UN EJÉRCITO PARA DESFILAR, PARA REPRIMIR Y PARA CONVERTIR UN PAÍS EN UN CUARTEL

Domingo 5 de julio de 2026

Hay países que tienen un ejército y hay ejércitos que tienen un país. Venezuela sigue siendo una dictadura militar bajo protectorado de los Estados Unidos. Se ha visto con notoria claridad tras el doblete sísmico del 24 de junio.

Los terremotos en Caracas no son de ahora. En 1812 hubo uno que destruyó la ciudad colonial y ante aquella destrucción, Simón Bolívar exclamó subido a las ruinas. ”Si la naturaleza se nos opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. Como frase era redonda, aunque irreal, y está esculpida en una pared de la Plaza San Jacinto, pero como programa de futuro, solo es una exclamación desesperada. La naturaleza no obedece a nadie y actúa cuando quiere. Bien es verdad que respeta la casona de la Compañía Guipuzcoana de Caracas, que tanto en 1812 como en 2026 sigue incólume en La Guaira, de pie, pidiendo a la naturaleza que le respete.

Viví esa sensación en Caracas en 1967. Era un sábado y caminaba por la Avda El Libertador. De repente las casas parecían de plastilina y una se cayó mientras el suelo se resquebrajaba ante mi absoluta sensación de impotencia. ¿Dónde me meto?. Y lo peor fue cuando llegaron las réplicas. El pavor hecho angustia. En ese terremoto murieron alrededor de 300 personas, dos de ellas muy queridas por la colectividad vasca. Lucio Aretxabaleta, Delegado del Gobierno Vasco y su esposa Miren Txintxurreta, que ese día decidieron no ir al Centro Vasco como acostumbraban y, fallecieron tras el desplome del edificio donde vivían en el barrio de Altamira de Caracas. Lucio había sido el Presidente de Juventud Vasca de Bilbao en tiempos de la República, y Director de Hacienda del primer Gobierno Vasco. Los vascos quedamos conmocionados. Nos tocó de muy cerca. Como ahora.

EL ALCALDE DE ONDARROA

José Mari Solabarrieta fue el alcalde jelkide de Ondarroa durante la República. Un alcalde batallador que logró la ampliación del puerto. El 7 de octubre de 1936 el PNV le convocó para ir a Gernika a votar la candidatura del diputado José Antonio de Agirre como primer Lehendakari. Y allí fue y votó, pero ya no pudo volver a su pueblo del que era su legítimo representante. Los militares le robaron su acta democrática y le incautaron todas sus propiedades. La Caja de Ahorros Vizcaina le bloqueó sus cuentas. Nunca le devolvieron nada. Le pasó lo mismo al presidente de la Junta Municipal del PNV de Ondarroa José Luis Lecea. Le incautaron su farmacia y así como Solabarrieta tuvieron que dar con sus huesos en Venezuela, país de exilio negociado por Leizaola para el refugio jelkide. Con el tiempo un hijo de Solabarrieta, Bittor y una hija de Lecea se casaron y tuvieron cuatro hijos caraqueños, la menor Alazne Solabarrieta Lecea, fallecida en el terremoto del pasado 24, prima hermana de mi esposa Maria Esther y pariente de Ricardo Gatzagaetxeberria. Somos un país muy pequeño.

Al cierre de este escrito no sabemos la situación de M. Cruz Barriola, cuyo aita Eusebio era un gran colaborador del bergarés Jokin Inza en la aventura equinoccial de montar una radio clandestina en el Caribe. Pero sí sabemos, la tristeza de la familia del ingeniero bilbaino Jon Sustacha y la crítica a la gestión de las autoridades chavistas: ”Los accidentes naturales pasan, pero no tener un país equipado, ofrecer atención temprana o bloquear la entrada de muchos rescatistas extranjeros, si es responsabilidad del actual gobierno venezolano”.

