La Odisea del “Sinaia”

Domingo 8 de diciembre de 2013

Esta es una reseña de la odisea que vivieron 1.600 españoles que cruzaron el Atlántico para huir del franquismo a bordo del buque “Sinaia”, rumbo a México, y el argumento de la novela de Andrés Trapiello Días y Noches, que Espasa publicó en septiembre de 2000.

Por: Andrés Trapiello

El miedo al naufragio y la incertidumbre acompañaban todavía, hace 60 años, las travesías en barco, y la mayor parte de las veces la gente sólo consentía en realizarlas por una necesidad extrema: o porque huía de la pobreza o porque huía de la muerte, lo cual añadía grandeza y dramatismo a tal determinación.

El viaje que realizaron los mil quinientos noventa y nueve exiliados españoles en el buque “Sinaia” hacia Veracruz, México, entre el 25 de mayo y el 13 de junio de 1939 no fue menos mítico que el viaje histórico de los supervivientes de los campos de exterminio nazis a bordo del Exodus, hacia Palestina. De éste nos quedan las imágenes nítidas, rotundas, estremecedoras de una película: cientos de refugiados que están a punto de echar a pique con su propio peso un viejo y destartalado buque de hierro, mientras, apiñados en la cubierta, encima de las barcas salvavidas, encaramados en las antenas y en los troncos de ventilación, aferrados a los pescantes para no caer al mar y hacinados en la toldilla, aún tienen ánimos para erizar el cielo azul con sus brazos diciendo adiós a la pesadilla aria y saludando con lágrimas en los ojos el porvenir. Del viaje del “Sinaia” apenas si conservamos una o dos docenas de rotas y muertas fotografías en blanco y negro, el recuerdo de alguno de los expedicionarios y un periódico hecho a bordo por el método mimeográfico, pero en cuanto viaje no resulta menos emblemático que aquél: era la demostración de que ciertas ideas son tan indestructibles como los pueblos que las ennoblecen.

En la Biblioteca de la Fundación Pablo Iglesias de Madrid se conserva no sólo este diario ciclostilado de la travesía, sino la lista de embarque. De los exiliados, 953 eran hombres; 393, mujeres, y 253, menores de edad. No deja de ser una lista extraña. Por ejemplo: no figuran en ella ni las mujeres ni los niños, como si no hubiese habido mujeres que defendieron la República empuñando las armas y como si los niños no fueran las primeras y más inocentes víctimas de la guerra. De los hombres se hacen constar, sin embargo, en media docena de líneas el nombre, la edad, el estado civil, la profesión o el oficio, el partido político al que pertenecen, si pertenecían a alguno, los cargos políticos o cívicos ostentados antes de la guerra, durante la guerra y después de ella, así como el lugar de residencia en Francia. Impresiona repasarla. Tiene uno al alcance esas casi mil vidas, resumidas, con su novela larvada y a la espera de que alguien se haga cargo de ella. «Fernández Pérez, Tomás: 23 años, soltero nacido en Madrid.-Partido Político: Comunista.- Central Sindical: Unión General de Trabajadores.- Residencia en Francia: Campo de Barcarés (Isolote «F») núm. 23.- Cargos durante la guerra: Músico de la Banda del V Cuerpo de Ejército.- Cargos antes de la guerra; Profesor de Orquesta». Así, hasta completar un total de 164 folios de vidas extraordinarias, inesperadas, asombrosas, en las que hasta los nombres y apellidos adquieren, de pronto, dimensiones épicas: Inocencio Fernández, Napoleón Figuerola, Argentino Novo, Silvestre López, Maximino Quijano Quevedo…

Todos ellos habían llegado a Francia en los últimos días de enero o en los primeros de febrero de 1939. La mayor parte lo hizo por los puestos fronterizos de Port Bou, por Le Boulou, por Prats de Molló, y en un alto porcentaje eran milicianos de las unidades rotas de los cuerpos de ejército del frente de Aragón, en retirada tras la batalla del Ebro.

Ninguno sospechaba el recibimiento que les iba a dispensar la gendarmería, capitaneada entonces, tras el fracaso del frente popular del socialista León Blum, por un Daladier que se había apresurado no sólo a reconocer el nuevo Gobierno de Franco, sino a devolverle a éste los fondos depositados en algunas ciudades francesas por las autoridades republicanas españolas, tanto oro como obras de arte.

