El último cuadro del Lehendakari Agirre

Miércoles 22 de abril de 2020

En setiembre de 2016 recibí un correo del vasco venezolano Jon Irazabal Zabala. Su ama era Bedite Zabala Otaola, prima carnal de la esposa de José Antonio Aguirre, la tía Mari, hija de D. Constantino Zabala que acababa de fallecer.

Zabala Arrigorriaga, hermano de su aitite D. Martin Zabala Arrigorriaga, entre los dos formaron la Naviera Amaya, que como se  sabe se utilizó al final de la guerra para ayudar al ejercito vasco, armando algunos buques mercantes.

El hermano de su madre D. Juan Martin Zabala Otaola (nombre de Gudari: TXILI), tuvo un papel muy importante en la dirección política de la guerra y termino en el penal de Santoña como muchos otros gudaris.

El otro hermano de su madre el sacerdote D. Silverio Zabala Otaola, fue el capellán de la colectividad vasca  y quien  vivió en Venezuela, como  ellos  y con su empuje personal puso  en marcha  la Cooperativa Los Castores así como varias entidades de tipo social.

El ama de Jon Irazabal  y su familia tuvieron que refugiarse en Saint Jean Pied du Port después de la guerra ayudados por León de Inchauspe (Banca Inchauspe), ya que ayudó a financiar la Naviera Amaya, después de que su tío Constantino se independizara de la Naviera Sota.

Visto estos antecedentes vamos al padre de Jon, autor del cuadro de Aguirre.

Su aita Peli Irazabal Aranzamendi (falleció en 1974) y su ama tuvo que irse luego a Mérida (Venezuela) donde realizó su vida profesional como médico, trasladándose luego a la Plaza Candelaria de Caracas y creando la Clínica Nuestra Señora de Begoña .

Peli era hijo del famoso médico de Galdakao Estanislao Irazabal que tiene una calle en la localidad a su nombre por su trabajo como médico en la Unión De Explosivos Rio Tinto de Galdakao (Zuazo ).

Los  cinco hermanos nacieron en Venezuela.

También sus aitas llevaron los restos del abuelo de Simón Bolívar, enterrado en Ziortza-Bolibar (Bizkaia) a Caracas y fueron recibidos por el Presidente.

Su ama murió con 92 años, amiga de Xabier Arzalluz y de Iñaki Zabala (fallecido).

Con toda esta información tan rica y tan típica de una familia jelkide exiliada en Venezuela  me decía que su aita además de medico era un pintor muy bueno y pintó un retrato a José Antonio Aguirre cuando  el Lehendakari realizó su último viaje a Caracas en el año 1959. Fue el último retrato que le hicieron ya que falleció en marzo del año siguiente, el 22 de marzo de 1960 en Paris.

El ama de Jon, antes de morir, le dijo que le gustaría que ese retrato estupendo de nuestro primer Lehendakari, estuviera  en una alguna oficina del EBB o en otro lugar público que se dispusiera, en Sabin Etxea o en la Fundación Sabino Arana..

Jon quería cumplir la voluntad de sus aitas y me mandó un correo con una fotografía del cuadro que efectivamente está muy bien pintado y capta en su rostro esa imagen de un Lehendakari preocupado por el futuro de su pueblo cuando todas las puertas se le cerraban.

No es muy habitual recibir letras de esta calidad y se lo hice saber al presidente del EBB, Andoni Ortuzar entonces en plena campaña electoral, quedando en recibirle después de las elecciones y esa reunión y entrega se produjo posteriormente en su despacho de Sabin Etxea.

Jon fue acompañado de su esposa y tras la entrega estuvimos departiendo  una hora con el presidente del EBB en su despacho y recordando sus viajes a Venezuela, las películas que se deberían hacer sobre Aguirre, lo hermoso de aquel Centro Vasco de Caracas y la situación que vive Venezuela.

Ortuzar agradeció con calor  el cuadro, y allí mismo descolgó uno que estaba en la pared y colgó  el del Lehendakari que ya forma parte de una Sabin Etxea a la que le faltaba la presencia de Aguirre en retrato. Ahora ya está en la pared del despacho del presidente del EBB.

Una muy buena acción de Jon Irazabal. Eskerrik asko.

