La Primavera Roja. Cuanto peor, mejor

Domingo 19 de abril de 2020

Recuerdo el día, la hora y el lugar. Fue en La Casilla en el mitin de cierre de la campaña en favor del Estatuto de Gernika en octubre de 1979. Pedíamos el SI y en la tribuna estaban veteranos de la República como La Pasionaria, y del PNV como Manuel de Irujo, Dña. Concha Azaola, Manu Robles Arangiz y varios más. Robles Arangiz era el presidente de ELA-STV. Toda una vida dedicada al sindicato sufriendo persecución por ello. Me dio la mano, que tenía la fuerza de una tenaza, y me dijo. ”tu aita y la gente de Juventud Vasca trabajó muy bien en Soli. Eran personas de principios”. Aquello se me quedó grabado. Hoy seguramente ni Robles Arangiz ni mi aita se verían reconocidos en esta ELA que aprovecha una tragedia como la que vivimos para  traspasar todas las líneas rojas. La última ocurrencia, confío sea de muy corta vida por su desmesura, es interponer, por parte de ELA y LAB sendas demandas ante el Tribunal de Justicia del País Vasco y el juzgado de los Social de Navarra  contra el Gobierno Vasco y el Ejecutivo navarro por considerar que han puesto en peligro  la vida y la salud de miles de trabajadores en la actual situación de crisis sanitaria. Es la anunciada primavera roja, con tácticas, discursos, y demasías increíbles como esta que demuestran que no son sindicatos al servicio de los trabajadores vascos sino de su odio ideológico  mientras buscan  la ruptura de una continuidad sindical sensata  y centrada en las reivindicaciones obreras, cayendo en el discurso político más absurdo, radical, envenado que pueda darse como si esas premisas  pudieran tener un recorrido. En tiempos de crisis los inteligentes buscan soluciones y los inútiles, culpables.

El mismo día en el que LAB presentaba esta agresión al entendimiento, enviaba un telegrama a Maduro solidarizándose con su revolución ante los ”ataques del presidente Trump”, el mismo al que Bildu felicitó por su victoria electoral. Anteriormente Mikel Noval se paseó por Bilbao en una manifestación haciendo lo mismo. ¿Es este el modelo de sociedad que propugnan para Euzkadi?. Deberían decirlo pues en este nuevo telegrama de adhesión a la dictadura chavista  se olvidaban totalmente de las víctimas de la satrapía venezolana en un país sin asistencia sanitaria, con agua una hora al día, sin suministros alimenticios, con una inseguridad e inflación galopante, sin gasolina en un país petrolero y todo al parecer por culpa de Trump cuando hay 22.000 soldados y funcionarios cubanos, que chupan diariamente de la menguante vaca petrolera y todo eso en una Venezuela  arruinada, con cinco millones de emigrantes  y  con Maduro acusado de narcotráfico y de vender su riqueza nacional. Pues bien, eso es hoy  la cúpula  de ELA y LAB, aplaudidores de una dictadura sin alma y acusando ante el juzgado a Urkullu y Chivite. ¿Se puede actuar de forma más cainita  en  la actual  coyuntura  y  hacerlo con semejante  deriva  inmoral y antidemocrática?. Pues parece que si. Conclusión: Esto no es sindicalismo sino una organización política antisistema. Lo reconocen ellos mismos cuando su propuesta es  solo la huelga por la huelga.

En este clima ha  sido noticia el comentario del gobierno Sánchez de propiciar una especie de Pactos de la Moncloa para abordar, como en octubre de 1977, la situación límite que nos va a ocasionar la pandemia. Ante el comentario y, como  una bala, Otegi ha dicho enfático que si le llaman no irá. Es la misma postura que tenía  HB en 1977, solo que haciéndolo 43 años después demostrándonos que no han aprendido nada, que no han olvidado nada. Se olvidan que hay un consejo que dice que el que  tiene rabo de paja que no se acerque a la candela, a la lumbre. Pues Otegi con semejante rabo de paja no aprende y sigue mostrándose como aquella fuerza antidemocrática que consideraba que ir a Madrid era una traición para la ideología totalitaria que esgrimían aquellos años.