En unas semanas el sur de Francia sintió el peso de una avalancha humana de 400.000 refugiados que buscaban desesperadamente sobrevivir en un invierno especialmente cruel, con temperaturas extremas que en algunos puntos descendieron de los veinte grados bajo cero.

Primero separaron a los hombres de las mujeres y luego, como a ganado de matadero, les condujeron a las playas rosellonenses, donde los apriscaron en media docena de improvisados campos de refugiados que no tenían más habitabilidad que la doble alambrada de espino y la inacabable arena que la nieve y la escarcha moteaban con manchas de felino. En Argelès se confinó a 80.000; en Saint Cyprien, 60.000; en Gurs, 16.000; en Sept-Fonds, 15.000… Quedaron tirados sobre la arena, frente al mar helado, a merced de un viento glacial que no dejó de soplar ni un solo minuto durante las primeras semanas y que enloqueció a muchos, vigilados a todas horas por tropas coloniales de spahis y reducidos a la inacción por raciones de hambre.

Los concentrados, en su mayor parte hombres curtidos que pensaron que tres años de privaciones les habían preparado para toda suerte de contrariedades, comprobaron con espanto que el infierno es un callejón estrecho, pero sin final. Viajaban con lo puesto, bo­tas rotas, alpargatas de cáñamo, mantas agujereadas, capotes militares, encerados para soportar la lluvia. Iban sucios, desnutridos, sin moral de combate. Ni siquiera podían guarecerse del viento atrincherándose en la arena, porque los hoyos se llenaban con el agua salada del mar. Las enfermedades se cebaron con ellos, la mitad padeció disentería y todos incubaban en las ingles y en las axilas racimos de piojos que les dejaban el cuerpo en carne viva, cuando no crecía la sarna la que les abría la piel con hondos surcos; los heridos se mostraban impotentes al gangrenarse las heridas, y los que podían mostraban indemne su cuerpo tampoco tan a salvo, porque el viento le podía trastornar en el momento menos pensado. Cada mañana, al levantarse, si a aquello podía llamarse dormir, quedaban tendidos unos cuantos muertos, que retiraban diferentes los bambulás senegaleses, de ojos amarillos. Fue entonces cuando las autoridades francesas, tan generosas con la República española durante la guerra a impedir que ésta se rearmara mientras presenciaba con cinismo la colaboración militar alemana e italiana con los fascistas españoles, fue entonces digo, cuando Daladier favoreció, no atajándolos, los brotes de histerismo en una parte de la población del sureste francés. Estos patriotas franceses, muchos de los cuales colaborarían o permanecerían pasivos a los pocos meses con los alemanes que les ocuparon su bella patria, estaban convencidos de que los 400.000 antifascistas españoles, 350.000 eran forajidos, ladrones, violadores, anarquistas, peligrosos bolcheviques, indeseables partisanos que iban a practicar el corso en tierras de su muy pacífica y ejemplar Francia. De los otros 50.000 no tenían opinión, mientras pudieran pagar en francos sus alojamientos, presentar su documentación en regla y dar las gracias a todas horas. Es cierto que las organizaciones socialistas y comunistas francesas, y otras, religiosas o humanitarias, es­pecialmente inglesas, canadienses y norteamericanas, hicieron cuanto pudieron para remediar las condiciones materiales en las que los exiliados españoles naufragaban irremediablemente. Pero sus recursos no alcanzaron para garantizarles un futuro, por otra parte incierto, ya que se temía que la guerra mundial estallase de un momento a otro. Se hubiera podido asegurar que las circunstancias favorecían lo indecible a las autoridades francesas, porque fue entonces cuando empezaron a presionar y amedren­tar al elemento refugiado, invitándole, en mítines vergonzosos, encomendados a la oficialidad de su ejército y mediante una propaganda inicua, a la repatriación voluntaria, asegurando que la España de Franco les estaba esperando con los brazos abiertos para la reconstrucción nacional del país que ellos habían destrozado, o amenazando a los infractores de leyes cada vez más restrictivas con el reclutamiento forzoso en batallones de trabajadores de África o de Indochina, lo que aseguraba de paso a las autoridades francesas una mano de obra barata y permanente. Muchos creyeron el embuste y re­gresaron a la España victoriosa, que les recibió en la mayor parte de los casos con cárceles, depuraciones y un estigma que deberían arrastrar durante cuarenta años: el conocer o haber estado con los rojos.