Como vio Leizaola a su antecesor, Agirre

Martes 21 de abril de 2020

En la fotografía podemos ver al alcalde de Bilbao recibir a pie  la  escalera del ayuntamiento de Bilbao  al Lehendakari Leizaola que acababa de llegar de un exilio de  42 años en diciembre de 1979. El alcalde y toda la corporación, no solo querían honrar a un Lehendakari, diputado, fundador de la Universidad Vasca, la persona que hizo posible que Bilbao no fuera destruido en 1937 sino al alto funcionario del ayuntamiento que Leizaola había sido. Jefe de Hacienda  desde 1919 a 1925. Recuerdo como nos contaba lo que había supuesto para Bilbao el crack de la Unión Minera.

Jon Castañares, que había sido uno de los niños de la guerra en Inglaterra  estuvo muy cariñoso con Leizaola y quiso darle significado a la figura  Lehendakari entregándole en las escalinatas el bastón de mando del ayuntamiento, estando la guardia de gala, con maceros, así como la banda de txistularis que al llegar le entonaron el Agur Jaunak y al salir el Himno Nacional Vasco. En el despacho del alcalde firmó Leizaola en el libro de honor del ayuntamiento y Castañares le obsequió con unos gemelos y un alfiler de corbata en nombre de la Corporación. Estos obsequios llevaban estampado en oro el escudo de la capital bizkaina. Ante todo eso Leizaola pronunció unas emocionadas palabras de agradecimiento e hizo mucho hincapié lo que había significado Bilbao en su vida.

Bueno, pues nos toca traer a este homenaje al Lehendakari Agirre en el sesenta aniversario de su fallecimiento, el recuerdo que Leizaola hizo de su antecesor, ya que fue su jefe y su amigo, su compañero de fatigas y su guía. El juramento de Leizaola ante el féretro de José Antonio en el cementerio de Donibane bajo un paraguas resumía bien lo que estaba viviendo en aquel momento.

Leizaola, habló  y escribió mucho de Agirre. He aquí uno de sus testimonios. Un magnífico testimonio que describe en tres trazos, treinta años de lucha política con total entrega:

“Los treinta años de vida política de José Antonio de Agirre —1930 a 1960— se me presentan ahora, cuando aca­ba de morir tan inesperadamente y hallándose en plena acti­vidad, como formando la más armoniosa unidad que pueda ser imaginada.

Le veo de 1930 a 1931 en la Comisión política que al frente de la editorial de prensa «Euzko-Pizkundia» solicitó la voz de los nacionalistas vascos para que se decidiera sobre los rumbos que debían ser adoptados al salir de la dictadura de Primo de Rivera. Tenía entonces nuestro Lehendakari 26 años, y las actividades en que se había distinguido (los estu­dios, el deporte, las organizaciones juveniles católicas), así como su tradición familiar, le llamaban a puestos de con­fianza y dirección en los que no cesaría ya hasta su muerte. Fue aquella la primera consulta popular a la que está asociado su nombre. Con ella se fue a la instauración de las corrientes definitivas del nacionalismo vasco, tal como las vemos aún hoy, treinta años después.

El 12 de Abril de 1931 era elegido Concejal por el Muni­cipio de Getxo, y dos días más tarde Alcalde de ese complejo Ayuntamiento integrado por los diversos núcleos que se llaman Las Arenas, Neguri, Algorta y Getxo, éste último el más antiguo y más lejano de Bilbao. Un vecindario cuyos nombres de familia suenan en todo el mundo, por compren­der a hombres de negocios y a hombres de mar para quienes no había lugar de la tierra que dejara de ser interesante.

Ese día comenzaba su vida la II República Española, sa­liendo al exilio el Monarca que reinó en España desde el día mismo de su nacimiento en 1886, Alfonso XIII.

José Antonio de Agirre tomó entonces sobre sí una tarea gigantesca, la de lograr que Euzkadi, el País Vasco, viese re­conocida una autonomía política que había perdido en 1839 y de la que, sin embargo, quedaban aún restos visibles y no simples recuerdos.

La tarea que llevó adelante no fue la de redactar un texto de Estatuto, tarea que él, Alcalde —es decir Autoridad— dejó para grupos de personalidades de probada competencia y que funcionaron bajo la égida de la Sociedad de Estudios Vacos o de las Comisiones Gestoras de las Diputaciones Vascas, sino la de mover al pueblo para que tomase en sus manos los destinos del País, por el camino de ese Estatuto de Autonomía.

