Mari Zabala, viuda de José Antonio Agirre

Jueves 16 de abril de 2020

No conocí a José Antonio de Agirre, aunque si a su viuda Mari Zabala. Estuve varias veces con ella en su casa de Donibane y  en la de Algorta, detrás del ayuntamiento de Getxo. Cuando Carlos Garaikoetxea fue elegido en 1979 presidente del Consejo General Vasco, como primer acto del nuevo presidente  le acompañé a dos lugares. A la tumba de Juan de Ajuriaguerra en el cementerio de Ibarrekolanda en Deusto y a visitarle a Dña. Mari Zabala Aketxe, viuda del Lehendakari donde pudimos hablar de muchas cosas. En aquellos tiempos se cuidaban más estos detalles.

El recuerdo que tengo de ella es de una señora muy amable, elegante, familiar y muy fumadora. Eran tiempos en los que fumar no era aparentemente peligroso y ella lo hacía, comentando en la , que José Antonio fumaba mucho, y, en los últimos años con boquilla. Nos dijo que habían estado de viaje de novios en Noruega. En ese año, José Antonio era diputado en el Congreso y luchaba en pleno bienio negro para sacar adelante el primer estatuto de autonomía.

El matrimonio tuvo tres hijos, Aintzane, Joseba  e Iñaki y una vida de aventura. En su fuga vía Berlín, Doña María era la Vda. de Guerra, un venezolano de los Andes fallecido, personalidad que le sirvió de tapadera en aquella rocambolesca huida, datos que describe Agirre con humor en su libro “De Gernika a Nueva York, pasando por Berlín” .

La fotografía que ilustra este trabajo es del día en el que en Getxo, en mayo de 1978, se inauguró este recuerdo al lehendakari  donde aparece un perfil de Agirre con el mapa de Euzkadi completo. En el acto estuvo el entonces presidente del EBB, Carlos Garaikoetxea, Aurora  Vda. de Joseba Rezpola, toda la familia, dirigiéndonos unas palabras, además de Garaikoetxea, el presidente de la Junta Municipal de Getxo que era Peru Garate, muy recientemente fallecido. Tras descubrir el monumento un txistulari  y el público entonaron el Himno Nacional Vasco. La Plaza de la Trinidad resultó insuficiente. Para dar cabida a los miles de personas concentradas con muchas ikurriñas, rótulos y estandartes  de las Juntas Municipales del PNV.

La víspera, los actos de homenaje comenzaron con una rueda de prensa en el Carlton, antigua sede de Lehendakaritza, donde el europeista Guy Heraud, que había sido candidato presidencial en Francia, explicó el motivo de su visita.

Había venido expresamente a los actos de homenaje. Por la tarde y tras una misa en San Antón, nos fuimos todos a la Plaza Nueva que se llenó  de bote en bote y puedo decir que estuvo llena pues se había habilitado una especie de tribuna desde uno de los balcones que dan a la Plaza Nueva y me tocó hablar, y desde allí se veía todo a rebosar, junto a Iñigo Agirre, Eneko Caballero  y Guy Heraud.

Previamente, la viuda del Lehendakari saludó desde ese balcón y la plaza se cayó en aplausos. Varios minutos de una ovación tremenda. Por la noche fuimos al Anboto a una cena organizada por la Junta de Begoña que fue la encargada de los actos. Previamente habíamos puesto una placa en la fachada de la casa de la Calle La Cruz, donde Agirre había nacido. La había esculpido el suegro del burukide Rafa Agirre. Esa placa fue destruida por la extrema derecha  y posteriormente restaurada. Es la que hay en la actualidad.

En los postres intervino Carlos Garaikoetxea, Rafa Agirre, Juan Ajuriaguerra, Iñaki Olarra, y el profesor Guy Heraud, haciendo José Antonio Durañona de traductor al profesor. En el cincuentenario del primer Aberri Eguna celebrado en Bilbao.

Al Lehendakari Leizaola le pedimos un mensaje, que gustosamente nos lo hizo llegar desde Paris, donde  nos decía que los vascos estábamos en deuda con Agirre. Don Manuel de Irujo no pudo venir desde Iruña y nos mandó este mensaje, que describe de maravilla y con palabras precisas, la importancia del Lehendakari. No me resisto a dejar de transcribirlas. Esta  fue la nota:

“Siento no hallarme presente el día del homenaje al Lehendakari. José Antonio era un hombre fuera de serie. El sentido humano, cordial, que sabía dar a sus abrazos, era de esos que no se aprenden en los libros, ni se reciben en la taquilla de una institución de crédito.  He conocido a quienes han realizado un largo viaje por el solo placer de escucharle, de oir de sus labios la proyección del futuro, de recibir un abrazo o un apretón de manos suyo. José Antonio era un inestimable capital.

Las circunstancias en las que le tocó vivir no le permitieron aplicarlo a la vida de Euzkadi en la medida en la que pudo desarrollarse en una situación normal.  El robusto trazo de su paso por la Presidencia de Euzkadi, hubiera sido mucho más marcado y trascendental en una vida civil, de paz y de trabajo.”

Pero no acabaron los actos en dicho monumento. Por la tarde, en la plaza San Nicolás de Algorta comenzó el mitin de homenaje donde hablaron Eugene Goyhenetxe, profesor de la Universidad de Pau, Guy Heraud que dejó claro que Euzkadi no era una región sino una nación, el joven Gorka Aurre en euskera, el catalán Josep Lluis Carles de Unió, José Ángel Cuerda, Xabier Arzalluz  y cerró Carlos Garaikoetxea.