Recuerdo perfectamente aquellos pactos. Le acompañé a Juan de Ajuriaguerra a la estación de Abando. Elegido diputado, Suárez le había llamado para hablar de un país en bancarrota, de cómo desatascar una economía empobrecida, un paro creciente, unos hidrocarburos de precio imposible y una litigiosidad política que daba todo menos confianza. Y allí estuvieron Ajuriaguerra, Kepa Sodupe e Iñigo Aguirre. La diferencia con hoy es que otro era el contexto ya  que ETA existía y mató a un policía en plena celebración de la reunión. Los tres volvieron inmediatamente a Bilbao, redactamos un comunicado de condena, y volvieron a Madrid. Ajuriaguerra tuvo que dar codazos para salir en la foto, mientras hablaba en la reunión de la pesca y la industria vasca y Suárez, posteriormente, les invitó a comer, pero no se quedaron. Todos, incluso los sindicatos y Carrillo hicieron posible aquel acuerdo. Fraga no suscribió dos puntos pero su AP era minoritaria y no quería quedarse fuera de la foto. Hoy, ¿alguien piensa que con esta ELA, con esta LAB, con Bildu  pueden hacerse operaciones de concertación parecidas en una situación tan crítica?. Sería creer en huevos de helicóptero. ELA y LAB, que tanto se quejan de falta de información, no acuden a las reuniones del CRL donde están las Cámaras, la Patronal y los sindicatos y donde se deberían debatir estos asuntos si de verdad  tuvieran buena voluntad y les importaran algo Euzkadi y no propiciaran, como lo hacen, una política de tierra quemada.

Otro asunto de inquietud es, en virtud de la crisis que estamos viviendo, el peligro claro de recentralización que solo demuestra que el estado autonómico no está asumido por los partidos de ámbito estatal y por la Administración del estado. El lehendakari lo viene denunciando en cada videoconferencia. Pasó tras el 23F, todo un golpe militar que acabó pagando ese estado autonómico naciente  con aquella ley orgánica  de Armonización del Proceso Autonómico (LOAPA), cuyo este espíritu sigue vivito y coleando y a la menor oportunidad salta como un rayo. Y  lo digo no solo por la iniciativa contra las políticas activas de empleo, solo posible de reconducir gracias a que si siguen por ese camino, se quedan sin  el apoyo parlamentario del PNV, sino, por ejemplo, la actitud de una señora, irritantemente  insoportable como está siendo la ministra de Defensa, Margarita Robles. Hay gente que pierde la sindéresis cuando le dan un cargo de relevancia. No era ella la más indicada para amonestar públicamente al president Torra y menos como ministra de Defensa, desde un  ministerio que todavía no ha reparado  simbólicamente haber secuestrado, juzgado en una causa  cuyas acusaciones  todavía no se han  retirado  y posteriormente  haber fusilado, asesinado, al president de la Generalitá Luis Companys. Un poco de mesura hay que exigirle a esta señora, viniendo  además como viene de Jueces para la Democracia. No solo metió la pata gravemente con  su afirmación sobre los cadáveres en residencias, sino por su debilidad en ceder a las presiones para marcar la presencia  del ejército  español en Euzkadi y en Catalunya, sin ninguna necesidad, cuando saben de sobra que esas fumigaciones la han podido hacer los bomberos, la ertzaintza o cualquier otro cuerpo. Que una “progre “caiga en ese movimiento  tan de Vox indica a las claras que tiene que decirles: “Tranquilos muchachos que el ejército estará en todas partes porque España es Una”. Le faltó decir lo de Grande y Libre. Ha sido muy lamentable el excesivo protagonismo de esta  juez en  esas ruedas  de prensa llenas de militares, guardias civiles y policías repletos de chapas, medallas y entorchados como si fueran arbolitos de navidad.

Lo que si ha estado bien ha sido el trabajo de los profesionales de Osakidetza, amén de un gobierno como el vasco que ha estado en su punto. En 1984 Xabier Aguirre siendo consejero de un gobierno monocolor del EAJ-PNV, gracias al denostado estatuto, convirtió el Insalud en Osakidertza. Tenía de Viceconsejero una personalidad  de la valía y calidad humana de Andrés Aya Goñi, un  hombre muy curtido, vocacional, cristiano, activo en Medicus Mundi y que veía a la Sanidad como  un servicio universal y gratuito. Él, junto a José Mari Bengoa, un médico que trabajó junto al Lehendakari  Aguirre en Sanidad Militar, que exiliado en Venezuela, trabajó en un pueblecito y eliminó los contagios de los mosquitos, que fue representante de Venezuela en la OMS en Ginebra, que vivió en Washington y puso toda su experiencia tan fantástica al servicio de la creación de una Osakidetza que ha estado a la altura. Eso es hacer país y no lo que hacen los de puño en alto  denunciando al Gobierno Vasco en un juzgado y anunciándonos primaveras rojas que solo son atentados contra la convivencia y tan peligrosos como el virus de marras.

El Lehendakari Agirre y la UNESCO

Sábado 18 de abril de 2020    

El Lehendakari Agirre creyó sinceramente que los aliados, tras la II Guerra Mundial, revocarían a Franco. Churchill fue uno de los grandes culpables de que esto no fuera así a cuenta de que un dictador en el flanco sur de Europa les aseguraba a ellos la tranquilidad política, en función de la represión, con el discurso anticomunista oportuno que Franco supo capitalizar, sin mérito alguno. Fue una indignidad absoluta y una afrenta a quienes habían luchado por la victoria de la democracia  contra el nazifascismo.

