Para los
que piensan que Agirre solo hablaba de política, del estatuto, de la guerra, del
exilio es bueno destacar que era una persona equilibrada a la que le gustaba también hacer otras cosas. Obvio. Desde
jugar al fútbol en el Athletic a tocar el fiscorno (en la foto en el Colegio de
Orduña) o cantar en el Elai Alai. Cuando
cayó Bilbao no mandó una división militar que no tenía sino al coro Eresoinka, grupo Elai Alai y a la selección de Euzkadi
para que explicaran al mundo que aquí había un pueblo pequeño amante de la paz
que estaba siendo sometido a los rigores de una guerra de exterminio. Lo hizo
con música y deporte.
De eso
nos habló su compañero de fatigas Manuel de Irujo que lo ilustraba de esta manera:
“La figura del primer presidente del
Gobierno Vasco, el aniversario de cuya desaparición
conmemoramos, es bien conocida y merece atención, cariño y respeto. Para vivir
aquella existencia era preciso ser un hombre extraordinario, fuera de serie,
como en efecto lo fue el lehendakari Aguirre.
Los libros de José
Antonio son trasunto de su vida política y describen la historia del período de
la vida del pueblo vasco a que hacen referencia. Nadie podía realizar esa labor
con más autoridad que él.
A mí, no obstante, me llama más a la mente
y al corazón el recuerdo del hombre, la condición humana de su ser, sus
reacciones personales, desprovistas de luz y taquígrafos. Y no me refiero al futbolista,
a quien no conocí, sino al hombre maduro con el que discutí e intimé.
Mucho más que cualquier otro arte, amaba José
Antonio la música. Le gustaba oírla, tararearla o cantarla. Muchas veces pensé,
escuchándole, que su vocación más definida fuera la de músico y que tal vez su segunda afición fue la histórica. José
Antonio se estaba haciendo historiador. Dedicó muchas horas de su existencia a
leer historia e investigar sobre sus motivos. En los postreros años de su existencia,
vividos en París, partía el día en dos: la mañana la dedicaba a la Delegación,
y la tarde a la investigación histórica.
Cuando José
Antonio murió, su viuda hizo examinar aquellos trabajos históricos a Ildefonso
Gurruchaga, que publicó un cuaderno dedicado a Sancho
VII, «El
fuerte», rey de Navarra”, aquel hombre de estatura colosal que estuvo a
punto de anticipar en tres centurias el término de la lucha de la reconquista
peninsular, dándole fin a principios del siglo XIII. ¿Por qué no se estudian mejor aquellas
notas históricas de Aguirre?
Era extraordinario su valer en José Antonio, su simpatía personal, su calor
humano, su «charme». Yo he visto y he oído a los vascos que venían a
visitarle. Salían de su despacho encantados. Y no es que les prometiera mercedes,
cargos, ventajas u honores. Nada de eso. ¿Qué podía darles un exilado? Les
transmitía, pura y simplemente, los afanes patrióticos de su corazón de vasco
enamorado de Euzkadi y demócrata ofrecido a la causa de todas las libertades.
Porque,
además de humanista, era José Antonio un ser humano de
primera condición. Estrechaba la mano de sus amigos como él sólo sabía hacerlo.
Y no es que montara la comedia. Era la más auténtica expresión de su propio ser
la que transmitía.
Mauriac, Premio Nobel de Literatura,
comentaba un día en que cenamos juntos en París, en
casa de Mme. Malaterre, que iba a tratar de dar vida a alguno de sus personajes
tomando modelo del modo de ser y de traducirse de José Antonio. El propio Mauriac, que sobrevivió
a Aguirre, semanas antes de sufrir la
caída que precipitó el fin de sus días, me lo recordaba.
Lo mejor de José
Antonio era el hondo sentido humano que llenaba su ser, su cordialidad abierta
y generosa, su capacidad de sentir, de querer y
de amar.
