José Antonio Agirre, el músico y el historiador

Martes 28 de abril de 2020

Para los que piensan que Agirre solo hablaba de política, del estatuto, de la guerra, del exilio es bueno destacar que era una persona equilibrada a la que  le gustaba también hacer otras cosas. Obvio. Desde jugar al fútbol en el Athletic a tocar el fiscorno (en la foto en el Colegio de Orduña)  o cantar en el Elai Alai. Cuando cayó Bilbao no mandó una división militar que no tenía sino al coro Eresoinka,  grupo Elai Alai y a la selección de Euzkadi para que explicaran al mundo que aquí había un pueblo pequeño amante de la paz que estaba siendo sometido a los rigores de una guerra de exterminio. Lo hizo con música y deporte.

De eso nos habló su compañero de fatigas Manuel de Irujo que lo ilustraba de esta manera:

“La figura del primer presidente del Gobierno Vasco, el aniver­sario de cuya desaparición conmemoramos, es bien conocida y merece atención, cariño y respeto. Para vivir aquella existencia era preciso ser un hombre extraordinario, fuera de serie, como en efecto lo fue el lehendakari Aguirre.

Los libros de José Antonio son trasunto de su vida política y describen la historia del período de la vida del pueblo vasco a que hacen referencia. Nadie podía realizar esa labor con más autoridad que él.

A mí, no obstante, me llama más a la mente y al corazón el recuerdo del hombre, la condición humana de su ser, sus reacciones personales, desprovistas de luz y taquígrafos. Y no me refiero al futbolista, a quien no conocí, sino al hombre maduro con el que discutí e intimé.

Mucho más que cualquier otro arte, amaba José Antonio la música. Le gustaba oírla, tararearla o cantarla. Muchas veces pensé, escuchándole, que su vocación más definida fuera la de músico  y que tal  vez su segunda afición fue la histórica. José Antonio se estaba haciendo historiador. Dedicó muchas horas de su existencia a leer historia e investigar sobre sus motivos. En los postreros años de su existencia, vividos en París, partía el día en dos: la mañana la dedicaba a la Delegación, y la tarde a la investigación histórica.

Cuando José Antonio murió, su viuda hizo examinar aquellos trabajos históricos a Ildefonso Gurruchaga, que publicó un cuaderno dedicado a Sancho VII, «El fuerte», rey de Navarra”, aquel hombre de estatura colosal que estuvo a punto de anticipar en tres centurias el término de la lucha de la reconquista peninsular, dándole fin a principios del siglo XIII. ¿Por qué no se estudian mejor aquellas notas históricas de Aguirre?

Era extraordinario su  valer en José Antonio, su simpatía personal, su calor humano, su «charme». Yo he visto y he oído a los vascos que venían a visitarle. Salían de su despacho encantados. Y no es que les prometiera mercedes, cargos, ventajas u honores. Nada de eso. ¿Qué podía darles un exilado? Les transmitía, pura y simplemente, los afanes patrióticos de su corazón de vasco enamorado de Euzkadi y demócrata ofrecido a la causa de todas las libertades.

Porque, además de humanista, era José Antonio un ser humano de primera condición. Estrechaba la mano de sus amigos como él sólo sabía hacerlo. Y no es que montara la comedia. Era la más auténtica expresión de su propio ser la que transmitía.

Mauriac, Premio Nobel de Literatura, comentaba un día en que cenamos juntos en París, en casa de Mme. Malaterre, que iba a tratar de dar vida a alguno de sus personajes tomando modelo del modo de ser y de traducirse de José Antonio. El propio Mauriac, que sobrevivió a Aguirre, semanas antes de sufrir  la caída que precipitó el fin de sus días, me lo re­cordaba.

Lo mejor de José Antonio era el hondo sentido humano que llenaba su ser, su cordialidad abierta y gene­rosa, su capacidad de sentir, de querer y de amar.

