Destruir lo público

Una nueva heroicidad al coleto. Tentativa de incendio del vicerrectorado de la Universidad del País Vasco en Gasteiz. De madrugada y mediante el lanzamiento de neumáticos ardiendo, caray con los guerrilleros urbanos. Con los gamberros de tres al cuarto, quiero decir, porque no pasan de ahí. Ni estos ni —si no son los mismos, que está por ver— la panda de niñatos malcriados que en lo que va de curso llevan acreditados un buen puñado de ataques gratuitos a dependencias educativas públicas. Supuestamente, en nombre de la educación y de lo público, hay que joderse mucho con los camisitas pardas de nuevo cuño.

¿Solo con ellos? No, miren, también con quienes en el presente punto de estas líneas están arrugando el morro. Es ahí, en realidad, donde está el problema. Hay un número de individuos —quisiera pensar que no muy amplio, aunque no lo tengo claro— que ven sin asomo de duda como muy digna de aplauso la actitud devastadora de los chiquilicuatres. Un escalón más abajo están, y estos sí son realmente abundantes, los reyes de la adversativa. Empiezan diciendo a media voz que la conducta de los cachorros quizá no sea la más idónea para, inmediatamente después, ametrallarnos con peros no ya exculpatorios, sino justificadores sin matices. Lo más habitual es culpar a la presencia policial, incluso cuando los destrozos han sido previos a la llegada de los uniformados. Y como argumento definitivo, la comparación por elevación o reducción al absurdo. La difusa violencia del sistema siempre es peor, y su sola existencia sirve como disculpa o coartada para no dejar, en este caso, un pupitre en pie. Así nos va.

Violencia relegitimada

Sigo con el episodio del lunes en Bilbao porque lo que pasó trasciende ese día y ese lugar. Tristemente, en esos hechos y en las correspondientes interpretaciones hay algo más que el retrato de un instante o de unas circunstancias concretas. Está el minuto de juego y resultado de todos estos años que llevamos engañándonos con los discursos melifluos de la paz, la convivencia, la reconciliación y demás letanías tan biensonantes como huecas. Siento escribirlo con semejante crudeza, pero creo que es mejor despertar de golpe que seguir haciendo castillos en el aire. Si verdaderamente queremos que todas esas palabras recobren su sentido, quizá deberíamos volver a la casilla de salida para enfrentarnos a la asignatura que muchos no han aprobado: la deslegitimación de la violencia. Mientras siga pendiente, el resto sobra.

Si algo quedó claro el otro día, y más en los relatos que en los propios acontecimientos, es que hay un amplio sector —que ni me atrevo a cuantificar ni a identificar porque nos llevaríamos alguna sorpresa— que defiende el uso de la violencia. Y ya ni siquiera como medio para obtener determinados fines. Qué va, peor todavía: la defiende incluso sabiendo que es ineficaz y hasta contraproducente, es decir, porque sí y bajo coartadas tan (conscientemente) pobretonas como que hay violencias peores. ¡Pues claro que la que ejerce el FMI es mil millones de veces más dañina que romper cien escaparates de la Gran Vía o el Casco Viejo! Pero manda narices devolver los golpes en el lomo de los que están entre las primeras víctimas del FMI. De justificar tan cenutria actitud, mejor ni hablamos.

Un día de furia

En las páginas no impresas del programa del Bilbao Global Forum constaba que mientras los encorbatados piaban a cubierto sobre la eficacia con que joden al planeta, en las calles de más allá del cordón de seguridad se liaría parda. La destrucción estaba presupuestada y, por supuesto, amortizada, con la ventaja añadida de que los participantes en este bolo de provincias no iban a sufrir el menor quebranto de bolsillo ni de conciencia. Ahí nos las den todas, podrían pensar, si siquiera tuvieran un segundo que dedicar al paisaje después de una batalla que ni les va ni les viene. Ya se encargará quien corresponda de restituir las cristaleras, las persianas, las farolas, las señales o los sufridos contenedores. A tanto la pieza o el servicio, faltaría más, que el capitalismo también —o sobre todo— escribe derecho en renglones torcidos. Si será así, que hasta hay un nombre técnico para esto de descojonar las cosas y sustituirlas en espiral: demanda agregada.