Como se ve, en aquellos años, celebrábamos estas cosas por todo lo alto y con gran entusiasmo, algo que hoy se ha perdido. Nos tocó vivir aquello y lo malo es que en la actualidad, las nuevas generaciones no han palpado, ni sentido   este ambiente de continuidad  histórica y de reconocimiento a los demás.

Cuatro años después y en el cincuentenario del primer Aberri Eguna, DEIA  le hizo una entrevista a la viuda del Lehendakari que la traigo como aporte al conocimiento de la figura de Agirre en el sesenta aniversario de su muerte en Paris. Fue  realizada por María Luisa Idoate que re­corre toda una vida plena de vicisitudes, alegrías y amargu­ras; de exilio y esperanzas trasunta de una existencia en la que no había  cabida para el odio.

Es este el motivo por el que hemos elegido este texto para hablar  de su familia.  Nadie mejor que la compañera de toda una vida para hablarnos de la personalidad de un hombre que es historia en nuestro pueblo.

«Recuerda el primer Aberri Eguna como si lo estuviese viendo. La viuda de José Antonio Agirre, con los ojos un poco ensimismados, mira hacia atrás y deja caer lentamente las palabras: «Se celebró en Bilbao en 1932, y como  hoy lo recuer­do, fue magnífico. Nadie pensó que llegase a ser lo que fue; la gente se volcó. Se bajó por el Sagrado Corazón hasta Sabin Etxea. Casi estoy viendo aquellos vaporcitos de Bermeo que también participaron…» Mari Zabala vio en aquella primera vez «algo que se podía realizar», un recuerdo im­borrable que en los tiempos difíciles le hizo repetir: «Ade­lante, hay que seguir adelante».

¿Cómo fueron los preparativos?

Después de haber vivido la dictadura de Primo de Rivera, todos los batzokis empezaron a organizarse. La gente tenía entusiasmo porque era tiempo de cambio y podía manifestarse.

¿Qué hacías tú en aquellos años?

Entonces estaba todavía soltera. Vivía en Algorta, cerca de José Antonio. No me casé hasta el año siguiente, hasta el 33, y recuerdo que viví los preparativos con mucha ilusión.

¿Participabas en las actividades políticas de José Anto­nio?

Seguía los mítines y las actividades de José Antonio pero siempre en un segundo plano.

¿El mejor Aberri Eguna que recuerdas?

El primero, porque entonces me di cuenta que lo vasco estaba vivo y tenía que seguir vivo.

¿Y el más triste?

Hubo un Aberri Eguna tristísimo. Lo pasé en París, en 1960, po­cos días después de morir José Antonio. No asistí a la ce­lebración, claro. También hubo otro muy triste: Separados, él en Berlín y todos nosotros en Bélgica, sin saber qué iba a ocurrir.

¿Qué significaba el Aberri Eguna para José Antonio Agirre?

La fiesta de la esperanza en el día de la Resurrección. Porque esto de la fiesta de la Resurrección hoy ya se nombra poco. Ya lo dice en su libro: la fiesta de la esperanza, pero celebrada desde y en todos los lugares. En la cárcel, en el exi­lio. Porque no todos los Aberri Eguna han sido felices.

¿Cómo os conocisteis? 

En realidad desde siempre, porque vivíamos muy cerca. Yo entonces tenía 15 años. Sus hermanos estaban también en el mismo colegio. Era el típico conocimiento de la gente que vive en un sitio pequeño. Un trato de amigos, con tem­poradas mejores y peores. Figúrate que él era del Athletic y yo del Arenas. El día que había partido nos mirábamos des­de lejos y con cierta simpática tensión, según el resultado. Entonces se estilaban las cuadrillas de chicos y chicas, por separado. Pa­seabas, te encontrabas, cruzabas algunas palabras. No era como ahora, que vais todos juntos y las chicas están en cual­quier parte, igual que los chicos.

¿Cómo era aquella Mari de 15 años?

Era eso, una chica de 15 años. Poco preocupada de las cosas trascendentales. Tengo muy buenos recuerdos del co­legio, de las amigas. Era una vida fácil y normal en una chi­ca de entonces.

¿Y él?

Optimista, muy optimista. Tenía una fe enorme en nuestro país, en nuestro pueblo. Era de carácter fuerte y yo también —¿verdad, Aintzane?—, pero no tan consecuente como él.

La viuda de José Antonio —como prefiere que se la conozca— ya no participa en los Aberri Eguna. Como el cuerpo le pide tranquilidad, dice haber pasado la «an­torcha» a los hijos. Aunque reconoce que se preocupa mucho más que antes por todo lo que sucede, y, como siempre, prefiere permanecer en un segundo plano.

¿Un segundo plano deseado, Mari?

Siempre permanecí en un segundo plano, y creo que así estaba bien. José Antonio tenía mucha personalidad y yo también. Yo mandaba en casa, pero no fuera. Cada uno a lo suyo. Eran otros tiempos.

Pero su actividad política influiría de algún modo en tu vida…

Él nunca hablaba de política en casa. Era familiar, alegre y cariñoso. Sobre todo alegre. Nunca nos enterábamos de sus preocupaciones. Su aspecto de hombre público sólo lo notábamos por la cantidad de visitas.

¿Quieres decir que nunca os hablaba de política?

En casa, de la política no se hablaba nunca, pero se sentía. El era optimista, pero optimista por disciplina, y gra­cias a esto conseguía no comunicar sus preocupaciones a otros. Era lo positivo en todo, con una gran fe. Los hijos se criaron en un ambiente de gran tolerancia. Era muy abierto en todo y esto se comunica. A los chicos les hablaba en euskera, pero no se lo imponía. Estaba tan convencido que simplemente lo transmitía. Tú sabes distinguir a un conven­cido del que no lo es.