VENEZUELA SIGUE SIENDO UNA DICTADURA

Cuento esto porque América fue la salida natural del exilio vasco. No Palestina, con todos mis respetos. Y un medio vasco se tiene que caracterizar por la búsqueda de la cercanía. Y si no, ¿para qué sirve?. Ha habido elecciones en Perú y Colombia, donde hay colectividades de vascos, y EITB no ha dicho ni una palabra. No existen. La dirección internacional del medio es muy mala y no cumple los requisitos del Ente. Con Venezuela ha pasado lo mismo estos años. Solo reían las gracias de Maduro mientras parlamentarias de Bildu acudían a las elecciones fraudulentas y la misma noche certificaban que Maduro y su pucherazo era lo legal. Y con el terremoto no han mostrado el menor interés ni empatía. Para Venezuela no hay flotilla ni recogida de alimentos, mientras el Centro Vasco de Caracas se vuelca en ayuda, dejando sus instalaciones y trabajando sus socios sin horario y una familia de animadores con Josu al frente, distrae a los niños ante semejante tragedia. Afortunadamente ETB le hizo una entrevista humana a Itziar Rodríguez, a quien todos conocemos, sobreviviente del bombardeo de Gernika y de dos terremotos. Ojalá cambien el criterio informativo de este medio público.

EL ABISMO SE ABRIÓ DE VERDAD

Soledad Morillo Belloso, vive en la Isla de Margarita. Le duele Venezuela. Es periodista, escritora, cuentista, pero sobre todo venezolana. Y ha puesto el dedo en la llaga sobre las dos devastaciones que vive Venezuela, el chavismo y el terremoto.
Porque no se puede separar la política de las políticas públicas. Es una ilusión peligrosa, como creer que una casa puede sostenerse sin columnas solo porque la pintura está fresca. La política marca el rumbo, pero las políticas públicas son el camino, el asfalto, los puentes, los drenajes, los hospitales, los protocolos. Cuando una existe sin las otras, lo que se obtiene no es un país: es un espejismo. Y cuando la tierra tiembla, el espejismo se disuelve y queda a la vista la verdad desnuda.

El terremoto en Venezuela no sólo sacudió edificios: sacudió la mentira. La naturaleza hizo en segundos lo que la crítica, la academia y la ciudadanía no lograron en décadas: mostrar que el Estado estaba hueco. La tierra se movió, sí, pero lo que se vino abajo no fue obra exclusiva del seísmo; fue el resultado de años de negligencia, improvisación y corrupción. Mucha épica, nula ingeniería. Mucho discurso, cero mantenimiento. Mucha consigna, ninguna prevención. El país no colapsó por un temblor: colapsó porque llevaba 27 años siendo desmantelado pieza por pieza.

El fracaso del régimen bolivariano quedó expuesto sin anestesia. Hoy lo administra una presidente encargada que ha demostrado su incapacidad tanto en la calma como en la tormenta. Pero sería injusto atribuirle todo el desastre a ella sola. Ella es apenas la heredera de un modelo que convirtió la incompetencia en método y la corrupción en sistema. Veintisiete años de sustituir técnicos por militantes, instituciones por lealtades, planificación por propaganda. Veintisiete años de confundir política con espectáculo y políticas públicas con dádivas. Veintisiete años de creer que gobernar es hablar paja, no hacer.

El terremoto sólo terminó de romper lo que ya estaba roto. Muchos de los edificios que se desplomaron no cayeron por la magnitud del seísmo, sino por el cemento adulterado. Los hospitales que no pudieron recibir heridos no fallaron por saturación, sino por abandono. Las comunidades que quedaron aisladas no lo estuvieron por el movimiento telúrico, sino porque las vías llevaban años destruidas y porque no había equipos de rescate suficientes. Los sistemas de emergencia no colapsaron: simplemente habían dejado de existir. Y las instituciones no reaccionaron porque hace tiempo dejaron de ser instituciones; son cascarones vacíos, oficinas donde se firma pero no se gobierna. En toda esta emergencia, los despachos de la defensoría del pueblo enmudecieron. El pueblo abandonado no tuvo quien lo defendiera.