También en esto sería la clave un referéndum, como lo había sido en el otro plano. Pero aquí no se trataba de mo­ver a hombres convencidos que pedían orientación, sino a los no conformistas, a los escépticos y a los interesados en que nada se hiciera. Y éstos —sobre todo el segundo grupo— han sido siempre legión.

La obra de Agirre cerca de las Municipalidades, que su­man más de 500 en el País Vasco, cerca igualmente de las cuatro Comisiones Gestoras, de los diputados a Cortes del País no nacionalistas vascos, y finalmente del electorado mismo, hombres y mujeres, fue tal que no encuentro pa­labras para colocarla en el elevado lugar que merece.

Diputado en las Cortes de la II República Española du­rante toda la vida de ella, intervino en muchos debates parlamentarios, dando siempre verdadero ejemplo por la al­tura en la que se producía, por la tolerancia y el gran valor humano que demostraba, por lo medido y justo de la expre­sión y por el calor y la brillantez de sus discursos. Con todo, esta intervención parlamentaria (y aunque es seguro que, queriéndolo él, le hubiera llevado a grandes éxitos políticos de orden personal) la concibió siempre como enderezada a lograr el objetivo esencial de la autonomía política de los vascos obtenida mediante acuerdo de las demandas de éstos con las decisiones que el Parlamento español adoptara en su día.

¡Qué grandioso objetivo el de sus afanes! ¡Y qué esfuer­zo el realizado por él al servicio de tal causa!

Tarea cívica por esencia era la de lograr los votos de los Ayuntamientos y de las Gestoras vascas, los del electorado vasco en proporciones de quórum completamente excep­cionales. Y luego la de llegar a que el Parlamento español aceptase lo que le era demandado por los vascos.

Y él —no diré que sólo, pues otros hombres serán tam­bién recordados por nuestros compatriotas, pero sí que su acción fue la permanente y la decisiva hasta absorberle todo entero, haciéndole merecer que por ello se le llame Padre del Estatuto— no cejó hasta que lo sancionado primero por los electores de Alaba, Gipuzkoa y Bizkaia el 5 de noviembre de 1933 en el plebiscito previsto por la Constitución de la Re­pública Española de 8 de diciembre de 1931, y luego adopta­do como ley del Io de octubre de 1936 por el Parlamento es­pañol.

Fue la obra de un político de clase excepcional, y los hechos demuestran que por tales métodos deseaba él seguir adelante: la consulta popular, las elecciones, los debates en las Corporaciones, los acuerdos de Asambleas y Parlamen­tos.

Pero en Julio de 1936 la pura acción cívica se hizo impo­sible por la sublevación militar y la guerra civil española. Jo­sé Antonio de Agirre, sin embargo, no varió en su línea.

Antes de transcurridos tres meses, en virtud de aquel Estatuto por el que tanto había trabajado y que era, al fin, ley de Estado incorporada a su sistema constitucional, la con­fianza de los electores vascos, los concejales elegidos en 1931 por el sufragio popular, le elevaba a la condición de Presi­dente del Gobierno del País Vasco (Euzkadi) cargo que ha venido ejerciendo hasta su muerte.

Una segunda etapa de su vida, se desarrolló, pues, du­rante la guerra al asumir con la Presidencia las funciones del Departamento de Defensa en toda plenitud.

Viósele en ellas fiel a sí mismo, a su sentido de organiza­ción, a su inmensa capacidad de trabajo, realizando dos ob­jetivos verdaderamente arduos en aquellas circunstancias: el de hacer con las Milicias tan divergentes, un Ejército; el de hacerlas encuadrar y responder a un Estado Mayor de mili­tares de carrera y lograr que éste llevara un control verdade­ro de las tropas combatientes. Viósele también ajeno a toda veleidad de invadir el terreno de los otros Poderes, dejando que éstos llevaran los asuntos de su competencia (por ejemplo, los asuntos internacionales o los legislativos) según la entendieran y creyeran acertado, puesto que ellos eran los responsables.

José Antonio de Agirre no salió de territorio vasco mientras hubo guerra en Euzkadi: José Antonio de Agirre no salió prácticamente de su despacho sino para ir a los fren­tes. Gracias a eso pudo controlar la guerra en territorio vas­co como la controló. Porque comenzó por hacerse él mismo esclavo de la propia tarea.