Menudo compromiso, explicar a estas versiones pedestres de Atila que son tan esbirros del sistema como el que más. No lo van a entender, primero porque no les da para ello la cagarruta de oveja que tienen por cerebro, y segundo, porque aunque les diera, no les saldría de entre las ingles atender a razones. Lo suyo es la gresca por la gresca, darse un buen chute de adrenalina a costa de un escaparate o, si es el caso, de una dependienta que no llega ni a mileurista, y que luego venga el pisamoquetas acomplejado de turno a componerles un cantar de gesta. Entretanto, los que tenían algo por lo que protestar, a seguir pringando, los muy idiotas.

Primavera burgalesa (2)

Empiezo reconociendo humildemente que, como me hizo ver una amable lectora desde la capital castellana, en la columna de ayer se me fue la mano con la caricatura de Burgos en tonos sepia. Enésima demostración de que uno no está libre de los vicios que critica. Constatarlo y recibir la merecida colleja es parte del castigo.

Más allá de la pasada de frenada y la ironía que me salió por la culata, sí creo que es comprensible la perplejidad que ha provocado —diría a propios y a extraños— que los sucesos que nos ocupan hayan tenido lugar en una ciudad donde no se ha extinguido el caciquismo novecentista. Es cierto que en todas las casas cuecen habas (y en la mía, a calderadas), pero se me ocurren pocos sitios donde el poder esté en tan escasas manos y tan identificables como en Burgos. Después de la última experiencia, no quiero caer en el reduccionismo, pero juraría que no miento mucho si digo que los que urbanizan, mandan en los medios de comunicación y gobiernan son los mismos. Y no los mismos desde anteayer, precisamente; repasando árboles genealógicos, consejos de administración y listas de munícipes, vemos que la cosa viene de muy largo. Como tampoco daba la impresión de que ese estado de cosas generase gran respuesta social, las imágenes de los contenedores ardiendo, las pedradas y las cargas de los antidisturbios se antojaban harto más llamativas que en otros rincones donde hay una cierta costumbre… y no miro a nadie.

El otro elemento sorprendente era el porqué. ¿Había algo más que la eliminación de unas plazas de aparcamiento y su sustitución por parcelas de veinte mil euros? No digo que no sea una jodienda, amén de una arbitrariedad, pero me cuesta ver que las protestas por eso se cuenten como el arranque de la revolución pendiente. “¡Burgos entero, orgullo del obrero!”, se coreaba en Gamonal tras el anuncio de la paralización temporal del proyecto. ¿El estallido social era eso?

Primavera burgalesa

Cosas veredes, una manifestación pacífica en Bilbao y brotes crecientes de kale borroka en Burgos. ¡En Burgos, desde donde el generalísimo acometió la inmortal reconquista de la España roja y atea! Su callejero aún conserva con orgullo los nombres de los héroes de aquella gesta. En sus tiendas de recuerdos, las reproducciones a escala de la catedral conviven en armonía con banderas del aguilucho en todas las tallas, llaveros de Paca la culona y José Antonio o cucharillas con el yugo y las flechas en bastos damasquinados. Y por supuesto, desde que se estableció la manía esta de echar papeletas en las urnas, un Partido Popular nutrido por incontables camisas viejas gana casi siempre sin bajarse del autobús; 52 por ciento en las últimas municipales. ¿Qué está pasando?

Algo me dice que va a ser tarde para enterarnos. A diestra y siniestra, la propaganda ha tomado el mando del relato. Vandalismo organizado e importado, claman los defensores del orden, que lo son también de los pingües beneficios que parece haber en juego. Es el pueblo oprimido que se levanta contra la tiranía, atruenan, ebrios de trempantina, los oteadores de revoluciones en marcha. Los primeros piden mano dura y tentetieso en nombre del respeto a la legalidad y, ay que me descogorcio, la pacífica convivencia. Los segundos, mayormente atrincherados desde el teclado del móvil, la tableta o el ordenador de sobremesa, arengan a las masas a mantener vivas las hogueras y a no dejar piedra sobre piedra. Si sacamos la media, el resultado es que las recetas se resumen en violencia frente a violencia, con el correspondiente anexo justificatorio en cada caso.

Y en estas, el alcalde que juraba que no se doblegaría por la turbamulta anuncia que paraliza las obras de la discordia y llama a parlamentar. ¿Triunfo de la primavera burgalesa o triquiñuela para esperar a que se vayan las cámaras y volver a meter las máquinas? Apostemos.