La presidente encargada quedó expuesta ante el país: sin plan, sin equipo, sin criterio, sin capacidad operativa. Pero más que un fracaso personal, lo suyo es la evidencia final de un proyecto que confundió poder con omnipotencia y terminó creyéndose inmune a la realidad. Y la realidad, cuando llega, no pide permiso.

En Chacao y Baruta la atención fue distinta, casi un recordatorio de que cuando las instituciones funcionan, aunque sea a escala municipal, la diferencia se nota. En medio del caos, mientras el país entero buscaba a tientas una respuesta que el gobierno central no dio, los organismos municipales actuaron como debían: con rapidez, con orden, con presencia real en la calle. Protección Civil, bomberos, policías locales, cuadrillas de rescate y voluntarios se desplegaron sin esperar instrucciones, más allá de las cámaras, sin discursos prosopopéyicos. A pesar de la crisis económica de la que no escapan los municipios, hicieron lo que corresponde cuando la tierra se abre y la gente queda vulnerable: asistir, contener, rescatar, acompañar. No hubo improvisación, hubo oficio; no hubo propaganda, hubo trabajo. En esos municipios, al menos por unas horas, se vio lo que significa tener instituciones que entienden su deber y lo cumplen, incluso cuando el país alrededor parece desmoronarse.

De las Fuerzas Armadas, nada que decir. No existen. No estuvieron, no aparecieron, no se hicieron sentir ni en la calle ni en la coordinación ni en la contención. En un país que lleva décadas oyendo que la Fuerza Armadas Nacionales Bolivarianas es “el pueblo en armas”, lo que se vio fue exactamente lo contrario: un vacío. Mientras los municipios hacían su trabajo y los ciudadanos se organizaban como podían, la institución que debería ser columna vertebral en emergencias quedó reducida a una sombra burocrática, un uniforme sin cuerpo. No hubo despliegue, no hubo logística, no hubo presencia operativa. Y en un momento en que cada minuto contaba, su ausencia fue un estruendo. Un país puede perdonar errores, pero no puede sobrevivir a unas Fuerzas Armadas que sólo existen para la ceremonia y el desfile y nunca para la emergencia.
La solidaridad de la ciudadanía es encomiable, sin duda. Habla bien de los venezolanos, de esa capacidad casi instintiva de organizarse, de tender la mano, de aparecer donde el Estado no llega. Pero esa virtud no puede convertirse en coartada. El Estado no puede lavarse las manos ni pretender delegar en la sociedad lo que es su exclusiva responsabilidad. La gente ayuda porque tiene corazón, porque no soporta ver al otro caer; el Estado debe ayudar porque es su deber, porque para eso existe, porque para eso recauda, administra, planifica. Cuando la ciudadanía sustituye al Estado, algo está profundamente roto. Y cuando el Estado se acostumbra a que la ciudadanía lo sustituya, el país entero queda en riesgo. La solidaridad es un orgullo; la desresponsabilización institucional, una vergüenza.

Si a la señora presidente encargada le queda un mínimo de pundonor, de sentido de Estado, de conciencia histórica, pasada la emergencia debe presentar su renuncia. No como un gesto político, sino como un acto de decencia.  Porque gobernar no es ocupar un cargo: es sostener un país, un pueblo. Y Venezuela, hoy, está rota. Rota por el seísmo, sí, pero sobre todo por 27 años de decisiones equivocadas, negligencia acumulada y corrupción institucionalizada.

La política sin políticas públicas es humo que asfixia. Las políticas públicas sin política son un manual empolvado que nadie abre.

Esta vez el vacío no fue metáfora: el abismo se abrió. Y si seguimos bajo la égida de este régimen, la próxima emergencia —que llegará, porque siempre llega— no sólo nos golpeará: nos borrará.