Ante eso al Lehendakari le tocó ser un peregrino de la democracia trabajando en el exilio español por lograr se respetasen los Derechos Humanos en el Estado Español y en Euzkadi, y tocar todas las puertas y mantener la llama encendida. Con Galindez e Irala lo hizo en Naciones Unidas logrando en 1946 que se retiraran embajadores de Madrid, pero ni un paso más y asimismo tocó las puertas de la Unesco  en varias oportunidades.

Un buen amigo me lo comentó a raíz de estos artículos. Su Aita, un resistente vasco perseguido, había sido un gran admirador del lehendakari y tenía su foto en su despacho de Bermeo, tratando en 1956 de visitarle en Paris en un viaje en Londres. Él es quien me ha facilitado este documento que transcribo a continuación recordando que la Unesco, nacida en 1945, resume su nombre y  actividad como organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, Unesco, con sede en Paris, muy cerca de donde estaba la sede del Gobierno Vasco en el exilio. En ella trabajaron personalidades de primera como Javier Landaburu, D. Alberto de Onaindia, Antonio Gamarra y lógicamente esta fue una de las puertas que Agirre tocó en su exilio para temas tan concretos como para evitar que se reconociera la dictadura de Franco y se contemplara la situación del euskera bajo una feroz dictadura.

Que por hacer no quedara por eso queremos dejar constancia, de lo mucho que se movió el Lehendakari en estos dos testimonios.

GOBIERNO DE EUZKADI

Presidencia

50, Rue Singer – París (16’éme)

Señor Presidente y Señores Miembros del Consejo Ejecutivo de la U.N.E.S.C.O.

Señor Presidente, Señores:

Ya en otras ocasiones, el Gobierno Vasco en exilio ,que tengo el honor de presidir, se ha dirigido a la UNESCO llamando la atención del Con­sejo Ejecutivo y de los Delegados Nacionales, sobre los constantes atentados que sufre la cultura del Pueblo Vasco bajo el régimen del General Franco.

Este hecho insólito, anacrónico sobre todo en países enclavados en el Occidente de Europa, adquiere hoy una gravedad mayor, teniendo en cuenta que el Estado Español es miembro de la UNESCO, con todos sus derechos.

Hemos denunciado anteriormente la política sistemática de genocidio cultural que se sigue contra el Pueblo Vasco, unas veces con brutalidad, otras con disimulo e hipocresía.   Nada es extraño, allí donde la libertad de expresión ha sido suprimida totalmente.

El poder dictatorial oprime políticamente a todos los ciudadanos del Estado, pero en el caso vasco, como en el catalán y el gallego, la persecu­ción es doble, pues va orientada directamente hacia la supresión de la cul­tura peculiar del País, impidiendo, entre otras cosas, la utilización del idioma propio en la prensa diaria, después de haber decretado su exclusión de toda clase de centros de enseñanza.

Así vemos que la Universidad Vasca, creada por el Gobierno de Euzkadi (País Vasco), conforme a las disposiciones del Estatuto de Autonomía, fué suprimida, sin que se haya restablecido hasta hoy.   Sus profesores fueron unos perseguidos, otros encarcelados y algunos están en el exilio.

No dejará da extrañar que, entre todos los antiguos reinos y señoríos de la Corona da España, lo mismo en Europa que en América, sea el País Vas­co al único que no cuenta con una Universidad oficial.

La persecución a la lengua vasca va desde la cuna a la tumba.

Ya el 18 de mayo de 1938, el Ministerio de la Justicia del Gobierno del General Franco prescribía la traducción al castellano de todos los nom­bres propios que figuraban en los Registros del Estado Civil (nacimientos, matrimonios y defunciones), que no pueden ser inscritos en otra lengua que el español.

El 1º de abril de 1947, una Orden del Ministerio de Educación Nacional, prohibía el empleo de la lengua vasca en siete revistas religiosas publicadas en Guipúzcoa, que querían consagrar algunas columnas al idioma del País. Ninguna de las antiguas revistas ha reaparecido hasta la fecha.

Más de cien periódicos, revistas o semanarios de toda naturaleza, han sido suprimidos y confiscados en el País Vasco por el régimen actual de Es­paña.

El 27 de octubre de 1949, una disposición del Gobernador Civil de Viz­caya, obligaba a las familias propietarias de tumbas y monumentos funerarios sobre los que figuraban inscripciones en lengua vasca, a retirar los epita­fios y reemplazarlos por inscripciones en castellano. Adjuntamos una foto­copia de la disposición antedicha, que causó en su día profunda indignación en todos los medios de la sociedad civilizada.

Estas medidas no han sido aún rectificadas.

Todavía en el año 1952, las autoridades del Gobierno del General Fran­co en el País Vasco, impusieron diversas multas a jóvenes cuyos nombres vascos habían sido publicados con ocasión de una fiesta de beneficencia de carácter religioso.