Es obligado decir que durante el mes de Mayo de 1937, tras la destrucción de Gernika por la aviación al servicio de Franco en la tarde del 26 de Abril, ejerció también el mando militar en el cual cesó el 29 de Mayo. Y que ese período de operaciones registró una resistencia de las tropas vascas a la ofensiva enemiga (llevada bajo planes alemanes y con la par­ticipación en la ofensiva de tropas hitlerianas e italianas) que acepta la comparación con las más brillantes campañas de la misma clase.

Al término de la guerra, en Febrero de 1939, hizo frente, con el Gobierno, a las necesidades de los exiliados (campos de concentración, refugios, colonias) en países extranjeros y se vio ante el nuevo panorama de la guerra mundial en Sep­tiembre. Y en Mayo de 1940, con la invasión hitleriana de los países del Oeste de Europa, a través de Holanda y Bélgi­ca, se halló cortado de su pueblo y obligado a una clandesti­nidad dramática que terminó en la América del Sur en el ve­rano de 1941.

Reapareció, entonces, el hombre civil que era, al lado de los líderes de la democracia, dando forma a su pensamiento que no podía ser otro que el después extendido en el mundo bajo el nombre de democracia-cristiana, pues éste era el que auténticamente correspondía a las doctrinas del partido na­cionalista vasco del que Agirre procedía. Para la América de habla española, fue él desde 1942, el más autorizado porta­voz de esa ideología que tanto había de desarrollarse.

Después, acabada la guerra mundial, establecido en Europa, fue también uno de los más autorizados entre los sembradores y constructores de la idea europea democráti­ca. El y su pequeño equipo asistieron a los comienzos de la vida política de hombres de tanta historia posterior como De Gasperi y Adenauer y se contarán entre los que han prestado asistencia y calor con más asiduidad a los Congresos, Asambleas y Comisiones de los movimientos de opinión (demócratas-cristianos y federalistas, sobre todo) que en avanzada han ido señalando caminos para una auténtica construcción europea democrática.

Labor esta de los últimos quince años de la vida de José Antonio de Agirre que desembocaba en términos de la más perfecta unidad con la de sus comienzos en 1930.

Ahora, en 1960, seguía diciendo él que sólo de la volun­tad del pueblo, expresada por medio del sufragio libre, podían surgir los poderes públicos para los vascos y para los españoles —como para las distintas nacionalidades peninsulares— al sur del Pirineo, como también en Europa para las instituciones políticas que van siendo creadas.

Esto mismo seguía diciendo para el continente america­no y para el mundo entero. Su combate ideológico y político reclamaba la libertad auténtica para todos los hombres y to­dos los grupos o comunidades humanas, y dentro de ella nos asignaba a todos la misión de crear la sociedad que pueda «garantizar el trabajo al hombre honesto que quiere cubrir sus necesidades con su cooperación y el esfuerzo personal» y nos advertía «que no tendrá eficacia el esfuerzo social si éste no alcanza proporciones universales».

Este cometido social venía en él también de sus primeros días de vida pública e impregnaba el Estatuto Vasco por el que luchó desde la juventud. Así, el Mensaje de la vida pública del Primer Presidente de Euzkadi, el de José Anto­nio de Agirre y Lekube ha brillado, a lo largo de 30 años en la más armoniosa unidad concebible.

Así le vio de cerca Xabier Epalza a Agirre

Lunes 20 de abril de 2020

Coincidiendo con el veinticinco aniversario del fallecimiento de José Antonio Aguirre y Lekube, le pidió el Napar Buru Batzar a Xabier Epalza Aranzadi, que diera una pequeña charla sobre el primer Lehendakari ya que le había conocido y tratado. Epalza lo hizo y la tituló “El Lehendakari Agirre visto de cerca”.

Xabier Epalza, miembro de una acreditada familia nacionalista, tenía otros dos hermanos muy activos en el PNV y en el exilio, Txomin y Juan Manuel Padre  del escritor Aingeru Epalza, entre otros hijos, en su charla describe episodios en los que coincidió y hace un análisis preciso de su personalidad..

Su conferencia se publicó en 1984 en la revista Amaiur y dice así:

“Aquí y ahora, voy a procurar de alguna manera extractar o resu­mir lo que en la conferencia dije, de forma que el lector se forme una idea de la personalidad de Aguirre.