“BRUNO”, EL PERRO QUE PERMANECIÓ ABRAZADO AL INGENIERO BILBAINO JON SUSTACHA BAJO LOS ESCOMBROS EN VENEZUELA.

La familia ha rebautizado al pequeño Yorkshire como ‘Jonbru’ en homenaje al empresario vizcaino, fallecido tras quedar sepultado por el derrumbe de su edificio en La Guaira

Iban Gorriti

«La fidelidad de un perro es un regalo que exige una responsabilidad no menor que la amistad de un ser humano», escribió el etólogo Konrad Lorenz. Esa fidelidad es la que, según el relato de la familia de Jon Sustacha, quedó al descubierto cuando los equipos de rescate lograron llegar hasta el lugar donde permanecía sepultado el empresario bilbaino.

Junto a él encontraron a Bruno, el pequeño Yorkshire con el que compartía sus días en el edificio Los Corsarios, en La Guaira. El perro seguía con vida. Jon Sustacha, de 69 años, había fallecido. La familia desconoce cuándo se produjo su muerte, aunque explica que durante las labores de rescate hubo personas que aseguraban escuchar los ladridos de un perro y los golpes que daba alguien bajo los escombros.

Las cenizas

Cuando el cuerpo fue recuperado, sostienen sus allegados, Bruno permanecía abrazado a su dueño. A día de hoy, incinerado el cuerpo del vizcaino, la familia comunica a DEIA el futuro de esas cenizas. Una parte se aventarán en el paradisiaco parque nacional Morrocoy, isla protegida y reserva marina de la costa caribeña del país. “La otra parte, en Gorliz, en su Euskadi de origen”, confirman.

«Hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá dormida», dejó escrito Anatole France. Ese cariño por los animales no comenzó con Bruno ni con Argi, sino que acompañó durante décadas la vida de Jon Sustacha y de su pareja, Roxana, criminóloga de profesión. Ambos convivieron con Dalí, Firulay, LunaMancha de Jesús, Txurrito, Argi y Bruno, además de implicarse en el rescate de otros muchos animales a los que ayudaron a encontrar una familia. Quienes los conocen describen un hogar que siempre es refugio para un perro más y donde el cuidado de los animales forma parte de la vida cotidiana.

LA FAMILIA PERFECTA

«Los perros tienen una forma de encontrar a las personas que los necesitan», lanzó al mundo el novelista Thom Jones. Bruno, sin embargo, parecía haber encontrado a su familia antes incluso de que ella fuera consciente de ello. Argi y él nacieron en la misma camada, pero la pareja había decidido quedarse únicamente con Argi. El destino de Bruno estaba en Estados Unidos, adonde Roxana trató de enviarlo en varias ocasiones gracias a la labor que realizaba buscando hogares para perros. Siempre surgía algún contratiempo que impedía el viaje. Finalmente, la persona que iba a adoptarlo decidió que lo mejor era que permaneciera con Roxana. Aquella decisión hizo que Bruno siguiera viviendo junto a Jon cuando se produjo el terremoto.

«La grandeza de una sociedad puede juzgarse por la forma en que trata a sus animales», es una frase atribuida a Mahatma Gandhi. Esteban Sustacha cree que esa manera de entender la vida acompañó a su padre hasta el final. El hijo del empresario bilbaino fallecido, residente en London, en la provincia canadiense de Ontario, interpreta hoy la historia de Bruno desde ese compromiso permanente con los animales. «Yo en verdad considero que mi padre lo salvó como un último acto de amor, hacia los animales y con Roxana también», afirma a DEIA. Para él, el hecho de que el perro nunca viajara a Estados Unidos terminó convirtiéndose en la circunstancia que permitió que ambos permanecieran juntos durante sus últimas horas.