Los exiliados españoles que no regresaron, hostigados y hostilizados, perseguidos, difamados y bajo permanente sospecha, comprendieron demasiado pronto que la Francia sólo podía ser una tierra de paso, y se lanzaron, desesperados, a una huida ciega.

Ya antes de que terminara la guerra se había creado en París un organismo, el SERE, Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles, controlado por Negrín, al que, cómo no, se le oponía una JARE desde México, Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles, controlada por Indalecio Prieto en México. En cualquier caso, el SERE trató de dar un cauce de racionalidad a la riada cada día más caudalosa de refugiados que llamaban a su puerta pidiendo socorros materiales para sobrevivir, y amparo legal, o sea, papeles para poder moverse.

Fue una acción conjunta del SERE, del Comité Británico de Ayuda a los Refugiados y del Gobierno mexicano del general Lázaro Cárdenas, la que hizo posible al fin ese primer embarque de refugiados. Cárdenas, un político ejemplar, conmovido por la tragedia española, tomó personalmente cartas en el asunto y no dudó en modificar la ley de acogida, para que los exiliados españoles pudieran desempeñar sus profesiones y oficios, y de hecho ante la opinión mexicana, se presentó aquello co­mo una oportunidad única: el pueblo mexicano podría beneficiarse de los más cualificados doctores, ingenieros, tipógrafos, abogados, peritos, arquitectos, sin contar a los más agudos y preclaros intelectuales, escritores y artistas que, sin lugar a dudas, iban a impulsar la industria, la medicina o la cultura del país, como de hecho así iba a ocurrir.

Sólo faltaba encontrar un barco idóneo. Hallaron un vapor francés de 12.000 toneladas, con el extraño nombre de “Sinaia” en recuerdo de la residencia estival de la reina de Rumania, que fue quien apadrinó su botadura. Se trataba de un buque preparado para los cargamentos humanos, como prueba el hecho de que ya había efectuado unos cuantos viajes de parecidas características: había llevado peregrinos a La Meca, estuvo fletado por los esperantistas franceses para las temporadas veraniegas, transportó a los supervivientes de los destrozados ejércitos de Wrangel y Donikin, y el año anterior había paseado, a lo largo de diversos puertos mediterráneos, a una curiosa tropa de nudistas militantes, muchos de ellos, es de suponer, afectos también al esperanto.

Las solicitudes para embarcar llegaron por miles a la Rué de Saint Lazare, en París, sede del SERE. La selección la hicieron entre los representantes de este organismo y el embajador mexicano en París, el señor Bassols, A este último se le acusó de haber favorecido a los afiliados comunistas. Es difícil saberlo, porque en aquel momento, y tras las purgas de los trotskistas españoles a manos de los agentes soviéticos y los propios comunistas españoles, no había muchos que se atrevieran a declararse anticomunistas. Puesto que en la ficha personal de los pasajeros se hace constar la filiación, se podrían contabilizar los que eran de un partido o de otro, de éste o de aquel sindicato. Sin embargo no parece que eso llevara a ninguna parte: la gente venía de una guerra de la que muchos habían sobrevivido gracias a tener en la cartera tres carnets diferentes.

Para quienes aman las estadísticas, este pequeño dato: iban a bordo 452 solteros y 847 casados, y sólo había un uno por ciento de analfabetos, lo que quiere decir que al menos por ese flanco la selección fue rigurosa. La República quería usar el “Sinaia” como embajadora de futuras remesas. A todos ellos se les prometió equiparles a bordo con sábanas limpias, mantas, ropa blanca, pasta de dientes, jabón, útiles de costura y medicinas, pero lo cierto es que parte de aquel cargamento jamás apareció o se diluyó de tal modo que apenas sirvió para socorrer las necesidades de quienes habían salido de España con lo puesto, y con lo puesto, después de cuatro meses de vida a la intemperie y en barracones, llegaron al pequeño puerto de Séte para embarcarse.