Acostumbrada a esta imagen familiar, Mari recuerda que se sorprendió el día que le oyó dar un mitin durante el Estatuto de Estella: «Estuvo muy acertado y aquel día me sorprendió, porque me di cuenta de la capacidad que tenía para arrastrar a la gente. Tenía carisma con la gente, habla­ba mucho y era muy simpático. Pero en casa era ante todo padre y marido».

¿Llegaste a sentir celos de la política?

No, celos nunca, porque sabía que estaba entregado a ella. Pero algunas veces me parecía excesivo que se entregase tanto. ¡Dios mío, lo que trabajó aquel hombre! Sobre todo por las noches, le gustaba trabajar de noche, y eso que se le­vantaba temprano. Siempre leyendo o escribiendo. Le gus­taba mucho escribir y leer. Libros, libros y más libros. A su regreso pensaba entregar su representación  y dedicarse a escribir. Sobre todo temas históricos. Nos decía que no teníamos una historia escrita por los vascos sino por sus enemigos.

¿Y soledad?

Soledad, tampoco. Él viajaba mucho, pero yo sabía el porqué. Me quedaba un poco apenada, pero sabía que era su gran ilusión.

A pesar de todo, Mari, aunque José Antonio se dejase el trabajo en la puerta de casa, aunque no comunicase sus preocupaciones, llegó un momento en que la política te dio de lleno. Hasta el punto de tener que huir con la casa encima y conocer palabras como campos de minas y exilio. En estos tiempos difíciles, ¿apareció también la palabra miedo?

Sí, hubo momentos de miedo. Los que más recuerdo son los de la guerra: aquella inquietud de que se acercaban por momentos. Aquel barco que nos sacó de Estocolmo. Todavía puedo ver cómo atravesamos aquel campo minado. O los momentos en que estuvimos separados, él en Berlín y nosotros en Bélgica.

¿Y momentos de alegría?

¡Uff, tantos! Cuando nacía un hijo, cuando veía que él actuaba bien, cuando le eligieron presidente del primer Go­bierno vasco… Bueno, entonces sentí alegría y preocupa­ción al mismo tiempo.

Mari, ¿te consideras una persona optimista?

No, optimista no. Yo diría más bien realista.

Sin embargo, recuerdas más momentos buenos que ma­los, das la vuelta a lo negativo, sacando lo positivo… ¿No será que a fin de cuentas te contagió aquel optimismo del que hablas?

No, la verdad es que éramos dos polos opuestos, pero nos complementábamos muy bien. Él me enseñó todo lo bueno que me queda. Si no fuera por José Antonio, yo sería completamente distinta. En la vida te pasan tantas cosas que te van formando. Y si tienes a tu lado a una persona como él —y no es por ensalzarlo—, bueno en tantos aspectos, te deja necesariamente mucho de bueno.

Y tú, ¿le influiste de algún modo?

Yo, en lo que más le pude ayudar es en distraerle de algu­na preocupación, en llevar la casa con orden, en contarle las cosas que yo veía y él ,procesaba.

Luego, aunque no comunicaba sus preocupaciones, tú las conocías…

Sí, claro.

Mari Zabala da el «pego». A primera vista, incluso hablando con ella, es lo más parecido a una balsa de aceite: tranquila, de gesto suave y media voz. Cuesta creerle cuando confiesa que es una persona terriblemente nerviosa. Quizá —como ella dice— las cosas que han ocurrido en su vida tengan mucho que ver con esta falsa imagen de calma.

¿Qué hechos marcaron más tu carácter?

La guerra, la novedad del exilio, los cuatro años en Amé­rica. Aprendí bastante de todo esto.

¿Qué supuso la guerra?

Una tristeza terrible, fue algo inesperado. Pero estas si­tuaciones, cuando uno es joven se llevan mejor y esperas que van a acabar pronto.

Termina la guerra, ¿qué piensas entonces?

Que hay que seguir, seguir hacia adelante. A pesar de las amenazas, que las tuvimos, cuando casi nos secuestran .Fueron años de muchísima violencia, sin derechos humanos, con persecución y tratando de llevar siempre una antorcha encendida en aquella inmensa oscuridad. Y lo hizo.

¿En el exilio?

El exilio supuso un cambio de vida radical. No sentí miedo. Simplemente me preguntaba qué iba a ser de no­sotros. José Antonio repetía que se había perdido la guerra en parte, pero que todo se arreglaría, cuando finalizase la guerra mundial. Cuando yo me pregun­taba qué iba a pasar, me contestaba: «Para adelante, hay que seguir adelante». Salimos de aquí las dos familias, con nuestros padres, y vivimos en París hasta la invasión alema­na. Figúrate si fuimos privilegiados que pudimos huir a Es­tados Unidos, después de un viaje de película y lleno de riesgos de todo tipo. Un Lehendakari disfrazado de panamelo, con una Sra. con hijos pequeños, con la Gestapo por detrás, en el Berlín de Hitler y con todos los falangistas tratando de hacerle lo que le hicieron a Companys.

¿Piensas que fuisteis privilegiados huyendo entre obuses y campos de minas?