AMOR INCONDICIONAL

«El perro es el único ser en el mundo que te ama más de lo que se ama a sí mismo», afirmó Josh Billings. Ese amor incondicional es el que Esteban identifica cuando intenta reconstruir las últimas horas de su padre bajo los escombros. La familia no sabe cuánto tiempo permanecieron juntos ni cuándo falleció Jon Sustacha. Esa respuesta quedó sepultada con el edificio. «Yo sé que así fue; ellos se acompañaron, y sé que mi papá no debe haberse sentido tan asustado sabiendo que ahí estaba con él«, explica. Es una convicción que conserva desde que conoció cómo había sido localizado el cuerpo de su padre.

«Los perros no son toda nuestra vida, pero hacen que nuestra vida esté completa», firmó Roger Caras. Esteban sostiene que Bruno también forma parte de la manera en que la familia intenta reconstruir la suya después de la tragedia. El hijo de Jon reconoce que el dolor continúa presente, pero asegura que ha encontrado una forma distinta de afrontar la pérdida. «He conseguido una fortaleza inmensa en querer enorgullecer a mi padre, donde sea que esté, y sé que lo haré siempre llevándolo en pensamiento, corazón y acción. Es lo que él hubiera querido más que verme destruido», enfatiza.

«El amor nunca se pierde; cambia la forma de permanecer», escribió el escritor estadounidense Richard Bach. Esteban resume esa idea cuando habla del significado que tiene hoy la ausencia de su padre. «La partida de todos aquellos que son familia, sanguínea o la que elegimos en vida, debería ser una celebración de la vida», afirma. «El amor es la fuerza más grande que existe; va más allá del tiempo y del espacio, trasciende cualquier plano. Y siempre que exista amor, la muerte cobra otro sentido; deja de ser algo horrible y se convierte en un abrazo que en algún momento todos anhelamos».

«La compasión hacia los animales está íntimamente ligada a la bondad de carácter«, atribuyen a Arthur Schopenhauer. Quienes conocen a Roxana encuentran esa relación cada vez que hablan de ella. La periodista de la familia, Daniela Mendes, asegura que la pareja de Jon siempre está pendiente de los animales que la rodean«Yo no conozco a Brunito; conocí a Mancha de Jesús y a Dalí, los perritos que vinieron antes de los hermanos Brunito y Argi», recuerda. Cuando su propio perro sufrió una artrosis lumbar, explica, Roxana estuvo pendiente de su evolución. «Roxy siempre ha sido fiel amante de los animales. Es un alma, de verdad, tan noble, buena y guerrera que me da rabia que esté pasando por todo esto», amplifica Daniela.

«El vínculo con un perro nunca se rompe; simplemente aprende a vivir en la memoria», estimó el veterinario y escritor Nick Trout. Ese vínculo llevó a la familia de Jon Sustacha Loygorri a tomar una decisión cuando Bruno consiguió sobrevivir al terremoto. Desde entonces, el pequeño Yorkshire también responde al nombre de Jonbru. Con ese gesto, Roxana y el resto de la familia quisieron que el perro conservara para siempre una parte del nombre de quien, según sostienen sus allegados, permaneció junto a él hasta el final y que hoy le sigue buscando.  

UN ARTÍCULO QUE HACE UNA RADIOGRAFÍA A LA MALDAD DEL RODRIGATO Y LE DICE A USA, CON ESA GENTE NO VAMOS A RECONSTRUIR EL PAÍS

Viernes 3 de julio de 2026

Soledad Morillo Belloso

Durante estos meses muchos aceptamos —y en mi caso, incluso defendí— la idea de que existía una estrategia gradual. El plan de “tres fases” anunciado por el secretario de Estado que buscaba desmontar, paso a paso, la estructura del chavismo mientras se construían condiciones para una transición democrática. Pero el 24 de junio cambió el país. Los terremotos rompieron ese esquema de la misma manera en que rompieron miles de edificios en Caracas y en el estado Vargas.