Tal vez hizo añorar su específica condición de líder el hecho de ser el hermano mayor de numerosa familia, de la que tomó el timón de gobierno muy joven, a la muerte de su padre. La responsabilidad inherente a esa condición de director de los negocios de la casa y jefe de la familia, creó el marco adecuado para que su valer personal y su propio carácter encontraran medio idóneo donde proyectarse en el ámbito social que le vio nacer.

Muerto en el destierro, constituye un símbolo representativo del pueblo vasco y de sus afanes de libertad”.

Agirre estaba hecho para una labor de concordia y unión

Lunes 27 de abril de 2020

Don Alberto era un hombre extraordinario. Tuve el honor de conocerle y visitarle en su casa de Donibane en la calle Etchegaray. Había pasado la frontera, tras su laborioso exilio, y lo primero que hizo fue ir al cementerio a poner unas flores en la tumba de su hermano Celestino, sacerdote como él, y fusilado por los militares. En la foto le vemos en la Delegación  del Gobierno Vasco en Londres con Irujo, Lizaso, Agirre y unos diplomáticos.

El canónigo de Valladolid, D. Alberto de Onaindia, conocido también como James Masterton y Doctor Olaso fue un notable eclesiástico  nacido en Markina el 30 de noviembre de 1902. Efectúa sus primeros estudios en los Jesuitas de Durango y los eclesiásticos en el Seminario de Vitoria. Se doctora y ordena en Roma donde cultiva el trato de diversas personalidades de la Curia vaticana. Durante tres años ejerce la enseñanza en el Seminario de Saturrarán obteniendo en 1929 una canongía en Valladolid. Es destinado por su obispado a Las Arenas (Getxo) donde se dedica a las actividades de doctrinamiento social y a la creación de centros como las escuelas nocturnas de Romo.

Su amistad con José Antonio Aguirre y otros futuros prohombres del nacionalismo  data de este período, y también su participación en la fundación de AVASC (Asociación Vasca de Acción Social Cristiana) y en el impulso decisivo del sindicalismo de ELA en los años 30. Llega a ser, junto con Aitzol y Policarpo Larrañaga, el ideólogo mayor de esta organización y uno de sus «sacerdotes propagandistas» más puestos al día.

 Al constituirse el Gobierno Vasco fue adscrito al servicio de Presidencia y desde esa posición fue el encargado de defender la postura prorrepublicana del PNV ante el Vaticano.

Su actividad, que ocasionó la reacción opuesta de los obispos de Vitoria y Pamplona, se concretó en un Informe a la Santa Sede del 23 de octubre de 1936, preparado con los datos que le proporcionaron Ajuriaguerra, Aguirre, J. Jauregui, D. Ciáurriz y Robles Aránguiz.

Meses más tarde fue testigo presencial de la destrucción de Gernika (26 de abril de 1937) encargándosele la difusión de la noticia desde los foros internacionales. También corrió a su cargo la negociación de canjes de prisioneros lo cual sirvió para que fuera considerado por los insurrectos el hombre indicado para contactos y posibles negociaciones.

Los últimos años de la guerra reside en París, que abandona, ante el avance alemán, la noche del 10 de junio de 1940 pasando a Inglaterra. Allí iniciará sus alocuciones radiofónicas en la BBC como J. Masterton, alocuciones que proseguirá al acabar la contienda en Radio París bajo el que será popular pseudónimo de Padre Olaso. Publica una revista denominada «Anaiak» donde reproduce documentación de interés concerniente a la causa nacionalista. Es el artífice de la célebre carta-retractación “Imperativos de mi conciencia “redactada por el exiliado obispo Múgica en 1946, carta que produciría un gran impacto en la opinión pública consagrando la nefasta fama que le dedica la prensa y la propaganda franquista.