Sí, hemos sido unos privilegiados. Dicen: ¡Lo que pasas­teis, lo que sufristeis! Y qué, ¿qué pasamos? Sustos, sólo sustos. Se puede decir que fueron sustos. Y eso que no soy optimista. Reconozco que he tenido una vida interesante, como pocos, y en los recuerdos guardo lo mejor. Y sobre todo mucho agradecimiento al pueblo vasco y a tantas gentes buenas que hay por todas partes.

Y luego, América…

Entonces le ayudé bastante, porque yo sabía inglés y él tuvo la fuerza de voluntad de aprenderlo. Yo también aprendí mucho en la vida práctica. Sobre todo en lo que se refiere a la apertura de   americanos para acoger a perso­nas de mentalidades completamente distintas. En el 46, cuando regresamos a París, volvió a nacer la vida. Sentía un gran optimismo por la victoria de los aliados.

Mari dice que la memoria le hace algunas jugarretas, pe­ro lo cierto es que no le bailan los años ni los recuerdos. A lo mejor no recuerda algo que le pasó ayer, pero aún puede ver cómo sudaba su madre de miedo la primera vez que subió a un avión.

¿Qué piensa Mari Zabala del hoy?

Todo ha cambiado mucho, quedamos los viejos y es nor­mal que todo cambie.

¿Y de todo lo que está ocurriendo, de lo que pasa?

¿De lo que pasa? Eso me pregunto yo: ¿Qué pasa? So­mos tan pocos y tan mal avenidos… Si todos pensamos lo mismo, si queremos lo mismo, habría que limar muchas co­sas en la sociedad vasca.

Mari, ¿qué te ilusiona hoy? ¿Sigues repitiendo aquel viejo dicho: «¡Hay que seguir adelante!».

Me ilusiona el seguir adelante, el que haya paz, y todas esas cosas que se van consiguiendo poco a poco y que son muy importantes, aunque a veces no se tengan en cuenta.

¿Y qué te entristece?

La violencia y toda esa intolerancia: Cosas que impactan aún más a la gente mayor.

¿Algún miedo?

Miedo, no, pero sí cierta preocupación ante la sombra de un golpe.

¿Y fuera de la política?

En la vida se tiene miedo a muchas cosas.

Mari Zabala, o, como ella prefiere, la viuda de José An­tonio, vive con los recuerdos en su sitio cálido  y los retratos que les regalaron los amigos al casarse colgados en la pared.

Cuadros que salieron enrolados al exilio. Uno en cada tabi­que: «El de José Antonio tiene una luz muy difícil para las fotos».

Y por cuarta vez repite que ya basta, que con todo lo que nos ha contado «haréis una cosa pequeñita, ¿no? .Que no sea muy grande, de verdad. Y Ángel  Ruiz de Azua  pide una última foto, delante del retrato. Pero no es la última, porque los disparos se repiten. Una más. A ver, otra, sólo otra. Mari protesta: «Pero, ¡qué horror!, otro rollo. Con lo caras que están las fotos». Y en la misma puerta del ascensor: «Cuidado, dale a este botón, que si no bajas hasta la bodega». Repite: «Una cosita corta ¿eh?». Siempre intentando mantener ese segundo plano, ese hueco escondido y ese cada cual a lo suyo.

Detalles inéditos de la elección del Lehendakari Agirre

Miércoles  15 de abril de 2020

Si algo era Ceferino de Jemein,”Keperin” era su vocación de notario histórico, persona a la  que le gustaba contar todo minuciosamente para que constara lo que se había hecho en el mundo del nacionalismo, para las futuras generaciones. Nació en Abando (Bilbao) y murió a los 78 años en Bilbao, el año 1965, año en el que se cumplían cien  del nacimiento de Sabino Arana. Y digo esto porque si algo, asimismo le caracterizó, fue el haber sido un ortodoxo sabiniano hasta el punto que su biografía del fundador del EAJ-PNV es uno de los clásicos trabajos de consulta.

Combativo, aguerrido, luchador, fundador del Jagi-Jagi con Eli Gallastegi, escritor, empresario tuvo una relación muy estrecha con el Lehendakari del que escribió muchas páginas, una de las cuales traemos a colación, sobre como su produjo su elección y los dos juramentos que hizo Aguirre, tanto en Begoña como en Gernika, para ser Lehendakari.

Me cabe la satisfacción de que este trabajo de Jemein se lo enseñé al Lehendakari Garaikoetxea en 1979 que lo leyó con interés y gracias al mismo él utilizó el juramento de Aguirre tanto como presidente del Consejo General Vasco, como hace cuarenta años en Gernika en su promesa como Lehendakari. Yo lo conocía pues mi aita me lo dio en su día  con gran emoción pues había sido publicado en la revista del Centro Vasco de Caracas en 1947. Había sido un trabajo especial para aquella publicación de Ceferino de Jemein. Era pues un trabajo casi desconocido aquellos años boreales.

De esta forma, un juramento privativo de Aguirre pasó a ser de todos los Lehendakaris porque recordemos que Leizaola, en el cementerio de Donibane en 1960, hizo otro en virtud de las circunstancias que en ese momento se vivían. A mí el juramento de Agirre me había parecido de una concisión y hermosura muy manifiestas y lo utilicé, como recurso oratorio en un mitin en el campo de fútbol de Gerninka en junio de 1977 diciendo que esas palabras deberían resonar de nuevo  bajo el Árbol cuando Leizaola volviera del exilio y tuviéramos un nuevo gobierno vasco. Cuando terminó el mitin, Ajuriaguerra que también fue uno de los oradores me dijo que la redacción era suya, y, efectivamente tiene la cadencia cortante de un ingeniero. Posteriormente esas palabras han sido utilizadas por los Lehendakaris Ardanza, Ibarretxe, Patxi López y Urkullu, aunque cambiadas en algunas de sus partes. A mi, que estuve en la génesis de la recuperación del Juramento por los lehendakaris nunca me gustaron esos cambios a cuenta de una mal entendida laicidad. Los ingleses tienen, nada menos que en francés, el lema de la corona británica “Dieu et mon droit”, y no pasa nada. Se puede ser ultra moderno y respetar la tradición, menos en Euzkadi, porque lo importante son las personas y su actitud. Pero ese es otro debate.