Le conocí a mis 11 años, el 12 de julio de 1.931. Aquel día fue en verdad glorioso para el por lo que luego diré y también, en cierto sen­tido, lo fue para mí, porque uno de mis entusiasmos de crío era precisa­mente la personalidad intrépida y activa del jovencísimo alcalde de Guecho y fue enorme mi satisfacción cuando mi madre me presentó a él inmediata­mente después de uno de los actos más emotivos de aquella jornada, que consistió en la entrega solemne de un bastón de honor de alcalde, en nombre de casi el ochenta por ciento de los alcaldes de toda Euskalherria, en el salón de sesiones del Ayuntamiento.

Se lo entregaban para premiarle de alguna forma su gestión al frente del movimiento de alcaldes que llevaba adelante el proyecto de es­tatuto vasco conjunto para todo el país. Ese día se despedían en Gernika los componentes de aquella minoría de diputados que habían salido elegi­dos veinte días antes en una conjunción de fuerzas de la derecha. Enton­ces pretendían ser tremendamente estatutistas y que luego se vio que en su gran mayoría, eran simplemente oportunistas.

En la tarde de ese día en la plaza de Gernika, se reunieron más de 15 mil personas, cifra que para entonces era importantísima. Hablaron a la multitud un conglomerado de personas totalmente distintas, en un ini­maginable mitin en que todos coincidieron en los mayores elogios a lo vas­co, a Euzkadi, al estatuto común para Álava, Vizcaya, Guipúzcoa y Navarra y a la figura de Aguirre. Tanto es así, que José Luis Oriol y Uriguen ( ¡quién lo diría! ), después de repetir dos o tres veces la palabra «Euzkadi» , dijo: «el hombre es Aguirre…, su nombre quedará señalado con letras de oro sobre el roble de Gernika», lo que aunque dicho por un hombre que a los pocos meses se volvería contra todo aquello de la forma más escandalosa, no deja de ser una profecía respecto a Aguirre.

Como ya es historia, hay que señalar que muchos navarros na­cionalistas quedaron francamente disgustados porque en aquellas elecciones de 28 de junio de 1.931, se presentara como representante del PNV en Na­varra el propio Jose Antonio Aguirre, que ya salía por Vizcaya, y no Manuel Aranzadi Irujo, que ya había sido diputado a cortes con anteriori­dad a la dictadura de Primo de Rivera, y que era persona de una gran clarividencia y conocedor del terreno que pisaba y del pelaje de aquella derecha ( acaso con la excepción de Gortari y alguno más). Ese disgusto quedó claramente reflejado por Arturo Campion que al finalizar un home­naje que los vascos de Argentina le tributaron meses más tarde en el Centro Vasco de Pamplona (calle Zapatería, 50) y luego de agradecer el homenaje,  insospechadamente termino así: «… el dolor que me produjo ver que en las últimas elecciones a Cortes si bien estaba acertada y cumplidamente representado el Partido Nacionalista de Navarra, no se había incluido el nombre de algunos nacionalistas navarros que tantos sacrificios se han impuesto por la noble causa y que todos tienen el deber de enaltecer. No quiero con esto dirigir una censura a la junta del Napar Buru Batzar, pues no ignoro que ello se debió a la insidia de los enemigos políticos» …        clarísimo.

De esa época me gustaría evocar en esta semblanza, aquellos mítines cada vez más multitudinarios del partido, en los que, normalmen­te, el ultimo en hablar era Aguirre, tanto cuando empezaba en castella­no: «compatriotas», como en euskera la palabra » abertzale «, al di­rigirse a sus correligionarios. Las decía de una forma muy especial, so­nora, que llegaba y que tenía lo que se llama «garra», y todos esos mítines y concentraciones a los que yo asistía, los cuatro primeros aberri-egunas, varias veces en el frontón euskalduna de Bilbao, en Elizondo, en Durango, en Fuenterrabia, y a otros a los que lógicamente no llegaba, los iba plasmando en un cuaderno de tapas duras, que compré para ello, pegan­do los recortes de los periódicos y las fotografías. Empezado el infantil «trabajo» periodístico con un mitin en Tafalla del año 31, termina, glo­riosamente. (Diecinueve páginas del cuaderno) en agosto con aquel ine­narrable primer aberri eguna, el del 27 y 28 de marzo de 1.932 en Bil­bao, (unas ochenta mil personas). Fue el único que yo recuerde, en el que Jose Antonio no dirigió la palabra (el domingo, pero sí el lunes en un acto con banquete en Archanda), lo hizo, por Navarra al menos, don José Azkarate, el gran patriota de Aniz.

