monarquía perdió una ocasión excepcional de europeizarse políticamente. Pocos años después, agotado en sus propios defectos y miserias, el régimen acudía sin ambages a violar la Constitución: a la dictadura.”

“Ved que en España la libertad y la democracia llegaron a tener un solo nombre: ¡República!”

“Finalmente, una afirmación que es un serio compromiso. Nosotros aceptaremos   como válido lo que resulte en este punto del Parlamento constituyente. No vamos a cuestionar el conjunto de la Constitución por esto. Acatamos democráticamente la ley de la mayoría. Si democráticamente se establece la   Monarquía, en tanto sea constitucional, nos consideraremos compatibles con ella”.

“El proceso de la reforma política hace inevitable que en su día se pronuncie el pueblo sobre el conjunto de la Constitución, y puesto que ello es previsible y racionalmente inevitable, no haremos obstrucción, sino que facilitaremos el máximo consenso a una Constitución que ha de cerrar cuanto antes este período de la transición y abrir el camino a nuevas etapas del progreso y transformaciones económicas y sociales, a las que en nada renunciamos, y para las que sólo pretendemos ser un instrumento de nuestro pueblo”.

Hasta aquí Gómez Llorente.

De esta intervención el tribuno socialista se arrepintió toda su vida.

¿Monarquía republicana o bipartidismo Borbónico?. La mentira de Sánchez

Miércoles 5 de agosto de 2020

Le escuché al presidente del Gobierno español Pedro Sánchez su rueda de prensa de la Moncloa. Si todo lo que dijo tiene la calidad de su contestación en relación a donde estaba D. Juan Carlos es que estamos ante un mentiroso compulsivo. Lo hizo muy mal. Podía haber dicho que no contestaba esa pregunta, pero replicar que no sabía nada de su paradero, era mentira. Y mentir en sede gubernamental en una democracia es muy grave. Y no se puede hacer una democracia sin demócratas.

Pero es lo que hay en relación a como se trata al ciudadano. Como a un menor de edad y además un menor sin luces para comprender una situación como la creada por un sinvergüenza como el rey emérito al que llaman ahora el MENA (Emérito no acompañado) y que deja una monarquía para irse a una República.

He conocido a muchísimos socialistas de larga trayectoria en Venezuela, en París, en San Juan de Luz y en Toulouse. Ninguno era monárquico. Todos eran militantemente republicanos. Esta condición constituía una de las enseñas socialistas mientras tildaban al pretendiente Juan Carlos de Borbón como Juan Carlos el Breve (estuvo en la jefatura del estado más que Franco) y Juan Carlos el Tonto. Pero a nadie en su sano juicio escuché la posibilidad de que se instaurase la Monarquía del Movimiento.

Por eso al principio los socialistas comenzaron a decir que eso no era monarquismo sino un “juancarlismo light”, pero con el tiempo se ha demostrado todo lo contrario. Es un monarquismo duro. Juancarlismo hubiera sido que este tránsito tras la abdicación hubiera acabado con Juan Carlos, pero no fue así. El PSOE ya hacía planes para una Monarquía con Felipe VI (Felipe V fue el rey que tanto odian los catalanes). Y las monarquías se basan en la continuidad de la especie y en que un hijo herede a su padre. Gana el espermatozoide más rápido.

Pero no siempre fue así.

Quizás Felipe González por no haber tenido una mayor relación con el exilio republicano y con el de su partido, no tenía interiorizado, como sí lo tenía su aversión al comunismo, que en 1931 a la Familia Real le habían puesto de patitas   en la calle y que Alfonso XIII no había sido precisamente un rey demócrata. Y quizás por eso y porque generacionalmente conectó con una persona “campechana” y demasiado normal como Juan Carlos, el caso es que practicó   desde el principio el accidentalismo a la hora de apostar por la Monarquía o por la República quizás pensando que era asunto menor y que si lograba convertir   al rey en un florero, le importaba poco que estuviera residiendo en La Zarzuela   y leyendo gangosamente discursos que nunca redactaría. Un rey león, pero no por su fiereza, sino por leer lo que le ponían delante. Lo malo es que, si no se le cambia el agua al florero, el agua se pudre, que es lo que ha ocurrido.