Hoy le toca a Jemein  explicar la elección de Agirre. Dijo así:

Fecha histórica y trascendental para Euzkadi la del 7 de Octubre de 1936. Aprobado el Estatuto Vasco de Autonomía el día primero, el Gobierno civil de Bizkaia publicó el día 5 la convocatoria a elección popular de Presi­dente del Gobierno Provisional del País Vasco.

Los partidos del Frente Popular daban las siguientes ins­trucciones a sus concejales:

«Estimando que el Presidente del Gobierno Provisional del País Vasco está revestido de la máxima autoridad, los partidos políticos que integran el Frente Popular han acor­dado unánimemente que todos los concejales pertenecientes a los mismos de las provincias de Gipuzkoa, Bizkaia y Ara­ba voten sin excusa alguna a don José Antonio de Agirre pa­ra ocupar la presidencia del referido Gobierno. «—Partido Socialista, Partido Comunista, Partido de Izquierda Re­publicana, Partido de Unión Republicana y Partido de Ac­ción Nacionalista Vasca».

El Partido Nacionalista Vasco, que no pertenecía al Frente Popular había dado previamente su aprobación a es­te nombramiento, y así, don José Antonio de Agirre y Lekube fue elegido sin oposición Presidente del Gobierno Vasco.

Como este resultado estaba previsto, por las circunstan­cias expresadas, por deseo del propio José Antonio de Agirre se celebró en la basílica de Santa María de Begoña un juramento solemne de fidelidad a la Iglesia y a Euzkadi, y de ofrenda de su vida, horas antes de ser elegido Presidente.

De este acto emocionante, al que acudieron todas las autoridades del Partido Nacionalista Vasco, vamos a repro­ducir solamente —por falta de espacio— el juramento so­lemne que don José Antonio de Agirre pronunció con voz clara y sonora, en el centro del camerino de la Virgen, arro­dillado sobre una silla de terciopelo rojo.

De este juramento trascendental le cabe la honra a la re­vista «Euzkadi», de Caracas, de ser la primera en darlo a conocer, por haberse guardado hasta el presente en el secre­to.

Dijo así el que pocas horas más tarde había de ser popu­larmente elevado al más alto cargo de Lendakari de todos los vascos:

«Juro ante la Hostia Santa fidelidad a la fe católica que profeso, siguiendo y cumpliendo las enseñanzas de la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana.

Juro fidelidad a mi patria Euzkadi y en su servicio queda ofrecida mi vida, de la que dispondrán en la medida, en el momento o en las circunstancias que señalen, las únicas autoridades legítimas del Partido Nacionalista Vasco o Euzkadi-Buru-Batzarra.

Así lo juro desde el fondo de mi alma ante Dios en la Hostia Consagrada».

Por la tarde se celebró oficialmente el acto de la jura del cargo y toma de posesión del Gobierno Vasco, joven Go­bierno de la más vieja porción de la tierra.

Desde primeras horas de la tarde se agolpó en Gernika un inmenso gentío. A las cuatro, el histórico salón de la Ca­sa de Juntas estaba ya pletórico de representaciones: Cuerpo Diplomático, miembros del Tribunal de Garantías y de la Junta de Defensa, diputados a Cortes, concejales, represen­tantes de los partidos políticos y sindicales, de la prensa, etc.

Presidió el acto el Gobernador civil de Bizkaia, Echeverria Novoa, que desde aquel momento cesaba en sus funciones, acompañado del de Gipuzkoa, Presidente de la Diputación de Bizkaia, alcal­de en funciones de Bilbao y algunas otras personalidades.

Alrededor de la Casa de Juntas, fuerzas de mendigoizales y miñones contenían al público entusiasta que no pudo penetrar en el edificio por la insuficiencia de éste para conte­ner a la muchedumbre.

Los maceros y clarineros de la Diputación de Bizkaia se colocaron a la puerta del salón, donde montaba guardia una sección de forales.

Terminada la lectura del acta de proclamación, el Gober­nador civil pronunció las siguientes palabras: «Visto y comprobado el resultado de la elección presidencial, en nombre del Gobierno de la República proclamo Presidente del Gobierno Provisional de Euzkadi a don José Antonio de Agirre y Lekube».

Estas palabras fueron acogidas con un grito de ¡Gora Euzkadi!, aclamado y repetido por todos los asistentes, puestos en pie, que aplaudieron clamorosamente.

De acuerdo con la tradición foral, el hasta entonces Go­bernador propuso una nueva mesa presidencial, constituida con dos votos por cada una de las regiones vascas compren­didas en el Estatuto Araba, Bizkaia y Gipuzkoa, en la si­guiente forma:

Alcaldes de Donostia, Tolosa, Bilbao, Mundaka, Llodio y Amurrio, representados respectivamente por los seño­res don Fernando Sasiain, don Doroteo de Ziaurritz, don Fermín Zarza, don Alejandro Mallona, don José Salzedo y don Manuel de Egileor.