Tardaron interminables horas en hacerlo. Sobre los muelles se produjeron escenas desgarradoras, encuentros entre familias separadas por la guerra desde hacía meses, incluso años, hijos que no reconocían a sus padres, padres que se quedaban mudos ante la esposa que les abrazaba, mujeres avergonzadas de haber envejecido prematuramente, ulceradas por un dolor no siempre moral.

Se dio a los matrimonios los camarotes y a los solderos se les acomodó en las bodegas, en las que el calor sofocante y el olor de un cargamento reciente de bacalao hacían del aire un caldo irrespirable.

La desmoralización era tanta y tan generalizada, que la señora Gamboa, responsable mexicana de la expedición, y el comité del SERE decidieron imprimir en el barco un pequeño periódico. Contaba para la labor con alguno de los escritores y artistas más destacados de la República, entre ellos algunos de los que habían hecho la mítica revista Hora de España: Gil Albert, Ramón Gaya, Dieste y Sánchez Barbudo, además de Juan Rejano, Manuel Andújar, Benjamín Jarnés o Pedro Garfias. También había artistas, como Arteta, el propio Gaya o Bardasano. El periódico, tres o cuatro hojas de mal papel, aparecía cada día y servía a un tiempo como tablón de anuncios y para la propaganda política, en un tono que, a toro pasado, encuentra uno de un ilusionismo casi cómico si no fuese tan doloroso: trataban de insuflar en los desalentados pasajeros la esperanza de que más pronto que tarde volverían a España para reconquistarla. Creían con ingenuidad que la causa de la libertad era lo bastante importante como para contar con el concurso del resto de las naciones democráticas. Por lo demás, en el periódico se acopiaban noticias recogidas por los radiotelegrafistas del barco, lecciones de la historia de México, para que se fueran familiarizando con su nuevo país, y todo tipo de curiosidades y chascarrillos, la ruta que seguían o los programas de la banda de música. Al doblar la punta de Gibraltar, avistando por última vez España, el octogenario Antonio Zozaya pronunció en cubierta unas palabras que arrancaron las lágrimas a muchos: «¡Qué pena tan honda! ¿Cuántos de nosotros volveremos a pisar su suelo sagrado?».

En el barco se siguió hablando de la guerra, de la derrota, de las causas que les habían llevado hasta él. La desunión a veces era tan palpable como que las heridas seguían abiertas. La travesía les dejaba demasiado tiempo libre para pensar, pese a que los turnos de comedor y las colas ante las letrinas se llevaban buena parte de la jornada, así que los organizadores trataron de llenar los vacíos con conferencias sobre los temas más variados (principalmente sobre México, su industria, su política, sus gentes), comisiones y campeonatos de cartas, y al atardecer se organizaron kermeses al aire libre, en la toldilla de popa, amenizadas por la Agrupación Musical Española del maestro Oropesa. Los días se hacían eternos en la inmensidad del mar y el “Sinaia” no desarrollaba una velocidad excesiva. En medio del océano, Funchal se les presentó como una tregua a tanto pensamiento obsesivo, pero las autoridades portuguesas, partidarias de Franco como era notorio, se negaron a que el barco atracara en el muelle. En Puerto Rico tampoco tuvieron más suerte: se contentaron con ver, desde la cubierta, a algunos simpatizantes de la República española que habían acudido a darles la bienvenida. No hay nada como perder una guerra para cerrarse las puertas. Sin embargo a nadie pareció importarle demasiado, porque a los pocos días avistarían al fin tierras de México.