De todas maneras, González es el gran responsable de la vida regalada y sin control que ha llevado el rey: cacerías, amantes, negocios, imposibilidad de control democrático, dudosas compañías, desapariciones sin dar cuenta, yates, motos, coches, y un cerco informativo de tal eficacia que durante años y años y

gracias a estos muros, la institución más valorada en las encuestas ha sido la figura del Rey. Pero en cuanto se ha entreabierto la ventana y se ha colado una brizna de aire informativo, la aceptación ha bajado a la mitad y hoy es el día en el que, con el latrocinio de su yerno, su cacería en Botswana, Corinna y su huida, así como su abotargamiento, la Corona era ya más pasto de los programas de humor que de un tratamiento informativo serio. Y el gran responsable de todo esto no fue Suárez, a quien el rey despidió porque Suárez ejerció como presidente y se le enfrentó, ni Calvo Sotelo que tenía pavor al entorno del monarca, sino a un Felipe González dicharachero, contador de chistes verdes, fumador de puros, admirador del mal llamado sexo débil y que además le   permitió hacer absolutamente todo.

En 1975, como en el caso del referéndum de la OTAN, dijo lo siguiente: “En principio, soy republicano y en todo caso debería ser el pueblo el que decidiese”. De todas formas, ante el hecho consumado, creo que el primer acto político como rey debería ser la apertura de un proceso constituyente, con las libertades políticas y sindicales, así como la puesta en libertad de los presos de una manera inmediata”.

Y como ya se había producido en 1976 el pacto con Suárez en el que González admitía a la Monarquía del Movimiento, en la primera campaña electoral había que tener mucho cuidado con que los viejos y jóvenes socialistas no enarbolasen la bandera Republicana. Sin embargo y a pesar de esto se produjeron varios chispazos sobre este asunto.

Concurrió a un mitin en la plaza de toros de la capital. Le precedió Julio Feo, a la sazón responsable de campaña, en lo referente a la imagen central, para dar el visto bueno a todo. Quedó espantado al ver decorada la andanada del coso con una inmensa bandera republicana que tapaba por completo la mitad de su galería, y para mayor escarnio acompañada de un inmenso escudo tradicional del PSOE, con el yunque y el libro, que también servía de telón de fondo.

Requirió de inmediato al responsable, Federico Suárez, para que se cambiara el decorado, y el joven militante le invitó a que, si eso quería, fuera él quien retirara ambas enseñas, advirtiéndole que, como se atreviera a hacerlo, del primer   mamporro (la definición del golpe con el que se amenazaba fue evidentemente menos relamida) acabaría en el ruedo. Felipe González aceptó dar el mitin en   la forma ornamentada, pero su equipo de resonancia y seguimiento se cuidó muy mucho de que no se publicara una sola foto de tan comprometedor acto.

En este sentido fue muy importante el Congreso celebrado en el Hotel Meliá de Madrid de aquel PSOE que invitando a prestigiosas figuras internacionales quería con aquel acto indicar que el socialismo era el de Felipe González y no el de otros grupos. Y en dicho Congreso, con presencia de Willy Brandt, Olof Palme, Carlos Altamirano etc., se produjo otra de las escenas en las que González tuvo que tragar saliva, porque durante aquel congreso no todo fueron alegrías para él.

Para empezar, el día de la inauguración apareció en el pasillo central un joven alto, fuerte y guapo agitando solemnemente una bandera republicana de tamaño   descomunal. La fotografía -muy hermosa, por cierto- apareció en periódicos y revistas, y también en la televisión, pero aquel paseíllo republicano ante lo más granado del socialismo internacional y los cerrados aplausos que recibieron el abanderado y la bandera tricolor no le debieron de hacer mucha gracia a Felipe González, quien, a aquellas alturas, ya sabía el final de la película: una   democracia coronada. Aunque, para decirlo todo, el PSOE mantendría sus históricas posiciones republicanas incluso en la ponencia y en la comisión constitucional, aunque lo hiciera solo retóricamente. Mañana hablaremos de eso. Hoy solo quería comentar la mentira de Sánchez que enlaza con la postura desde 1976 de Felipe González.