Como cabeza de fila de lo que se ha venido en denominar «clero vasco», en 1954 acompañó a Francisco Xabier de Landaburu en su gira por Sudamérica. En la universidad de Montevideo pronunció una conferencia sobre «La Universidad y el Pueblo», siendo presentado por el senador Dardo Regules, fundador del Partido Demócrata Cristiano en el Uruguay. Ambos viajeros visitaron al presidente de la República Julio Battle Berres. Tanto en Argentina como en Venezuela pronunció varias conferencias. Retirado en San Juan de Luz, que no abandonó pese al restablecimiento del régimen parlamentario en España y de un Gobierno Vasco de mayoría nacionalista en Euzkadi continental, muere en esta villa laburdina el 18 de julio de 1988.

Recuerdo el impacto que nos causó su libro  “Hombre de Paz en la Guerra” y “Jóvenes del Mañana”. Era un intelectual, un hombre de acción, un erudito y el posible Cardenal vasco que no fue por ser abertzale.

La muerte de Agirre le impactó, habida cuenta de su amistad con el Lehendakari y cuando le pidieron en Radio Paris una semblanza del presidente   no dudó en hacerla  de forma breve y sentida. Fue ésta:

“Con gentileza, que agradezco vivamente, la Radiodifusión Francesa me ha invitado a hablar hoy ante su micrófono para rendir un homenaje a la memoria de José Antonio de Aguirre y Lekube, antiguo presidente del Gobierno Autónomo Vasco en exilio, que falleció a consecuencia de una crisis cardiaca en París el pasado martes, día 22 de marzo. 

El gran diario parisino Le Monde le dedicaba ayer un amplio suelto informativo con sentidas frases de respeto y elogio. Los periódicos de Bilbao comunicaban también a sus lectores la triste noticia con serena objetividad.

José Antonio de Aguirre fue para mí, desde hace ya treinta años, el amigo entrañable, leal e íntimo, en los días de alegría y en los momentos de prueba. Casi me consideraba como un allegado suyo.

Nunca olvidaré los ratos vividos en su compañía en las innumerables ocasiones de fechas, recuerdos y acontecimientos familiares. Mi última cena con él y los suyos fue el pasado sábado, festividad de San José, por haberme invitado a conmemorar con ellos el aniversario de mi ordenación sacerdotal. 

Así, comprenderán mis oyentes la emoción que me embarga en estos momentos y mi temor de no ser capaz de ordenar mis ideas, ni expresar debidamente ante este micrófono mis sentimientos. 

Naturalmente, no voy a hablar de Aguirre como político, como hombre de estado o como escritor. Mis relaciones con él se situaban en otro plano más enjundioso, más profundo, más humano. Quiero rendir mi modesto homenaje al hombre, al caballero honrado, al ejemplar cristiano, pues todo eso fue José Antonio.

Ha fallecido cuando menos lo esperábamos. Presentaba un aspecto de salud y de energía que evocaba al joven futbolista del Athletic de Bilbao. Cuando me llamaron urgentemente en el momento del síncope y le di la absolución sacramental, no podía creer lo que estaban viendo mis ojos. Dos días antes había estado en misa recibiendo, como de costumbre, la sagrada Comunión. Pero los secretos designios de Dios nos arrebataban al hombre bueno, querido y admirado de los suyos y respetado hasta de sus adversarios. 

José Antonio de Aguirre no tuvo jamás enemigos. Era cordial, sencillo, inclinado siempre a ver el lado de luz, las buenas cualidades del prójimo. Estaba hecho para una labor de concordia y de unión. Su simpatía personal era contagiosa, y quizá ello contribuyó a despertar en las gentes una adhesión de profundo sentimiento y viva amistad, y hasta incluso a crear un mito alrededor de su persona. 

No tuvo muchos éxitos en su vida pública. Así me lo decía él en más de una ocasión. Siendo un espíritu de paz, se vio envuelto en una guerra atroz. Y a pesar de sus fracasos y derrotas, estaba convencido de que su pueblo le rodeaba de afecto y cariño. «Para que el pueblo respete y quiera a un jefe –me decía él– es indispensable que este sea honrado, leal y desinteresado».

Aguirre vivió, desde su juventud, entregado totalmente a un ideal, casi obsesionado por él. Nunca le observé la menor preocupación de ganancias, ventajas materiales o riquezas. Mucho podría hablar yo de su generosidad en este terreno. A veces nos daba la impresión de un despreocupado, hasta de los suyos, en materia de dinero.

