El regreso de las enarak

Estos días al atardecer un canto de pájaro muy característico inunda las paredes de mi casa. Vuela rápido, muy bajo, girando de un lado para otro, mientras va cayendo el día. Hay algo hipnótico en su vuelo. Pasan rozando la pared de mi casa, cambian de dirección en cuestión de segundos, para luego desaparecer a toda velocidad mientras gritan y cantan. 

Me fascina especialmente ver cómo llegan disparadas a toda velocidad y, en el último momento, se meten en sus pequeños nidos que han hecho bajo el alero de mi casa. No deja de asombrarme su gran destreza y precisión.

¿Sabéis ya de qué ave, auténtica especialista del aire,  os estoy hablando? 

Os hablo ni más ni menos que de la intrépida golondrina. Pocas aves de nuestro entorno tienen su destreza y es que su cuerpo está diseñado para el vuelo rápido: alas largas y puntiagudas, y un tamaño pequeño que les permite hacer maniobras increíbles. A este asombroso animal pocas veces lo veremos andando o descansando, come y bebe ahí arriba, en el aire. Prácticamente, pasa toda su vida volando. Le gusta mucho los insectos, una sola golondrina puede capturar cientos de ellos al vuelo en un solo día.

Las que llegan a estos lares pasan el invierno en África y cada primavera regresan a nuestras casas después de recorrer miles de kilómetros. Y muchas veces vuelven al mismo lugar donde anidaron el año anterior. No sé si las que viven en mi casa son las del año pasado o no, pero lo cierto es que a pesar del canto histriónico de cada atardecer, me encanta tenerlas entre nosotros.  Porque cuando aparecen ellas, las tardes suenan distintas. El verano parece más cerca. Y quizás por eso me gustan tanto.

Las “enarak»  (golondrinas en euskara) siempre han tenido algo especial en nuestra cultura popular. No son solo aves migratorias, durante generaciones han formado parte de la vida de los aleros de los caseríos, acompañándonos en los atardeceres. Para nosotros, su llegada anuncia el final del invierno. 

Y no es difícil entender por qué terminamos convirtiéndolas en símbolo de hogar y buena suerte, nos recuerdan que un año más ha pasado y que definitivamente el invierno ha llegado a su fin. Si ellas vienen, lo peor del frío ya pasó.  

De hecho, en muchos caseríos nunca se destruían sus nidos. Se decía que una casa con golondrinas era una casa viva.

Y sinceramente… creo que tenían razón. A mí me encanta tenerlas de entre nosotros un año más.