Tal vez hizo añorar
su específica condición de líder el hecho de ser el hermano mayor de numerosa
familia, de la que tomó el timón de gobierno muy joven, a la muerte de su
padre. La responsabilidad inherente a esa condición de director de los negocios
de la casa y jefe de la familia, creó el marco adecuado para que su valer
personal y su propio carácter encontraran medio idóneo donde proyectarse en el
ámbito social que le vio nacer.
Muerto en el
destierro, constituye un símbolo representativo del pueblo vasco y
de sus afanes de libertad”.
Don Alberto era un hombre extraordinario. Tuve el honor de conocerle y visitarle en su casa de Donibane en la calle Etchegaray. Había pasado la frontera, tras su laborioso exilio, y lo primero que hizo fue ir al cementerio a poner unas flores en la tumba de su hermano Celestino, sacerdote como él, y fusilado por los militares. En la foto le vemos en la Delegación del Gobierno Vasco en Londres con Irujo, Lizaso, Agirre y unos diplomáticos.
El
canónigo de Valladolid, D. Alberto de Onaindia, conocido también como James
Masterton y Doctor Olaso fue un notable eclesiástico nacido en Markina el 30 de noviembre de 1902.
Efectúa sus primeros estudios en los Jesuitas de Durango y los eclesiásticos en
el Seminario de Vitoria. Se doctora y ordena en Roma donde cultiva el trato de
diversas personalidades de la Curia vaticana. Durante tres años ejerce la
enseñanza en el Seminario de Saturrarán obteniendo en 1929 una canongía en
Valladolid. Es destinado por su obispado a Las Arenas (Getxo) donde se dedica a
las actividades de doctrinamiento social y a la creación de centros como las
escuelas nocturnas de Romo.
Su
amistad con José Antonio Aguirre y otros futuros prohombres del
nacionalismo data de este período, y
también su participación en la fundación de AVASC (Asociación Vasca de Acción
Social Cristiana) y en el impulso decisivo del sindicalismo de ELA en los años
30. Llega a ser, junto con Aitzol y Policarpo Larrañaga, el ideólogo mayor de
esta organización y uno de sus «sacerdotes propagandistas» más puestos al día.
Al constituirse el Gobierno Vasco fue adscrito
al servicio de Presidencia y desde esa posición fue el encargado de defender la
postura prorrepublicana del PNV ante el Vaticano.
Su
actividad, que ocasionó la reacción opuesta de los obispos de Vitoria y
Pamplona, se concretó en un Informe a la Santa Sede del 23 de octubre de 1936,
preparado con los datos que le proporcionaron Ajuriaguerra, Aguirre, J.
Jauregui, D. Ciáurriz y Robles Aránguiz.
Meses
más tarde fue testigo presencial de la destrucción de Gernika (26 de abril de
1937) encargándosele la difusión de la noticia desde los foros internacionales.
También corrió a su cargo la negociación de canjes de prisioneros lo cual
sirvió para que fuera considerado por los insurrectos el hombre indicado para
contactos y posibles negociaciones.
Los
últimos años de la guerra reside en París, que abandona, ante el avance alemán,
la noche del 10 de junio de 1940 pasando a Inglaterra. Allí iniciará sus
alocuciones radiofónicas en la BBC como J. Masterton, alocuciones que
proseguirá al acabar la contienda en Radio París bajo el que será popular pseudónimo
de Padre Olaso. Publica una revista denominada «Anaiak» donde reproduce
documentación de interés concerniente a la causa nacionalista. Es el artífice
de la célebre carta-retractación “Imperativos de mi conciencia “redactada por
el exiliado obispo Múgica en 1946, carta que produciría un gran impacto en la
opinión pública consagrando la nefasta fama que le dedica la prensa y la
propaganda franquista.
Como
cabeza de fila de lo que se ha venido en denominar «clero vasco», en 1954
acompañó a Francisco Xabier de Landaburu en su gira por Sudamérica. En la
universidad de Montevideo pronunció una conferencia sobre «La Universidad y el
Pueblo», siendo presentado por el senador Dardo Regules, fundador del Partido
Demócrata Cristiano en el Uruguay. Ambos viajeros visitaron al presidente de la
República Julio Battle Berres. Tanto en Argentina como en Venezuela pronunció
varias conferencias. Retirado en San Juan de Luz, que no abandonó pese al
restablecimiento del régimen parlamentario en España y de un Gobierno Vasco de
mayoría nacionalista en Euzkadi continental, muere en esta villa laburdina el
18 de julio de 1988.