Espiritualmente era un auténtico ignaciano. Formado en toda su carrera por los padres jesuitas, estudioso constante del pensamiento de San Ignacio, su vida íntima llevaba el sello inconfundible de los ejercicios espirituales del fundador de la Compañía de Jesús. No fue un hombre de beaterías sensibleras, sino de fe sincera y robusta, de sólida práctica religiosa. Su devocionario, quizá único, era el misal. 

Y con ser tan profundamente creyente, fue un alma inquieta ante la justicia y la libertad, característica esta que no siempre suele ser la señal distintiva de muchos católicos. 

Su vocación más íntima fue la del hombre consagrado al bien del pueblo. Encarnaba al gobernante según Santo Tomás, que ejerce la alta misión de la política en defensa de objetivos noblemente sentidos y en beneficio de la comunidad. Se sentía al servicio de los demás. 

José Antonio poseía una cualidad que quizá caracterizaba su personalidad: su calma y serenidad espiritual y su optimismo contagioso. Pero era un optimismo que a veces disimulaba serias preocupaciones interiores, que solo las confiaba en la intimidad al amigo. Era difícil percibir sus congojas, que las tuvo en más de una ocasión, porque estimaba que no se deben sembrar la inquietud y el desasosiego entre gentes buenas y sencillas que viven la lucha diaria de la vida. 

Por eso le vimos siempre rodeado de respeto, de admiración y afecto de parte de personalidades nacionales y extranjeras que llegaron a tratarle y a conocerle. Buena prueba son los innumerables telegramas y mensajes de condolencia que llegan estos días a sus familiares, sobre todo de los países de América Latina. 

Hombres de estado y altas personalidades eclesiásticas le distinguían con su amistad. Todavía viven dos o tres obispos por quienes él sentía una cierta debilidad. «La sombra de esos hombres –decía él – hace más bien que muchos actos de aparato y ostentación «. 

Tenía una gran veneración por su santidad el papa Juan XXIII, a quien conoció y trató en Paris. Y ahora seguía con el mayor interés las múltiples manifestaciones del romano pontífice.

Le atraía todo lo que fuera grandeza de alma, amplitud de miras, en los nuevos movimientos del catolicismo social y de la unión de las iglesias. 

¿Y no tenía faltas? Naturalmente que las tenía. Pero prefiero llamarles limitaciones. 

José Antonio de Aguirre fue en verdad todo un hombre, en el más amplio sentido de esta palabra. Por eso le comprendían hasta los que no participaban de sus ideas políticas o religiosas. Su sinceridad, su lealtad, su honradez pública, las proclaman cuantos le conocieron, hasta sus adversarios.

Reciba nuestras condolencias más sentidas su atribulada familia, su querida esposa y sus hijos. Y siéntanse ellos y todos sus familiares orgullosos del recuerdo que deja tras de sí el hombre que acaba de irse a Dios. 

Una oración por su alma. 

Que el Señor le tenga en su gloria. 

Sea ese el recuerdo que le dediquen los hombres de buena voluntad”

Agirre. Su sentido cristiano de autoridad

Domingo 26 de abril de 2020

Siempre he tenido curiosidad por saber cómo era de verdad José Antonio de Agirre más allá del tópico o  de ese cliché a veces amilbarado que tenemos. De ahí la importancia en recabar testimonios de gente que le conoció personalmente. Es el caso del P. Iñaki Azpiazu, un sacerdote de Azpeitia que llegó a estar en el juicio de Eichman en Israel y ser el capellán de las prisiones argentinas. Escribía muy bien, era muy valiente y daba gusto leer sus denuncias y escritos.

Y es que era hombre de gran experiencia. Siendo de Azpeitia escribió un libro muy esclarecedor “Siete Meses y Siete días en la España de Franco”. En su día contacté con Eusebio Larrañaga, del Gobierno Vasco que reeditó el libro.