Fue la medianoche del día 12. Las luces del faro de Veracruz aspaban el cielo estrellado y la gente, desvelada, impaciente y eufórica, corrió a cubierta para verlo, pero no desembarcaron hasta el día siguiente. El recibimiento fue apoteósico. Tras la experiencia francesa, nadie se esperaba nada parecido. Las fanfarrias, las banderolas, las multitudes les subió a una nube. Habían venido representantes del Gobierno mexicano y representantes obreros de la mayor parte de los sindicatos del país. Lo proclamaban las pancartas variopintas, como aquella con bien visibles letras en la que las «tortilleras de México» les daban la bienvenida. Se corrió la voz por el barco y se hicieron algunas bromas: al fin y al cabo, sólo eran las que vendían tortitas en la capital de México. Fue la primera confirmación de que llegaban a un país en el que no todas las cosas significaban lo mismo a una o a otra parte del Atlántico. Sonó la banda con el himno mexicano y el himno de la República. Los expedicionarios fueron bajando del barco. Se hizo un pasillo entre la multitud por el que pasaron entre las aclamaciones.  Les vitorearon, les aplaudían, algunos les pataleaban  la espalda. Los padres llevaban de la mano a sus hijos, sus mujeres no querían soltarse del brazo de sus maridos, los más privilegiados arrastraban atillos y maletas con las cuatro piltrafas. Muchos de los concurrentes, obreros de izquierdas que afirmaban su internacionalismo puño en alto, impresionados por el aspecto desmedrado de aquellos rostros, angulados por la tragedia, no pudieron contener las lágrimas. Y aquellos rostros sonreían a todos los lados un poco asustados, y daban las gracias tímidamente con movimientos de cabeza, enternecidos por aquella acogida de todo punto inesperada. Es posible que por un momento la algarabía, los gritos y los aplausos les hicieran olvidar la razón que les había traído hasta aquella tierra, pero lo cierto es que ese día fue también para la mayoría de ellos el comienzo de un más doloroso existir, sin poder olvidar y sin poder volver, o más exactamente, sin poder olvidar porque no pudieron volver.

 

En la Feria de Durango

Sábado 7 de diciembre de 2013 

Como todos los años y éste sin lluvia, he estado en la Feria de Durango, con María Esther y Naiara.  Una buena elección para un sábado de puente.

Nada más entrar una cola.  Toti Martínez de Lecea firmaba sus libros.  Como hemos ido pronto se podía ver con comodidad los stands que explotan en ediciones, aunque como me ha dicho Esparza de Txalaparta, algunas editoriales o no han ido o han desaparecido.

Le he visto a la diputada de cultura Josune Aristondo.  Acompañaba a la socióloga argentina Magdalena Mignaburu, especialista en el estudio de la diáspora vasca en su país.  Acaba de presentar su libro “Patria Vasca en Argentina: un siglo de nacionalismo vasco”.  Le he comentado como hicimos con el sin par Andoni Astigarraga un libro sobre los “Nacionalistas en Argentina” hace veinte años. 

Le hemos visto también a Laura Mintegi que entraba en el recinto, al historiador Iñaki Egaña y varios más.  En la vuelta nos han obsequiado con un CD de Korrontzi y la cría ha comprado un CD de Kaotiko.  En eso un señor me entrega una colección de poesías “Poemas desde el Sentimiento”.  Compramos tres libros, dos en euskera, y vi expuestos y en venta dos libros míos “Una Monarquía protegida por la censura” y “Llámame Telesforo”.  Siempre hace ilusión ver algo hecho por ti en ese mundo de libros y CD.  Y tras esta interesante vuelta, al Batzoki a por caldo y tortilla.

Y el viernes, en la caseta de la SER en el Arenal.  Fui con Iñigo Landa y participé en algo tan original y curioso como asistir a la presentación del vaso del Txikitero que Vicrila ha puesto en marcha para que en todos los bares se sirva en ese vaso gordo típico cuyo uso estaba desapareciendo y junto a él, a la intervención de tres txikiteros de Rekalde que no cantan bilbainadas sino todo tipo de canciones buscando que no se extinga esa buena costumbre de cantar en los bares. Marta y Joseba explicaron por las ondas su campaña de vaso y la gente siguió con interés esa singular y necesaria apuesta.

 

Charla en Sestao (21 de noviembre de 2013)

Miércoles 4 de diciembre de 2013

Juan Gelman, al recibir el premio Cervantes en la Universidad de Alcalá de Henares, con su acento argentino, y su voz serena y grave dijo lo siguiente:

“Hay quienes vilipendian este esfuerzo de memoria. Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia delante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Solo así es posible el olvido verdadero”. Luego comentó: “Y sospecho que no pocos de quienes preconizan la destrucción del pasado en general, en realidad quieren la destrucción de su pasado en particular”.