Recuerdo
el impacto que nos causó su libro
“Hombre de Paz en la Guerra” y “Jóvenes del Mañana”. Era un intelectual,
un hombre de acción, un erudito y el posible Cardenal vasco que no fue por ser
abertzale.
La muerte de Agirre le impactó, habida cuenta de su amistad con el Lehendakari y cuando le pidieron en Radio Paris una semblanza del presidente no dudó en hacerla de forma breve y sentida. Fue ésta:
“Con gentileza, que agradezco vivamente, la
Radiodifusión Francesa me ha invitado a hablar hoy ante su micrófono para
rendir un homenaje a la memoria de José Antonio de Aguirre y Lekube, antiguo
presidente del Gobierno Autónomo Vasco en exilio, que falleció a consecuencia
de una crisis cardiaca en París el pasado martes, día 22 de marzo.
El gran diario parisino Le Monde le dedicaba
ayer un amplio suelto informativo con sentidas frases de respeto y elogio. Los
periódicos de Bilbao comunicaban también a sus lectores la triste noticia con
serena objetividad.
José Antonio de Aguirre fue para mí, desde
hace ya treinta años, el amigo entrañable, leal e íntimo, en los días de
alegría y en los momentos de prueba. Casi me consideraba como un allegado suyo.
Nunca olvidaré los ratos vividos en su
compañía en las innumerables ocasiones de fechas, recuerdos y acontecimientos
familiares. Mi última cena con él y los suyos fue el pasado sábado, festividad
de San José, por haberme invitado a conmemorar con ellos el aniversario de mi
ordenación sacerdotal.
Así, comprenderán mis oyentes la emoción que
me embarga en estos momentos y mi temor de no ser capaz de ordenar mis ideas,
ni expresar debidamente ante este micrófono mis sentimientos.
Naturalmente, no voy a hablar de Aguirre como
político, como hombre de estado o como escritor. Mis relaciones con él se
situaban en otro plano más enjundioso, más profundo, más humano. Quiero rendir
mi modesto homenaje al hombre, al caballero honrado, al ejemplar cristiano,
pues todo eso fue José Antonio.
Ha fallecido cuando menos lo esperábamos.
Presentaba un aspecto de salud y de energía que evocaba al joven futbolista del
Athletic de Bilbao. Cuando me llamaron urgentemente en el momento del síncope y
le di la absolución sacramental, no podía creer lo que estaban viendo mis ojos.
Dos días antes había estado en misa recibiendo, como de costumbre, la sagrada
Comunión. Pero los secretos designios de Dios nos arrebataban al hombre bueno,
querido y admirado de los suyos y respetado hasta de sus adversarios.
José Antonio de Aguirre no tuvo jamás
enemigos. Era cordial, sencillo, inclinado siempre a ver el lado de luz, las
buenas cualidades del prójimo. Estaba hecho para una labor de concordia y de
unión. Su simpatía personal era contagiosa, y quizá ello contribuyó a despertar
en las gentes una adhesión de profundo sentimiento y viva amistad, y hasta
incluso a crear un mito alrededor de su persona.
No tuvo muchos éxitos en su vida pública. Así
me lo decía él en más de una ocasión. Siendo un espíritu de paz, se vio
envuelto en una guerra atroz. Y a pesar de sus fracasos y derrotas, estaba
convencido de que su pueblo le rodeaba de afecto y cariño. «Para que el
pueblo respete y quiera a un jefe –me decía él– es indispensable que este sea honrado,
leal y desinteresado».
Aguirre vivió, desde su juventud, entregado
totalmente a un ideal, casi obsesionado por él. Nunca le observé la menor
preocupación de ganancias, ventajas materiales o riquezas. Mucho podría hablar
yo de su generosidad en este terreno. A veces nos daba la impresión de un
despreocupado, hasta de los suyos, en materia de dinero.