Salido al exilio estuvo en campos de concentración y fue capellán de la Brigada Vasca. Secretario del Obispo Auxilar de Buenos Aires, se movía como pez en el agua en todos los ámbitos.

Y nos dejó esta buena semblanza del Lehendakari:

Conocí personalmente a D. José Antonio de Agirre, en una visita que le hice en Bilbao, en su oficina, a primeros de Julio de 1933. Me acompañaba un ondarrés, a quien se le conocía con el pseudónimo de Artibai. Era un activista, mi­litante del PNV, muy conocido dentro del abertzalismo por su participación en la movida historia de las acciones del Partido, que tuvo por escenario a Bergara.

La acogida de Agirre fue muy cordial. Tenía la voz bas­tante apagada, la garganta irritada, pero fumaba sin cesar. A los dos nos preocupaba el futuro de la juventud obrera y habíamos cruzado ya alguna correspondencia a este respec­to.

El orientador sacerdotal de este tema, que empezábamos a proyectar en el campo de las realizaciones, era mi amigo D. Martín Lekuona, a la sazón párroco de Musitu, Alava.

En la Semana Santa de ese año de 1933, yo había acom­pañado a Lekuona en el desarrollo de las ceremonias reli­giosas, como predicador y confesor en el culto de Musitu. Ambos empezábamos a dar a nuestro ministerio una línea de acción obrera y en él había germinado ya la idea de crear en la diócesis un movimiento jocista. Durante los días de convivencia en Musitu, en torno a ese tema giraron nuestras conversaciones y formamos algunos proyectos concretos.

Uno de éstos consistía en tomar contacto con algunos laicos de vocación social conocida y ver de formar un equipo de trabajo. De regreso al Seminario el Domingo de Re­surrección, pasé nuestras inquietudes en Vitoria al joven y brillante escritor D. Javier Landaburu, quien se prestó a in­teresar en el asunto a D. José Antonio Agirre.

Continuación de estas relaciones fue la entrevista con Agirre en Bilbao, mi primera toma de contacto personal con el Lendakari.

A Agirre le entusiasmaba la idea. Hombre de acción y dado a crear rápidamente cuadros de organización, me expresó la conveniencia de situar la JOC(Junta de Obreros Católicos) en un ambiente ne­tamente vasco, pero no dependiente del PNV, en una rela­ción de escuela proveedora de vocaciones adultas bien pre­paradas para entrar luego en Solidaridad, pero cuidando la independencia frente a esta organización sindical.

La entrevista fue seguida de otras, principalmente de una que tuvo lugar en Deva. De ésta y por caminos insospecha­dos, abiertos por la Providencia, partieron en direcciones geográficamente distanciadoras las vidas de Lekuona y mía. La de él fue dirigida a Rentería y la mía a Salinas de Anana, una de las zonas obreras más interesantes de Álava. Por la parte de los laicos, fueron creciendo los equipos y prestó a la idea jocista apoyo eficaz la prensa abertzale desde Bilbao y de Solidaridad desde San Sebastián. Mis relaciones con Agirre fueron haciéndose cada vez más frecuentes, durante mi permanencia en Salinas de Añana, a partir del verano de 1933

Era hondamente vitalista su vocación social, propensa a la acción, diáfana en los procedimientos, sobre todo muy respetuosa de la distinción de los campos espiritual y tempo­ral en las cuestiones, que estudiábamos y en los trabajos que realizábamos. Esto afianzaba nuestra amistad, pues tam­bién nosotros en el Seminario de Vitoria, dijeran lo que dije­ran sus detractores, éramos partidarios de usar las fuerzas internas del Evangelio en el apostolado y no atar el destino de la Iglesia a la suerte ziz-zagueante de los caros políticos. En Salinas de Añana me fue fácil hacer los primeros ensa­yos, con la colaboración de quienes nos aportaban su serio sentido cristiano de la acción social y su importante expe­riencia en la conducción de los movimientos.