Sigue hasta hoy suprimido este empleo de nombres en toda clase de docu­mentos oficiales.

Unidos estos hechos a la supresión de toda especie de sociedades cultu­rales, como «Eusko-Ikaskuntza» («Sociedad Internacional de Estudios Vascos») y su órgano, la Revista Internacional de Estudios Vascos, así como una mul­titud de asociaciones culturales y revistas de todas clases, incluso de or­den religioso, constituyen suficientes detalles para concluir que el Estado Español actual infringe las normas y los fines para los cuales fué creada la UNESCO.

Según los términos del acta constitutiva de vuestra organización, ella tiene por finalidad «Contribuir al mantenimiento de la paz y de la seguridad, con el fin de asegurar el respeto universal de la justicia, de la ley, de los derechos del hombre y de las libertades fundamentales para todos, sin dife­rencia de raza, de sexo, de lengua o de religión, que la Carta de las Naciones Unidas reconoce a todos los pueblos».

El régimen del General Franco no cumple estas finalidades, y repitiendo ideas que expusimos en anterior escrito de protesta por la admisión de dicho Gobierno en la UNESCO, añadiremos hoy que sería más lógico que las culturas perseguidas por ese régimen, como la cultura vasca, sean admitidas y, en to­do caso, protegidas por ese organismo internacional.

Ruego al Sr. Presidente del Comité Ejecutivo de la UNESCO y a los demás componentes del mismo, tengan por recibido este escrito, dando cuenta de su contenido a la Conferencia General que se va a celebrar en Montevideo, adoptando en consecuencia aquellas resoluciones que permitan el libre desen­volvimiento de la lengua y cultura vascas, hoy perseguidas por un Estado miembro de la UNESCO.

Reciban, con este motivo, el testimonio de mi consideración más distin­guida,

París, 20 de Octubre de 1954.

No fue esta la última vez que el lehendakari protestó.

Lógicamente estas protestas incomodaban al régimen que no aceptaba lo que consideraba una “injerencia” en los asuntos internos de la dictadura. Pero esa lluvia fina, de Agirre, que tenía gran prestigio internacional por una parte y la mala conciencia aliada por la otra, de alguna manera, lograron  que poco a poco y a través de la iglesia el régimen abriera la mano permitiendo el nacimiento de las Ikastolas .Es una historia que creemos debe ser conocida.

Vivencias de Uzturre con el Lehendakari Agirre

Viernes 17 de abril de 2020

El tolosarra Jesús Insausti tomó como seudónimo el nombre del monte de su pueblo “Uzturre”. Periodista, escritor, activista del euskera, sindicalista, encarcelado, presidente del EBB, de la Fundación Sabino Arana, buena  gente. Él nos contaba cosas de Agirre, Rezola, Landaburu y Leizaola. Lamento no haberle grabado en su día más vivencias, aunque tengo estas que expongo a continuación del bueno de  Uzturre con y sobre Agirre.

En Bilbao, en el barrio de Matiko, hay una plaza que lleva su nombre y que el año pasado el ayuntamiento remodeló de arriba abajo quedando un espacio diáfano en un lugar empinado. Un buen trabajo.

Nos contaba Jesús.

“Andaba yo por mis 20 años cuando conocí al que iba a ser el primer Lehendakari  de los vascos. Fue en Tolosa, en mi pueblo. Allá por el año 32. No me imaginaba  entonces ni por lo más remoto lo que José Antonio de Agirre iba a signi­ficar en mi vida.

Fueron los años 30 después de la dictadura del General Primo de Rivera de un intenso renacer de la vida vasca en to­dos los dominios empezando por el del Partido Nacionalista Vasco. Y en aquel renacer de ilusión y de esperanza descolló la figura joven y deportiva de José Antonio de Agirre que se convirtió como por arte de magia en el conductor de un pueblo.

José Antonio iba mucho a Tolosa camino de Amasa.  Aquí, en el caserío-restaurante «Aranzabi» solía reunirse con sus compañeros nacionalistas del Partido en el parla­mento de Madrid y con los miembros de Euzkadi Buru Batzar. Todo un grupo de ilustres tolosarras solían estar también en aquellas reuniones. Aitzol, Pepe Eizagirre, Ló­pez Mendizabal, Doroteo Ziaurritz, Juan Antonio Irazusta…

En «Aranzabi» se fraguó una parte importante de la política del Partido Nacionalista durante aquellos años y se discutieron los temas políticos que luego desarrollaba José Antonio en los deliciosos artículos que llevaban la firma de «Etxenagusia» y también de allí salieron no pocos de los editoriales dominicales en euskera que aparecían en «El Día» de Donostia con la firma de «Jon Andoni» que era el diputado en el Congreso José An­tonio Irazusta.