Espiritualmente era un auténtico ignaciano.
Formado en toda su carrera por los padres jesuitas, estudioso constante del
pensamiento de San Ignacio, su vida íntima llevaba el sello inconfundible de
los ejercicios espirituales del fundador de la Compañía de Jesús. No fue un hombre
de beaterías sensibleras, sino de fe sincera y robusta, de sólida práctica
religiosa. Su devocionario, quizá único, era el misal.
Y con ser tan profundamente creyente, fue un
alma inquieta ante la justicia y la libertad, característica esta que no siempre
suele ser la señal distintiva de muchos católicos.
Su vocación más íntima fue la del hombre
consagrado al bien del pueblo. Encarnaba al gobernante según Santo Tomás, que
ejerce la alta misión de la política en defensa de objetivos noblemente sentidos
y en beneficio de la comunidad. Se sentía al servicio de los demás.
José Antonio poseía una cualidad que quizá
caracterizaba su personalidad: su calma y serenidad espiritual y su optimismo
contagioso. Pero era un optimismo que a veces disimulaba serias preocupaciones
interiores, que solo las confiaba en la intimidad al amigo. Era difícil
percibir sus congojas, que las tuvo en más de una ocasión, porque estimaba que
no se deben sembrar la inquietud y el desasosiego entre gentes buenas y
sencillas que viven la lucha diaria de la vida.
Por eso le vimos siempre rodeado de respeto,
de admiración y afecto de parte de personalidades nacionales y extranjeras que
llegaron a tratarle y a conocerle. Buena prueba son los innumerables telegramas
y mensajes de condolencia que llegan estos días a sus familiares, sobre todo de
los países de América Latina.
Hombres de estado y altas personalidades
eclesiásticas le distinguían con su amistad. Todavía viven dos o tres obispos
por quienes él sentía una cierta debilidad. «La sombra de esos hombres
–decía él – hace más bien que muchos actos de aparato y ostentación
«.
Tenía una gran veneración por su santidad el
papa Juan XXIII, a quien conoció y trató en Paris. Y ahora seguía con el mayor
interés las múltiples manifestaciones del romano pontífice.
Le atraía todo lo que fuera grandeza de alma,
amplitud de miras, en los nuevos movimientos del catolicismo social y de la
unión de las iglesias.
¿Y no tenía faltas? Naturalmente que las tenía. Pero prefiero llamarles limitaciones.
José Antonio de Aguirre fue en verdad todo un
hombre, en el más amplio sentido de esta palabra. Por eso le comprendían hasta
los que no participaban de sus ideas políticas o religiosas. Su sinceridad, su
lealtad, su honradez pública, las proclaman cuantos le conocieron, hasta sus
adversarios.
Reciba nuestras condolencias más sentidas su atribulada
familia, su querida esposa y sus hijos. Y siéntanse ellos y todos sus
familiares orgullosos del recuerdo que deja tras de sí el hombre que acaba de
irse a Dios.
Una oración por su alma.
Que el Señor le tenga en su gloria.
Sea ese el recuerdo que le dediquen los
hombres de buena voluntad”
Siempre he tenido
curiosidad por saber cómo era de verdad José Antonio de Agirre más allá del
tópico o de ese cliché a veces
amilbarado que tenemos. De ahí la importancia en recabar testimonios de gente
que le conoció personalmente. Es el caso del P. Iñaki Azpiazu, un sacerdote de
Azpeitia que llegó a estar en el juicio de Eichman en Israel y ser el capellán
de las prisiones argentinas. Escribía muy bien, era muy valiente y daba gusto
leer sus denuncias y escritos.
Y es que era hombre de gran experiencia. Siendo de Azpeitia escribió un
libro muy esclarecedor “Siete Meses y Siete días en la España de Franco”. En su
día contacté con Eusebio Larrañaga, del Gobierno Vasco que reeditó el libro.