Tras estos prólogos de mi relación con el Lendakari Agirre, vino la guerra. Durante ella, no estuve cerca de él, hasta que el 26 de abril de 1937, justamente en el día del bombardeo de Gernika, seguido de cerca por los «cruzados» pude trasponer el Bidasoa e iniciar mi larga vi­da de exilio.

Me encontré con él en Villa Endara de Anglet, en una mesa común con el imponderable Doroteo Ciaurriz, el mi­lagroso Eliodoro de la Torre, que con su método de «Urtantea» mantuvo fértil y fecundo el exilio más difícil de la his­toria. Era el tiempo del «alto» en Santoña, donde se esta­ban jugando el forro los Ajuriaguerra, los Azkue, los Markiegi, los burukides de heroica responsabilidad. Agirre ocu­paba el centro, apenas comió, fumó mucho y habló más. Su gran preocupación era organizar cuanto antes el destierro de los millares de vascos, ante los que se abrían las más duras perspectivas. De su corazón saltaban a su imaginación y a su palabra los proyectos más audaces. Tomando notas, le es­cuchaba Eliodoro de la Torre, dispuesto a traducir en hechos los propósitos del Lendakari.

De Endara, centro de acción del PNV salieron así las ide­as motrices de la organización del exilio, que alcanzaron a crear colonias de niños, reagrupamientos de familias, asis­tencia social y promoción laboral para los concentrados en los campos cerrados de Francia, el mundo de relaciones diplomáticas adecuadas a las necesidades políticas, que la guerra mundial hizo más urgentes y complicadas.

Dentro de ese mundo, inquieto y turbulento, vi moverse a Agirre con inagotable sensibilidad para percibir el dolor ajeno, siempre optimista, nunca soñador ingenuo, muy consciente de «ser» el Lendakari, no para beneficiarse con la autoridad, sino para jugarse con ella al servicio del pueblo.

Recoger en anécdotas tan vasta actividad, sería sin duda útil y edificante; pero también difícil y también imposible dar exhaustivo cumplimiento a tal deseo.

Por lo que a mí hace, quiero principalmente adentrarme en la intimidad de Agirre y describir sus reacciones ante de­terminados problemas propios de la autoridad civil con sen­tido cristiano de su ejercicio.

Agirre tenía profundas convicciones cristianas. No le de­bió ser fácil mantenerlas, mostrarlas, defenderlas, transmi­tirlas en las extraordinarias circunstancias, que le tocó vivir.

Tengo delante una larga carta, que me escribió con fecha 6 de mayo de 1940. Se aproximaba el estadillo de la ofensiva alemana. Agirre me escribió a Bayona, desde donde extendía mi apostolado hacia los lugares de trabajo, que pa­ra nuestros obreros habíamos logrado encontrar y organi­zar. Era éste quizás el sector del exilio, que más preocupaba al Lendakari.

«He de hablar a Vd. —me decía— con la convicción de quien siente íntimamente el futuro espiritual de nuestro pueblo y está seguro de encontrar en su espíritu un eco basa­do en idénticas preocupaciones y desvelos».

En Agirre era vieja esta inquietud por el porvenir espiri­tual de su pueblo; lo había expresado en multitud de oca­siones, en las concentraciones populares, en los discursos pronunciados en el Congreso; pero cuando ocupó el primer puesto de la autoridad civil de Euzkadi dedicó mucho tiem­po a buscar soluciones en un análisis profundo de esa in­quietud.

«Tengo sabido y ello no me extraña, que la formación espiritual de nuestros trabajadores —y hoy lo son todos nuestros emigrados— deja bastante que desear. Como le di­go, no me extraña el hecho, aún cuando en mi conciencia y espíritu cristianos me duele extraordinariamente. Ha sufrido mucho nuestro pueblo. La contradicción de ideas funda­mentales con actos y conductas reñidos en absoluto con lo predicado; el exilio; el trato con personas, de fé religiosa no tan firme y en muchísimos casos sin ninguna preocupación de índole religiosa; la dureza misma de la vida; la situación de los familiares en desgracia, cuando no la pérdida de algu­nos de ellos, etc. etc. son motivos que humanamente hacen comprender que la fe de nuestras juventudes ha tenido que sufrir rudo golpe».