Uzturre nos comentaba que no sabía como estaba  «Aranzabi

Tampoco quiero saberlo. Me lo imagino siempre tal como me ha acompaña­do su recuerdo en los largos años de cárcel y de exilio: un caserío como tantos otros de nuestro país, que sin dejar de ser caserío, estaba acondicionado para restaurante y cuya cocina era de las mejores del país.

Según me han dicho, los dueños de «Aranzabi» conser­van como un museo la pieza donde José Antonio de Agirre se reunía con sus amigos. ¡Qué gusto daba estar allí cuando cantaba o alborotaba el viento en la chimenea y cuando lle­gaban al interior en invierno los ecos de una tormenta o tam­borileaba la lluvia en los cristales!

Y terminaba Uzturre.

No  sé si volveré a ver «Aranzabi». Poco me importa. Me acompañará siempre su recuerdo tal como era cuando conocí a José Antonio de Agirre en mi primera juventud y cuando ni por asomo podía pensar lo que ésta iba a signifi­car en mi vida.

Era en el año 1947. Acaso en el 1946. Hacía ya más de mes y medio que me encontraba preso en Madrid en los ca­labozos de la Dirección General de Seguridad.

Había caído en las garras de la Brigada Político-Social desde un atardecer en que dos policías, uno de ellos llamado Conesa, me echaron mano a punta de pistola en la madrile­ña calle del Arenal.

En lo militar, una vez procesado, dependía del Coronel Enrique Eymar Fernández, jefe de un tristemente célebre Juzgado Especial de Represión.

Una noche, o una madrugada, una pareja de guardias me llevaron a la oficina que el Coronel Eymar tenía en la Di­rección General de Seguridad. El Coronel me notificó que vista la gravedad de mi asunto el Consejo de Guerra se celebraría dentro de 48 horas allí mismo, en la Dirección Ge­neral de Seguridad.

Se trataba, pues, de que yo designara mi abogado defen­sor en una lista de cuatro o cinco militares que puso ante mis ojos. Cumplido este requisito me condujeron de nuevo a mi calabozo.

Veía cercana la muerte. Al día siguiente, debía ser ya muy de noche, abrieron la puerta de mi calabozo y un guar­dia hizo señas a alguien. Entró un militar, coronel de artille­ría. Nunca he sabido su nombre. Me saludó muy atentamen­te y sin más preámbulo me dijo que podía dormir tranquilo. «Su Consejo de Guerra no se celebrará en el plazo propuesto por el Coronel Eymar y esto quiere decir que ya ha salvado Vd. su cabeza».

Quedé boquiabierto, asombrado. ¿ de parte de quien me visita Vd.?, le pregunté. No se preocupe Vd., me respondió. «Los buenos amigos que tiene Vd. en el extran­jero están removiendo cielo y tierra», añadió.

Me felicitó dejándome cuatro pitillos y algunas cerillas. No podía ser más generoso, me dijo, pues dentro de una ho­ra se cambiaría la guardia. Y el coronel de artillería salió del calabozo después de estrecharme afectuosamente la mano.

Cuando el guardia echó el cerrojo y empecé a saborear el deseado pitillo daba gracias a Dios.

El hombre que estaba removiendo cielos y tierra en París para ayudarme era el Lehendakari. Velaba por mi vida como velaba por la de todos aquellos que en Euzkadi y en España estábamos metidos en la lucha de la causa del pueblo vasco al servicio del Gobierno Vasco en el exilio.

Así era José Antonio de Agirre. Así era el Lehendakari.

Nada tiene de extraño que yo venere la memoria del que fue el primer Lehendakari  de los vascos. Esta veneración es compartida por mi  Pruden que guarda como oro en paño una carta de él procedente de París que recibió en Bilbao.

Esta carta, por los caminos secretos que llevan a todas las prisiones del mundo, entró y salió de la cárcel de Guadalajara donde cumplía condena con otros patriotas vascos.

¿Por qué no confesar que al leerla lloré como un niño? Lloré de alegría.

La carta, en euskera, de fecha 5 de julio 1950, dice así en castellano:

Sra. Prudencia Ibargüen Sra. y compatriota:

Me entero con emoción de la fortaleza y el tesón con que lleva Vd. la pena y los pesares que le ocasiona el encarcela­miento de su marido. Tampoco me olvido de la desgracia de su marido como tampoco olvidaré lo que hizo y sigue ha­ciendo por la patria. Quiero expresarle a Vd. mi profundo agradecimiento. Sin duda que no tardará en llegar para Vd. el día de la felicidad. Es lo que deseo de todo corazón. Al­gún día la patria les pagará con creces las penalidades de hoy.

Reciba Vd. mi saludo más cariñoso.