Salido al exilio estuvo en campos de concentración y fue capellán de la
Brigada Vasca. Secretario del Obispo Auxilar de Buenos Aires, se movía como pez
en el agua en todos los ámbitos.
Y nos dejó esta buena semblanza del Lehendakari:
Conocí personalmente a D. José
Antonio de Agirre, en una visita que le hice en Bilbao, en su oficina, a
primeros de Julio de 1933. Me acompañaba un ondarrés, a quien se le conocía con
el pseudónimo de Artibai. Era un activista, militante del PNV, muy conocido
dentro del abertzalismo por su participación en la movida historia de las
acciones del Partido, que tuvo por escenario a Bergara.
La acogida de Agirre fue muy
cordial. Tenía la voz bastante apagada, la garganta irritada, pero fumaba sin
cesar. A los dos nos preocupaba el futuro de la juventud obrera y habíamos
cruzado ya alguna correspondencia a este respecto.
El orientador sacerdotal de este
tema, que empezábamos a proyectar en el campo de las realizaciones, era mi
amigo D. Martín Lekuona, a la sazón párroco de Musitu, Alava.
En la Semana Santa de ese año de
1933, yo había acompañado a Lekuona en el desarrollo de las ceremonias religiosas,
como predicador y confesor en el culto de Musitu. Ambos empezábamos a dar a
nuestro ministerio una línea de acción obrera y en él había germinado ya la
idea de crear en la diócesis un movimiento jocista. Durante los días de
convivencia en Musitu, en torno a ese tema giraron nuestras conversaciones y
formamos algunos proyectos concretos.
Uno de éstos consistía en tomar
contacto con algunos laicos de vocación social conocida y ver de formar un
equipo de trabajo. De regreso al Seminario el Domingo de Resurrección, pasé
nuestras inquietudes en Vitoria al joven y brillante escritor D. Javier
Landaburu, quien se prestó a interesar en el asunto a D. José Antonio Agirre.
Continuación de estas relaciones
fue la entrevista con Agirre en Bilbao, mi primera toma de contacto personal
con el Lendakari.
A Agirre le entusiasmaba la idea.
Hombre de acción y dado a crear rápidamente cuadros de organización, me expresó
la conveniencia de situar la JOC(Junta de Obreros Católicos) en un ambiente netamente
vasco, pero no dependiente del PNV, en una relación de escuela proveedora de
vocaciones adultas bien preparadas para entrar luego en Solidaridad, pero
cuidando la independencia frente a esta organización sindical.
La entrevista fue seguida de
otras, principalmente de una que tuvo lugar en Deva. De ésta y por caminos
insospechados, abiertos por la Providencia, partieron en direcciones
geográficamente distanciadoras las vidas de Lekuona y mía. La de él fue
dirigida a Rentería y la mía a Salinas de Anana, una de las zonas obreras más
interesantes de Álava. Por la parte de los laicos, fueron creciendo los equipos
y prestó a la idea jocista apoyo eficaz la prensa abertzale desde Bilbao y de
Solidaridad desde San Sebastián. Mis relaciones con Agirre fueron haciéndose
cada vez más frecuentes, durante mi permanencia en Salinas de Añana, a partir
del verano de 1933
Era hondamente vitalista su
vocación social, propensa a la acción, diáfana en los procedimientos, sobre
todo muy respetuosa de la distinción de los campos espiritual y temporal en
las cuestiones, que estudiábamos y en los trabajos que realizábamos. Esto
afianzaba nuestra amistad, pues también nosotros en el Seminario de Vitoria,
dijeran lo que dijeran sus detractores, éramos partidarios de usar las fuerzas
internas del Evangelio en el apostolado y no atar el destino de la Iglesia a la
suerte ziz-zagueante de los caros políticos. En Salinas de Añana me fue fácil
hacer los primeros ensayos, con la colaboración de quienes nos aportaban su
serio sentido cristiano de la acción social y su importante experiencia en la
conducción de los movimientos.