Permítanme describir sucintamente mi visión del por qué la llamada transición tuvo pies de barro y por qué a mi juicio la misma no ha terminado a pesar de que se dijera que en octubre de 1982 ésta había terminado al producirse la temida alternancia entre la derecha franquista y el socialismo de Felipe González. Si todo esto empezó con un golpe de estado contra la República y tras ella una guerra civil y una cruel represión y dictadura, deberíamos coincidir todos que hasta que no se vuelva a la situación anterior del golpe de estado, es decir, a una república democrática, la transición no habrá acabado en el estado español.

Y he aquí mi decálogo:

1.- Nunca hay que olvidar que en el estado español no se produjo la ruptura con el régimen anterior, en 1975, sino una reforma política que en algunos casos ni llegó a estamentos claves como el judicial y el policial que siguieron funcionando con algún tipo de parcheo como antes de la muerte del dictador. El régimen estaba débil y la oposición también y aquello fue el pacto de dos debilidades. Y este dato es clave. No hubo ruptura sino reforma pactada. 

2.- En agosto de 1976 se reúnen en la casa de Abril Martorell el presidente Adolfo Suárez con el secretario general del PSOE Felipe González que recelaba del protagonismo que Suárez quería ofrecer al PCE de Carrillo.

En esa reunión Suárez le puso una condición. Estaba dispuesto a ir desmontando el franquismo siempre y cuando la figura del rey no fuera tocada en nada. El rey había sido designado por Franco para continuar la Monarquía del Movimiento y eso era intocable. Y quizás González accedió pensando que el hijo de Don Juan era medio bobo y que un florero así no le molestaba y ya harían algo para neutralizarlo. Lo del atado y bien atado iba por ahí.

El fin pues justificaba los medios. En España no ocurrió lo mismo que en Italia ó en Bélgica tras la guerra mundial. Aquí un rey, Alfonso XIII que tuvo que exiliarse, vió desde Roma como un Congreso democrático le retirara todos sus derechos y dignidades para él y su familia y murió en el exilio donde nació su nieto Juan Carlos. Si Alfonso XIII hubiera vivido hubiera visto que un partido republicano como el socialista cargado de víctimas que fueron fusiladas gritando ¡Viva la República!, daba paso de nuevo y sin referéndum a una monarquía impuesta por un dictador vencedor de una guerra espantosa y que en este caso fue algo gratuito esa transición porque esa falacia de que el rey y Suárez fueron los que nos trajeron la democracia han sido las dos falsas columnas en las que se ha asentado la dichosa transición. ¿Alguien cree que hoy o ayer en España no hubiera habido democracia en esta Europa, con o sin rey, con o sin Suárez?. El amanecer hubiera llegado aunque los gallos no hubieran cantado. 

3.-El Partido Comunista pasó a precio muy bajo por el aro de asumir la Marcha Real, la figura del rey, la bandera y el relato de la dictadura para poder presentarse a las elecciones de junio de 1977 donde no se le dejó presentarse a Ezquerra República de Catalunya. Tiró el P.C. por la borda treinta y seis años de vida clandestina y para muchos traicionó su propia causa.

4.- ETA cometió el error histórico de no disolverse una vez fallecido el dictador. En Txiberta nos propusieron no fuéramos a las elecciones de junio de 1977 mientras hubiera presos en las cárceles. Nosotros dijimos que había que ir a las elecciones para sacar a los presos de las cárceles y así fue. Treinta y cuatro años después ETA anunció el cese definitivo de su lucha armada. Cientos de encarcelados, más de 800 muertes, miles de heridos, decenas de secuestrados, miles de extorsiones, escoltas, imagen deplorable, y todo esto ¿Para qué? Para nada. Para absolutamente nada. El 28 de octubre de 1978 se convocó una manifestación por una Euzkadi libre y en paz. Y a partir de esa fecha todo fueron o manifestaciones de un lado o del otro. ¿Como hubiera sido este país si el mundo de ETA en 1977 hubiera decidido hacer política y respetar unas reglas del juego que aunque escasas hubieran cambiado la historia?.