Firmado: Agirre’tar Joseba Andoni

En efecto, bastante tiempo más tarde nos llegó a mi mu­jer y a mí la felicidad que nos deseaba el Lehendakari. El día 19 de mayo de 1951 me fugaba de la prisión donde cumplía condena y un mes más tarde me encontraba en París. El 31 de agosto del mismo año abrazaba a mi mujer. La organiza­ción vasca trabajó a tope. Nada más pasar la «muga» por la montaña recibí por teléfono desde París la felicitación de José Antonio Agirre.

Así era el lehendakari

Era en los años 50 en Francia. El 52 ó el 53. Me en­contraba en Toulouse a donde fui a visitar a Paulino Gó­mez, Consejero del Gobierno Vasco en el exilio, en nombre del Lehendakari. En la «place Richelieu» me di de narices con un tolosarra.

Normalmente no nos hubiéramos mirado a la cara. Él era comunista y yo nacionalista. Nos abrazamos como viejos amigos. Es verdad que la desgracia hermana y acorta las distancias.

Fuimos a un café. Al fin y al cabo, a pesar de todas las diferencias, estábamos todos en el mismo barco, habíamos ido a la misma escuela y habíamos hecho las mis­mas travesuras en nuestra vieja Tolosa.

Refrescamos viejos recuerdos. Pero a mí me parecía que mi paisano era presa de alguna preocupación. Le encontra­ba terriblemente nervioso.

Era normal. Se hallaba en una situación delicada en extremo. Como que estaba a punto de ingresar en la cárcel.

Es el caso que mi paisano y ya amigo había sido una de las grandes figuras en la resistencia contra los nazis alemanes durante la Segunda Guerra Mundial en la zona del Midi de Francia. Cuando los guerrilleros se desembarazaron de los alemanes, mi paisano fue durante no pocos días el jefe de plaza de Toulouse, y como tal hizo requisas de calzado y vestimenta para los guerrilleros firmando a cambio numero­sos recibos o vales.

Pasó el tiempo y un buen día se le reclamó el pago de los vales que había firmado. Todavía estaban los comunistas franceses en el Gobierno del General De Gaulle. Mi paisano no prestó gran importancia a la reclamación.

La cosa siguió su curso pero otro buen día la referida reclamación le llegó por vía judicial. Planteó el asunto a Santiago Carrillo y juntos subieron a París, donde si no re­suelta la reclamación quedó en suspenso.

Pero he aquí que pasado algún tiempo mi paisano se en­cuentra en el seno del Partido Comunista de España en una situación más que delicada. Por razones que no viene a cuento y que además hoy en día parecerían increíbles se pro­duce una ruptura entre él y el Partido.

En aquellos días en que reinaba el stalinismo más cerra­do, una ruptura con cualquier Partido Comunista era cosa muy seria y muy grave. Mi paisano fue objeto de burdas campañas de difamación y de la noche a la mañana se en­contró al margen del Partido, y en la mayor soledad, vili­pendiado por los comunistas y mal visto por los que no lo eran. Toulouse se convirtió para él en un infierno.

Se produjo otra cosa aún más grave, y es que al mismo tiempo que la ruptura con el Partido, como por encanto, sa­lió a relucir el asunto de la reclamación judicial que se cifra­ba en muchísimos miles de francos. Tenía un plazo límite para efectuar el pago o su perspectiva inmediata era la pri­sión. Y era casado. Y tenía dos hijos. Un drama humano al margen de todas las otras consideraciones.

Me contó su historia con todo detalle. Traté de animarle. Aquella misma noche iría a París y al día siguiente a primera hora hablaría con el Lehendakari  para ver si se podía hacer al­go práctico en su favor.

«No vale la pena», me respondió. «Cuando el Partido se propone hundir a uno todo lo que se haga es inútil».

Al día siguiente a primera hora me encontraba con el Lehendakari en París. Le puse en antecedentes de lo que le ocurría a nuestro amigo de Toulouse.

El lema de José Antonio de Agirre, uno de sus lemas fundamentales, era el de «vasco ayuda al vasco». También en este caso procedió con arreglo a este lema. Para él se tra­taba de ayudar a un vasco y nada más. Se puso al habla por teléfono con su gran amigo Georges Bidault, entonces Mi­nistro de Relaciones Exteriores del Gobierno francés. Este preparó una entrevista con Robert Schumann, Ministro de Hacienda.

Y cuando mi amigo se veía ya en la cárcel, recibió por vía judicial la notificación de que su asunto quedaba en suspen­so y un mes aproximadamente más tarde se produjo  la para él fantásti­ca noticia del sobreseimiento de su causa.

Así era el lehendakari Agirre. Pasó la vida haciendo el bien, poniendo en ejecución su lema de «vasco ayuda al vasco».

Era también en los años 50. En París. ¿1955? ¿1956? Po­co importa.

Yo tenía problemas con una rama de la policía francesa y en cierto momento estos problemas se agudizaron.

Sólo un exiliado político es capaz de comprender lo que supone tener problemas con la policía del país de acogida. Se siente uno tan desamparado, tan poca cosa. Yo no era una excepción.