Tras estos prólogos de mi
relación con el Lendakari Agirre, vino la guerra. Durante ella, no estuve cerca
de él, hasta que el 26 de abril de 1937, justamente en el día del bombardeo de
Gernika, seguido de cerca por los «cruzados» pude trasponer el
Bidasoa e iniciar mi larga vida de exilio.
Me encontré con él en Villa
Endara de Anglet, en una mesa común con el imponderable Doroteo Ciaurriz, el milagroso
Eliodoro de la Torre, que con su método de «Urtantea» mantuvo fértil
y fecundo el exilio más difícil de la historia. Era el tiempo del
«alto» en Santoña, donde se estaban jugando el forro los Ajuriaguerra,
los Azkue, los Markiegi, los burukides de heroica responsabilidad. Agirre ocupaba
el centro, apenas comió, fumó mucho y habló más. Su gran preocupación era
organizar cuanto antes el destierro de los millares de vascos, ante los que se
abrían las más duras perspectivas. De su corazón saltaban a su imaginación y a
su palabra los proyectos más audaces. Tomando notas, le escuchaba Eliodoro de
la Torre, dispuesto a traducir en hechos los propósitos del Lendakari.
De Endara, centro de acción del PNV salieron así las ideas motrices de
la organización del exilio, que alcanzaron a crear colonias de niños,
reagrupamientos de familias, asistencia social y promoción laboral para los
concentrados en los campos cerrados de Francia, el mundo de relaciones
diplomáticas adecuadas a las necesidades políticas, que la guerra mundial hizo
más urgentes y complicadas.
Dentro de ese mundo, inquieto y
turbulento, vi moverse a Agirre con inagotable sensibilidad para percibir el
dolor ajeno, siempre optimista, nunca soñador ingenuo, muy consciente de
«ser» el Lendakari, no para beneficiarse con la autoridad, sino para
jugarse con ella al servicio del pueblo.
Recoger en anécdotas tan vasta
actividad, sería sin duda útil y edificante; pero también difícil y también
imposible dar exhaustivo cumplimiento a tal deseo.
Por lo que a mí hace, quiero
principalmente adentrarme en la intimidad de Agirre y describir sus reacciones
ante determinados problemas propios de la autoridad civil con sentido
cristiano de su ejercicio.
Agirre tenía profundas
convicciones cristianas. No le debió ser fácil mantenerlas, mostrarlas,
defenderlas, transmitirlas en las extraordinarias circunstancias, que le tocó
vivir.
Tengo delante una larga carta,
que me escribió con fecha 6 de mayo de 1940. Se aproximaba el estadillo de la
ofensiva alemana. Agirre me escribió a Bayona, desde donde extendía mi
apostolado hacia los lugares de trabajo, que para nuestros obreros habíamos
logrado encontrar y organizar. Era éste quizás el sector del exilio, que más
preocupaba al Lendakari.
«He de hablar a Vd. —me
decía— con la convicción de quien siente íntimamente el futuro espiritual de
nuestro pueblo y está seguro de encontrar en su espíritu un eco basado en
idénticas preocupaciones y desvelos».
En Agirre era vieja esta
inquietud por el porvenir espiritual de su pueblo; lo había expresado en
multitud de ocasiones, en las concentraciones populares, en los discursos
pronunciados en el Congreso; pero cuando ocupó el primer puesto de la autoridad
civil de Euzkadi dedicó mucho tiempo a buscar soluciones en un análisis
profundo de esa inquietud.
«Tengo sabido y ello no me
extraña, que la formación espiritual de nuestros trabajadores —y hoy lo son
todos nuestros emigrados— deja bastante que desear. Como le digo, no me
extraña el hecho, aún cuando en mi conciencia y espíritu cristianos me duele
extraordinariamente. Ha sufrido mucho nuestro pueblo. La contradicción de ideas
fundamentales con actos y conductas reñidos en absoluto con lo predicado; el
exilio; el trato con personas, de fé religiosa no tan firme y en muchísimos
casos sin ninguna preocupación de índole religiosa; la dureza misma de la vida;
la situación de los familiares en desgracia, cuando no la pérdida de algunos
de ellos, etc. etc. son motivos que humanamente hacen comprender que la fe de
nuestras juventudes ha tenido que sufrir rudo golpe».