5.- La ley de amnistía de octubre de 1977 fue una ley injusta de punto final. Las víctimas del franquismo, sus perseguidos, sus represaliados, no tuvieron derecho absolutamente a nada mientras se blanqueaban los delitos de los responsables de la dictadura y sus esbirros que ninguno sufrió la menor represión. El rey jamás reconoció al mundo de los vencidos en la guerra. Los torturadores fueron incluso condecorados, los asesinos fueron falleciendo tranquilamente en su cama. La familia del dictador contó con el respaldo de la corona y de los gobiernos democráticos y sus posesiones malhabidas nunca fueron cuestionadas. ¿Alguien se imagina una nieta de Hitler en programas rosa del corazón?. Y es que en España a diferencia de en Alemania no hubo un juicio de Nuremberg o como en Italia no hubo un dictador colgado cabeza abajo en la plaza de Loreto de Milán.

6.- No hubo un debate sereno en relación con Navarra. Si el historiador Jimeno Jurio demostró que Navarra dijo sí al estatuto de Estella en 1932 y que la reacción navarrista falsificó las actas, quien fuera ministro de Justicia en el gobierno de Adolfo Suárez Iñigo Cavero me dijo en uno de los plenos que los militares no podían admitir en 1978 que lo que es hoy la Comunidad Autónoma Vasca más Navarra fueran una sola comunidad ya que la Euzkadi completa con Navarra tenía tres cosas inadmisible: dimensión, frontera y granero y esa fue la causa última de que no se abordase un solo estatuto en tiempos en los que los socialistas navarros formaban parte de los socialistas vascos, y Carlos Solchaga fue el portavoz del grupo parlamentario socialista vasco en el Congreso y los socialistas celebraban el Aberri Eguna hasta 1979. Pero Urralburu y Arbeloa lograron, por debilidad del socialismo vasco separarse en dos partidos, mientras el PNV no se presentó con su sigla en 1977 y solo lo hizo 5 años después perdiendo un tiempo precioso que desalojó al PNV de Navarra cuando Sabino Arana ya en 1894 hacía política en el Viejo Reino y Herri Batasuna organizaba una llamada Marcha de la Libertad que asustó al ultra navarrismo que buscaba excusas para hacer demagogia logrando configurar una comunidad uniprovincial por la suma de los errores de todos, pero por sobre todo fue la presión militar a la UCD con los tres argumentos que me transmitió Iñigo Cavero: Dimensión de país, frontera y granero. Otra hubiera sido la historia de Euzkadi estos 35 años.

7.- Se miente constantemente diciendo que la transición fue incruenta. No es verdad y la movilización ciudadana fue considerable. Muy superior a la de Grecia, Chile, Brasil, Argentina o Hungría. Los franquistas se opusieron violentamente a la Constitución de 1978, con dos golpes militares en febrero de 1981 y junio de 1985 e innumerables conspiraciones. La Transición no fue pacífica: hubo más de 660 muertos entre 1975 y 1982, una violencia, repito, muy superior a la habida en Grecia o Portugal, exhaustivamente analizada por Ignacio Sánchez Cuenca.

Y como la amnistía no fue más que una ley de punto final ha hecho falta desterraran a un juez y ver cómo en Argentina la jueza María Servino de Cubria ha pedido a través de Interpol la extradición de cuatro altos funcionarios y de la Guardia Civil del franquismo en la causa abierta en ese país para juzgar los crímenes del franquismo. La puerta que ha abierto la justicia argentina deja en evidencia la parcialidad de la justicia española estos años y de alguna manera viene a aliviar la vergüenza que producía a tanta y tantas personas pensar que el estado que había logrado extraditar a Pinochet no era capaz de condenar por crímenes contra la humanidad a ningún Scilingo franquista. 

8.-La Constitución española contó con una evidente tutela militar en relación al Título VIII de la Constitución que no terminó de deslindar el concepto de nacionalidades y regiones. Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón lo reconoció en su libro Memorias de Estío y José Bono asimismo lo asumió con todos los datos que los tenía por haber sido ministro de Defensa. Aquí las únicas demandas de autogobierno que había a la muerte de Franco eran la catalana y la vasca con partidos nacionalistas y con gobiernos en el exilio. ¿Cuando nadie iba a pensar que Madrid, la quitaesencia de las Españas y su rompeolas como dicen, iba a pensar tener un gobierno propio con parlamento e himno sacado de la manga?. Jamás. La homogeneización, el café para todos, el no resolver dos problemas y crear 17, fue debido a presión militar que mantenía la misma estructura en 1978 que durante la dictadura y por eso logró, asimismo, se aprobase el artículo 8 de la Constitución que le da al ejercito la encomienda de ser el garante de la unidad de la patria. ¿En qué país democrático occidental existe semejante artículo que fue utilizado el 23-F para levantarse contra un gobierno legítimo?.