Esta mesa salió en busca del Presidente electo, que esta­ba esperando en la Casa Consistorial de la Villa, en compañía de las autoridades del Partido Nacionalista Vas­co, ex-concejales del mismo, de su secretario accidental, se­ñor Ruiz del Castaño, jefe de Ertzaña, del señor Galartza, capitán del mismo, y otros.

Todos ellos regresaron entre los clarineros de la Diputa­ción, que ejecutaron el Agur Jaunak, y los aplausos del público a su paso por las calles.

Al entrar el señor Agirre en la sala, se prolongó la ova­ción con nuevos goras a Euzkadi.

Restablecido el silencio, el último Gobernador civil, se­ñor Etxeberria-Novoa, pronunció un discurso en el que, di­rigiéndose al nuevo Presidente, terminó con estas palabras:

«Quiero rendir el último homenaje a esta histórica Casa, en cuyo seno todavía resuenan las voces de los defensores de la libertad y de la justicia gloriosa de Bizkaia, invitándoos a que prestéis el juramento del cargo ante el Arbol simbólico, al igual que a la antigua usanza, en la seguridad plena de que si así lo hacéis la savia de este Árbol fecundará el nuevo régi­men de libertad que alborea en Euzkadi. ¡Viva la República! ¡Gora Euzkadi!»

Respondiendo a esta invitación, el señor Agirre pronun­ció un emocionante discurso, que por su extensión no pode­mos reproducir aquí.

Seguidamente, el señor Agirre, acompañado de todos los integrantes de la mesa y personas que ocupaban el salón, se trasladó ante el Árbol de Gernika precedido de los maceros y clarineros.

En este momento de gran emoción, el nuevo Lehendakari, en medio de un silencio impresionante, pronunció oficial­mente el siguiente solemne juramento, en euskera y en erdera:

«Ante Dios humillado, sobre la tierra vasca en pie y bajo el Roble de Bizkaia, en el recuerdo de los antepasados, juro cumplir mi mandato con entera fidelidad».

Seguidamente, el señor Agirre dio a conocer al público el nuevo Gobierno de su presidencia.

Terminados estos actos, todas las autoridades y repre­sentantes se trasladaron a la Sala de Hijos Ilustres de Biz­kaia, donde se celebró una recepción.

Seguidamente todos ellos acudieron a la explanada de la casa de Juntas, en donde habían formado varios batallones de las milicias vascas alojadas en el cuartel de aquella locali­dad.

Acompañado de su capitán, señor Saseta, el señor Agirre, seguido de los demás miembros del Gobierno, re­corrió las filas de gudaris, magníficamente formados y lle­vando al frente la bandera vasca y los estandartes de Biz­kaia, Nabarra, Araba y Gipuzkoa, facilitados por Sabin-Etxia.

A continuación, las milicias, precedidas de los gudaris motoristas, desfilaron al compás de una biribilketa interpre­tada por una banda de txistularis. Bellísimo momento de la histórica ceremonia.

Los gudaris  marchaban hacia su cuartel… y allá, al fondo envolviéndose en las sombras del «Illuna-barra», quedaba la Casa de Juntas de los legisladores de la confederación bizkaina. Demostración elocuente y vivo tes­timonio de su libertad histórica, ni mayor ni menor que ori­ginariamente alcanzó a sus regiones hermanas de ambas ver­tientes de Auñamendi.

Su interior, callado y recogido —como el alma vasca— estaba saturado de recuerdos vetustos y de desolación. Pero brotó un grito profundo de los huesos de los asabas y se es­ponjó el aire con el calor de la sangre joven derramada por Euzkadi en la tierra circundante, estremecida de amor…

En Berlín con el Doctor Álvarez

Martes 14 de abril de 2020

Hace años, cuando el PNV, fundador de la DC en 1947, tuvo un congreso en Varsovia, fuimos a ella  una delegación presidida por Arzalluz. Eran tiempos en los que Javier Rupérez, un personaje antipático que quería que de su mano el PP entrara en aquel club, se hizo invitar y Arzalluz tuvo un rifi rafe con él. Nosotros éramos fundadores de una progresista y social DC federal europea  y Aznar, que se había declarado liberal, quería una percha de prestigio en  Europa y Rupérez se la estaba trabajando. Aquello acabó como acabó. En Chile, un minuto antes de que nos echaran, nos fuimos. Teníamos medallas de fundadores pero la  realpolitik de la CDU alemana  y las sucias maniobras de Aznar y Rupérez hizo que les interesara más el número español de eurodiputados que la historia vasca. Y cuento esto porque después de Varsovia Arzalluz nos invitó a ir con él a  Berlín a los lugares en los que él había estado como jesuita.

Fue toda una lección práctica de política europea la que nos dio no solo sobre Berlín, el Berlín Oriental, sus museos y monumentos, sino de la comida y las cervezas. Y cuento esto porque el trabajo de hoy va del diputado Javier Landaburu y el Lehendakari Aguirre. Tras una reunión de este tipo se fueron a Berlín a visitar los lugares donde el Lehendakari había estado escondido en 1941. El trabajo es pues muy interesante, como extraordinariamente  interesante tuvo que ser aquel paseo por Berlín con el Lehendakari. En la fotografía le vemos a Landaburu, Leizaola, un líder democristiano europeo y José Antonio Aguirre.

Landaburu tituló de esta manera, ”En Berlín con el doctor Álvarez”, su trabajo en Alderdi en 1956 pues José Antonio de Aguirre utilizó este nombre falso para esconderse de sus perseguidores. Es la historia que conté cuando hablamos del cónsul panameño Guardia Jaén.

Escribió así Landaburu.