Pero no era Agirre hombre que
cediera al pesimismo, ni dejaba de ver su obligación de rodear de posibilidades
de recuperación cristiana a la población sometida al riesgo de perder su fe.
«Ustedes como sacerdotes y
yo como gobernante católico tenemos el deber de reaccionar contra todo esto,
dotando a nuestra juventud de todos aquellos elementos que, levantándoles la
vista del dolor y del desengaño, les haga caminar de nuevo por la ruta de la
fe, no solamente porque es tradicional en nuestro pueblo, que éste es
argumento de circunstancias, sino porque debe ser la guía y la norma de los
actos públicos y privados de cada uno de los vascos».
El Lendakari veía en esta
situación anímica de nuestra juventud algo «circunstancial y
pasajero», porque «a mi juicio puede más la educación de tantos
siglos, que no la irritación que alcanzará a nuestra juventud en esta época
corta al lado de aquella. Es fenómeno éste que se repite en todas las latitudes
y en todos los pueblos que han sufrido por ser precisamente cristianos y
conducirse como cristianos y que se ven condenados y atacados por aquellos, que
han involucrado el nombre de Cristo en la más odiosa e inhumana de las
agresiones».
Para esta obra de reconstrucción
espiritual, Agirre sabía cual era el medio eficiente y legítimo.
«Si sabemos nosotros
conservar la fe en la juventud, el cristianismo en sus costumbres, predicándolo
por supuesto nosotros, los de arriba, con el ejemplo, y sublimando al mismo
tiempo el sacrificio de nuestro pueblo con miras a cosas más altas, yo estoy
seguro que del destierro llevaremos a la Patria un plantel de hombres, desde
los universitarios hasta el más humilde trabajador, con una formación recia,
capaz de modelar todo un pueblo».
En el momento de escribirme esta
carta el Lendakari se hallaba en circunstancias harto inquietantes, en días inmediatamente
anteriores a la invasión alemana en
Francia, separado de su familia refugiada en Bélgica, es decir, en momentos en
que surgían dentro de él y en su rededor graves problemas. Sin embargo, en la
jerarquización moral de sus deberes, Agirre no vacilaba en decir lo siguiente:
«Quiero descargar en esta
carta mi preocupación de jefe de un pueblo cristiano, puesto en circunstancias
difíciles y por lo tanto de extraordinaria y terrible responsabilidad para el
futuro».
Descendiendo al campo de los consejos
eficientes, Agirre no vacilaba en despertar vocaciones sacerdotales, para que
trabajaran allá donde hubiera trabajadores vascos desterrados, en Burdeos,
Toulouse, Tarbes, Lannemezan.
«No se puede permitir de
ninguna manera que haya en estos momentos sacerdotes vascos si no inactivos,
por lo menos ausentes de la necesidad espiritual urgentísima de sus
compatriotas. No vayamos a predicar la fe a los franceses, dejando de hacerlo
con nuestros propios compatriotas. Y terminaba Agirre su carta con esta frase,
que sintetiza la armonía que debe presidir la conducta de la autoridad civil
ante los problemas espirituales de su pueblo:
«Esta carta tiene todo el
clamor de urgencia y de ruego en el orden espiritual y si en el patriótico
pudiera algo, en un terreno en el que el espíritu debe predominar, cada una de
sus letras contendría un mandato imperioso».
Estaba yo en New York, cuando
Agirre me escribió, que, al pasar hacia Roma, me detuviera en París: «Erroma’ra
juan baño lenago, ona izango zaigu Paris’en alkarrekin itz egitea. Laixter
arte, bada, emen alkar ikusi arte». Llegué a París al día siguiente de su
muerte. Desde allí vine a solas con su cadáver hasta San Juan de Luz. En el
largo y doloroso camino agradecí a Dios haber conocido tan de cerca a quien supo
armonizar sus deberes de Lendakari cristiano, en el ejercicio difícil de su
autoridad.
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