Vivía entre la inquietud y la zozobra, entre el desaliento y la impotencia. Me parecía como si se me estuviera envol­viendo en una tela de araña, como si existiera una confabu­lación de policías para perderme.

El Lendakari tenía conocimiento de lo que me ocurría y comprendía y compartía mi preocupación. Como hombre de arranque que era decidió coger el toro por los cuernos. Así lo hizo. Solicitó una audiencia al gran jefe de la rama policial que me amargaba la vida.

Concedida inmediatamente la audiencia el Lehendakari fue directo al grano tras la exposición de rigor referente a mi persona.

– «¿Desconfían Vds. de mí?», preguntó a su interlocu­tor.

«¿Cómo puede Vd. hacerme una tal pregunta, Sr. Presi­dente?».

La respuesta del Lehendakari no pudo ser más directa:

«Pues si desconfiaran de Insausti es como si descon­fiaran de mí».

Desde aquel día terminaron mis problemas con la policía francesa.

Así era el Lehendakari Agirre. Todo corazón. Amigo de sus amigos hasta las últimas consecuencias.

El Lehendakari  Agirre era un hombre de arraigadas con­vicciones cristianas. A ellas ajustó su vida. Creía en lo que decía y hacia lo que decía. Por eso arrastraba. Hoy conti­núan siendo un ejemplo y una esperanza las palabras de nuestro primer Lehendakari.

¿Cómo era en sus convicciones cristianas?

Recordaba el Lendakari aquel caso que cuenta Montalambert, según el cual, estando él en París, vio una iglesia en que las condecoraciones, las espuelas y el brillo de los sables reñían con la humildad y la austeridad que debía tener la ce­remonia religiosa que en ella se celebraba, y decía: He aquí una iglesia rica, pero he aquí un pueblo pobre en fe.

Montalambert fue a Irlanda y allí topó con una ermita humilde, humildísima, donde un sacerdote celebraba el sacrificio de la misa ante una magnífica multitud de hijos de la heroica Irlanda, y dijo: He aquí una iglesia pobre, pero he aquí un pueblo rico en fe.

La conclusión del Lehendakari era la siguiente: Nosotros, entre esa iglesia pobre de Irlanda y aquella rica de París, re­luciente de cascos, espadas y espuelas, nos quedamos con la humilde iglesia de Irlanda, porque entendemos que así servi­mos mejor a nuestros espíritus cristianos y es garantía de li­bertad al mismo tiempo que de la verdadera fraternidad».

Quedaron ancladas en nosotros aquellas palabras del Lendakari Agirre: «¿Por qué vino Cristo a este mundo? ¿Vino Cristo a la tierra para ayudar al poderoso o para le­vantar y consolar al humilde? Nosotros, entre el poderoso y el humilde, estamos con el pueblo, porque de él venimos, nacimos para el pueblo y estamos luchando por él».

¿De dónde sacaba el Lehendakari Agirre esas concepciones tan reales y tan audaces?, se preguntaba Xabier de Landaburu. Nada más y nada menos que de su propia concepción del cristianismo, que veía en su fe cristiana el imperativo de un deber progresista que en lo social no tenía fronteras y que en lo político sólo estaba limitado por la supervivencia de la libertad.

Las palabras, cuando no son expresión de una conducta las lleva el viento. Las que nos dejó el Lehendakari Agirre tienen la solidez de la roca para nosotros. Sus palabras eran su conducta. Lo eran para aquella juventud que hizo la guerra, que conoció las cárceles y los pelotones de ejecu­ción, que recorrió los caminos del exilio, y que hoy, enveje­cida, la que queda, sigue recordando con pasión al hombre que fue su esperanza.

Si el Lehendakari electrizaba, era porque los que lo oían se daban cuenta de que él creía firmemente en lo que estaba di­ciendo. «Nosotros no predicamos la bayoneta, la bomba, el explosivo, para la conquista de ideas y corazones, sino el amor, el amor que es prédica de paz”.

En los últimos años de su vida he visto más de una vez salir de su despacho de la rué Singer, de París, a jóvenes pro­cedentes de Euzkadi que iban a verle y exponerle sus in­quietudes y preocupaciones y a expresarle también sus quejas, y que me decían con entusiasmo al salir de su des­pacho.

«Puede uno estar en acuerdo o en desacuerdo con este hombre, pero hay que reconocer que cree en lo que dice».

Es que además el Lehendakari sabía estar horas escuchan­do. Su interlocutor se daba cuenta de ello. Y aunque no es­tuviera de acuerdo con él, terminaba siéndole simpático aquel hombre que miraba fijamente a los ojos y era todo oídos.

Así era el Lehendakari Agirre!            

¿Cómo era José Antonio de Agirre en lo social?