“El avión que nos trae de París aterriza en Tempelhof cuando ya se ha hecho de noche. Un taxi nos lleva del aeropuerto al hotel Kempinski a través de avenidas espaciosas en las que alternan grandes edificios habitados y enormes espacios vacíos en completa obscuridad. Al cabo de diez minutos el taxi toma una curva bordeando las ruinas imponentes de la iglesia conmemorativa del empe­rador Guillermo y desemboca en otra avenida donde el panorama cambia radicalmente: luces de neón en todos los escaparates, en el marco de cada ventana, en el remate de las fachadas y mucho automóvil, mucha gente, mucha animación. Es la famosa Kurfurstendamm, centro del actual Berlín-Oeste, repleta de comercios de lujo, de cines, de restaurants, de cabarets, pletórica de publicidad luminosa. En una esquina una gran edificación moderna, el hotel donde nos alojan los amigos demócrata-cristianos alemanes a cuyo cargo corre la reunión que nos ha lleva­ndo a la ex-capital de las Alemanias anteriores. Kurfurstendamm conserva algunos inmuebles de antes de la guerra, ninguno indemne del todo, y los demás están reconstruidos aunque muchas de sus casas no pasan del primer piso ,ello da a esta brillante avenida, con sus luces y sus letreros de colorines, el aspecto que deben tener allá en el Oeste americano las calles principales de sus ciudades crecientes.

El doctor Álvarez Lastra, mi compañero de viaje, estaba impaciente por recordar « su » Berlín. No había vuelto desde aquellos días dramáticos de 1941 en que la ciudad era el centro de la guerra y pretendía orgullosamente convertirse en la capital del mundo. Álvarez  tenía prisa por recordar Berlín y, apenas cenamos, iniciamos el primer paseo de reconocimiento. No fué fácil. Entre que el doctor Álvarez debía de orientarse en cualquier ciudad tan medianamente como el presidente Aguirre y que el Berlín de hoy no es el del año citado, tan amplio fué el destrozo de los bombardeos, Aguirre hacía esfuerzo por recurrir a la memoria de Álvarez, ya muy lejana, y fundidos los dos en la persona de Álvarez-Aguirre, apenas pudieron encontrar aquella noche ni en los días sucesivos más testigos aun en pie de sus andanzas que una casa donde estaba la Pensión Victoria en la que el presidente Aguirre cuando fué doctor Álvarez pasó cuatro meses. Todo lo demás quedó en: «aquí debía estar… » y «me parece que era por aquí… » Otras personas que tampoco han vuelto a Berlín desde la guerra se desorien­tan igualmente. Tal es la proporción de los destrozos, Ia enormidad de la catástrofe que se cernió sobre la cuna de la iniciativa de los bombardeos aéreos de poblaciones. ¡Gernika!… Es verdad, el recuerdo viene irremediablemente, pero las víctimas y las ruinas de los bombardeos sobre Alemania ni justifican ni pagan los bombardeos anteriores. ¿Fueron obra de un loco? Obra de un loco, de millares de cómplices y de millones de egoístas que querían imponer al mundo, por tales procedimientos, una vida mejor y no impusieron más que la desolación y la vida eterna. Y todavía tienen seguidores, y todavía tie­nen estímulos poderosos…

En Berlín vimos muchas cosas curiosas. A nosotros, exilados, nos interesó extraordinariamente el caso de los que por centenas se evaden diariamente de tierras de dic­tadura para venir al campo de la democracia. La visita que hicimos a los refugios de Marienfelde y de Spandau nos enseñó el mecanismo de la recepción y de la criba de esos pobres tránsfugas, semejante en muchos aspectos a los muchos que cruzaban y cruzan el Pirineo hacia Fran­cia con sed de libertad. Asistimos a algún interrogatorio de evadidos. ¿En qué habrá quedado aquella mujer joven que venía desde Turingia y refería una historia policíaca demasiado bien preparada para ser verídica? ¿Espía? ¿Agitadora? ¿Una simple perseguida que se excedió vis­tiendo su calvario? De cualquier manera, no habrá sido detenida ni rechazada al otro lado del telón de acero que había cruzado hacía unos días. La República Federal admite a todos los ciudadanos alemanes, proporciona trabajo a los que quieren y a los que no quieren trabajo les da alojamiento y comida hasta que se cansan de no tra­bajar o se reintegran voluntariamente a sus pueblos de origen. Con todas estas garantías, es bien triste la vida del desterrado aun dentro del mismo país.

En el propio Spandau, a no mucha distancia del campo de refugiados, está la famosa prisión donde los dirigentes nazis supervivientes cumplen sus condenas. Seguramente que estos huéspedes forzosos de los cuatro grandes gobiernos aliados tienen celdas más confortables que los dormitorios del asilo de evadidos y mejor rancho y hasta mejores perspectivas de existencia el día en que vayan siendo puestos en libertad. Y, sin embargo, fueron ellos la causa de tantas calamidades subsistentes todavía.