Muchos militares con ese artículo en la mano se sumaron a los distintos golpes militares que se cocinaron aquellos años en los cuarteles hasta que España entró en la Unión Europea, en la Otan y se profesionalizó el ejército. 

9.- Decía Simón Bolívar que la prensa es la Artillería del Pensamiento. En la transición hubo sobre todo un cañón Berta que fue el monopolio de Radio Televisión Española que disparaba todos los días sus dosis de manipulación, de tergiversación de las noticias, de ocultación de las mismas. Había zonas vedadas. No se podía informar sobre el rey y su familia más que hagiográficamente, así como de los militares y sus conspiraciones. Los excesos policiales no eran noticia y no se cubrían y siempre había el recurso del enemigo exterior cuando al gobierno le convenía. Llegada la televisión privada en 1988 se abrió algo la mano pero poco más. Nacieron medios vinculados a la derecha más antidemocrática que competían unos con otros como Brunete Mediática tratando de ocultar la verdad sobre lo que ocurría en muchos lugares y en especial en Euzkadi que solo era noticia por atentados, huelgas o manifestaciones. Y aquellos medios que fueron el sostén del régimen, que no fueron capaces jamás de la menor osadía informativa, pusieron su abrigo de armiño blanco sobre sus andrajos y hoy es el día en que nos dan clases de imparcialidad, ética periodística, respeto a la verdad y manipulación diaria. Y

10.- La ley de la memoria Histórica se aprobó en 2007, 32 años después de muerto el dictador. Esta semana hemos vuelto a preguntar cuándo sacan los restos de Franco del Valle de los Caídos.

Nos han dicho que solo nos gusta remover el pasado y abrir heridas. Todo lo contrario. Nos gusta cerrarlas después de leídas sus páginas. Es una vergüenza que a 38 años de la muerte de aquel sátrapa sigan sus restos honrados en una basílica construida con el sudor, la sangre y la vida de los vencidos en una guerra. Pero eso nos ilustra como nada lo que ha sido la para algunos modélica transición española de la dictadura a la democracia. 

Si Fraga dijo aquello en Venezuela de que para que enarbolaran la ikurriña había que pasar por encima de su cadáver, si los mutilados de la guerra jamás contaron con un reconocimiento público y económico como los mutilados golpistas, si jamás se ha reconocido al ejército vencido, si los juicios contra socialistas, comunistas, nacionalistas, siguen ahí sin ser rechazados, si el jefe del estado jamás ha hecho un reconocimiento público a los vencidos. Si en fosas perdidas siguen más de cien mil personas que fueron asesinadas por quienes se levantaron contra el orden constitucional, si la represión no terminó en 1939 cuando acabó la guerra sino que las torturas, la persecución y las violaciones contra los derechos humanos se prolongaron hasta el final del franquismo, si España es el segundo país del mundo con mas desaparecidos por detrás de Camboya y si España sigue sin hacer caso a la ONU que le ha pedido se protejan los derechos de los familiares de las víctimas del franquismo, si resulta vergonzoso que en un estado democrático europeo se mantenga sin identificar y sin una sepultura digna a las víctimas mortales de un régimen totalitario ¿cómo se puede hablar de modélica Transición?.

Finalizo. La transición, muerto el dictador, basó su acción en la impunidad en el respeto a los verdugos y a los ladrones de una dictadura, el aceptar un rey sin formación alguna como jefe de un estado que otorgaba a los militares una tutela sobre la democracia, y también en la inmunidad, así como en una justicia con dos varas de medir, y una generalización del proceso autonómico para quitarle a Catalunya, Euzkadi y Galicia una cabal posibilidad de autogobierno e identidad haciendo solamente retoques democráticos en derechos y libertades que nunca pueden llevarse a la práctica hasta sus últimas consecuencias. Lo que vivimos hoy, no es más que lo que se sembró ayer. Muchas gracias.