Desde el 24 de junio ya no discutimos únicamente quién debe gobernar Venezuela. Discutimos quién puede hacerlo. Hay una diferencia enorme entre ambas preguntas. La primera pertenece al terreno de la legitimidad democrática. La segunda pertenece al terreno de la capacidad estatal y, en este momento, de la supervivencia nacional. Los terremotos respondieron brutalmente esa segunda pregunta y la primera ya había sido respondida hace bastante tiempo (en 2023 y en 2024).

La discusión dejó de ser exclusivamente política. Ya no estamos hablando únicamente de cuándo deben celebrarse determinadas elecciones. Estamos hablando de quién tiene la capacidad de conducir a un país devastado, de coordinar su reconstrucción y, sobre todo, de proteger la vida de millones de venezolanos. Eso cambia completamente la ecuación.

Quiero ser absolutamente claro. Esto no se trata de @MariaCorinaYA como persona. Se trata de lo que ella representa porque así lo hemos decidido los venezolanos.

Ella no es la principal dirigente política del país porque lo haya decretado ningún gobierno extranjero, ningún organismo internacional o ningún partido. Lo es porque la inmensa mayoría de los venezolanos, dentro y fuera de nuestras fronteras, le otorgó esa legitimidad. Y el liderazgo, en una catástrofe nacional, deja de ser un asunto partidista para convertirse en una necesidad pública.

Por eso la pregunta no va dirigida a Delcy Rodríguez. La respuesta de la tiranía es perfectamente comprensible dentro de su propia lógica de supervivencia estalinista. Jorge Rodríguez, Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello saben que su permanencia depende del miedo (que cada día es menor). Y saben también que la presencia de María Corina Machado en Venezuela representa exactamente lo contrario: organización, esperanza, coordinación y la posibilidad de que una sociedad profundamente golpeada vuelva a reconocerse alrededor de un liderazgo legítimo.

No espero otra conducta de ellos.

La pregunta es para Washington. Es para @marcorubio. Es para @realDonaldTrump. Es para @usembassyve. Si Estados Unidos continúa ejerciendo una influencia determinante sobre el rumbo de la transición venezolana, ¿por qué impedir o aceptar que la dirigente con mayor legitimidad del país permanezca fuera precisamente cuando Venezuela más la necesita? ¿Qué interés estratégico puede justificar semejante decisión después de lo que acabamos de vivir?

Escuché con atención el mensaje que María Corina envió desde Panamá. Hubo una frase que resume perfectamente el momento que atravesamos: «Esto no se trata de mí». Tiene razón. No se trata de ella. Se trata de un país entero que necesita reencontrarse. Se trata de miles de venezolanos de la diáspora que quieren regresar para ayudar. Se trata de médicos, ingenieros, rescatistas, empresarios, voluntarios y familias que necesitan una conducción capaz de organizar el inmenso esfuerzo de reconstrucción que tenemos por delante.

Toda gran tragedia nacional necesita liderazgo. No para sustituir el trabajo de los rescatistas. No para reemplazar a los ingenieros. No para cargar escombros. Sino para darle dirección a una nación que intenta ponerse nuevamente de pie.

Venezuela necesita hoy ese liderazgo. Y la inmensa mayoría de los venezolanos ya decidió quién debe ejercerlo.

Si en Washington alguien considera que la presencia de Machado sobre el terreno puede resultar «desestabilizadora», me temo que está leyendo un país que ya no existe. Porque el verdadero factor de desestabilización no es la líder legítima de los venezolanos; es una tiranía que ha demostrado, frente a la mayor tragedia natural de nuestra historia reciente, que no puede, no sabe y, lo más doloroso de admitir, tampoco quiere gobernar para proteger a su propia gente. Nos odia. Y, siendo honesto, también los odian los venezolanos a ellos. Existe una ruptura moral irreparable entre la sociedad y quienes ocupan de facto el poder.