De Berlín Oeste se pasa al Este sin dificultad, a pié o por cualquier medio de transporte. No hay señal de frontera. En algunos sitios esta es una plaza cortada en su centro o un trozo de calle en que cada acera pertenece a zona distinta. Sólo se ven unos letreros que, de un lado y de otro, tienen más de reclamo político que de indicación geográfica y que dicen, poco más o menos: «A X metros termina la zona de la libertad», «Aquí comienza la verdadera democracia». Juego de vocablos demasiado gastados en una y otra parte. Hay otras cosas que marcan más elocuentemente la diferencia de vida entre las dos zonas. Del lado occidental, a medida que se llega al orien­tal, disminuyen rápidamente la animación, los comercios y la publicidad. Del lado oriental, el comercio es también escaso, la publicidad es abundante pero exclusivamente política y la animación no se vuelve a encontrar, y menos en los kilómetros de profundidad que nosotros recorrimos. A la Kurfurstendamm brillante y ruidosa que hemos citado, corresponde en la zona soviética la Unter den Linden, tan señorialmente prusiana, tan renombrada en otras épocas. Esta avenida, corazón de la vida de todos los Reich, estaba limitada por un lado por la puerta de Brandenburgo y, por el otro, por el palacio imperial. La puerta está en ruinas coronada por una bandera rusa y de la residencia de los Kaiser no queda más que la tierra donde se levantó, que es ahora la plaza de Marx-Engels, lugar de concentraciones y desfiles, en el que la única instalación es una colosal tribuna de madera donde los notables del régimen se instalan cuando embridan al pueblo, con o sin armas, para pasarlo en revista. Los des­files deben de ser ordenados y, desde luego, muy nutri­dos, pero una película nos había mostrado el día ante­rior, a ese pueblo revuelto contra esos notables y sus agentes en la famosa jornada del 17 de junio de 1953.

La parte oriental de Berlín, en plena, tarde, nos im­presionó por lo desierto de sus calles. Aparte de un poco de concurrencia en la estación de la Friedrichstrasse, a la hora de cesar el trabajo y tomar el tren para volver a casa, aparte una cola de treinta personas a la entrada de un cine y aparte de algún otro grupo en la Alexanderplatz junto a los bazares del Estado, creo que en tres horas no vimos aglomeración mayor de tres personas. Todas las demás personas van por las calles solitarias y de prisa. Las calles y los andenes del «metro» al esperar los trenes nos recordaban París ocupado, un París sucio y ruinoso, y para mejor recordar aquel ambiente abruma­dor, los policías uniformados del gobierno de Pankovv usan prendas iguales a las que el ejército de Hitler paseó por Europa. No se ven con exceso tales policías, ni vimos más soldados rusos que los que dan guardia en zona occidental a un monumento militar ruso, cuyas inscrip­ciones atribuyen exclusivamente a la U.R.S.S. todos los méritos y todos los beneficios de la victoria aliada. Pero si no se ven policías, tampoco se ven ciudadanos ya que no cruzamos más de veinte personas en toda Ia Unter den Linden, ni más de diez automóviles, alemanes o rusos, en trayectos de centenares de metros. En cuanto a tranvías y autobuses, fueron idénticos a los del otro Berlín y hoy son viejas máquinas y depósitos de porquería.

Los escaparates de los comercios apenas tienen nada que exponer, son pobres y sin adorno. La ornamenta­ción conjugaría difícilmente con la exhibición forzosa de alegorías políticas, todas iguales. Sobre las fachadas de las casas, sobre las calles, multitud de letreros en rojo y blanco, con frases de Marx, de Lenin, de Taelmann, y muchas banderas, por todas partes banderas soviéticas con o sin banderas alemanas. Fuera de algún cafetín cuyo exterior invitaba a no detenerse, no encontramos en nues­tro largo paseo por las calles más céntricas más que dos cafés iluminados, el famoso «Bucarest» y otro frente a él, dedicados, según se nos dijo, a refrigerio de turistas extranjeros con obligación de pagar sus consumiciones en marcos occidentales por cantidad igual de marcos orientales cuando aquellos valen cuatro veces más.

Esos dos cafés están instalados en la Statinallee, vía triunfal de un nuevo imperio, todavía nuevecita, amplia, solemne, de varios kilómetros de longitud. Es lo único reconstruido pero se discute el gusto arquitectónico de sus edificios cuya similitud impone. Dicen que están re­servados exclusivamente a habitaciones de funcionarios y de miembros del partido. De cualquier manera, era la hora de encenderse las luces en las casas y podemos ase­gurar que lo que se ve desde fuera, mobiliario, síntomas de hogar confortable, sin que sea mísero, es demasiado modesto para decorado tan suntuoso. En las traseras de esa decoración de edificios arrogantes, otra vez ruinas, barracas, privaciones, miseria, tristeza, angustia, recelo. ¿Por qué las gentes van tan de prisa por las calles del Berlín soviético? ¿Por qué no miran de frente? ¿Por qué no hablan entre ellas? ¿Por qué no sonríen? Tampo­co eso es una vida mejor. Una visita de tres horas basta para convencerse, y eso que los berlineses orientales, todavía racionados, muy limitados en muchas cosas, pero con la posibilidad de pasar a Berlín-Oeste aunque no sea más que a recrearse la vista, a recordar y a esperar, no son los más desfavorecidos de todos los ciudadanos del Este. ¿Es qué tampoco se sonríe en Praga, ni en Varsovia, ni en Moscú, ni en Pekín? ¿Es que medio mundo se ha vuelto triste? Si esto es cierto, no hay ideología ni revolución, por sublimes que sean sus objetivos finales que puedan justificarlo. El hombre pierde la sonrisa cuando tiene el alma enferma y aunque el alma fuese solo un lujo burgués, no hay derecho a tratarla así, aun estando seguro de que esa tristeza actual sea la base for­zosa, ineludible, de una alegría popular futura, de una alegría universal e idílica cuando todos los hombres sean buenos y todos felices, cuando la humanidad entera solo tenga motivos para volver a sonreír. No sé si tanto materialismo histórico puede explicar fenómenos tan poco humanos.