Pero no era Agirre hombre que cediera al pesimismo, ni dejaba de ver su obligación de rodear de posibilidades de re­cuperación cristiana a la población sometida al riesgo de perder su fe.

«Ustedes como sacerdotes y yo como gobernante católi­co tenemos el deber de reaccionar contra todo esto, dotando a nuestra juventud de todos aquellos elementos que, levan­tándoles la vista del dolor y del desengaño, les haga caminar de nuevo por la ruta de la fe, no solamente porque es tradi­cional en nuestro pueblo, que éste es argumento de circuns­tancias, sino porque debe ser la guía y la norma de los actos públicos y privados de cada uno de los vascos».

El Lendakari veía en esta situación anímica de nuestra juventud algo «circunstancial y pasajero», porque «a mi juicio puede más la educación de tantos siglos, que no la irri­tación que alcanzará a nuestra juventud en esta época corta al lado de aquella. Es fenómeno éste que se repite en todas las latitudes y en todos los pueblos que han sufrido por ser precisamente cristianos y conducirse como cristianos y que se ven condenados y atacados por aquellos, que han invo­lucrado el nombre de Cristo en la más odiosa e inhumana de las agresiones».

Para esta obra de reconstrucción espiritual, Agirre sabía cual era el medio eficiente y legítimo.

«Si sabemos nosotros conservar la fe en la juventud, el cristianismo en sus costumbres, predicándolo por supuesto nosotros, los de arriba, con el ejemplo, y sublimando al mismo tiempo el sacrificio de nuestro pueblo con miras a cosas más altas, yo estoy seguro que del destierro llevaremos a la Patria un plantel de hombres, desde los universitarios hasta el más humilde trabajador, con una formación recia, capaz de modelar todo un pueblo».

En el momento de escribirme esta carta el Lendakari se hallaba en circunstancias harto inquietantes, en días inme­diatamente anteriores a la invasión  alemana en Francia, se­parado de su familia refugiada en Bélgica, es decir, en mo­mentos en que surgían dentro de él y en su rededor graves problemas. Sin embargo, en la jerarquización moral de sus deberes, Agirre no vacilaba en decir lo siguiente:

«Quiero descargar en esta carta mi preocupación de jefe de un pueblo cristiano, puesto en circunstancias difíciles y por lo tanto de extraordinaria y terrible responsabilidad pa­ra el futuro».

Descendiendo al campo de los consejos eficientes, Agirre no vacilaba en despertar vocaciones sacerdotales, para que trabajaran allá donde hubiera trabajadores vascos desterra­dos, en Burdeos, Toulouse, Tarbes, Lannemezan.

«No se puede permitir de ninguna manera que haya en estos momentos sacerdotes vascos si no inactivos, por lo me­nos ausentes de la necesidad espiritual urgentísima de sus compatriotas. No vayamos a predicar la fe a los franceses, dejando de hacerlo con nuestros propios compatriotas. Y terminaba Agirre su carta con esta frase, que sintetiza la armonía que debe presidir la conducta de la autoridad civil ante los problemas espirituales de su pueblo:

«Esta carta tiene todo el clamor de urgencia y de ruego en el orden espiritual y si en el patriótico pudiera algo, en un terreno en el que el espíritu debe predominar, cada una de sus letras contendría un mandato imperioso».

Estaba yo en New York, cuando Agirre me escribió, que, al pasar hacia Roma, me detuviera en París: «Erroma’ra juan baño lenago, ona izango zaigu Paris’en alkarrekin itz egitea. Laixter arte, bada, emen alkar ikusi arte». Llegué a París al día siguiente de su muerte. Desde allí vine a solas con su cadáver hasta San Juan de Luz. En el largo y doloroso camino agradecí a Dios haber conocido tan de cerca a quien supo armonizar sus deberes de Lendakari cristiano, en el ejercicio difícil de su autoridad.