El estallido social del que tantos hablan no ocurrirá porque María Corina vuelva a Venezuela. Podría ocurrir precisamente si el país continúa sin un horizonte político claro. Si la sociedad no encuentra una conducción capaz de canalizar institucionalmente el inmenso dolor, la frustración y la rabia acumulados durante estos días.

La forma de evitar ese escenario no consiste en mantener congelada una transición. Consiste en acelerarla. Consiste en permitir que la sociedad se organice para reconstruir el país física, económica, institucional y moralmente. Consiste en comprender que estos miserables que hoy permanecen cómodamente instalados en Miraflores ya no pueden seguir al frente de un país al que han demostrado despreciar una y otra vez.

También escucho con frecuencia que Venezuela debe proyectarse ahora como un país estabilizado y lleno de oportunidades para la inversión. Ojalá lleguemos pronto a ese escenario. Pero intentar vender hoy esa imagen ignorando la realidad que dejaron los terremotos sería un profundo error de diagnóstico.

Porque ningún inversionista serio apuesta únicamente por recursos naturales. Invierte donde existen instituciones. Donde existe seguridad jurídica. Donde existe capacidad administrativa. Donde existe un Estado capaz de responder cuando ocurre una emergencia. Y eso fue precisamente lo que esta semana quedó dramáticamente en evidencia.

Los videos de ciudadanos enfrentando a militares, las denuncias sobre obstáculos a la ayuda, el bloqueo de información y la indignación creciente de millones de venezolanos seguirán recorriendo el mundo. No hay estrategia comunicacional capaz de ocultarlo.

Y hay algo todavía más grave.

Un régimen que obstaculiza la ayuda humanitaria durante una tragedia nacional envía el peor mensaje posible a cualquier ciudadano y a cualquier inversionista: que ni siquiera frente al dolor colectivo está dispuesto a renunciar a la lógica del control criminal. Si roban comida, imagínense cómo van a robar las máquinas de empresarios.

Los venezolanos seguiremos agradeciendo el respaldo de Estados Unidos. Seguiremos considerándolo un aliado natural. Pero precisamente porque somos aliados debemos poder hablar con franqueza.

El problema nunca fue solamente Nicolás Maduro. El problema es el chavismo. El problema es Delcy Rodríguez. Es Jorge Rodríguez. Es Diosdado Cabello. Es una estructura de poder que ha demostrado durante veintisiete años que destruye todo aquello que toca y que, incluso frente a una tragedia de esta magnitud, sigue actuando como un obstáculo para su propio pueblo.

Han pasado seis meses desde el 3 de enero. Ha pasado una semana desde el 24 de junio. Cada uno de esos días ha tenido un costo humano. Y los venezolanos ya no podemos seguir esperando.

Queremos caminar junto a Estados Unidos. Queremos que siga siendo nuestro principal aliado en la recuperación de la democracia. Queremos que la reconstrucción de Venezuela sea también una historia de cooperación entre dos países que comparten valores e intereses. Pero también debemos decir con claridad que nosotros no podemos esperar indefinidamente. No podemos. Y no lo haremos.

El chavismo debe llegar a su fin.

No solamente porque destruyó la democracia. No solamente porque destruyó la economía. No solamente porque destruyó el Estado. Sino porque esta semana terminó de demostrar que también es incapaz de conducir el dolor de una nación. O, peor todavía, que lo disfruta.

Si para poner punto final a esta tragedia seguimos contando con el apoyo de nuestros aliados, estaremos profundamente agradecidos. Ojalá sea así. Si ese apoyo no alcanza o no llega con la urgencia que el momento exige, los venezolanos haremos lo que ya empezamos a hacer durante esta semana. Tomaremos el martillo con el que hoy removemos escombros para reconstruir nuestras ciudades. Y, cuando llegue el momento, también para derribar el muro político que desde hace veintisiete años impide que Venezuela vuelva a levantarse.

Ya ha sido demasiado. 