Y llegó la guerra civil. A nadie le pudo extrañar que fuese elegido como «lehendakari», por unanimidad de los alcaldes presentes en Gernika aquel 7 de octubre de 1.936, en el que bajo el árbol de Gernika, juró cumplir fielmente su mandato. «Ante Dios humillado, en pie sobre la tierra vasca». Es conocida la trayectoria de aquella guerra que se nos impuso. Los trabajos de aquel Gobierno Vasco que se mantuvo hasta el verano de 1.937 y el definitivo exilio de Aguirre el 4 de febrero de 1.939, cuando en una mañana nevada y por el monte, pasó la frontera de Cataluña con Francia acompañado de Companys, Tarradellas, Manuel de Irujo, Julio Jauregui y Miguel Jose Garmendia.

Finalizada la guerra civil, el 1 de abril de 1.939. se inició cinco meses más tarde la guerra mundial 1.939-45 , que comenzó, en Euro­pa occidental, con lo que se llamó la «drôle de guerre” (la extraña guerra), caracterizada por una absoluta paralización de acciones bélicas, situación que terminó brutalmente con la batalla «relámpago» -(«blitz» )- desencadenada por el ejército alemán el 10 de mayo de 1.940, que violando la neutralidad de  Luxemburgo, Holanda y Bélgica, hizo inútil la línea maginot. Derrotó a los ejércitos francés, holandés y bel­ga, así como al cuerpo expedicionario inglés llegado en socorro de aque­llos y que a los pocos días de llegar se veía obligado a reembarcar en Dunkerke.

Aquí fue donde volví a encontrarme con el lehendakari Aguirre – que había ido de París a Bélgica, el ocho de mayo, a visitar a su ma­dre y hermanos que allí vivían, con una convivencia y trato permanen­tes que duró siete meses tensos, trágicos y para mí inolvidables. Lo que nos sucedió en Dunkerke durante la batalla de Flandes, la muerte de dos de nuestros compañeros (una de ellas, Encarnita, hermana de José Antonio), los lugares donde Aguirre estuvo escondido en Bruselas y en Amberes (yo cursaba estudios universitarios en esta gran ciudad cercana a la frontera holandesa), las detenciones habidas, el cerco que se es­trechaba en torno a Aguirre, dirigido por una sección de la Gestapo –con acompañamiento de la policía de Franco (el mismo grupo que consiguió la detención y posterior fusilamiento de Companys, cerca de la frontera con Bélgica en donde había estado visitando a su hijo enfermo), etc, etc, todo ello está descrito con la discreción en cuanto a nombres pro­pios y camuflamiento de lugares que se  imponía, en el libro de Aguirre “De Gernika a Nueva York pasando por Berlín»,  publicado antes de acabarse la ocupación alemana. En enero de 1.941, Aguirre, que desde hacía varios meses poseía una completísima documentación a nombre de un supuesto ciudadano panameño, gracias a la maravillosa y generosísima ayuda prestada por el cónsul de aquel país, Guardia Jaén, decidió tras­ladarse a Berlín, el siete de enero de 1.941 y allí y en Hamburgo, tras importantes y peligrosas peripecias, consiguió trasladarse a Suecia el 14 de mayo con su esposa y sus dos hijos de muy corta edad, los tres con documentación venezolana concedida por el cónsul Sr. Araujo, y de allí, gracias a la ayuda de los vascos de América y en especial la de D. Manuel Intxausti, pasar a Brasil el 31 de agosto, y tras ser reci­bido en diferentes parlamentos, entre ellos el de Uruguay, como huésped de honor, trasladó su residencia a Nueva York, siendo nombrado profesor de la universidad de Columbia.

Unas breves pinceladas para tratar de describir algunas facetas de la personalidad del hombre Aguirre.

Una importante característica suya: el valor, tanto en su fa­ceta de valor físico, como la de valor cívico, que no siempre suelen ir juntas, pero en él lo estaban. Tenía en todo momento un enorme sentido de su responsabilidad hacia su pueblo, hacia su familia, por ejemplo, hacia sus 47 compañeros, hombres, mujeres, niños, sacerdotes, estudian­tes, que le acompañaban en aquellas trágicas andanzas por Flandes, en­tre muertos, incendios, desolación y hasta hambre. No tenía miedo al peligro aunque era prudente si se trataba de los demás y, acaso, un poco aventurado cuando el riesgo era propio.