Cuando yo tenía 20 años y cantaba todas las ilusiones, los jóvenes cantábamos una esperanza.

  No queremos a Gil Robles

ni tampoco a Valladares

   Queremos a José Antonio

    ¡Agirre!

   Con sus doctrinas sociales

En efecto, José Antonio de Agirre cantaba en nuestros corazones un himno a la esperanza en una patria libre en la justicia social. La libertad en la fraternidad vasca. Así de sencillo. Una democracia económica y social, una democra­cia de participación.

Lo social aparece siempre como la gran preocupación del Lehendakari Agirre antes y después de serlo.

En medio de la guerra, en medio de las peores contra­riedades y traiciones, jamás le abandonó la visión de una profunda renovación social para su pueblo. Entre la libertad y la revolución le animó el servicio de la verdad y el pro­vecho y reivindicación de su patria y de inmutables ideales patrióticos y sociales.

El Lehendakari Agirre no se cansó de repetirnos que era peligroso buscar la afirmación de la individualidad vasca en actividades y posturas hostiles, sino que había que buscarla en el contenido positivo de nuestra historia, en un esfuerzo constante para el perfeccionamiento social, en la lucha por el progreso de toda la humanidad, en concepciones tanto nacionales como internacionales.

La solución de la cuestión social, debía ser, según el pun­to de vista del Lehendakari Agirre, la realización del ideal del renacimiento nacional vasco, ideal nacional y social.

La cuestión social era para él una cuestión que interesa a todos los hombres. Nunca la consideró desde el punto de vista de una sola clase, sino desde el punto de vista de la co­munidad vasca en un marco de justicia. Para el Lehendakari Agirre la cuestión social interesaba a todos y debía tener una solución en su conjunto, significando ésto que es deber de todos apoyar las reivindicaciones de los que estaban oprimi­dos y explotados económicamente, significando también que era obligación general ayudarles en su lucha de clase pa­ra la desaparición de la iniquidad de clase.

Tal es el punto de vista social de José Antonio de Agirre apoyado en la historia de su propia nación. De ahí le venía su cariño y la fe que tenía puesta en el sindicato nacional vasco, ELA. Esta organización sindical debía ser según el punto de vista del Lehendakari Agirre el motor del renacimien­to vasco en lo social, la punta de lanza en la búsqueda de una sociedad vasca más justa y más humana.

No vale afirmar —solía decir— que lo que el comunismo persigue es falso, que todo cuanto el socialismo ansia es fal­so. El Lehendakari Agirre era anticomunista por su concepción totalitaria y por su dictadura , pero solía decir que existen dos clases de anticomunistas, uno negativo que fabrica comunistas, y otro positivo que abre vías de conci­liación. El estaba en el anticomunismo que tanto como posi­tivo lo llamaba constructivo. «¿Es que acaso esas muche­dumbres se mueven todas ellas por utopías o encadenadas en todo a la falsedad?».

El no a esta pregunta que solía hacerse a sí mismo tenía rotundidad. «No; en nuestro movimiento (nosotros con nuestro pensamiento cristiano lo vislumbramos) hay un fon­do innegable de justicia, un clamor de muchedumbres que piden una renovación de esta sociedad hipócrita y podrida, donde se quema aquello que hace falta a los que se mueren de hambre».

El Lehendakari Agirre nos decía creyendo en lo que decía que a nosotros, a través de nuestro pensamiento cristiano, el avance social ni nos asusta ni lo tememos, que un pensa­miento cristiano puede iluminar un programa de profundo y renovador sentido social.

Es natural. El Lehendakari Agirre, idealista y renovador social de inspiración cristiana, adoptó un punto de vista crítico respecto del marxismo, y ante todo de su base filosó­fica, el materialismo histórico. La cuestión social no fue pa­ra él una cuestión puramente económica, sino ante todo de renovación y de convicción moral.

Para él, cualquiera que sea la manera como se de­sarrollen los acontecimientos, son los hombres los que hacen la historia; la historia es el resultado de tendencias múltiples y diversas de voluntades y de la acción de cada uno en el mundo exterior. Lo que se precisa saber —decía el Lendaka­ri Agirre— es qué es lo que quieren esas multitudes de indivi­duos.

El Lehendakari Agirre no creía como creen los marxistas que la iniquidad social se puede abolir por simples reformas económicas. Hacían falta previamente reformas de hábitos e ideas.

La sociedad vasca del futuro que veía José Antonio de Agirre, debía tener un amplio sentido de la justicia, una re­lación de sinceridad con el hombre: de aquí vendrían y se mantendrían unas reformas sociales y culturales más en ar­monía y más conformes con la justicia.

Por eso que ya en mi juventud anterior al desastre de nuestra guerra cantábamos a voz en grito aquello de

Queremos a José Antoni

                            ¡Agirre!

                            con sus doctrinas sociales

                            Así era el Lehendakari Agirre”.