Me controlo. Pero el control, a estas alturas, es como intentar sostener agua entre los dedos: se escurre, se rebela, se burla de mí. No hay un solo milímetro de mi cuerpo —ni de mi piel, ni de mis huesos, ni de esa zona secreta donde uno guarda lo que ama y lo que teme— que no duela. Todo está en indignación, en incendio, en ese temblor que no se ve pero que te desordena por dentro.

Tengo setenta años. He visto deslaves que parecían bestias bajando de la montaña con hambre de pueblo. He visto ríos crecer como si recordaran que eran dioses. He visto casas abrirse como libros rotos después de un terremoto. He visto madres buscando hijos entre barro, hombres cargando ancianos, comunidades reconstruyéndose con las uñas. Tragedias que marcaron generaciones y se volvieron cicatrices en la memoria nacional.

Pero jamás había visto un desastre donde el Estado se evaporara así, con esta frialdad que corta, con esta cobardía que ofende, con esta ausencia que pesa más que los escombros. Una cosa es la fuerza de la naturaleza. Otra es la renuncia del poder, el abandono deliberado, la indiferencia que se siente como una bofetada en pleno duelo. El Estado, que debería ser puente y refugio, se volvió sombra que se retira, que se esconde, que deja al pueblo desnudo. O que, peor, llega a impedir, a saquear. Como si en medio del derrumbe alguien hubiera apagado la luz y cerrado la puerta por dentro. Como si el país entero hubiera quedado huérfano.

Que no debe sorprendernos, me dicen. Y es cierto. Pero esa certeza duele más. Porque esto es la crónica de una tragedia anunciada. No es un rayo en cielo despejado. Es el resultado de años en los que fuimos escribiendo advertencias como quien deja migas de pan en un bosque que se está quemando.

Años alertando que estaban carcomiendo al Estado como termitas que trabajan de noche, silenciosas, invisibles. Años diciendo que cada institución se volvía cascarón, que cada estructura se vaciaba, que cada ministerio era ya sólo un nombre pintado en una puerta oxidada. Años viendo cómo el Estado se convertía en una fachada sostenida por alambres, una maqueta mal hecha que apenas servía para posar en cámara.

La carcoma no empezó ayer. Empezó cuando confundieron poder con propiedad. Cuando el Estado dejó de ser casa común y pasó a ser botín. Cuando la burocracia se volvió pantano donde todo se hunde: eficiencia, responsabilidad, urgencia, vida misma. Y nosotros insistimos. Escribimos. Gritamos. Documentamos. Dijimos que estaban desmontando las vigas maestras, serruchando las columnas, dejando al país sin huesos.

Y ahora, en medio del desastre, todo eso sale a flote. Porque lo que se cayó no fue sólo tierra, edificios o carreteras. Lo que se cayó fue el Estado mismo, ese que debería haber estado ahí, firme, respirando junto al pueblo. Pero no estaba. No está. Y no estará mientras sigan gobernando desde la soberbia y el afán de lucro delincuencial e inmoral.

Mister President Trump: se lo digo sin rodeos. No sume toneladas a la tragedia. No convierta un país herido en un país aplastado. No añada peso donde ya no queda aire.

Escuche a quienes están tratando de explicarle: a los técnicos que conocen la tierra, a los rescatistas que saben dónde está la vida, a los expertos que llevan años advirtiendo que el Estado venezolano estaba siendo carcomido desde adentro. Escuche a los estrategas que intentan explicarle que el escenario cambió y que su plan de tres fases no va más.

Lo que hoy vemos no es sorpresa. Es la consecuencia de una demolición lenta, metódica, anunciada. Y usted tiene en sus manos la posibilidad de no empeorar lo insoportable. No convierta la tragedia en espectáculo. No la use como moneda política. El tablero cambió.

Se lo digo con la voz de quien ha visto demasiados desastres y negligencias: no sume toneladas a la desgracia.