Carácter recio. Seguridad en su propio criterio, desde luego, pero sabía escuchar y le gustaba hacerlo, y recababa la opinión de los demás aunque supiera o creyera saber que sabían menos o estaban menos informados que él.

Era, eso sí, tremendamente optimista, acaso en exceso. Pero creo que todo le hizo falta.

Era hombre de una gran fe religiosa, un cristianismo practicante que conjuntaba con el amor a su pueblo. Por otra parte, muy am­plio, muy tolerante. Contestando a la afirmación que alguien le hizo (con aportación de una cita de Georges Bernanos, creo que de su obra — «los cementerios bajo la luna»)- de que Franco pudría todo lo que toca­ba y que al escudarse por puro oportunismo tras los más elevados princi­pios cristianos, religiosos, morales y éticos, en muchos de los cuales no creía, produciría por pura reacción simplista en muchos vascos una descristianización del país. Contestaba que aparte de que siempre había habido en nuestra tierra un determinado tipo de volteriano intelec­tual pero que «por mucho que se empeñen los de Franco, no conseguirán arrancar a los vascos 1.300 años largos de tradición y de vivencias cristianas y vascas, en simbiosis, que están incrustadas hasta en la to­ponimia y en los apellidos».

Como característica muy marcada, hay que señalar que Aguirre se sentía lehendakari de todos los vascos, incluso de los que no esta­ban con él. Constituyó su gobierno procurando que en él estuvieran repre­sentados todos los grupos que defendían el estatuto y el esfuerzo bélico de la contienda, incluyendo incluso al partido comunista, lo que cons­tituyo  una novedad en la Europa occidental y consiguió algo más extra­ño, todas las decisiones que se tomaron en ese gobierno durante los 9 meses de su poder efectivo (en el destierro duro muchos años), lo fue­ron por unanimidad y muchas fueron gravísimas,

Hay que resaltar el afecto y respeto que sintieron por él la mayoría, sino todos, los miembros de su gobierno no abertzales: Toyos, Gracia, Aznar, Iglesias, Aldasoro, Espinosa (cuya carta de despedida al lehendakari antes de ser fusilado por los franquistas es una verdadera joya) y Astigarrabia, que fue expulsado del partido comunista por «aguirrista».

Ninguno de ellos era del PNV, ni mucho más allá, pero todos sabían que valorando como valoraba Aguirre su fidelidad al partido y acaso por ello mismo, pues así lo potenciaba, tenía que sentirse presi­dente de todos, pues de todos era el país.

El espíritu de «lo social», lo tenía clavado. Como él decía y lo subrayaba:  “el sentido histórico de la dignidad humana y de la libertad» , «el sentido democrático, el sentido social y el de la libertad de los pueblos» , son títulos de conferencias por América del Sur en especial y que como dice   Solagaistua, que no es del partido, en un muy interesante artículo hace poco tiempo, que «en los años 40, en la América latina, totalmente manejada por el caciquismo y el caudillismo más brutal, atreverse… a alzar su voz para gritar dignidad humana, libertad del individuo y de los pueblos y solidaridad humana …. nos dan, no solo la valentía y honradez moral e intelectual de José Antonio Aguirre, sino su gran talla de líder político a nivel internacional y su gran visión de futuro».

Y como una cosa es predicar y otra es dar trigo, Aguirre predicó con el ejemplo. Hoy esto podrá estar desfasado para unos y ser ta­chado de «paternalismo» por otros, en su empresa, la que en parte era de su familia y que el dirigía. «Chocolates Bilbaínos», instauró, creo que por primera vez en este país y en casi todo el mundo – en 1.930-.

El reparto de beneficios entre los asalariados, allí en Bilbao, en la calle del Tívoli. Esto a la derecha … le ponía a mal traer … y creo que a la izquierda también.

En resumen,  su vida,  sus ideales, que hoy no he podido más que reducirlos a trozos de anecdotario, pueden sintetizarse en el slogan que él mismo confeccionó creo que para las últimas elecciones generales de 1.936,  «Por la libertad vasca, por la civilización cristiana, por la justicia social «.

Xabier Epalza Aranzadi